Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 25 – El karma es retorcido
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25 – El karma es retorcido

Consejo de mierda que nadie pidió: cuando el instinto te grite que salgas corriendo, hazle caso.

GUILLE

Pegué un tirón del trozo de tela para deshacer el despropósito que había hecho y abrí la puerta interna del apartamento para pedirle ayuda a mi madre, que era toda una experta en hacer nudos de corbata. Con lo que no contaba era con que la casa principal hubiese sido invadida.

Me quedé muy quieto al ver el panorama.

Mi padre estaba en el centro del salón con Biel en brazos, haciéndole carantoñas. Mi sobrino lo miraba embelesado, como solo un bebé puede hacer, mientras mis cuñados ocupaban la planta baja .

Gabriel le daba el biberón a su hijo Líam a la vez que trataba de charlar con mi padre.

Hans estaba enredado en la cocina con algo que tenía pinta de ser un batido de verduras con muy mala pinta.

Y Jaime miraba a su alrededor como si no supiera muy bien en qué momento su vida había tomado ese giro tan extraño.

—¿Qué hacéis aquí? —le pregunté a mi hermano Bruno, que salió del baño en ese momento—. ¿Y dónde están todas?

Me escondí la corbata en el bolsillo.

—Noche de chicas —contestó, como si eso lo explicara todo.

—¿Y vosotros habéis decidido montar una guardería ilegal en casa?

—En mi casa —puntualizó mi padre.

—Todo en orden —informó Rodrigo, el cuñado que faltaba, que bajó la escalera como si en vez de adolescentes riendo y correteando por el piso superior hubiese sospechosos armados.

—Va a hacer una ronda cada diez minutos —me informó Hans con complicidad, dándole un trago a su asquerosa bebida verde—. Es por Nora, está con Kay arriba.

Rodrigo tensó la mandíbula ante el comentario de su futuro consuegro.

Yo alcé las cejas y me obligué a permanecer callado. Todos sabíamos la de cosas interesantes que se podían hacer en diez minutos, sobre todo con dieciséis, cuando te rige un ejército de hormonas revueltas y tienes la posibilidad de esconderte en una casa enorme con tu chica.

—Están jugando a la consola y charlando, no te agobies —le dijo mi padre, dándole una palmada en el hombro.

—Espero que hayas cerrado tu habitación con llave, papá .

Mi cuñado Rodrigo me miró con mala leche, y yo le hice una mueca. Todos habíamos catado el baño de mis padres, incluidos él y mi hermana Fabiola, así que a mí no me la colaba con su aire de poli santurrón.

—¡Ya estoy aquí! —saludó mi tío Adriel al entrar por la puerta. Traía las manos llenas de envases de comida para llevar—. Y vengo con provisiones. Alicia no se fiaba de nuestro criterio culinario.

—Y hace bien. Dime que ha preparado su empanada especial —rogó mi padre.

—¿Tú qué crees? Sabe que es tu favorita.

—Bendita seas, cuñada.

Mi padre le cambió a mi sobrino por los envases y se perdió en la cocina.

—Oye, ¿y tú dónde vas así de formal? —me preguntó Gabriel.

Noté de golpe varios pares de ojos sobre mí y luego un silencio expectante.

—¿Qué? —pregunté con la voz aguda de repente y me miré—. ¿Esto? Es… Solo es ropa, no exageres.

—Sí que se te ve apuesto —comentó Hans.

—Y elegante —comentó mi tío—. Te queda bien.

Sentí miedo en cuanto vi que mi hermano me dirigía una sonrisa siniestra. Tenía pinta de que me las iba a hacer pagar todas. Una a una.

Negué con los ojos bien abiertos.

—Ni se te ocurra.

—¿El qué? —respondió Bruno, inocente—. ¿Contar que has movido cielo y tierra para conseguir una mesa en el Chambao?

—Hostia… —murmuró mi tío—. Eso ya son palabras mayores .

—No es para tanto —intenté restarle importancia sin demasiado éxito.

—Yo tardé más de dos semanas en conseguir mesa cuando quise llevar a Carolina —explicó Gabriel.

—Yo tuve que tirar de placa —añadió Rodrigo.

—A nosotros nos coló África —comentó Hans.

Mi hermano amplió la sonrisa al escuchar la mención de su mujer. Por supuesto, ella había sido su fuente de información, y yo, un gilipollas por haber creído que la llamada del día anterior a mi cuñada no iba a trascender.

—¿Nervioso por la cita, hermanito?

Joder.

—¡Lo sabía! —dijo Gabriel—. Huele desde aquí.

Agaché la cabeza y me olisqueé con disimulo.

—Tiene grabada la palabra en la cara —confirmó Rodrigo—. Solo hay que observarlo.

—¿Qué?

—¿Cita? —preguntó mi padre, que salía de la cocina masticando—. ¿Quién tiene una cita?

—Tu hijo pequeño —anunció Bruno sin borrar la sonrisa de cabrón—. El mismo que siempre ha dicho que el amor es para perdedores y se ha metido con todos nosotros en incontables ocasiones.

—Qué acusación más rastrera, por favor.

—Ya —me contestó mi hermano—. Al final la corbata ha ganado la pelea, ¿no?

Me quedé callado un momento, valorando mis opciones para huir al piso de arriba y pedir asilo entre mis sobrinos.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque te he visto por la ventana, idiota.

—Se le ve nervioso, ¿verdad? —preguntó Hans, metiendo el dedo en la llaga .

Solté una risa absurda.

—No estoy nervioso.

—A mí no me lo parece —añadió Jaime con su habitual calma. Justo cuando iba a darle las gracias, achicó los ojos y me señaló la cabeza—. ¿Has usado gel fijador? Ten cuidado, el alcohol y los químicos en exceso deshidratan y debilitan el pelo.

—Seguro que le sienta bien hasta la calva.

—Mira, es un fetiche de algunas tías. Lo mismo abres nuevos mercados —se burló mi hermano.

Puse los ojos en blanco y negué.

—Dejadlo tranquilo —intervino mi padre y se me acercó—. ¿Necesitas ayuda con esa corbata, hijo?

—Ay… —suspiró Hans y luego puso un gesto absurdo de pena—. El pequeñín se nos hace mayor.

—Chúpamela, Mullër.

—Eh —me advirtió Rodrigo, que de repente se había convertido en el agente Santos—. Esa boca, que hay menores.

—Siempre he tenido citas —protesté—. De hecho, estoy seguro de que he estado con más mujeres que todos vosotros juntos, así que dejad de tocarme los hue…

—Menos lobos, Caperucita —me cortó Bruno.

—¿No os morís por saber si la conocemos? —murmuró Gabriel—. ¿Quién es?

—Nadie.

—Le gusta —sentenció Rodrigo.

—Mucho —añadió Bruno tras una risita.

—Muchísimo —confirmó mi tío Adriel.

—Vale ya. —Los detuve—. ¿No tenéis nada mejor que hacer, panda de viejas del visillo?

—No.

—No .

—Qué va.

—Y tenemos razón —canturreó Bruno.

Resoplé.

—Hijo, no la cagues.

—Gracias por el consejo, papá.

—De nada.

—Entonces, ¿ya no necesitarás más mi uniforme? —preguntó mi hermano.

—¿Ni el mío? —fue el turno de Gabriel.

—A tu hermana le perdió la gorra y nunca más —comentó Rodrigo.

—Joder —bufé—. Qué putopesados sois. Me largo.

Se echaron a reír en cuanto me di media vuelta.

—Hijo mío… Bombero, policía, médico —enumeró mi padre, cortándome el paso—. ¿Qué tipo de citas tienes?

—Yo no querría saberlo, cuñado —le aconsejó mi tío.

—Oye, ¿a todos os ha pedido… recursos? —preguntó Jaime—. A mí nunca me pidió la bata del laboratorio.

—No cantes victoria —murmuró Rodrigo.

—¿La caravana cuenta como recurso? —consultó Hans.

—Diría que sí.

—Sois imbéciles.

Ellos, para confirmarlo, aumentaron el volumen de las carcajadas.

—Deja que te eche una mano, hijo —comentó mi padre con la palma hacia arriba y una sonrisa conciliadora.

Dudé, porque eso implicaba quedarme allí un rato más. Lo que a su vez implicaba más humillación pública. Pero terminé tendiéndole el trozo de tela y, por algún tipo de milagro, los demás dejaron de dar por culo.

Dudaba que fuera por mucho tiempo .

—Quieto —me riñó cuando metí la mano para ajustarla—. Que esto tiene su ciencia.

Un par de minutos después —gracias a los dioses— terminó el nudo. Me lo tendió justo cuando sonaba el timbre.

—¡Las pizzas ! —Se escuchó a mi sobrino Salva desde la planta de arriba.

Acto seguido, una estampida hizo temblar la lámpara del salón.

—Me largo.

—Suerte, hijo. Y deja el listón Remo bien alto, que no se diga que no has aprendido de tu padre.

Solté una carcajada, negué y me largué a mi apartamento.

En el fondo sabía que me lo tenía merecido, les había hecho putada tras putada a todos ellos como ritual de bienvenida a la familia. Y con mi hermano la cosa se remontaba a tiempos inmemoriales.

Además, aquella pandilla de impresentables era mi familia y, si dejaba a un lado sus bromas absurdas, los apreciaba un poco. Muy poco. Casi nada.

Aunque sí tenían razón en una cosa: estaba cagado de miedo.

Era un hecho: llegaba tarde.

Aceleré el paso por el paseo marítimo, esquivando a un par de turistas que caminaban como si el mundo tuviera que estar de vacaciones también. Controlé la respiración, no quería llegar sudando como un cerdo; lo último que necesitaba era aparecer delante de ella oliendo a sudor.

A unos pocos metros de la puerta, me detuve en seco.

Cintia estaba allí, esperándome.

Joder… Qué bonita estaba.

El pelo le caía suelto sobre los hombros, con una gracia que parecía hecho aposta para distraerme. El vestido, sencillo y de color verde oscuro, le marcaba la cintura y dejaba al descubierto unas piernas que, aunque ya las había visto antes, me cortaron el aliento.

No tenía ningún puto sentido que verla allí, distraída y observando a la gente a su alrededor, me acelerara el corazón así. Había convivido con ella hasta hacía dos días, por el amor de Dios.

«Y la has echado de menos cada segundo», me recordó Peni.

Tragué saliva y me pasé la mano por el pelo para asegurarme de que seguía en su sitio. ¿Cómo no iba a hacerlo, si había gastado medio bote de gomina? Bueno, si la cosa iba mal, siempre podría echarle la culpa a la calvicie inminente que, según Jaime, me iba a provocar tanto fijador.

Metí las manos en los bolsillos y respiré hondo. Traté de relajarme diciéndome que no era para tanto. Solo se trataba de una cita, y yo había tenido muchas citas. ¿Por qué esa vez iba a ser diferente?

«No necesitas que te responda, ¿verdad?».

«Peni, nadie te ha dado vela en este entierro» .

«A la que vas a tener que enterrar va a ser a mí, porque me estoy muriendo del aburrimiento», se quejó.

«Largo».

«Borde».

Cintia eligió ese momento para levantar la vista. Me vio allí, observándola fijamente, y me dio la impresión de que se le colorearon las mejillas, aunque estaba demasiado lejos como para confirmarlo.

—Llegas tarde —me dijo cuando me acerqué.

No sonaba enfadada, aunque sí un poco… ¿distante?