27 – Se acabó
Consejo de mierda que nadie pidió: pon una familia como la mía en tu vida.
GUILLE
—¿Has visto a Cintia?
La pregunta no sonó exactamente como la había imaginado en mi cabeza mientras él terminaba la clase. Uri alzó las cejas, clavó la tabla en la arena y se sacudió el pelo con un gesto digno de anuncio.
—No —respondió sin inmutarse—. ¿Por?
Me encogí de hombros.
—Por nada.
La mentira llegó hasta el otro lado del océano, pero Uri —por suerte— no preguntó nada más.
Maldije en voz baja mientras regresaba a la oficina .
Llevaba toda la tarde buscándola. Me había colado en los baños de tías, dado explicaciones peregrinas y buscado cualquier excusa absurda para acercarme a las clases de otros compañeros.
Toda. La. Puta. Tarde.
Y nada. Ni rastro de la pelirroja.
¿Dónde se habría metido? Me moría por verla.
Necesitaba tenerla delante y comprobar que lo del mensaje no había sido un momento de enajenación transitoria.
Tenía que acercarme lo suficiente como para notar si seguía existiendo esa conexión entre nosotros y vale, sí, también quería robarle un beso que me diera el mínimo de gasolina para continuar hasta el siguiente.
Caminé con paso rápido por la arena y crucé el edificio hasta los vestuarios. Abrí mi taquilla, saqué el móvil, lo desbloqueé y volví a abrir su chat.
Otra vez.
El mensaje seguía ahí, clavado como una chincheta en medio de mi cerebro:
Cintia:
Buenas noches, Guillermo. Que descanses.
Y tú también me gustas. Mucho.
Me dejó tocado. Y no en el mal sentido, sino todo lo contrario.
De hecho, me pasé toda la mañana y parte de la tarde con una sonrisa de idiota digna de un guantazo. Y —de nuevo— sí, también había releído la última línea varias veces .
Sus palabras tenían algo que me hacían querer ir más despacio y, al mismo tiempo, no frenar ni de coña.
Le contesté, por supuesto. En cuanto se me pasó el subidón mental y entendí que no era el único pillado de los dos.
Pero me había dejado en visto. Y, por mucho que quisiera negarlo, me escocía.
Al principio no quise darle demasiada importancia, me dije que estaría ocupada y me consolé pensando que la vería al regresar al trabajo. Tampoco es que tuviera intención de volverme un gilipollas controlador con ella, ni mucho menos.
Pero, para mi desgracia y viendo el panorama, no había venido a trabajar.
Releí una última vez mi respuesta:
Guillermo:
¿Tanto como para aceptar que demos un paso más? Lo digo por ir avisando a mi madre para que prepare la tortilla.
Luego nos vemos, pelirroja.
La pantalla seguía igual: su mensaje arriba y el mío abajo. Se acabó.
No entendía nada. ¿La noche anterior le gustaba y horas después ya no tenía ni un minuto para mí?
Bloqueé el teléfono, lo eché de cualquier manera en la mochila y me la colgué al hombro.
—Voy a pedir un aumento —se quejó Paco, que entraba en ese momento en el vestuario—. Si Fer pretende que cubramos a los que faltan sin darnos nada a cambio …
—Lo vas a hacer igual, y los dos lo sabemos —le solté sin ganas y cerré la taquilla de un golpe—. Así que deja de quejarte.
Paco me observó, alucinado.
—¿Y a ti qué cojones te pasa hoy? —No le contesté. En su lugar, me dirigí a la salida—. ¡Que te den, tío!
—Paso.
Salí de allí con un mal presentimiento y, a cada paso que daba, aumentaba la sensación de que algo no iba bien. Era como una especie de intuición o premonición que me tenía en alerta.
«Anda ya. ¿Desde cuándo le prestas atención a esas cosas?», me cuestionó Peni.
Pasé de ella, de Paco y de todo, y enfilé el pasillo.
Lo recorrí con la mirada puesta en cada puerta abierta, en cada rincón donde pudiera estar, aunque fue en vano. Allí no había ni rastro de su risa ni de su voz ni de ese pelo de color imposible que me tenía fascinado y que siempre localizaba antes que a ella.
Me detuve frente a la puerta cerrada del despacho de Fer y llamé con los nudillos.
Tamborileé con ellos sobre la madera mientras esperaba, hasta que esta se abrió, apenas unos centímetros, y mi jefe asomó la cara.
—¿Qué?
—Hola… —titubeé ante su tono cortante—. ¿Tienes un momento?
—Estoy ocupado.
Miré el hueco entre la puerta y el marco, y él se dio cuenta. Cuando fue a cerrar, solté:
—Es sobre Cintia .
Detuvo el movimiento, se quedó un momento quieto y, tras suspirar, coló el cuerpo por el hueco y cerró a su espalda.
—¿Qué pasa con ella? —susurró.
—No ha venido.
—Lo sé.
Joder. ¿Es que el universo no pensaba ponérmelo un poquito fácil?
—¿Está enferma? —Fer alzó una ceja, y me vi obligado a actuar—. Hay algunos que se quejan por la falta de personal.
—Está bien —me dijo bajando un poco la voz—. Me ha pedido el día. Tenía cosas personales que arreglar.
«Entre las que no está contestarte a los mensajes, por lo que parece», apuntó Peni.
—Ah. —Me miré las uñas, fingiendo despreocupación—. Pues espero que no sea nada grave y pronto pueda volver. Es un mal momento para faltar, estamos en temporada alta.
—¿Crees que no lo sé? —se quejó tras gruñir—. Ya estoy mirando a alguien para cubrir a Esther, y Cintia volverá mañana. Solo está… arreglando las cosas con su novio.
El estómago me dio un vuelco.
—¿Qué?
—Ya —asintió, malinterpretando mi cara—. Sé que no parece una razón de peso para no venir a trabajar, pero ellos…
Se calló de golpe cuando la puerta a su espalda se abrió. Se le fue todo el color de la cara.
—Fernando, no tengo todo el día para… —La mujer se detuvo al verme—. Ah. Perdón.
La observé a conciencia, rezando para que fuese una alucinación. Una vez más, no tuve suerte. Se trataba del mismo pelo, los mismos ojos y el mismo porte elegante de la primera y última vez que la vi.
—¿Inés ?
—Hola, Guille.
Por un momento temí que hubiera ido a buscarme a mí, aunque me tranquilicé cuando deduje que estaría allí por Cintia.
—Un momento —pidió Fer, alternando la mirada entre la mujer y yo. Me señaló con un dedo e inclinó la cabeza en señal de advertencia. A mí se me fusionaron los huevos con las amígdalas—. ¿Se puede saber de qué conoces tú a mi mujer?
—Exmujer —puntualizó Inés.
Y ahí fue cuando todo se fue al carajo.
Sin anestesia.
Mi cerebro tardó tres putos segundos en hacer las conexiones necesarias. Tres segundos en los que ellos ya se habían enfrascado en una discusión que no era capaz de seguir, porque toda mi energía estaba concentrada en continuar metiéndoles oxígeno a los pulmones mientras lo procesaba todo.
Inés era la exmujer de Fer. La misma que él había puesto a caer de un burro en más de una ocasión cuando me colaba en su despacho para pedirle algún favor. E Inés era la madre de Cintia, por lo que…
Se me secó la boca y las piernas me hormiguearon.
—Es tu hija —le dije a mi jefe.
—Será mejor que entremos para hablar.
—Cintia es tu hija —repetí y no moví ni un músculo cuando él me invitó a pasar a su despacho. Giré la cabeza hacia Inés—. ¿Está con Kiko?
Inés me miró con un gesto que se parecía demasiado a la pena y, tras un momento, asintió.
—¿Cómo sabes que…?
No me quedé a escuchar cómo terminaba la pregunta de mi jefe .
Me di media vuelta y salí del edificio con la respiración entrecortada y un pitido agudo en los oídos, que no mejoró durante todo el viaje en autobús de vuelta a casa.
Para lo que sí sirvió el trayecto fue para darme cuenta de que Cintia me había mentido. Con Fer, con Kiko y con vete a saber qué más.
«Tú también me gustas. Mucho».
Joder. Qué gilipollas había sido creyéndome sus palabras.
Solté una risa corta y seca, y la señora de mi lado dio un respingo.
—Cojonudo —farfullé—. Sencillamente cojonudo.
La mujer se cambió de asiento en el siguiente semáforo, y yo utilicé el espacio libre para llenarlo de todas las mierdas que me cruzaban la mente.
«Solo está arreglando las cosas con su novio».
Su novio . No su ex… Su puto novio.
¿Qué cojones era yo entonces?, ¿los cuernos de otra relación más?, ¿un pasatiempo mientras se aburría en el campamento sin su perfecto Kiko al lado?
«El karma es…».
—¡Que me dejes! —grité.
La gente se me quedó mirando con diferentes gestos, desde sorprendidos a asustados. No los culpé, debía de tener pinta de loco que se ha escapado de un hospital; eso por no hablar del olor que desprendía después de pasarme toda la tarde dando clase.
Me bajé en la siguiente parada y caminé los tres kilómetros que faltaban hasta llegar a casa.
No sé si me crucé con alguien o si alguna persona me dijo algo. Avanzaba dentro de una burbuja y los sonidos me llegaban amortiguados. Lo que sí se repetía en mi cabeza, como una puta canción que no puedes quitarte de encima, era lo mismo una y otra vez:
«Cintia es su hija».
«Está arreglando las cosas con su novio».
«Tú también me gustas. Mucho».
«Mentirosa».
Cuando llegué a mi apartamento, me quité la camiseta y apagué el teléfono.
No quería pensar más, no me apetecía darle vueltas a lo mismo otra vez.
Lo único que necesitaba era darme una ducha, cerrar los ojos y regresar al maldito día en el que acepté ir al campamento, solo para cerrar la jodida boca y quedarme en Costa Serena.
—Vaya cara —soltó Zahara desde la puerta interior—. ¿Estás estreñido? —La miré y me di media vuelta—. Antes de que me eches la bronca por no haber llamado, te he visto pasar por la ventana del salón, solo, por eso no…
Dejé de escucharla cuando me encerré en el baño.
Con lo que no contaba era con que la puerta se abriría un momento después.
—Fuera.
Me bajé el bañador para que no tuviera más remedio que largarse. Aunque, si pensé que así me dejaría en paz, me equivoqué.
—¿Estás bien? —me preguntó con un tono que utilizaba pocas veces conmigo.
—De puta madre.
—¿Quieres que te deje en paz?
—Sí.
—Pues no es tu día de suerte —dijo, y abrí la ducha—. ¿Qué te pasa ?
—¿Aparte de que mi hermana pequeña se ha propuesto darme por culo mientras trato de tener un momento de intimidad?
—Tú no sabes lo que es la intimidad —rebatió—. Te he visto desnudo, solo y acompañado, más veces que a ninguno. —Distinguí su silueta distorsionada cuando se movió, cerró la tapa y se sentó en el váter—. Mira, eso podrías restregárselo a Diana, que le jodería perder hasta en algo así.
—Paso.