Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) Epílogo II
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Epílogo II

Consejo de mierda que nadie pidió: cierra siempre con pestillo y no te acerques al fertilizante.

GUILLE

Zahara avanzó hasta la cama y me arrancó de la mano la gorra del cuerpo de bomberos antes de que pudiera meterla en la maleta.

—Ni de coña. Es mía.

—¿Qué?

—Me la regaló Bruno a mí —insistió.

—No te la he visto puesta jamás.

—¿Y? —Se cruzó de brazos—. Eso no significa nada.

Me encogí de hombros.

—Tú misma. Aunque si supieras la de cosas que he hecho con ella puesta…

La visera me dio en la frente cuando me la lanzó con mala leche .

—Eres un cerdo —se quejó—. Espera que venga Cintia y verás.

Me reí.

Era imposible no hacerlo, mi hermana pequeña tenía el don de amenazarme con las cosas menos efectivas del mundo.

—Cintia también ha jugado a ser una bombera sexi conmigo. No olvides que lleva siete meses aprendiendo del mejor —la informé, y la nariz se le frunció.

—Tal para cual.

—¿Verdad?

Su bufido me hizo sonreír.

—Lo has hecho aposta, ¿a que sí?

—¿Follar con tu gorra? Sí.

—Has esperado a que me vaya para largarte tú también y dejarme sin esto.

—¿Sin gorra?

—Vete a la mierda, Guille —se quejó—. Se suponía que yo también disfrutaría del apartamento.

—Zahara, te vas a mudar a Londres mañana… ¿De verdad estás quejándote por no haber heredado estos veinticinco metros cuadrados pegados a papá y mamá?

—Veinticinco metros cuadrados de independencia cómoda —puntualizó—. Ahora voy a vivir con César y su compañero, y sé que Papá y el tío Leo ya le han ido con el cuento para que cuide de mí, como un buen primo mayor, y no va a dejarme ni respirar.

—Seguro que encuentras su punto débil —la animé—. Si has sabido torearnos a nosotros siete, dudo mucho que no puedas hacer lo mismo con él.

Me fulminó con la mirada y suspiró. Yo continué guardando ropa en la maleta, aunque ella no tardó ni cinco segundos en dejar de estar callada .

—Me voy mañana —murmuró.

—Lo sé.

—A más de dos mil kilómetros.

—Esa es la gracia.

—Londres… ¿Sabes lo que es eso?

—¿Lluvia, té y gente que conduce por el lado equivocado?

Se dejó caer en el colchón con un gesto dramático y, con el movimiento, me desmontó una pila de calzoncillos ya listos para guardar.

—Voy a echar de menos esto.

Saqué de debajo de sus muslos un par que habían quedado aprisionados y los metí de cualquier manera en la maleta.

—¿A Costa Serena o a mí?

—A Costa Serena, por supuesto.

— Por supuesto —repetí imitando su tono.

—¿No te sientes raro?

—Me siento pletórico —la corregí—. Me mudo a un apartamento con Cintia y, de regalo, te pierdo de vista durante meses. Es el sueño de cualquiera.

—Será raro.

—Raro sería que te pasearas en tetas por la casa, que aquí ya te las tenemos muy vistas, pero a César seguro que le da un jamacuco. Ya sabes que siempre ha tenido un palo metido por el culo.

—Dudo que le importe, es gay.

—¿Gay? —Negué con una sonrisa socarrona—. No sé yo.

Zahara giró el cuello en mi dirección y arrugó la frente.

—¿Por?

—Digamos que ambos tuvimos una… experiencia interesante con unas guiris hace unos años .

—¡¿Hiciste una orgía con César y dos tías?!

—Qué va. Solo compartimos espacio vital mientras les dábamos la bienvenida al pueblo. Que no se diga que en Costa Serena no somos hospitalarios.

Zahara fingió una arcada a la vez que se levantaba de la cama. Mi chica eligió ese momento para abrir la puerta con su propia llave.

—Cintia, tienes el cielo ganado.

Se quedó en el marco de la puerta, con una bolsa en la mano y el ceño fruncido.

—No sé si quiero saber el motivo —dijo mientras observaba el caos a mi alrededor: la maleta abierta, ropa por todas partes y Zahara mirándome como si acabara de confesar un crimen en masa.

—Lo dudo —contestó mi hermana.

—Solo le estaba contando una historia de cooperación internacional llena de valores.

Zahara soltó una risa por lo bajo y abrió la puerta interna del apartamento.

—La palabra correcta es orgía.

Y cerró tras ella.

Yo me giré hacia mi novia con expresión inocente, y Cintia me observó con una ceja alzada.

—Hola, lucero de mi alma, faro de mi barco a la deriva y razón de mi triste existir —le dije solemne y me acerqué—. Ya te echaba de menos.

—¿Algo que necesite saber?

—Qué va. —La agarré de la cintura y agaché la cabeza para quedar a su altura—. Ya sabes cómo le gusta a mi hermana escuchar mis batallitas de veterano de guerra .

—¿Estás listo?

—¿Para mudarme contigo? —Sonreí de oreja a oreja—. Por supuesto. Esta noche he soñado con eso.

—Ah, ¿sí?

—Ajá —contesté meloso, y ella se mordió el labio inferior—. Te cociné un arroz con pollo mientras tú ponías tu cepillo de dientes al lado del mío.

—¿Y en el sueño no se te quemó el arroz como la otra vez?

—Carbonizado —confirmé—. Se sacrificó por la causa.

Me tragué su carcajada en un beso que comenzó inocente, pero subió rápido de nivel.

No me hizo falta más que un gemido para alzarla hasta la isla de la cocina y meterme entre sus piernas. Cintia coló las manos por mi camiseta y subió hasta el piercing y, cuando cerró las piernas a mi alrededor, perdí la cabeza y enterré la cara entre sus tetas.

—Guillermo… —susurró mientras me hundía los dedos en el pelo—, tenemos que irnos.

—¿Sí?

—Uri y Sonia ya van camino del piso para subir mis cajas y, como no lleguemos pronto, nos van a estrenar el sofá.

—Mientras no lo manchen… —Le bajé un poco más la cremallera de la sudadera y mordisqueé con cuidado su pezón, recientemente perforado y erguido bajo la tela de la camiseta—. Uhm… No llevas sujetador.

—No —gimió.

Se arqueó contra mí y la respiración se le volvió irregular cuando colé una mano por debajo y apresé la piel entre los dedos.

—Te he echado de menos —murmuré.

—Han sido… —sollozó— dos horas .

—Una eternidad.

Me tiró del pelo de la nuca para guiarme hasta su boca y nos volvimos a besar, con lengua, con saliva y con todas las ganas de montárnoslo en la isla de la cocina.

—Guille, traigo las lla…

La voz de mi padre atravesó el apartamento como una alarma antiincendios.

—¡Papá!

Cintia bajó las piernas y me separó de su cuerpo de golpe, y yo di un paso atrás que dejó en evidencia la erección que hinchaba mis pantalones de chándal.

—¡Perdón! —Se dio la vuelta y se tapó los ojos con una mano—. Ay, por Dios. Hola, Cintia. ¿Qué tal?

Sonreí ante el gesto incómodo de mi novia.

—Hola, Fede —respondió.

Se bajó de la encimera de un salto y se recolocó la sudadera a la velocidad de la luz.

—Lo siento mucho, Zahara me ha dicho que mi hijo estaba solo —masculló mi padre.

—Menos mal que se va a Londres —bufé con ganas de estrangularla.

—No pasa nada —dijo mi novia con voz dulce.

—Solo… —comentó mi padre, sin girarse—. Venía a dejar las llaves del coche grande para que podáis llevar las últimas cosas al estudio.

—Gracias, papá.

—Y mamá me ha pedido que te recuerde que la comida empieza a las dos —añadió incómodo.

—Vale. —Aguanté un resoplido y apoyé estratégicamente la cadera en la banqueta, porque Peni no entendía de momentos inoportunos para ponerse a presumir de músculo. Eché un último vistazo a Cintia y añadí—: Puedes darte la vuelta, papá.

Lo hizo, quizá más lento de lo habitual y con un gesto tenso que le marcaba las arrugas de los ojos.

—Bien, pues… me voy para que terminéis. Con el equipaje, claro.

Asentí.

—Claro.

—Bien —repitió y, una sonrisa incómoda después, sacó unas llaves del bolsillo y me las lanzó. Las cogí al vuelo—. No lleguéis tarde.

—Lo intentaré.

—Guille…

—Que sí, papá —lo tranquilicé.

Se dio la vuelta, abrió y, antes de salir, añadió sin mirarnos:

—Cerrad la puerta si vais a seguir… haciendo el equipaje.

Y salió sin esperar respuesta.

Cintia se llevó las manos a la cara y fingió un sollozo.

—Me quiero morir —murmuró.

Solté una risa y me acerqué despacio.

—No ha sido para tanto.

—Nos ha visto.

—Qué va.

—Dios, qué vergüenza.

—Tranquila. —Le quité las manos de la cara y le besé la nariz—. Te aseguro que ha presenciado cosas bastante peores.

—¿Como qué? —preguntó con escepticismo.

—Pregúntale a mi hermana Emma cómo acabó Jaime corriendo por el jardín con el culo al aire, la primera vez que vino a casa, mientras mi padre lo perseguía con la manguera.

Cintia abrió los ojos y la boca a la vez .

—¿En serio?

—Papá Remo tiene un radar que huele el peligro a kilómetros. O las hormonas, que viene a ser lo mismo.

—Yo creía que Emma y Jaime eran los más discretos.

—Lo son —confirmé—. Pero les dio el calentón, se encerraron en el cuartillo del jardín y, con la emoción, mi cuñado golpeó una estantería y se le volcó medio bote de fertilizante por encima.

Cintia se tapó la boca con la mano.

—Pobre Jaime.

—Unos geranios preciosos le habrían salido del culo si mi padre no le hubiera dado un manguerazo.

Se le escapó una carcajada, y a mí se me olvidó hasta mi nombre. Supongo que es lo que pasa cuando encuentras el mejor sonido del mundo, que lo demás pasa a un segundo plano.

—Estoy enamorada de tu familia —reconoció.

—¿Y de mí? —La atraje hacia mi cuerpo y puse una mueca de pena—. ¿Estás enamorada de mí, pelirroja?

Me empujó por el pecho.

—Mucho, pero no podemos llegar tarde a la fiesta de despedida de tu hermana.

—Es solo una barbacoa más.

—Nunca es una barbacoa más si es con tu familia.

Lo soltó así, tan tranquila.

Y yo me quedé embobado mirándola un segundo más de la cuenta. No por lo que había dicho, sino por cómo lo había dicho; con ese amor y devoción.

Ahí lo tuve claro: no pensaba dejarla escapar.

Me iba a quedar con mi pelirroja el tiempo suficiente como para que me salieran canas .

Y sí, llegamos tarde a comer. Mucho. Pero, si todas las decisiones importantes iban a acabar así, pensaba seguir llegando tarde el resto de mi vida… con ella.