Epílogo I
Verdades incómodas: el vértigo no tenía que ver con las alturas.
CINTIA
Solté una risa, y él me miró enfurruñado.
—Lo digo en serio —repitió sin dejar de caminar hacia el bar—. Mi hermana Diana huele las mentiras a kilómetros, como los tiburones la sangre. No, peor —se corrigió—, porque ella, además, opina.
—Entonces procuraré no sangrar.
Guillermo refunfuñó, pero no dijo nada durante unos cuantos pasos.
Estaba nervioso, mucho, solo había que verlo. Caminaba derecho y deprisa y, cuando se daba cuenta de que me estaba dejando atrás, paraba y volvía a mi lado. También me agarraba y soltaba de la mano continuamente, para recolocarse el pelo, para mirar el teléfono …
—Espera —soltó de pronto y frenó en seco. Se colocó delante de mí con gesto solemne—. Vamos a repasarlo.
—¿Otra vez?
—Créeme, con ellos nunca serán suficientes —rebatió—. Entramos, saludamos, no hacemos movimientos bruscos al sentarnos y, sobre todo, no respondemos preguntas incómodas. Como dijo el gran Skipper, líder de los pingüinos de Madagascar : sonreír y saludar.
Solté una carcajada.
—¿Respirar puedo?
—Bajito sí.
Sin dejar de sonreír, me puse de puntillas, le apoyé las manos en el cuello y lo atraje hacia mí. En el primer segundo del beso se mantuvo rígido, aunque no me hizo falta insistir demasiado para que se rindiera.
—Todo va a ir bien —dije contra su boca—. Te lo prometo.
—Solo llevo dos semanas practicando esto del novio prémium, pero creo que yo debería estar diciéndote eso a ti. A fin de cuentas, es mi familia.
Negué con la cabeza.
—¿Te acuerdas cuando mi padre se enteró de que salíamos y te dejó claro con una mirada que, si me hacías daño, no iban a volver a encontrar ni tu DNI?
—Como para olvidarlo… —Resopló—. Aunque está cayendo rendido a mis pies. Lo noto.
—¿Y lo incómoda que ha sido la comida con mi madre y él este mediodía?
—Uhm, uhm.
—Tomar algo con tus hermanos no puede ser peor.
Él se echó a reír de forma escandalosa.
—Qué inocente eres aún —exageró. Un segundo después inspiró hondo y me dio un beso escueto en los labios—. En serio, si en algún momento quieres irte hazme una señal. Buscaré una excusa y nos iremos. No hace falta aguantar a esa pandilla de tocapelotas.
—¿Me estás dando una salida de emergencia?
—Te estoy dando todas . —Abrió los ojos y asintió un par de veces—. Puertas, ventanas y, si es necesario, me ofrezco como tributo y te grito que huyas mientras los retengo.
Se me ensanchó la sonrisa.
—No creo que sea necesario.
Él bufó, y yo lo agarré de la mano para retomar el camino hacia el bar donde habíamos quedado.
Cuando giramos la última esquina y nos acercamos a la puerta, miré el reloj y me di cuenta de que llegábamos diez minutos tarde.
Guillermo me detuvo cuando fui a abrir.
—¿Estás segura? —Asentí y apreté su mano con la mía. Él imitó mi gesto e inspiró hondo—. Bien. Vamos allá… Si les caes bien, luego no tendrán argumentos contra ti cuando me los cargue.
—Qué malote.
Él giró el cuello y me guiñó un ojo. Yo me humedecí los labios y le eché un vistazo a su entrepierna.
—No me mires así, pelirroja —me advirtió y luego masculló—: Joder, Peni, no es momento para venir a dar ideas.
Aguanté la risa. A aquellas alturas ya sabía perfectamente quién era Peni y el papel protagonista que tenía en su vida.
Habíamos tenido una presentación bastante…
intensita unos días atrás y, desde entonces, tenía asumido que, en la cabeza de Guillermo, había momentos en que la conversación funcionaba a tres bandas .
Tiré de él, y Guillermo aprovechó que la entrada estaba concurrida para pegarse a mi espalda y dejarme claro cómo se encontraba.
Con disimulo, llevé una mano hacia atrás y la colé entre nuestros cuerpos. Estaba duro como una piedra, y supe que el pantalón vaquero que llevaba dejaría poco a la imaginación.
—¿A que ya no estás tan nervioso?
No contestó, tampoco fue necesario. Ambos sabíamos que la emoción que lo dominaba en aquel momento era mucho más intensa y visceral.
—Eres peligrosa —me murmuró al oído.
Su aliento me hizo cosquillas en la oreja, aunque no me dio tiempo a recrearme en la excitación que comenzaba a palpitarme entre las piernas, pues la puerta se abrió y el aumento de ruido fue inmediato.
Voces, risas, música… Y, en medio de toda esa mezcla, sus hermanos y cuñados ocupando la esquina que quedaba frente a la puerta.
—¡Ya están aquí! —gritó una chica rubia, de mi edad y con maquillaje ahumado: Zahara.
Sentí cómo Guillermo me apretaba la mano.
—Respira —le recordé.
—Digan lo que digan, recuerda que estoy dispuesto a cumplir cualquier penitencia que quieras imponerme con tal de que no me dejes.
—¿Hasta tirar la basura? —pregunté, sabiendo cuánto lo odiaba.
—La de todo el vecindario, si hace falta.
Giré el cuello y lo miré con el ceño fruncido.
Vale, ya estaba empezando a asustarme. Sin embargo, no me dio tiempo a indagar. Él movió la cabeza, compuso una sonrisa amplia y fingida y se adelantó sin soltarme de la mano .
En los escasos segundos que tardamos en llegar hasta ellos, me dio lugar a reconocerlos a todos. No porque los hubiera visto en persona, sino porque me los había estudiado. Literalmente.
Fotos, nombres, parentescos, anécdotas… Fue como cuando repasaba las fichas de los niños del campamento. Guillermo se había reído de mí la noche anterior, tumbado en la cama, y me había dicho que estaba completamente loca.
Luego dejó de reírse, porque me subí encima de él para demostrarle que podía memorizar datos y hacer muchas otras cosas al mismo tiempo.
Me obligué a salir de ese recuerdo cuando vi la ceja arqueada de Diana, la sonrisa socarrona de África y la postura de Gabriel, cuñado de Guillermo y amigo de mi padre, que no me quitaba ojo mientras se apoyaba en la mesa alta. La última vez que lo había visto, yo aún llevaba la ortodoncia.
—Hola —dijo Guillermo—. Perdón por el retraso.
—La disculpa llega veintisiete años tarde —soltó Bruno.
Alana, la mayor de los hermanos, le dio un codazo y después se acercó a nosotros. Me sonrió y miró a mi chico mientras abría los ojos y me señalaba con la cabeza.
—Ay, sí. Ella es Cintia.
—La misma —respondí—. Encantada de conoceros.
Me solté de la mano de Guillermo para poder saludar a todos. No obstante, no se separó de mi lado y, cuando solo quedaba una presentación, deslizó la mano por mi espalda y la dejó apoyada en un gesto protector.
—Por fin —murmuró Diana sin apartar la vista de mí—. La famosa pelirroja que ha conseguido domesticar a mi hermano pequeño.
Le di dos besos tras decir su nombre .
Que la reconociera le gustó o eso creí por cómo asintió sorprendida.
—No soy un perro, gracias —se quejó Guillermo.
—Estoy deseando saber cómo de especial eres para haberlo conseguido —me dijo.
La realidad es que no sonó agresiva, como había imaginado, solo estaba evaluándome. Pude leer el reto entre líneas: Diana quería saber de qué pasta estaba hecha.
—Te voy a decepcionar —comenté despreocupada—, soy bastante normal.
Guillermo me pasó un brazo por los hombros y me besó en el pelo.
—Mentira —me susurró en el oído.
Diana miró a su hermano, luego volvió la vista a mí e hizo algo que me dejó descolocada: me guiñó un ojo.
El gesto fue tan esclarecedor y tan parecido al de su hermano, pero tanto, que, para cuando reaccioné, ella ya había vuelto al lado de Rachel, su mujer, y se había enfrascado en una conversación.
Y la tensión se acabó.
Así de sencillo.
—¿Qué quieres beber? —me preguntó Guillermo en voz baja.
—Lo mismo que… —Me detuve y corregí mis palabras—. Un gin-tonic , por favor.
Asintió y se acercó a la barra para pedir. Yo lo observé alejarse y hablar con el camarero.
—¿A qué te dedicas, Cintia? —se interesó Carolina.
—La verdad es que no sé cómo contestar a eso —admití.
—Estudiaste Ciberseguridad, ¿no? —preguntó Gabriel.
—Sí —contesté escueta .
Irónicamente, el tema de mi profesión nunca me hacía sentir segura.
—¿Te dedicas al hacking ético? —me preguntó Jaime, que no se había pronunciado hasta ahora.
—Apenas he ejercido —reconocí—. Solo unos cuantos meses después de terminar la carrera, y todo muy básico: revisar vulnerabilidades, informes…, ese tipo de cosas que nadie quiere hacer, pero alguien tiene que hacer.
—¿Eres hacker ? —Zahara me miró alucinada—. ¡Qué casualidad! Me estoy leyendo un libro de un tío que es el mejor puto hacker del mundo, que encima está como un queso y se ha pasado media novela ocultando su rostro a la protagonista. —Hizo el gesto de abanicarse.
—Pásamelo cuando lo acabes —le exigió África.
—Cuidado con lo que respondes, Cintia —me avisó Hans—, tenemos dos policías infiltrados en el grupo.
—¿Podrías meterte en nuestros móviles? —insistió Zahara.
—Podría —se me adelantó Guillermo a la vez que me tendía la copa. Su voz destilaba un orgullo que me cerró un poco la garganta—. Pero sería aburridísimo. No guardas nada interesante, ya te lo he espiado yo.
—Capullo —le respondió ella.
—Y ahora trabajas con Guille, ¿no? —preguntó Alana.
—Sí —reconocí—. En la empresa de mi padre.
—¿Tú también escalas?
—Qué va. Tengo vértigo.
—Por eso hacemos tan buen equipo, porque yo estoy todo el día en las alturas, y ella me ayuda a bajar a tierra —explicó Guillermo sin dejar de mirarme.
—Ohhh… —dijeron varias de las chicas con ilusión.
—Misterio resuelto —sentenció Diana—. Ya sabemos su secreto: dejar que la cabra siga en libertad por la montaña .
Todos se rieron, incluidos nosotros.
Noté cómo la mano de Guillermo volvía a mi espalda, y me pegué a su costado.
—Me caen bien —susurré cuando se agachó para besarme.
Su respuesta fue una sonrisa radiante que le iluminó la cara entera.
Ni siquiera cuando me agarró de la mano y me separó del grupo para buscar un momento a solas en mitad de todo aquello dejó de sonreír.
Tras unos cuantos pasos se detuvo, me acercó a él, llevó las manos a mi cintura, y yo le apoyé las mías en la nuca.
—¿Bailas conmigo?
—Creía que no me lo pedirías nunca —bromeé—. ¿Sabes hacerlo?
—¿No conoces el dicho sobre follar y bailar?
Traté de no echarme a reír y me concentré para dedicarle mi expresión más inocente.