Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 27 – Se acabó #2
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27 – Se acabó #2

—Vale. Es más grave de lo que parecía —comentó, y yo abrí el grifo a tope. Zahara levantó la voz—. No me pienso ir hasta que cantes como un pajarito.

—Tú misma.

Me quedé durante un buen rato bajo el agua. En algún momento debió de arrepentirse, pues cuando salí ella ya no estaba allí. Me la encontré sentada en el sofá, con el mando en la mano y la tele encendida.

—Sé que voy a arrepentirme de esto, pero ¿te apetece ver Terrifier ?

Me detuve a medio camino del dormitorio y la miré alucinado.

Mi hermana pequeña era muchas cosas, pero no era fanática de las películas de terror, y mucho menos de esas en las que salían payasos asesinos y mucha sangre.

—Gracias, pero no tengo ganas.

Zahara me miró y compuso una expresión alucinada.

Joder, que tampoco había dicho que me iba a tirar por un puente sin arnés ni nada por el estilo.

—Vale… —Alargó la palabra, se levantó y se acercó a mí—. Solo dime una cosa: ¿hay algún cadáver que esconder? Tengo un colega al que podría llamar si…

—¿Qué? —La observé fijamente—. ¿¡Qué colega! ?

—¡Es broma! —se defendió—. Pero, mira, ha servido. Ya te pareces un poco más al idiota de mi hermano y no a esa especie de alma en pena que parecías antes.

—Eres adorable.

—Lo sé. —Se me acercó y me dio una especie de abrazo lateral extraño—. Y vístete, por lo que más quieras, que te tengo tan vista la chorra que no puedo evitar comparar a cada tío con el que fo…

Le puse la mano en la boca, y ella me la llenó de saliva cuando rompió a reír.

—Cierra el pico, enana.

Se deshizo de mi agarre y dio media vuelta.

—Te recuerdo que perdí la virginidad a los dieciséis —comentó mientras se dirigía a la puerta que conectaba con la casa principal—. ¿O es que ya no te acuerdas de que te pedí un condón y compré tu silencio con uno de mis chantajes?

—Lo que yo diga: adorable desde bien pequeñita. —Soltó una carcajada y abrió la puerta—. Zahara —la llamé.

Ella se detuvo y giró el cuello.

—¿Qué?

—No vengas a buscarme para cenar.

Ladeó la cabeza y frunció el ceño.

—Tú no estás bien.

Negué y, por suerte, no insistió. Tras un último vistazo, se marchó y cerró la puerta con suavidad.

Creí que ahí acabarían mis problemas, aunque mis planes de dormirme y retroceder en el tiempo no se hicieron realidad. No solo por lo imposible de lo primero, sino porque una hora y media después no había hecho nada más que dar vueltas, tanto en el colchón como en el cerebro.

Levanté la cabeza cuando escuché un par de toques suaves en la puerta .

—¿Qué?

—¿Se puede? —preguntó mi padre desde el otro lado.

—Sí.

La puerta se abrió y su enorme cuerpo ocupó casi todo el hueco al entrar.

—Tu hermana dice que no vas a cenar.

—No tengo hambre.

Cerró tras de sí.

—También dice que tienes mala cara.

Chivata.

—Es una exagerada.

Mi padre se apoyó en la pared y me observó con astucia.

Por desgracia, él también tenía ojos en la cara, y yo no debía de tener muy buen aspecto, así que solo tuvo que sumar dos más dos.

—¿Has tenido algún problema en el trabajo? ¿O es un tema de chicas?

Reí cansado.

Sin saberlo, acababa de dar en el centro de la diana.

—Sí. A ambas.

Él asintió despacio y frunció los labios.

—¿Es jodido?

—Mucho.

—¿Implica otra cuna parque y más pañales?

—¡¿Qué?! ¡No! ¿Qué dices?

Me incorporé, mucho más alerta, y apoyé la espalda en el cabecero.

—¿Te han despedido entonces?

—Todavía no.

—¿Cómo ?

—Yo qué sé, papá. No tengo ni puta idea de qué va a pasar con nada. Solo sé que me he pillado como un gilipollas por una chica, y ella me ha estado ocultando cosas.

—Entiendo que son importantes si estás así.

—Es la hija de mi jefe —aclaré, y mi padre tensó la expresión—. Sí, lo tengo jodido, te lo he dicho. Ahora he perdido a la chica y seguramente también vaya a perder el trabajo cuando Fer se entere de todo.

Me tumbé de nuevo y me eché el brazo por la cara. Mi padre se mantuvo callado hasta que soltó:

—¿Merece la pena?

Levanté los brazos y los dejé caer.

—Creía que sí —respondí sincero—. De hecho, estaba bastante convencido.

—¿Y qué ha cambiado?

—¿Aparte de las mentiras? Pues que está arreglándose con su ex —solté—. No soy nadie para ella, en realidad. Solo un tío al que ha besado unas cuantas veces, así que…

—Que pinte mal no significa que esté perdido.

—Papá, tiene novio. ¿No me has escuchado?

—Perfectamente. Y has dicho ex —puntualizó—. No es lo mismo.

—Para mí sí.

—Porque estás dolido. —Me quedé callado—. ¿Has hablado con ella? —Negué—. ¿Te has enterado por otras personas? —Asentí—. Entonces no sabes nada.

Crucé los brazos.

—Papá…

—No sabes nada, Guille —repitió.

—¿Y qué quieres que haga?, ¿ir a buscarla y preguntarle si, mientras me decía que yo le gustaba, estaba pensando en cómo arreglar su relación con el otro? —Negué—. Paso de hacer más el ridículo.

—No es hacer el ridículo, es hacer lo necesario.

—¿Necesario para qué?

—Para saber si, de verdad, todo está perdido. —Se sentó en el borde de la cama—. Guille, estás acostumbrado a tener todo lo que quieres, siempre. Y, cuando algo se pone un poco difícil, cambias de objetivo.

—Eso no es…

—Sí lo es. Tienes una vida cómoda, eres guapo, tienes labia con las chicas y te las llevas de calle siempre que quieres.

—Papá, por Dios, ya nadie habla así.

—Yo sí —dijo—. ¿Te suena un viaje a las Maldivas que fue un despropósito de principio a fin?

Por más que traté de evitarlo, sonreí.

—Mamá se empeña en decir que fue perfecto.

—Fue un desastre, pero mereció la pena porque arreglé las cosas con tu madre, que era lo importante —añadió y me puso una mano en el muslo—. Cuando quieres recuperar a la mujer que amas, mueves cielo y tierra y haces lo necesario para conseguirlo.

—Gracias, papá. Ahora me siento mucho mejor imaginando a Cintia con su ex. Has sido de gran ayuda.

—Me refiero a ti, cenutrio.

—¿Qué? Yo no estoy enamorado.

—Ya.

Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.

—Además, no es lo mismo —insistí.

—No, claro que no. Nosotros teníamos ocho hijos y una vida creada, y vosotros acabáis de empezar.

No es lo mismo, pero sí lo es en esencia.

—Abrió la puerta, aunque no salió—. Guille, si esa chica te importa como parece que te importa, no te quedes con la duda y ve a hablar con ella.

Es muy fácil decir que todo está perdido, cuando lo único que has hecho es no pelear hasta el final.

—Me quedé en silencio—. Buenas noches, hijo.

Le respondí bastante tiempo después de que él cerrara la puerta, cuando sus palabras empezaron a calarme hondo.

¿Y si, de verdad, no la había perdido del todo?

¿Y si toda aquella presión en el pecho la estaba causando yo, que había tirado la toalla antes de tiempo?

Al parecer, solo tenía un modo de averiguarlo. La cuestión era si estaba dispuesto a arriesgar más por ella o prefería quedarme con la duda para siempre.