Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 25 – El karma es retorcido #2
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25 – El karma es retorcido #2

—Una reina nunca llega tarde.

Se me curvaron los labios cuando la escuché soltar una carcajada.

—No me puedo creer que hayas parafraseado a Clarisse Renaldi.

—Reina de Genovia. —Incliné la cabeza en un gesto solemne—. Que el rey Rupert descanse en paz.

—No puedo contigo.

—Mis hermanas me obligaban a ver Princesa por sorpresa y otras mierdas parecidas cuando querían torturarme —me excusé—. No es mi culpa.

—Por supuesto —murmuró—. Nunca es tu culpa.

Fruncí el ceño, aunque ella se limitó a darse la vuelta y comenzar a caminar hacia el restaurante.

La seguí, por supuesto.

Entramos y, tras dar mi nombre, el camarero nos acompañó hasta la mesa, le retiró la silla a Cintia, y ella agradeció el gesto con una sonrisa breve y educada que no le llegó a los ojos.

Me senté frente a ella y, tras pedir las bebidas, me entretuve en ver cómo se acomodaba y colocaba la servilleta sobre sus piernas .

¿Eran imaginaciones mías o Cintia no sabía muy bien qué hacer con las manos?

—Bueno —dije, frotándome las mías—. Aquí estamos.

Alzó la vista y frunció el ceño.

—Sí… Aquí estamos.

—Estás muy guapa.

—Gracias. —Me miró el cuello y apretó los labios—. Tú estás muy… elegante.

Estiré la espalda y moví el nudo de la corbata como hacían en las pelis.

—¿Lo dices por esto? No es nada especial. Me la pongo cada día para tirar la basura.

Eso consiguió sacarle media sonrisa.

Antes de poder anotarme el minipunto, se puso seria de nuevo y miró el mantel.

—¿Puedo serte sincera?

—Claro —asentí y me preparé para cualquier cosa.

—No sé cómo estar aquí contigo.

Suspiré.

—Gracias. Me quedo mucho más tranquilo.

—¿Cómo?

Me acerqué y bajé la voz.

—Yo estoy igual. ¿No te falta como… ruido? —Miré alrededor con disimulo—. Tanta lista de espera y está todo el mundo un poco mustio, ¿no?

Se le escapó una pequeña risita y, como acto reflejo, le guiñé un ojo, cómplice. Solo que mi gesto no causó el efecto que esperaba, sino todo lo contrario.

Cintia se enderezó y carraspeó.

—Te vi —soltó, y a mí se me apretó hasta el alma—. Con Sonia, cuando llegamos a la empresa.

—Se acercó a saludarme .

Jugueteó con la velita del centro de la mesa un instante.

—No es que esté celosa ni nada de eso —me advirtió—. Sé que sois… cercanos.

Asentí despacio.

—Nos enrollamos un par de veces antes del campamento —apunté sincero—. Pero no hay nada más.

—¿Y tienes pensado que vuelva a ocurrir?

—No —contesté rotundo—. Con ella no.

—¿Con otras sí?

—No —repetí rápidamente.

—No pasa nada, Guillermo. No estoy enfadada, es solo que quiero dejar las cosas claras antes de cenar.

—Me parece bien. —El camarero llegó con las bebidas y nos tomó la comanda. Yo no dejé de observar a Cintia en ningún momento. En cuanto nos quedamos de nuevo a solas, continué—: Le dije que me gusta alguien.

—¿A Sonia?

—Sí. Trató de sonsacarme quién era, pero aún no sé si esa chica quiere que lo nuestro se sepa. Hasta ahora ha preferido mantenerlo en secreto.

Levantó una ceja y se mordió un poco el labio inferior.

—Quizá esa chica está un poco perdida y no ha querido mezclar el trabajo con lo personal. —Se encogió de hombros—. Es posible que ese sea el motivo por el que ha preferido ser discreta.

—¿Es por eso? Porque a mí se me da de puta madre la orientación.

Se le curvaron los labios. El gesto fue breve, pero suficiente.

—Yo también quiero ser sincera contigo.

—Dispara.

—No pensaba venir hoy .

—No… —susurré y me llevé una mano al pecho—. Con lo convencida que te vi en el vestuario. Me dejas flipado.

—Hablo en serio, Guillermo —se quejó—. No sabía si era buena idea.

—¿Por?

—Por todo.

—Gran explicación.

—He estado dándole vueltas desde que volvimos del campamento —añadió—. Y esta mañana me levanté convencida de que iba a cancelar.

—¿Y qué te hizo cambiar de idea? —indagué, más serio, y le di un sorbo a mi copa.

—Mi madre.

Eché la cabeza para atrás.

—Menudo plot twist —apunté—. Así que has venido obligada.

—¿Qué? ¡No! —aclaró—. No me ha obligado. Solo me ha ayudado un poco a… aclararme. Hemos hablado mucho —continuó—. Bastante, de hecho. De nosotras, de mi padre, de Kiko… De ti.

—¿Sabe que la cita era conmigo? —pregunté alucinado. Cintia afirmó con la cabeza, y yo me apoyé en el respaldo de la silla—. Me cae bien tu madre. Dale las gracias de mi parte.

—Lo haré.

—Entonces, ¿tenemos su bendición?

—Digamos que no está en contra.

Sonreí.

—Me sirve.

Cintia soltó una risa nasal y agarró su copa de vino. Tragué saliva cuando se llevó el vidrio a los labios y bebió, sin dejar de mirarme por encima del borde. ¿Era consciente de lo irresistible que me resultaba ?

—Ahora te queda la parte más difícil.

—¿Sí? ¿Cuál?

—La mía. —Inspiró hondo y se humedeció los labios—. Te toca demostrar que no me estoy arriesgando para nada.

¿Podría gustarme más aquella mujer?

Sonreí de medio lado y asentí.

No me pasó desapercibido cómo desvió los ojos hasta mi nuez, que se movió al tragar. Contra todo pronóstico, no dijo nada más, y me dio la impresión de que esperaba que soltara otra gracia, otra salida fácil o una fanfarronada de las mías.

Sin embargo, por primera vez en toda la noche, no me salió ninguna.

Apoyé los antebrazos en la mesa y me incliné un poco hacia ella.

—Cintia, no sé hacerlo perfecto. Pero sí sé una cosa y no es la primera vez que te lo digo: no eres una más para mí; ni hoy ni mañana ni dentro de dos semanas.

—Bajó la vista despacio hacia la mesa, como si necesitara un segundo para recolocar mis palabras en su mente—.

No te lo digo para impresionarte. Además, con esta corbata ya voy haciendo bastante el ridículo.

Se le escapó una risa baja que aligeró la tensión en su postura y que a mí me encantó escuchar.

Justo en ese momento apareció de nuevo el camarero con un plato en una mano y una cesta pequeña en la otra.

—Detalle de la casa —anunció dejándolo todo en el centro de la mesa.

Esperé a que se alejara y miré lo que nos había plantado delante.

—¿Qué demonios es eso?

—Pan.

—No. —Agarré uno de aquellos lazos extraños con gesto crítico—. Esto no es pan. Es una pijotada .

Cintia soltó el aire por la nariz.

—Baja la voz.

—En el mundo del pan, este ha ido a la universidad y ha vuelto creyéndose que es más que nadie y te juzga si lo mojas en la salsa.

—¿De dónde sacas esas cosas?

—De mi mente. —Dejó la copa en la mesa y, para mi absoluta fascinación, sonrió otra vez—. Es un lugar alucinante. Cuando quieras te dejo entrar a echar un vistazo.

—Apuesto a que hay zonas que están sin amueblar todavía.

— Seh … —murmuré—. ¿Cómo se te da el diseño de interiores?

Y, esa vez sí, rio.

No fue una media sonrisa ni una risita educada. Fue ella, la del campamento, la que me miraba con ganas de mandarme a la mierda y besarme un segundo después.

La que me había hecho caer rendido a sus pies.

—Ahora sí. —Inspiré hondo y le agarré la mano por encima de la mesa—. Esta sí eres tú.

—¿Porque te río las gracias?

—No. Porque dejas de contenerte —la corregí—. Y ¿sabes qué?

—¿Qué? —susurró.

—Esta es la Cintia que me vuelve loco.