Si finjo que te quiero Prólogo. Nora
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Si finjo que te quiero

Si finjo que te quiero

Por Lina Galán

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Prólogo. Nora

Prólogo

Nora

Ay, esas malas decisiones…

Son algo humano, por supuesto. Nos podemos permitir el lujo de tomarlas alguna vez.

Incluso diría que son necesarias para aprender y mejorar…

, siempre y cuando las consecuencias no alteren en exceso nuestra vida.

El problema viene cuando esas malditas decisiones cambian por completo nuestro rumbo, nuestro futuro… y el de personas a las que amamos.

Southington (Connecticut), 2021

¿Por qué no me llamaba Kyson?

Llevaba toda la maldita tarde esperando que me dijera algo. El muy capullo se había cabreado la última vez que nos habíamos visto y había decidido que la mejor forma de arreglarlo era pasando de mí.

Y entonces recibí un mensaje. Pero no de Kyson, sino de Jenny, mi amiga. En él no había texto, solo una fotografía en la que podía verse a mi novio con otra tía.

—Cabrón —murmuré.

Sin pensármelo dos veces, bajé al vestíbulo y cogí las llaves del coche. Ni siquiera miré hacia la cocina, donde se encontraba mi madre.

—¿Te vas, Nora?

Me detuve y suspiré.

—Sí, mamá. Me voy.

Ella se asomó, con un paño entre las manos.

—¿Vas a salir con ese chico, Kyson?

Percibí el reproche implícito en aquella pregunta.

A mi familia no le gustaban las compañías de las que me había rodeado últimamente.

Aquella gente ni siquiera eran amigos míos; lo eran de Kyson, mi novio.

O el que yo creía que era mi novio. Es cierto que les gustaba mucho la fiesta, beber y fumar hierba, pero, joder, tenía veinte años.

Si no me divertía entonces, ¿cuándo iba a hacerlo?

El mayor ejemplo que tenía para corroborar aquellos pensamientos era Evie, mi hermana. Ella había sido una estudiante aplicada, le habían concedido una beca para Stanford, se había convertido en una abogada brillante y se había casado con el amor de su vida.

Qué perfecto todo, ¿verdad?

Pues no, no fue para nada perfecto. Porque su querido marido la había abandonado sin una jodida explicación. Eso es lo que ella había recibido después de querer ser la mejor en todo.

Yo también deseaba estudiar, por supuesto.

Había conseguido ingresar en una de las escuelas de arte de Nueva York para ser diseñadora de vestuario de cine.

Llevaba saliendo con Kyson desde el instituto de forma intermitente, y regresaba una y otra vez a mi pueblo natal.

Nos peleábamos, nos reconciliábamos, y vuelta a empezar.

Una botella de vodka y un porro y ya éramos felices otra vez.

Me consideraba tan lista y tan madura que no me entraba en la cabeza que estuviese soportando una relación tóxica.

—Ya soy mayorcita, mamá, para decidir con quién salgo o dejo de salir. No hagas que me arrepienta de haber venido a pasar las vacaciones con vosotros.

Aquello que le dije fue muy injusto. Unos padres que nos quieren siempre se van a preocupar por nosotros, sus hijos, aunque nos parezcan unos pesados.

Mi madre palideció.

—Nora, hija, ya sé que eres mayor, pero ese chico y esa gente…

Puse los ojos en blanco y abrí la puerta.

—Me largo.

Arranqué el coche y salí disparada hacia Bridgeport, donde sabía que se encontraba mi novio de juerga.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, entré en el bar que solíamos frecuentar.

No se veía nada por la baja intensidad de las luces, el humo y la cantidad de gente que se amontonaba.

Aun así, enseguida localicé a Jenny. Me sorprendió que estuviese acompañada por Cory Peterson, uno de los empollones de la clase.

Pero no estaba yo para meditar sobre las raras compañías de mi amiga.

—¿Dónde está ese imbécil? —le pregunté a gritos, debido al sonido ensordecedor de la música. Sonaba Bad Guy , de Billie Eilish. Qué apropiada.

Jenny me señaló un rincón del local, donde pude ver a Kyson rodeado de sus colegas, riendo y bebiendo. Me acerqué a él.

—¡¿A ti qué te pasa?! —le grité al llegar, y le propiné un golpe en el pecho.

—¿A mí? —respondió con desidia. Le dio una calada a un porro.

—¡Sí, a ti! Te han visto, joder. ¡Estabas dándote el lote con otra!

—Ah, eso. —Se encogió de hombros—. No sé quién era esa tía. Se ha acercado, me ha soltado un morreo y se ha largado.

No entiendo cómo fui capaz de creerle.

—Va, tonta, no te enfades. —Me pasó un brazo por los hombros y me dio un beso en la boca—. Divirtámonos como siempre, ¿de acuerdo?

Me ofreció el porro y lo aspiré con ansia mientras él le hacía un gesto al camarero.

Nos pusieron en la barra dos vasos y me percaté de que Kyson echaba algo en las bebidas.

Luego removió el líquido con un dedo y se lo llevó a la boca.

De pronto, aquel gesto que siempre me había parecido tan sensual me llenó de irritación.

—¿Qué le has echado?

Su única respuesta fue llevarme el vaso a los labios y dedicarme una de sus sonrisas de chico malo. Mierda, el tío era guapo. Había un montón de chicas locas por sus huesos, pero él estaba conmigo. Siempre volvía a mí. Y me sentí afortunada por ello.

—Algo que hará que te lo pases mejor que nunca —me susurró al oído.

Una corriente de excitación me atravesó y di un trago.

A continuación, Kyson me tomó de la nuca y me acercó a él para darme uno de sus besos.

Me besaba fuerte, con la boca muy abierta, como si pretendiera marcarme a fuego con la lengua y los dientes.

Después me miró con satisfacción y regresó con su grupo de amigos.

—Tía, ¿qué haces?

Me volví ante el tono exigente de Jenny.

—¿Otra vez estás con él? —me reprochó.

—Joder, pareces mi madre.

—Porque seguro que ella también piensa que te mereces algo mejor que ese capullo —respondió indignada.

No le hice ni caso. Seguí bebiendo en espera de que mi chico me hiciese cualquier gesto. En cuanto le vi mover la mano para que me acercara, le obedecí.

—¡Nora! —me suplicó Jenny—. ¡No vayas, por favor!

Como si hubiese oído llover. Me planté ante Kyson y le besé de la forma que sabía que a él le gustaba, pasando primero la lengua por las comisuras de su boca.

Estaba tan cachonda que no me resistí cuando tiró de mi mano y me llevó hasta uno de los servicios.

Sin apenas abrirnos más que las cremalleras de los pantalones, follamos como dos salvajes.

A pesar de lo que deseaba aquello, mi estómago y mi cabeza comenzaron a quejarse.

En cuanto él terminó, levanté con celeridad la tapa del inodoro y vomité entre fuertes espasmos.

—No sé qué te pasa —me dijo Kyson con un desdén que me descolocó—, pero ya no aguantas una mierda.

—Me encuentro fatal. —Me arrastré hasta los lavabos y me dejé caer contra la pared de azulejos—. ¿Qué coño me has echado en la bebida?

Para mi desconcierto, le vi arreglarse la ropa, mirarse en el espejo y observarme como si fuese un desecho.

—Ya no sabes ni divertirte —me escupió antes de salir del baño.

Asustada ante aquel abandono, me puse en pie con esfuerzo y regresé a trompicones al bullicioso local.

No encontré a Kyson por ninguna parte, ni siquiera a Jenny, que se habría largado, harta de mí.

Pude salir a la calle, todavía con el cuerpo revuelto.

Busqué las llaves del coche, pero se me cayeron de entre los dedos trémulos. Oí unas risas a mi espalda.

—¡Estás hecha un asco! —gritó uno de los amigos de mi novio, que también reía con ellos.

—Kyson, por favor —le rogué—. Llévame a casa. Soy incapaz de conducir…

—Pues llama a tu mamaíta —me soltó con una risotada de desprecio.

Pocos minutos después, me encontré sola, tirada en el suelo y sin poder coordinar apenas los movimientos. Emití un gruñido cuando fui capaz de sacar el móvil y buscar el contacto de mi madre. El muy miserable había acertado de pleno.

—Mamá, no puedo conducir —logré decir—. Por favor, ven a buscarme.

—Vale, hija, tranquila. Iré ahora mismo. No te muevas de ahí.

Mi madre nunca llegó. En el camino, un conductor tan colocado como yo se cruzó con ella y la sacó de la carretera. Tuvieron que pasar horas, durante las que me llegué a dormir en la acera, hasta que una patrulla de la policía me encontró y me comunicó que mi madre había tenido un accidente.

Un accidente que la postraría en una silla de ruedas de por vida.

***

Tuvo que pasar un año para que mi familia consiguiera que no continuara encerrada en mi habitación, hecha un ovillo, muerta de la culpa. Fue mamá, paradójicamente, la que más me animó a hacer algo con mi vida.

—Hija, cielo… Deja de castigarte. Si te veo así, yo… no puedo soportarlo.

Abracé mucho a mi madre, y lloré todavía más.

Por fin reaccioné. Decidí dejar mis estudios de diseño y formarme para ser paramédica.

No fue como penitencia, sino como una necesidad visceral de ayudar a las personas en su momento de mayor vulnerabilidad.

Alentada también por Evie, me mudé a Nueva York, alquilé un estudio y adopté un gato.

A partir de entonces, solo confiaría en mi familia y en aquel felino.