29 – Te necesito #2
Me incorporé y la devoré con una necesidad que ya no tenía nada que ver con el juego de siempre.
No, nada era ni remotamente parecido a lo de siempre.
Empezando por cómo notaba el tacto de su piel bajo mis manos.
O cómo de desesperado estaba porque pronunciara mi nombre mientras se rompía en mil pedazos.
Y fue entonces, en el momento en el que supe que estaba jugando en otra liga y temí no estar a la altura o fastidiarla, cuando pedí ayuda.
«¿Peni?».
No contestó.
«Te necesito, amiga. Échame un cable».
El silencio me hizo caer en la cuenta de que hacía demasiado tiempo que no me interrumpía con sus comentarios absurdos o con esas pullas que me tocaban las narices en el momento menos oportuno.
Peni no respondió, no dijo nada y, por alguna razón, eso me descolocó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cintia.
Parpadeé, volviendo en mí, y negué con la cabeza.
—Nada. Perdona.
—Has puesto una cara rara —insistió y me sostuvo la mirada .
—Soy raro —repliqué y la atraje hacia mí—. Así que vete acostumbrando.
Cintia negó, aunque sonrió. Y ahí se me terminó de ir la cabeza, porque a partir de ese momento quise quedarme a analizar cada segundo, en lugar de correr hacia el siguiente.
Yo, que normalmente iba a lo mío sin complicarme demasiado la vida, de pronto estaba fijándome en todo. En lo que le gustaba, en cómo se agarraba a mí, en cuándo se le escapaba un suspiro. Y buscaba, me detenía y aprendía.
—Guillermo…
Me tragué su plegaria y me incliné hacia ella.
Hubo un momento, uno muy breve, en el que me quedé embobado observándola, allí tumbada, con el pelo desordenado y la piel enrojecida por mis besos. Y esos ojos…, esos ojos decían tantas cosas que no supe a cuál atender primero.
Pero lo que más me descolocó no fue el deseo que me atravesó la columna, fue darme cuenta de que no estaba pensando en nada más que no fuese en ella. Ni en cómo lo estaba haciendo ni en lo que me apetecía ni en si iba demasiado rápido o demasiado lento.
Solo en ella.
Hasta que colé un dedo en su interior, lo saboreé y mandé a la mierda el análisis para limitarme a sentir.
La besé con menos cabeza y más instinto, y me dejé llevar por algo mucho más básico y primario. Ya no me detenía en cada caricia, sino que recorría, apretaba y buscaba provocar reacciones, escucharla, sentir cómo se deshacía poco a poco debajo de mí.
Y, por Dios, cómo respondía .
Cada vez que su cuerpo se arqueaba, cuando se agarraba a mí sin medir la fuerza y decía mi nombre entre gemidos, me empujaba un poco más al límite.
Y entonces lo entendí.
Todo — todo — había tenido un propósito.
Todas las veces, las experiencias, lo que creía que era solo pasar el rato, aprender, equivocarme y repetir, no había sido casualidad. Porque, de alguna manera retorcida que no sabría explicar sin parecer un puto flipado, supe que todo aquello me había llevado hasta allí.
Hasta ella y ese momento.
Hasta la versión de mí mismo que quería dejar atrás y la que, por ella, quería llegar a ser.
La que se dejaría la piel cada segundo de su vida por verla sonreír.
Después de su segundo orgasmo, la sujeté por las caderas y la llevé conmigo, colocándola sobre mí sin dejar de mirarla ni un segundo mientras me ponía el condón. Quería ver su reacción, cada cambio en su expresión, cada gemido cuando entrase en ella.
—Hazlo —le pedí, sin saber muy bien si se lo pedía a Cintia o a mí mismo.
Ella lo hizo.
Se dejó caer despacio, adaptándose y encajando conmigo de una forma que me robó el aire. Solté un suspiro entre dientes y golpeé la almohada con la nuca. No quería perder la cabeza demasiado pronto, pero me estaba resultando imposible.
Cada movimiento que hacía me arrastraba un poco más, cada roce y esa forma de aferrarse a mí… Cintia era estrecha y calentita, y me hacía ver las estrellas con cada rotación de caderas .
No tardé en salir a su encuentro. Le marqué el ritmo desde la cintura, con embestidas cortas y profundas. Y la intensidad fue subiendo, poco a poco, hasta que dejamos de coordinarnos para, simplemente, dejarnos llevar.
La sujeté con más fuerza, con más desesperación, mientras ambos buscábamos nuestra propia liberación. Y, cuando llegó y me arrasó, no me permití parar. No hasta que ella me siguiera.
Continué moviéndola, guiándola. A pesar de sentirlo todo extremadamente sensible, quise que llegara una vez más contra mí, por lo que llevé una mano a la unión de nuestros cuerpos e hice presión en el punto exacto.
Solo necesitó un par de movimientos más contra mi mano para romperse con un gemido que me terminó de destrozar por dentro.
Cayó sobre mi pecho, sin aliento y con el pulso acelerado.
Sentí que el corazón se me iba a escapar del pecho; el muy cabrón parecía dispuesto a salir a comprobar por su cuenta qué coño acababa de pasar y por qué me sentía tan jodidamente feliz.
Todo encajó de una forma que no sabría explicar, pero que tampoco iba a cuestionar. Y supe, sin necesidad de ser un experto, que aquello no iba a ser fácil.
«Ni quiero», confirmé.
«Quién te ha visto y quién te ve. No, si al final va a resultar que se te da bien esto del amor».
Abrí los ojos, asombrado.
«¿Peni? ¿Eres tú?».
«¿Quién iba a ser si no, tu apéndice? —contestó haciéndose la dura. Se me curvaron los labios—. Como consejo: en el próximo deberías concentrarte un poco más. Seis minutos es de lo más ridículo, si se me permite opinar» .
«Joder, Peni. Menos exigir, que has estado calentando banquillo desde que empezó el partido hace casi un mes», le recordé.
«Pues, para tu información, en breve estaré lista para el segundo tiempo, así que no te duermas en los laureles y ve preparando el terreno de juego», exigió con ánimos renovados.
Ensanché la sonrisa.
Cintia suspiró una última vez, me besó en los labios y, dejándose caer en el colchón, encajó su cuerpo contra el mío. Y me quedé allí, en silencio, con los ojos cerrados y pasándole la mano por el costado de forma hipnótica, solo por el gusto de tocarla y por el placer de poder hacerlo.
—¿Estás bien? —me preguntó al cabo de un rato.
—Sí. ¿Por?
—Estás muy callado.
—Solo pensaba.
—Me da miedo preguntar, pero… ¿en qué?
Inspiré hondo y, con tono solemne, me sinceré.
—En tu madre. —Cintia se envaró, y yo la retuve cuando trató de separarse—. Creo que estaría bien saber cuándo vuelve para poder sincronizarnos y montárnoslo en la entrada, así ella nos pilla en plena faena y cerramos el círculo.
Se me escapó una risotada cuando me pellizcó el pezón que no tenía perforado.
—Eres…
—Idiota —me adelanté y le robé un beso—. Lo sé. Pero soy tu idiota.
Y ella, por alguna especie de milagro cósmico, no me llevó la contraria.