28 – Déjà vu
Verdades incómodas: hay decisiones que dan miedo, aunque sean las correctas.
CINTIA
Hablaría con Guillermo. Había tomado la decisión la noche anterior, aunque en el fondo sabía que tenía que hacerlo desde mucho antes.
Le debía la verdad. Toda.
Sin embargo, había dormido poco y mal, y lo único que quería en ese momento era llegar, darme una ducha que me quitara el olor a mi antiguo piso, comer cualquier cosa y, después de contestarle —aceptando su famoso bocata—, meterme en la cama un par de horas antes de ir a trabajar.
Nada más. Algo sencillo.
O eso creía …
Porque cuando dejé la caja en el rellano y, haciendo malabares para que no se me cayesen las dos bolsas que tenía colgadas del hombro, busqué la llave en el bolsillo y abrí, todo se fue a la mierda.
Ahí estaba. Otra vez —otra maldita vez— la misma escena con la que había empezado todo: Guillermo y mi madre, plantados en la entrada de su piso, a solo dos pasos de distancia el uno del otro.
Por suerte, él estaba completamente vestido en esta ocasión, aunque el déjà vu me golpeó con la sutileza de un babuchazo en la cara.
Me fijé en él primero, sin pensar, pero su respuesta fue apretar la mandíbula y apartar la mirada. El gesto me descolocó, porque no era lo que esperaba, ni de lejos. Después de la noche del sábado, y de todo lo demás, lo último que imaginé era esa distancia.
Esa frialdad.
Noté cómo el corazón se me replegaba sobre sí mismo para protegerse antes siquiera de entender qué estaba pasando.
Desvié la atención hacia mi madre y apreté un poco más el agarre de las bolsas.
—Hola.
—Hola, cariño —contestó ella con cautela—. Has llegado justo a tiempo.
—¿De qué? —logré preguntar mientras me imaginaba mil escenarios posibles.
«¿Se refiere a que un poco más y los pillas desnudos?», me preguntó el lado más masoquista de mi subconsciente.
Me odié un poco por pensarlo, porque sabía que ninguno de los dos me haría algo así.
Mi madre carraspeó, miró el teléfono que tenía en una mano y abrió los ojos con teatralidad .
—Oh, vaya. Qué faena. —Hizo una pausa y movió el dedo por la pantalla—. Un mensaje del trabajo —explicó con tono forzado—. Pues… tengo que ir a… atender un asunto.
—¿Ahora? —le pregunté y me fijé en la ropa informal que llevaba puesta.
Mi madre jamás iba vestida con leggings y camiseta al bufete. Nunca.
Ella asintió a la vez que agarró el bolso del mueble de la entrada y me dedicó una mueca.
—Sí, cariño. Es una urgencia.
Me dio un beso rápido en la mejilla y, antes de irse, le lanzó una mirada de advertencia a Guillermo que me tensó hasta a mí.
Varios segundos después, escuchamos la puerta del ascensor, y Guillermo y yo nos quedamos solos.
Fue ahí cuando volví a mirarlo.
Seguía serio, y eso bastó para ponerme en alerta. Por más que busqué, no encontré ni rastro de esa media sonrisa suya ni del brillo que le atravesaba los ojos cuando estaba a punto de decir o de hacer alguna gilipollez de la que luego me terminaba riendo.
No era una buena señal.
—Hola, Guillermo.
Él cogió aire despacio, pero, en lugar de responder, echó un vistazo rápido al rellano y a la caja.
La metí dentro y cerré la puerta de un tirón.
—¿Podemos hablar? —preguntó en cuanto me giré.
Se me hizo un nudo en el estómago ante su tono.
—Claro.
Eché a andar hacia el salón, y él me siguió sin decir nada. No me hizo falta voltearme para saber que no me quitaba los ojos de encima, pues los sentía clavados entre los omóplatos .
No me dio tiempo a ofrecerle asiento cuando disparó su primera bala.
—¿Has vuelto con Kiko?
El alma se me cayó a los pies cuando entendí que aquello era mucho más de lo que había imaginado en un principio. Más que un simple enfado por no haberle contestado.
Tragué saliva y me giré sin prisa. Necesitaba ganar algo de tiempo, no porque me hiciera falta pensar la respuesta, sino porque debía decidir cómo quería encauzar esa conversación.
—No.
Él se quedó quieto, observándome, y a mí me dio la impresión de que esperaba otra respuesta, una más elaborada.
—Pero fuiste a arreglar las cosas con él.
—¿Qué? No —repliqué y fruncí el ceño—. Fui a hablar con él para explicarle que no iba a volver. ¿De dónde has sacado eso?
—De una fuente muy fiable —soltó más cortante.
Parpadeé incrédula y me crucé de brazos.
Aquella conversación no estaba saliendo como imaginé, ni de lejos, y me estaba empezando a molestar su tono acusatorio.
—¿Qué estás insinuando, Guillermo?
—Nada —soltó con fingida calma—. Solo estoy intentando entender la situación.
—Pues la situación sigue siendo la misma. —Me crucé de brazos—. No estoy con él.
—Pero habéis pasado la noche juntos.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
—No.
—¿No? —preguntó con sarcasmo.
—No he pasado la noche con Kiko —repetí con mucha menos paciencia.
—Eso dices, pero la verdad es que no me lo creo .
—Pues es lo que hay.
—«Lo que hay» —repitió con una sonrisa cínica—.
Lo que hay es que tuvimos una cita de puta madre, luego desapareciste del mapa, me dejaste en visto, y cuando vengo para hablar contigo, para verte, aclarar las cosas e intentar que esto funcione, me encuentro con que tu madre me dice que has dormido en tu antiguo piso. ¿De verdad pretendes que no dude?
«No entres en su juego. Contente, Cintia», me dije por inercia.
—No pretendo nada.
—Cintia, deja de mentirme, por favor.
Se me cerró la garganta de tal manera que casi escupí las siguientes palabras.
—No te he men…
—¿Cuándo pensabas contarme que Fer es tu padre? —me cortó—. Tu padre, Cintia. Mi puñetero jefe, joder. ¿O eso también me lo vas a negar?
Notaba el pulso acelerado en los oídos.
—No —admití—. Es mi padre.
—¿Y no pensaste que igual eso era relevante?
—Claro que lo pensé.
—Claro —repitió con una mueca amarga—. Supongo que lo que ocurrió es que no encontraste el momento oportuno. Ni siquiera cuando dimos un paseo por la playa hace dos días y nos contamos media puñetera vida.
Sí. Guillermo estaba en su derecho de reprocharme, al igual que yo en el mío de haber querido ocultarlo. Aunque la realidad era que sí dudé en decírselo, más de una vez.
Desde ese primer beso en el campamento, cuando todo había empezado a complicarse más de lo que imaginé .
Pero no lo hice, quizá porque no quería estropearlo; estábamos bien así y, en el fondo, tenía asumido que lo nuestro no llegaría a nada como para que aquello importara de verdad. Sin embargo, sí que había trascendido y, para cuando quise darme cuenta, ya no sabía cómo arreglarlo.
Respiré hondo y clavé la mirada en el suelo un segundo antes de volver a alzarla.
—No lo hice por joderte, Guillermo. Lo oculté porque sabía exactamente lo que iba a pasar si se sabía.
—¿El qué? —espetó—. ¿Que me iba a dar igual?
Solté una risa sin humor.
—No. —Negué con la cabeza para darle más peso a mi respuesta y me justifiqué, una vez más—. Que iba a dejar de ser Cintia, la Sargento, para convertirme en la hija del jefe.
—Yo no te habría tratado diferente.
—Eso no puedes saberlo.
—Claro que puedo. —Se llevó las manos a la cabeza, desesperado—. Me jode. Me jode mucho que me compares con los demás cuando me estoy esforzando por demostrarte que no lo soy.
—No te estoy comparando —rebatí con una presión conocida en el pecho—. Pero formabas parte del equipo del campamento, y… no quería que se supiera. No fue nada personal, ¿no lo entiendes?
—¿Y tú no entiendes que me estás metiendo en el mismo saco que al resto?, ¿que a Esther? —Di un paso hacia atrás, sorprendida por la mención—. Porque esa es otra —añadió con un deje de rabia contenida—, resulta que eras la hija del jefe todo este tiempo, y dejaste que te tratara así.
—¿Y qué querías que hiciera? —pregunté cabreada—. ¿Ir a llorarle a mi papá?
—¡Lo pasaste mal !
—¡Precisamente por eso no hice nada! —grité yo también.
Nos sostuvimos la mirada y supe que no iba a poder parar.
La cuerda que mantenía a raya todas mis emociones acababa de romperse y, llegados a ese punto, no podía ni quería hacer nada por contenerlas—.
Lo oculté, sí. Y siento no haber sido sincera, pero ¿te das cuenta de que, desde que he llegado, solo estás dando por hecho lo que te conviene y pidiéndome explicaciones del resto?
En ningún momento me has preguntado por qué.
Por qué no te lo dije, por qué no te he respondido, por qué no he pasado la noche aquí…
¿Te has preguntado acaso si estoy bien o no te ha dado tiempo mientras sacabas tus propias conclusiones de mierda?
—Cintia, no me…
—No —lo interrumpí—. Ahora me vas a escuchar a mí y luego puedes hacer lo que quieras.
Ayer fui a casa de Kiko, a mi antigua casa, porque necesitaba cerrar esa etapa para no arrastrarla contigo.
Porque no quería seguir a medias con nada y creí que, después de la cita que tuvimos, merecía la pena intentarlo de verdad.
Intentarlo bien. ¿Y sabes qué no hice? No me acosté con él.
No dudé. No me planteé volver. Lo único que hice fue contarle cómo me siento, dormir en el cuarto de invitados para poder recoger todas mis cosas y así no tener que volver y largarme de allí de una vez.
Y, aun así, llego aquí y me encuentro con esto.
—Señalé el aire entre los dos y sentí, por cómo me observó, que estábamos a punto de perder algo que todavía no había ni empezado—.
Con que me mires como si fuera la mala de la película por no haberte dicho aún que Fernando es mi padre y te sientas con el derecho de pedirme explicaciones de dónde he estado o de si me he acostado con mi ex, cuando lo único que he hecho es intentar no romperme mientras empaquetaba toda una vida en cinco putas cajas y dos bolsas.
—Sentí el escozor en los ojos y, un segundo después, la primera lágrima—.
Así que me vas a perdonar si te dejé en visto o si me he centrado más en mí que en ti, pero tú no eras mi prioridad en ese momento, era yo, mientras trataba de entender qué demonios estaba pasando con mi vida.
—Cintia…
—No me mires así —le rogué conteniendo un sollozo.
—No llores, por favor.
—No estoy llorando —mentí, limpiándome las lágrimas de un manotazo.
Guillermo avanzó un paso hacia mí, sin embargo, se quedó a medio camino y me dio la impresión de que trataba de decidir si, acercándose, lo empeoraría aún más.
—Joder… —murmuró. Se pasó la mano por la nuca, incómodo—.
No era mi intención que… —Se calló un segundo—.
Me habría gustado enterarme de todo esto por ti.
Que fueras tú quien me lo contara. Vale, sí, he sacado conclusiones precipitadas.
Conclusiones de mierda, pero no sé hacerlo, ¿vale?
No sé cómo gestionar este tipo de situaciones.
No tengo ni puta idea —insistió—. Siento si me he dejado llevar por el cabreo y he dicho cosas que te han hecho daño, pero tú tampoco me lo has puesto fácil, Cintia.
—Ya te lo he dicho —murmuré y me sequé un nuevo rastro de lágrimas—. He sentido que me estabas acusando, que te daba igual el porqué.
—No… —Se frotó la cara con ambas manos y negó—.
No me da igual. De verdad que no. —Hizo una pausa—.
Esto no es por ti. Bueno, sí que lo es, pero no es contra ti, Cintia.
Es la primera vez que… —se interrumpió y resopló—.
La primera vez que me tomo algo así en serio. Y solo estoy intentando no cagarla.
Lo miré con más detenimiento y me di cuenta del verdadero aspecto que tenía .
Las ojeras le ensombrecían la mirada, el pelo lo tenía más revuelto de lo habitual y la camiseta parecía habérsela puesto sin pensar demasiado. Apenas quedaba rastro del Guillermo despreocupado que soltaba bromas a destiempo, y eso me afectó.
Porque era cierto que lo estaba intentando, incluso aguantaba mi carácter cuando ni yo misma me soportaba. Había aceptado mi distancia, mis secretos. Vale, quizá aceptado no era la palabra exacta, pero estaba allí, intentándolo.
—Lo sé —admití con la voz rota—. Siento haberme puesto a la defensiva o haber sido demasiado dura contigo.
Comprendo que te haya molestado lo de mi padre, incluso que estuvieras desconcertado por lo de Kiko.
De verdad, lo entiendo. Pero te lo iba a contar.
Todo. Solo necesitaba un poco más de tiempo.
Guillermo apretó la mandíbula y me sentí incómoda ante su escrutinio.
—¿Tiempo?
Sabía lo que aquella mirada significaba; él conocía mi historia con Kiko, sabía que le había pedido precisamente lo mismo antes de marcharme de nuestro piso.
Esa mirada me dolió más que cualquier reproche.
—Quizá... —titubeé y tragué saliva. El pulso me atronaba en el pecho—. Puede que nos hayamos precipitado con lo nuestro.
—¿Qué? —preguntó sorprendido—. Cintia, no digas eso.
Me agarró de la mano, y yo bajé la mirada hasta ellas.
Observé el contraste de su piel morena contra la mía, más clara y llena de pecas. Tan distintas como nosotros y nuestras vidas.
Esas diferencias eran todo lo que estaba bien y mal entre nosotros .
Alcé los ojos lentamente y, mientras lo hacía, recordé cómo se sentían sus dedos deslizándose por mi cuello, los míos tirándole del pelo de la nuca, pegándolo más a mí para asegurarme de que no iba a desaparecer.
Recreé la sensación de tener esa boca contra la mía, nuestras respiraciones desordenadas y contenidas chocando justo antes de besarnos.
Y todo lo demás: su mundo. El mío. Cada cosa que no encajaba y que, en frío, tenía sentido evitar.
Porque aquello, lo nuestro, era un maldito salto al vacío sin arnés. Era el camino contrario al que me gritaba mi instinto de supervivencia que debía tomar. Era miedo, locura, desdicha y felicidad a la vez.
Era Guillermo Remo contra mi cordura.
Y yo estaba tan confundida que quería saltar y gritar mientras caía al vacío, pero a la vez deseaba encerrarme sola en una habitación y no salir jamás.
—Me prometí que no volvería a anteponer a nadie por encima de mí —dije con un hilo de voz.
—No…
Estaba cansada, agotada como nunca lo había estado, y no podía más.
No podía equivocarme más. No con él.
—Si esto es tan frágil…, no tiene sentido.