Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 26 – Recuerdos
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26 – Recuerdos

Verdades incómodas: no puedes quedarte en un sitio en el que ya no estás.

CINTIA

Apreté el timbre sin darme un momento para pensar. Tras unos segundos de silencio, se escucharon pasos al otro lado y, después, el sonido de la cerradura al abrirse.

Nos quedamos mirándonos un instante, en silencio. No hubo abrazos ni sonrisas ni ese beso automático que habíamos repetido tantas veces sin darle importancia.

No hubo nada de todo lo de siempre.

—Hola, Kiko.

—Hola —me saludó con voz neutra.

—Siento venir sin avisar.

—Pensé que no sabría nada más de ti —dijo, apoyándose en la puerta, y yo negué .

—No te merecerías algo así.

Inspiró hondo y tragó saliva.

—¿Quieres pasar?

Asentí. Él apartó el cuerpo para dejarme entrar, y yo lo hice con la sensación de estar invadiendo un sitio ajeno, pese a que técnicamente también era mío. O lo había sido.

Kiko caminó hasta el salón y se sentó en su lado del sofá. Yo no me sentí cómoda ocupando el mío, así que solté el bolso en la mesita de centro y tomé asiento en la silla del respaldo incómodo.

Me froté las manos, de repente frías a pesar de que hacía bastante calor, y lo miré.

—Quiero empezar pidiéndote perdón. —Él frunció el ceño, pero no me interrumpió—.

No solo por lo de ahora, sino por todo. Por haber estado meses…

ausente. Por haberme ido apagando aquí dentro sin decirte qué me pasaba y en cierto modo hacerte sentir que eras tú el que tenía que arreglar algo que no estaba en tu mano.

—Gracias.

Su respuesta escueta me descolocó y, durante un par de segundos, ninguno dijo nada más.

—Yo… te quiero, Kiko. Pero no de la forma en la que se supone que tengo que quererte.

—Sí. Eso ya me lo dijiste.

—Lo sé.

—¿Ya lo tienes todo claro? —me preguntó directo y sin rodeos—. ¿Han sido suficientes días para pensar o vienes a pedirme una prórroga?

Su tono no era duro ni tenía rastro de ironía, sin embargo, no era el de siempre .

No encontré nada de él en sus palabras ni ese punto insistente suyo —casi cabezota— de no rendirse con lo nuestro. No… Esta vez parecía más resignado que convencido.

Lo miré un segundo más, con la sensación de estar viendo otra versión de Kiko. O quizá no. Puede que siempre hubiera sido así, y que yo hubiese cambiado tanto que hasta mi forma de percibir a los demás fuese distinta.

Me había pasado algo parecido con mi madre la mañana anterior. Tuve la sensación extraña de estar escuchándola y, a la vez, no reconocer del todo a la mujer que tenía delante.

—Kiko…

—Sinceramente, creo que no hacía falta que te fueras a ninguna montaña para pensar.

Fruncí el ceño.

—¿Has hablado con mi padre?

Él levantó ambas manos y se encogió de hombros.

—¿Qué querías que hiciera? Tu madre no me contestaba. Tú tampoco respondías a ninguno de mis mensajes, y estaba preocupado por ti.

—Me encontraba bien.

—Qué suerte.

—Bueno, ya sabes a qué me refiero… Además, no me fui solo para pensar, Kiko. Ya te dije lo que sentía la última vez que nos vimos y creí que había quedado claro que esto no funcionaba.

—Pues parece que no.

—Sí, eso parece.

Él inspiró hondo y apoyó los codos en las rodillas. Cuando volvió a hablar, lo hizo más suave. Más contenido.

—¿Qué has decidido, Cintia?

—No voy a pedirte más tiempo.

—Entonces, dilo —me pidió—. Sin rodeos .

—No quiero volver.

No levanté la voz, aunque no fue necesario.

Kiko bajó la mirada un instante y, al alzarla de nuevo, pude ver la resignación en sus ojos.

—No ha sido por nada en concreto, ¿verdad? —preguntó de pronto—. No hemos tenido peleas ni problemas económicos ni nada por el estilo.

—No —respondí—. Y ese es en parte el problema.

La frente se le arrugó.

—No entiendo cómo estar bien puede ser malo.

—No me sentía… llena.

—¿No hay terceras personas?

Sentí un nudo en la garganta.

Su nombre me atravesó la cabeza como una de nuestras estrellas fugaces. Su risa, su forma de mirarme e incluso de guiñarme el ojo con esa sonrisa canalla.

Y los besos.

Apreté las palmas de las manos contra el asiento.

—No. No mientras estábamos juntos. Pero he conocido a alguien durante el campamento —reconocí, y Kiko asintió despacio—. Él no ha tenido nada que ver con esto.

—Entiendo. —Se frotó la cara con ambas manos y se quedó así un momento—. Te he esperado para nada.

—No te pedí que lo hicieras.

—Ya.

—Te dije que no era necesario, que ya no me sentía igual. Yo… no habría permitido que ocurriese nada con él si aún dudase sobre ti.

Un claxon sonó en la calle y nos dio la pausa que necesitábamos para recomponernos.

—¿Sabes qué es lo peor? —me preguntó con tono abatido—. Que ya sabía que esto acabaría así. Llevo meses sintiendo que te perdía, y no he sabido qué hacer para impedirlo.

—Era inevitable —respondí—, porque ya no soy la misma persona. No me conformo con las mismas cosas. Por eso esto no podía funcionar.

Kiko asintió como si acabara de encajar la última pieza.

—Entonces… ya está. No hay mucho más que hablar, ¿no?

Negué.

No supe qué más decir, porque ya había dicho toda la verdad. Podríamos pasarnos horas dándole vueltas a las mismas cosas, pero todo se reducía a eso: yo ya no era la misma y lo nuestro no era posible.

No quedaba nada de la Cintia que se había fijado en aquel chico inteligente y responsable de clase y que lo había seguido con los ojos cerrados, porque todo le valía mientras se sintiera segura y tranquila a su lado.

Por ironías de la vida, ahora había alguien que representaba justo lo contrario a esa calma. No era predecible, no encajaba en ningún plan sensato y me descolocaba por completo. Y, aun así, me hacía sentir más de lo que había sentido nunca en mi vida.

No. Ya no era la misma.

Noté el cuerpo menos pesado cuando me levanté de la silla.

—Voy a recoger mis cosas.

—Vale.

Y fue así de sencillo.

No hubo discusión ni intento de retenerme. Solo la certeza de que lo que había entre nosotros había acabado.

Sentí su mirada en la espalda cuando me dirigí al pasillo, saqué las cajas de cartón del armario de la plancha y me detuve frente a la puerta del que había sido nuestro dormitorio.

La cama estaba hecha con las sábanas que había comprado un par de meses atrás, las almohadas y cojines estaban en su sitio exacto y mi mesilla lucía intacta.

A simple vista daba la impresión de que no habían pasado veinticinco días desde que me había marchado, aunque yo lo sentía como toda una vida.

—Volveré en un rato —anunció Kiko en algún punto de la entrada.

Acto seguido, escuché sus pasos alejándose y el sonido de la puerta al cerrarse.

Me dejó sola ante toda una vida de recuerdos que empaquetar, y lo agradecí.

Abrí el armario. Mi ropa seguía ocupando su lugar, ordenada y colocada en mi mitad. Tan perfecta como la vida que había tenido allí.

Me sentí un poco violenta al romper esa armonía, pero cada prenda que iba echando en las cajas me liberaba más y más.

Para cuando regresó Kiko, un par de horas después, ya había anochecido y yo aún estaba rodeada de cosas por organizar en el salón.

—Lo siento —me disculpé al verlo—. Creí que sería más rápido.

—¿Te lo vas a llevar todo hoy?

Negué sin mirarlo.

—No, no me dará tiempo.

Guardé como pude unas cuantas cosas más mientras él me miraba desde detrás del sofá.

—¿Por qué no te quedas a dormir? —preguntó de pronto.

Me envaré y giré el cuello en su dirección.

—¿Qué?

—No lo digo para que vuelvas —aclaró enseguida—. Ya sé que no lo harás .

—Gracias, pero no es necesario. Además, esta es tu casa ahora y…

—En realidad, la mitad del piso sigue siendo tuya durante lo que queda de mes —me recordó—. Mañana me levanto temprano y no vuelvo hasta por la tarde. Tendrás todo el día para recoger tranquila y así no te verás obligada a regresar.

Ahí dudé, porque tenía razón: quería cerrar ese capítulo de mi vida ya.

Desvié la vista y observé a mi alrededor.

Sobre la mesa estaba la vela que me había regalado mi madre, esa tan bonita que nunca llegamos a encender porque la reservábamos para «ocasiones especiales». Por lo visto, nunca lo habían sido lo suficiente.

En la estantería seguían nuestras fotos; una en San Sebastián, con el pelo revuelto por el viento y el mar de fondo.

Otra en la boda de su primo, yo apoyada en su hombro y ambos sonriendo.

Un par más en casa, en momentos cotidianos…

Y en la esquina de la estantería, medio escondida por un libro, el par de figuras que habíamos hecho con tornillos y tuercas en tecnología y que fue el primer proyecto que realizamos juntos al poco de empezar a salir.

«No puedes avanzar si no sueltas lo anterior», recordé el consejo de mi madre.

Y tenía razón.

Aquello no se trataba solo de recoger mis cosas, tenía que desmontar una vida entera de recuerdos, y no estaba siendo tan fácil como me había imaginado.

—Está bien —cedí—. Me quedo.

Él asintió.

—Te dejaré sábanas en el cuarto de invitados. Puedes coger lo que quieras de la cocina —añadió—, yo ya he cenado.

—Gracias, Kiko.

—Buenas noches, Cintia .

Se dio la vuelta, y yo volví a quedarme sola, con los cajones abiertos y retazos de mi vida impregnados en cada objeto, pero con la certeza de que, esa vez sí, estaba haciendo justo lo que quería hacer.

Cogí el móvil sin pensar y bajé la barra de notificaciones hasta dar con el mensaje que estaba buscando, ese que había dejado sin contestar un rato antes.

Lo abrí.

Guillermo:

Hola, pelirroja. Hoy mi padre me ha secuestrado para mover unas máquinas en el gimnasio y estoy molido, así que, antes de caer en coma, quería recordarte que me vuelves loco y desearte buenas noches.

Se me formó una pequeña sonrisa y apoyé la espalda en el sofá.

Cintia:

Buenas noches, Guillermo. Que descanses.

Y tú también me gustas. Mucho .

Me quedé mirando la pantalla varios minutos y deduje que, habiendo pasado más de una hora desde su mensaje, era muy posible que ya estuviese dormido y por eso no respondía.

Bloqueé el teléfono y me lo llevé al pecho.

Durante unos segundos me quedé ahí, en silencio, con las estanterías a medio desmontar y una sensación extraña. Porque, sí, había cerrado un capítulo muy importante de mi vida, sin embargo, no me dolía como se suponía que debía dolerme.

No tardé en entender el porqué.

Lo difícil no empezaba en ese momento, lo había hecho mucho antes. Cada vez que me había sentido fuera de lugar en ese mismo sofá, con cada conversación en la que no decía lo que pensaba y en cada momento en el que, sin darme cuenta, había dejado de estar.

El duelo habían sido todos esos meses, solo que no había sabido ponerle nombre.

Hasta ese momento.

Hasta que Guillermo me había hecho sentir tan diferente.

Me permití unos minutos para recordar nuestra cita y pensar en todo lo que compartimos.

En el paseo por la playa de después.

En sus bromas absurdas que no tenían ningún sentido y que, sin embargo, me hacían reír como si lo tuviera.

En la forma en la que me miraba, que me hacía sentir que no tenía que ser más de lo que ya era; que no necesitaba decir nada para encajar a su lado.

Cerré los ojos y me transporté al momento en el que me pidió, en el portal de mi madre, que moviera las llaves como en las pelis románticas para poder tomarse el sonido como una señal .

Yo había puesto los ojos en blanco, pero había movido las llaves.

Y él me besó, despacio, sin prisa y sin ninguna intención más allá de ese momento.

Fue perfecto.

Y no supe si sentir algo así por Guillermo era lo mejor o lo peor que podía pasarme.

Pero pronto lo descubriría, porque los acontecimientos no tardarían en poner a prueba lo nuestro, estuviéramos o no preparados.