Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) Epílogo I #2
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Epílogo I #2

—Precisamente por eso mismo tengo mis dudas.

—Serás bruja.

Solté una carcajada, y él hundió la cara en mi cuello, que mordió y luego besó.

Nos movimos suave al principio, sin marcar mucho el ritmo, más cerca de balancearnos que de bailar de verdad.

La música no era lenta, pero nos dio igual. Estábamos demasiado concentrados en el otro, en el calor de nuestros cuerpos y en la forma en la que, cada pocos segundos, su pulgar dibujaba pequeños círculos en mi cintura.

—Me gusta verte aquí —murmuró.

—¿En un bar?

—Con ellos. Conmigo.

Tragué saliva, aunque el nudo que sentía en la garganta no se deshizo ni un poquito .

—A mí también.

Me atrajo más hacia él y nos movió en un giro que me hizo reír. Sin embargo, antes de poder repetirlo, abrió los ojos y la boca de más.

—Hostia.

—¿Qué?

No respondió, y yo sentí la necesidad de seguir la dirección de su mirada.

Solo vi a dos chicos apoyados contra la pared, cerca de los baños, besándose como si el resto del mundo no existiera.

—¿Quiénes son? —susurré.

No le dio tiempo a contestar, pues un coro de voces femeninas me llamaron a la vez y, antes de poder reaccionar, ya me habían separado de mi chico y tiraban de mí en dirección contraria.

—Ahora te la devolvemos —le dijo África.

Los dedos de él se deslizaron por los míos antes de soltarse.

—¿Qué…? —balbuceé, dejándome arrastrar.

—Operación baño urgente —añadió Diana con secretismo.

—No tengo ninguna urgencia —protesté.

—Nosotras sí —sentenció Zahara—. Uhm. Qué bien te huele el pelo. ¿Qué champú usas?

—¿Me estáis secuestrando?

—Correcto —respondió Fabiola—. Pero, tranquila, acabará bien.

Pasamos por delante de los baños y la vista se me fue sola.

Los dos chicos de antes seguían ahí, pero estaban más cerca y el beso había pasado de ser discreto a todo un festival de lenguas y saliva.

—Joder con el primito —murmuró Carolina y, un instante después, nos colamos en el baño para personas con movilidad reducida .

Miré a mi alrededor, a las ocho mujeres que había dentro de aquel espacio que, claramente, no estaba diseñado para tantas personas.

El silencio duró media milésima de segundo.

—¡¿He visto lo que creo que he visto?! —soltó Emma con los ojos como platos.

—Sí —respondió Fabiola con misterio—. Era inevitable.

—Habla —le exigió Diana—. No te pongas en modo secreto profesional con nosotras.

—¿Qué pasa? —pregunté más perdida que un pedo en un jacuzzi —. ¿De quién habláis?

—¿Has visto a los dos que se estaban dando el lote ahí fuera? El alto y moreno es nuestro primo Aliel.

Me quedé igual. Claramente me faltaban varias temporadas de esa serie.

—Ah.

—¿Alguna sabía que le iban los tíos? —preguntó África mirando a Zahara.

—No. —Esta se encogió de hombros—. Se lía con mi amiga Macarena cada verano y hasta hace poco salía con esa chica rusa, ¿no?

—Alemana —la corrigió Alana.

—Es su primer chico —murmuró Fabiola, que atrajo la atención del resto.

—Ay, cuenta, por favor —rogó Emma.

—Con razón el superagente Santos cayó rendido a tus pies de poli buena —le dijo Diana—. ¿Cómo cojones te enteras de todo, Fabs?

—¿Recordáis cuando se hizo el esguince jugando al baloncesto? —preguntó Fabiola y no esperó respuesta—. Rodrigo y yo lo acercamos al centro de salud y coincidió que Tomy estaba de turno .

—Tomy es el mejor amigo de Fabi —me aclaró Carolina.

—¿Se lo montaron en la camilla? —indagó África morbosa.

—Cuarentona salida —farfulló Zahara.

—Qué va. Solo le puso la venda… Y le dijo que tenía los pies más bonitos que había visto en su vida.

Diana rompió a reír y las demás sonreímos.

—No me jodas —se quejó Diana—. ¿A quién podrían entrarle dudas sobre su orientación sexual con un comentario así sobre sus pies?

—A muchas personas les causan fetiche —añadió Rachel.

—Espero que no me estés lanzando una indirecta, Francesa. Porque yo por ti hasta te los limpio con la lengua si hace falta.

—Dios, qué asco —se quejó Carolina.

—Dejad la calentura para luego —las riñó Alana y animó a Fabiola a continuar.

—Tomy se pasó toda la semana rarísimo. Cada vez que le preguntaba me daba largas, ni siquiera Rodrigo consiguió sonsacarle nada —explicó Fabiola—. Hasta que una tarde, con un par de copas de más, me reconoció que no se lo quitaba de la cabeza.

—Esta familia es irresistible —bromeó África.

—Aún no consigo conectar el esguince con que se estén succionando las lenguas ahí fuera —insistió Emma—. ¿Cómo hemos pasado de un punto a otro?

—Bueno, casualmente la tía Alicia le pidió a Aliel que viniera a mi casa a por unos ingredientes que necesitaba para una receta. Y, casualmente también, Rodrigo y yo tuvimos que atender una urgencia, así que Tomy fue el que se quedó en mi casa.

—Casualmente mis ovarios —murmuró Diana.

—Exacto —asintió Fabiola—. Llevan desde entonces hablando por mensaje .

—Aliel no sabía que te ibas a traer a Tomy esta noche, ¿verdad?

—Ni Tomy sabía que iba a estar Aliel —confirmó la policía.

Se hizo un segundo de silencio, que rompieron todas a la vez.

«Qué historia más bonita». «Me parecen monísimos». «Casi no se notan los seis años de diferencia». «Hacen muy buena pareja». «Verás cuando se enteren todos»…

El baño se llenó con una energía desbordante e ilusionada, y yo me sentí una más, sin necesidad de hacer nada para encajar.

—Ojalá salga bien —murmuró Emma con expresión soñadora.

—En fin… —dijo Diana y, acto seguido, clavó la mirada en mí. Di un paso atrás, hasta chocar con el lavabo, por puro instinto—. Me alegro muchísimo por él, por ellos, de verdad. Pero no puedo evitar sentir que el romance homo del año acaba de eclipsar mi momento.

—¿Tu momento? —preguntó Carolina.

—No… —Alana abrió los ojos—. ¡¿Una de las dos se ha quedado embarazada?!

—¿Qué? —dijo Rachel.

—Sí, del Satisfyer, no te jode —se quejó Diana—. Me refería a darle la bienvenida a la familia a la novia de nuestro hermano pequeño —aclaró—. Para eso hemos venido al baño, ¿no? Que nos ponemos a imaginarnos dos churrascos refregándose entre sí y nos vamos por las ramas.

—Joder —se quejó Zahara con cara de asco.

—Qué cerda —la siguió Carolina.

—Bienvenida a la familia, Cintia —dijo Diana, ignorándolas.

Me tendió la mano y sonrió .

—Gracias.

—Mi hermano ha hecho bien trayéndote antes de la barbacoa de mañana.

—¿Cómo?

—Sí… Padres, abuelos, tíos, primos, novias, novios, amigos y probablemente algún vecino que pasará por allí y se unirá a la barbacoa —añadió África—. Vamos, el ciento y la madre, como siempre.

—Si superas esta noche —comentó Diana cuando Carolina abrió la puerta—. Lo de mañana será un paseo por las nubes.

No estuve tan segura, sobre todo porque Guillermo no me había hablado de ninguna barbacoa.

Salieron del baño en tropel, entre risas y comentarios cruzados. El ruido del bar volvió de golpe, y yo traté de no dejarme arrastrar por la última parte de la conversación.

Miré alrededor y lo encontré enseguida. Él, como si hubiera estado pendiente de la puerta, me sonrió en cuanto establecimos contacto visual. Y bastó esa sonrisa para que los hombros se me destensaran.

Nos encontramos a medio camino.

—Tenemos que hablar —le dije algo más distante al llegar.

—Oh… Eso suena fatal. —Me observó con cautela—. ¿Qué detalle vergonzoso de mi vida te han contado?

Negué.

—Acabo de enterarme de que estoy invitada a una barbacoa mañana.

Él cerró los ojos un instante y soltó el aire por la boca.

—Antes de que te cabrees, pensaba decírtelo al volver a casa.

—Guillermo…

—Tenía demasiados frentes abiertos, pelirroja —explicó y me apoyó las manos en las caderas—.

Rezar para que saliera bien la primera comida con tus padres juntos, rezar para que no se mataran entre ellos, rezar para que mi familia no te ahuyentase esta noche…

He rezado hasta agotar la tarifa plana con Dios.

Me obligué a no sonreír.

—Tendrías que habérmelo dicho.

—Lo sé.

—Pero en cierto modo me viene bien que no lo hayas hecho.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Así estamos en paz. —Sonreí de oreja a oreja—. Por lo de no decirte que era la hija del jefe.

Él se echó a reír.

—Si te soy sincero, en el fondo creía que me darías la patada después de conocerlos.

—No me voy a ir, Guillermo. —Lo atraje hacia mí por la nuca—. A ver cuándo te entra en el cerebro que te quiero. A ti y a todo lo que traes contigo.

—¿Incluyendo mi cabeza mal amueblada?

Reí, y a él se le curvaron los labios al escucharme.

—Ya he empezado con las reformas ahí dentro, no te preocupes.

—Menos mal —murmuró a la vez que se acercaba. No quedó ni un centímetro de mi pecho que no estuviera en contacto con su cuerpo—. Porque el arquitecto original hizo un trabajo de mierda.

—No seas tan duro contigo mismo. —Negué divertida y le pasé los dedos por el pelo.

—Oye, lo de mañana… —comenzó—. Si no quieres venir, no pasa nada. Me invento una excusa y…

—No —lo interrumpí—. No es necesario .

—Entonces, ¿quieres venir a tu primera barbacoa de los Remo Delgado como mi novia?

El amor me había vuelto una blandengue, porque la forma en la que me preguntó terminó de convencerme.

—Sí, quiero.

Tragó saliva.

—¿Y a mí?, ¿me quieres?

Me puse de puntillas y, cuando se acercó para besarme, giré el cuello y me apoyé en su mejilla. Sonreí ante su queja, que murió en cuanto le apresé el lóbulo de la oreja.

—A ti te adoro, rubio descarado. Y a Peni también.

El gimió complacido y me elevó unos centímetros.

—Ni ella ni yo pensamos dejarte escapar. Nunca.

—Te quiero.

—Y yo a ti, pelirroja. Más que escalar sin arnés.

Me besó delante de todos, y supe que, incluso con vértigo, quería llegar a la cima sin soltarme de su mano.