Epílogo. Nora
Epílogo
Nora
Seis meses después
Hoy es el día de mi boda.
¡Quién iba a decir que un día me casaría! Son de esas cosas que, de joven, crees que nunca harás; que nada ni nadie te hará cambiar de opinión.
Sí, aquí estoy, vestida de novia, de blanco, con una corona en la cabeza, el pelo suelto y un ramo de flores. Clásica a más no poder. Me hacía ilusión, y no iba a vestirme de otra manera porque alguien pensara que no era apropiado.
¡Al cuerno con lo apropiado!
Eso sí, llevo unas deportivas blancas en los pies. Me niego en redondo a tropezarme el día de mi boda por unos malditos tacones. No sé andar con ellos, y no voy a aprender nunca.
Le echo un vistazo a mi mano izquierda. Me encanta mi anillo de compromiso, con la esmeralda que, según mi futuro marido, hace juego con mis ojos.
Sonrío al recordar el día de hace seis meses en que, pálido y tembloroso, clavó una rodilla en el suelo y me mostró la caja abierta que contenía la sortija.
¡Casi me da un soponcio de la impresión!
Max, al verme tan paralizada, cerró la caja, se la guardó en el bolsillo y me pidió disculpas por el error.
—¡Como no me pongas ahora mismo ese anillo en el dedo, Max Middleton, juro que pediré turno de noche durante un año por lo menos! ¡Vas a dormir más solo que la una!
Dije un montón de tonterías, lo reconozco.
En mi defensa diré que ver de rodillas al inglés serio que me había robado el corazón me pareció muy fuerte.
Está de más decir que le abracé, le dije que sí y, un minuto después, ya estaba en una videollamada con mi madre y mi hermana organizando mi boda.
Aunque los que más celebraron la noticia fueron, sin duda, los señores Middleton. ¡Por fin se casaba su único hijo!
Es precisamente Emily la que se me acerca en actitud amenazante, alzando un bastón, su compañero inseparable.
—¿Tienes que estar con ese maldito animal? —refunfuña al verme con mi gato en los brazos—. Te puede destrozar el vestido con las zarpas o…
—Harold es parte de mi familia, Emily —la interrumpo—. Ya debería haberlo asumido.
—Vamos, mujer. —Su marido la agarra suavemente del brazo—. Dejemos a la chica tranquila.
Los ancianos salen de mi antiguo dormitorio con pasos pequeños y lentos.
Max y yo hemos viajado varias veces a Inglaterra para que ellos no tuviesen que hacer un vuelo tan largo.
No han querido perderse nuestra boda y no han querido ni oír hablar de esperar a que vayamos nosotros en otro momento.
A veces tengo la impresión de que en su día sospecharon algo, y que por eso han querido cerciorarse de que el casamiento era real.
Todavía con Harold en brazos, busco mi móvil y nos hacemos un selfi.
Al ver la imagen, achucho con más fuerza a mi gato.
Ya ha cumplido diez años y lo considero miembro de mi familia.
Cuando pienso en que me faltará un día…, se me hace un nudo en el pecho.
Son cosas que solo entienden los que han tenido un peludo en su vida.
—¿Necesitas ayuda?
Sonrío al ver el rostro de mi hermana asomado a la puerta. Dejo a Harold en mi antigua cama, me pongo en pie y me aliso la falda.
—No, ya estoy.
—Acompáñame entonces al salón. —Ofrece un brazo para que me agarre—. La casa está llena de gente.
Cuando llegamos a las escaleras que llevan a la planta inferior, nos detenemos un instante junto a la barandilla de madera.
Desde aquí observamos los nervios, las prisas y la emoción que rodea a las personas que se mueven por la casa.
Nuestros ojos, sin embargo, se detienen en la misma persona: mi madre. Evie y yo suspiramos.
—Qué injusta fue la vida con ella. —Me muerdo el labio inferior para que deje de temblar.
—Pero la tenemos aquí —apunta Evie—. Tenemos a nuestra madre, Nora. Nos ha acompañado a las dos el día de nuestra boda. Y eso que había tirado la toalla en cuanto a verte a ti vestida de novia.
—Y ha conocido a un nieto —añado.
Ahora nuestra vista se desplaza hasta Rhys, que sostiene en sus brazos a un niño de un año con el cabello rubio de su padre y los ojos azules de la madre.
Percibo la congoja de mi hermana.
—¿Estás arrepentida?
Niega con la cabeza.
—En un principio sí, no voy a negarlo. La idea de tener un hijo, sabiendo que puede faltarle el padre en cualquier momento…
Le agarro la mano y aprieto fuerte.
—¿Rhys está…?
—Sí, sí, él está bien. —Evie se enjuga una fina lágrima con la yema del dedo meñique para evitar un estropicio en el maquillaje—. Los médicos nos dicen que todo va genial, pero también que, en cualquier momento, puede tener una recaída, necesitar otro trasplante…
—Evie…
—No, hermanita, tranquila. —Sonríe y hace brillar sus grandes ojos azules—.
A pesar de todo, decidí tener un hijo con Rhys.
No sé si mi marido vivirá un año, diez o quince, pero sí sé que van a ser unos años llenos de amor.
Y si a mi hijo le falta su padre algún día…
, habrá disfrutado de él todo lo posible.
—Y te seguirá teniendo a ti y a toda la familia.
Evie asiente con labios temblorosos.
—Lo sé. —Sonríe y señala con un gesto mi redondeada cintura—. Ese niño también va a ser muy querido. Tendrá unos padres maravillosos, abuelos, tíos, un primo…
Me cubro el vientre con las manos. A esto me refería al decir que, quizá, a alguien podría no parecerle apropiado que vista de blanco.
Me sigue importando un carajo.
—¿Te parece que bajemos ya? —me pregunta Evie—. No quiero ni imaginarme los nervios de Max.
—Déjale que espere un poco —bromeo y comienzo a bajar los escalones.
—¡Ya está aquí la novia! —grita mi padre—. ¡Vamos, hija, o le dará un patatús a tu inglés!
Tío Keith empuja la silla de mamá, Evie coge de la mano a Rhys, los Middleton se están montando en un coche…
—¡¿Hola?! —grito desde la puerta de casa, junto a mi padre—. ¿Y a nosotros quién nos lleva?
Papá ríe cuando oímos el sonido de un claxon. Por la calle aparece una camioneta adornada con lazos y flores blancas. De ella se apea Jenny, que viene corriendo hacia nosotros.
—Ha habido un problema con la limusina —nos dice divertida—. Si la novia no tiene problema con el cambio de vehículo…
—Nos parece perfecto. —Reímos.
Al llegar a la iglesia de San Pablo, entre mi amiga y mi padre me ayudan a bajar de la pick-up.
¡Como para ponerme tacones con esta barriga!
Jenny se adelanta hasta la entrada del histórico edificio episcopal, donde la esperan Cory y sus dos hijos pequeños. Enlazo mi brazo con el de mi padre, y ambos nos sonreímos.
—¿Preparada? —me dice.
—Preparada.
Los asistentes a la ceremonia se ponen en pie cuando entramos y comienza a sonar la música.
Hay un montón de vecinos de Southington, aunque el cosquilleo en la tripa me lo produce la visión de mi madre, de McKenzie, de los Middleton, de mis compañeros del Presbyterian, de Charity, Damien y sus parejas, de Jenny y Cory, de mi hermana y de Rhys con su pequeño…
Y, por supuesto, de Max. Mi inglés estirado y rancio que olía a té y naftalina.
Bueno, sigue oliendo un poco a todo eso, pero me encanta.
Me encanta cómo es. Me encanta todo de él.
Sonrío al verle resoplar de alivio. Mi inminente marido ya peina canas, aunque, a sus cuarenta y tres años, me sigue pareciendo condenadamente guapo, tan elegante, tan interesante, tan…
caballero británico. Sus ojos de plata no se apartan de mí conforme me voy acercando.
Y, cuando llego a su lado, la que antaño me pareció la mirada más fría me recibe con la calidez que siento cada vez que estoy con él.
Me agarra de las muñecas con suavidad y sonríe al contemplar mi vientre abultado.
—Esto de fingir se nos está yendo de las manos —bromea.
—Por si no te habías dado cuenta, inglés, hace tiempo que dejé de fingir que te quiero.