29 – Te necesito
Consejo de mierda que nadie pidió: si te importa, quédate.
GUILLE
Me quedé muy quieto, procesando lo que acababa de murmurar, y negué con el ceño fruncido y los labios apretados en una línea.
—Sí, sí que tiene sentido —me opuse—. Cintia, lo nuestro tiene todo el sentido.
—Di un paso hacia ella, uno pequeño, pero que implicaba un salto enorme en aquel momento—.
Míranos. Todo lo que hemos pasado; las broncas, las pullas, las veces que hemos hecho como que nos dábamos igual cuando era mentira.
No hay nada frágil en esto, te lo aseguro.
Además, no puedo dejar de pensar en ti, pelirroja.
Ni un puto momento. En tu risa, en la de verdad, no la que usas para vacilarme —aclaré, cómplice.
Ella se mordió los labios, y yo medio sonreí—.
En cómo me miras cuando hago el idiota, como si no supieras si mandarme a la mierda o besarme .
—Nunca lo tengo claro.
—También en cómo me buscas, aunque finjas que no —continué y agaché la cabeza para quedar más cerca de ella—.
Y en cómo te acercas y luego te haces la dura.
Pienso en todo eso que tenemos y que no es casualidad, Cintia.
No lo es, y tú lo sabes, a pesar de que ahora mismo las ganas de mandarme a la mierda vayan ganando.
La observé con el corazón acelerado.
Cintia tenía los ojos brillantes, las pestañas pegadas por las lágrimas que había intentado contener sin ningún éxito y la nariz enrojecida. Estaba vulnerable, exhausta, y, aun así… Joder. Aun así, estaba preciosa.
No en plan «qué guapa es» y ya está, no. Me refería a mucho más.
Era verla así y querer meterme una hostia contra la pared por haber llegado como un toro desbocado cargado de reproches, cuando lo único que tenía delante era a alguien que también estaba intentando entender y manejar la situación.
—No quiero volver a perderme, Guillermo.
—No dejaré que ocurra —le aseguré, bajando un poco el tono—. Cintia, da igual lo que haya pasado, da igual de quién seas hija, ¿vale? Solo he actuado así porque… estoy dando palos de ciego. Jamás he estado enamorado, joder, y siento si he metido la pata. De verdad, lo siento, yo…
—¿Qué? —me cortó y se quedó muy quieta—. ¿Qué has dicho?
No hizo ni un gesto ni parpadeó. Tenía los ojos clavados en los míos, abiertos un poco más de lo normal.
—¿Que lo siento? —farfullé, acojonado.
—¿Acabas de decir enamorado ?
Su voz ya no sonó molesta, sino más bien descolocada. Parecía que quería creer lo que le decía y, al mismo tiempo, quería salir corriendo.
Tragué saliva, aunque no me retracté. A aquellas alturas ya no iba a esconderme detrás de una broma o a hacer como que aquello era un juego, porque no podía perderla.
No quería.
Y sabía que lo que sentía por ella era algo que no había experimentado nunca por nadie.
—Estoy enamorado de ti —admití y se me escapó una risa nerviosa—. Hasta las trancas, de hecho.
Cintia rompió el contacto visual un segundo y cerró los ojos.
—Apenas me conoces —susurró.
—Pues imagina cómo estaré cuando sí lo haga. Me tendrás a tus pies, pelirroja.
Volvió a mirarme, y no sé si fueron las ganas que yo tenía de que aquello funcionase o mi subconsciente manifestando, pero sentí que me observaba con un brillo distinto en los ojos.
Con menos defensa, un poco de vértigo y más decisión.
—¿Qué me estás pidiendo, Guillermo?
Acorté lo poco que quedaba entre nosotros y le pasé las manos por detrás de la cintura.
—Nada. Todo —me contradije—. No sé hacerlo bien…, creo que eso ya ha quedado claro —admití—, pero sé que no quiero intentarlo con nadie más que contigo.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Además, un sabio ancestral me dijo que debía mover cielo y tierra y hacer lo que fuera necesario para recuperarte. Y yo siempre hago caso a mi padre.
Cintia soltó una risa, aunque no fue un sonido limpio, pues se le rompió a mitad de camino; se le mezcló con el aire que llevaba reteniendo no sabía cuánto tiempo, con las lágrimas que aún tenía en los ojos y con todo lo que estaba tratando de sostener desde que había abierto la puerta, y negó con la cabeza.
—Eres… —Se le quebró la voz y soltó otra risa, esta vez tapándose la cara un instante—. ¿Cómo puedes bromear en un momento así?
—Lo sé. Soy irresistible.
—No me lo pongas más difícil —me rogó.
—Pero tú no te quedas atrás, ¿eh? Eres la chica más guapa e interesante que he conocido, aunque un poquito borde cuando…
No me dejó terminar.
Me echó las manos al cuello al tiempo que se puso de puntillas e impactó su boca contra la mía.
Cintia me besó sin cuidado, sin medir. Con todo lo que llevaba encima más lo que había guardado en las cajas; con dudas, con miedo. Pero también con una necesidad que me arrasó.
Y yo caí rendido un poquito más.
Le sujeté la cara entre las manos casi sin darme cuenta, temiendo que pudiera desvanecer si no la anclaba a mí de alguna forma. Y su boca me buscó con una urgencia que no tuvo nada que ver con las veces anteriores.
Lo noté en todo: en cómo me besaba, en cómo se aferraba a mis brazos, en que no había ni rastro de esa contención o ese paso atrás que ya había sentido antes.
Profundicé el beso, deleitándome en cada recodo de su boca. Y, cuando ella gimió, quise asegurarme de que aquello no era producto de mi imaginación y de que Cintia estaba allí, conmigo .
Dios, si abría los ojos y me encontraba con que todo aquello era un sueño, me moriría.
Me separé apenas un segundo, sin soltarla del todo, solo para poder verla y confirmar que era real.
Y lo era, vaya si lo era. Y tenía la respiración entrecortada, al igual que yo.
—Está bien —murmuró rozándome los labios con los suyos. No me dio tiempo ni a entender qué estaba diciéndome—. Intentémoslo, pero despacio.
Tardé en procesarlo. Y, cuando lo hice, me erguí y la miré alucinado.
—¿Es coña?
—Sin presiones ni expectativas —añadió.
—A ver, cuando dices intentémoslo , te refieres a… —Me callé y esperé a que ella terminase la frase, por eso de no hacer el gilipollas más de cien veces en un día y llevarme otro récord Guinness al tonto del pueblo. Ya no me quedaban paredes en el apartamento para colgar todos los diplomas.
A ella debió de parecerle graciosa mi cara, porque soltó una risita contra mi boca que me dejó completamente vendido.
—Me refiero a que puedes dejar de aceptar sujetadores usados.
Eché la cabeza hacia atrás y murmuré una letanía al techo.
—Eres cruel —bromeé sin separarme—. Debí hacerle caso a mi hermano Bruno: las tías lo quieren fastidiar todo desde el principio, aunque siempre terminan haciendo que limpiemos el suelo con la lengua.
—Qué asco.
Sonreí, y ella suspiró.
—Entonces, ¿puedo presentarte como mi novia?
—Si te hace ilusión… —dijo, haciéndose la dura, a la vez que se encogía de hombros.
Sonreí una vez más y la acerqué de nuevo a mi cuerpo.
—Dilo tú. —Para llevarme la contraria, no abrió el pico—. Di que eres mi novia, vamos. Me haría mucha muuucha ilusión.
Compuse un puchero, y Cintia suspiró.
No obstante, hizo lo que le pedí, incluso me tiró de la nuca para volver a tener mi boca a la altura de la suya.
—Soy tu novia, Guillermo. —Y, para contrarrestar, me mordió el labio inferior.
Gemí en respuesta, y cuando volvimos a enredar nuestras lenguas noté como todo cobraba sentido de repente.
La besé una y otra vez, despacio al principio, como si quisiera saborearla bien y recrearme en ese primer beso oficial. Sin embargo, la calma duró bien poco, porque Cintia se propuso no ayudar. Y no solo ella, sus manos tampoco lo hicieron y su forma de rozarse contra mí mucho menos.
Eché el culo hacia atrás para separar la cadera unos centímetros de ella.
—Dame un momento.
Mi novia — mi novia — frunció el ceño. Tenía los labios brillantes por nuestra saliva y la respiración atropellada.
—¿Qué?
—Un segundo. Necesito calmarme o… —Gemí cuando sacó la lengua y jugueteó con mis labios, provocándome—. Cintia.
—Dime.
—Por mucho que mis abdominales te hagan pensar lo contrario, no soy de piedra —me quejé aunque no opuse resistencia cuando coló la mano bajo mi camiseta y comenzó a subir—. Solo dame medio segundo para no liarla.
Se mordió el labio inferior y, poco a poco, se le dibujó una sonrisa .
—Y yo que creía que liarla era tu especialidad —me picó—. Qué decepción.
Tragué saliva al sentir el roce despreocupado de su muñeca en mi entrepierna.
—Cintia… —farfullé con la erección a punto de reventar —. Te prometí que…
—Guillermo, por si no lo has pillado, quiero que la líes —me cortó, mirándome a los ojos—. Si tú quieres, claro.
Y, por si sus palabras no fueran lo bastante claras, subió la mano desde mis abdominales hasta el piercing que me atravesaba el pezón e imprimió la fuerza justa al tirar de él.
—Joder… —Fue quejido y agradecimiento a la vez—. Ven aquí.
Y no hubo más discusión.
La devoré hambriento, ella me besó de vuelta y no tardó en ponerme la palma contra el abdomen y empujarme hacia atrás.
Retrocedimos a trompicones por el pasillo y chocamos contra la pared en un par de ocasiones, porque ninguno de los dos estaba prestando atención a nada más que no fuera la boca del otro.
—Espera —dijo entre risas—. Que nos vamos a matar.
—Moriría feliz.
Ella negó y no añadió nada más. Llegamos a su habitación casi de milagro y, al entrar, no nos molestamos en echar el seguro de la puerta.
Acabamos cayendo sobre la cama, riéndonos como dos críos durante tres segundos. Y recuerdo que fueron tres exactos porque al cuarto se nos olvidó hasta cómo se hablaba.
Cintia dejó de reírse antes que yo. Bajó los ojos hasta mi boca, luego los subió de nuevo y, sentándose sobre mis caderas, se quitó la camiseta y el sujetador y se quedó desnuda de cintura para arriba ante mí. Sin esconder nada, sin un atisbo de vergüenza.
Con aquellas pequeñas, pero sublimes, tetas al aire.
Me quedé clavado en el colchón, observándola, observándolas. Y ella decidió torturarme un poquito más cuando se acarició y pasó los pulgares por esos pezones endurecidos.
—¿Te gus…?
No terminó la frase, no la dejé.