24 – Ese hipotético chico #2
Con Kiko había repetido el patrón. Hasta que una noche cualquiera, con un par de envases de comida para llevar vacíos sobre la mesa y una serie de fondo, él comentó que quizá debíamos plantearnos comprar nuestra primera vivienda y dejar de vivir de alquiler.
Hasta aquel momento no me pregunté si aquella vida era lo que quería para siempre. Una vida sencilla, sin vértigo ni altibajos, solo un vacío cómodo que no me hacía sentir plena.
Ni libre. Ni feliz.
«Todo lo contrario a lo que sientes por Guillermo», me dijo la voz de mi conciencia.
Tragué saliva.
Guillermo… Ese pequeño detalle había venido en la mochila conmigo y se había colado en la cocina, escondido bajo capas y capas de indecisión.
No lo pensé cuando tiré de todas ellas y lo dejé al descubierto.
—Es él.
—¿Qué?
—Guillermo —pronuncié. Ella parpadeó un par de veces, confundida—. Ese hipotético chico. Es el mismo tipo rubio, con rizos y voz ronca con el que te pillé en la entrada el día que regresé a casa. Es él, mamá.
Los ojos de mi madre se abrieron por la sorpresa y, cuando creía que todo estallaría, rompió a reír.
La miré alucinada y también un poco molesta.
¿De qué demonios se reía?
—No tiene gracia. —Me crucé de brazos.
—Perdón. —Rio un poco más—. Perdón, cielo. Es que me has pillado desprevenida. ¿Cuánto…, cuánto tiempo llevas viéndolo? Oh, Dios. Esto sí que no lo esperaba.
—No lo digas como si hubiese estado quedando con él a escondidas o algo así —me defendí—. Solo hemos coincidido en el campamento juntos y ha… surgido. Trabaja para papá.
La vi quedarse pensativa y, al momento, asentir.
—Por eso estaba allí aquel día —comentó mientras jugueteaba con la taza sobre la encimera.
—¿Qué?
Su sonrisa se enfrió cuando se giró hacia mí.
—Aquel día fui a ver a tu padre. —Su confesión me hizo abrir la boca de par en par.
—¿Quieres arreglar las cosas con papá?
—¡No! No en ese sentido. Pero desde que nos divorciamos hemos estado enredados en una guerra que no me hace sentir orgullosa. Solo quería hablar con él y tratar de mantener una relación civilizada sin nada romántico de por medio.
—¿Y qué tiene que ver Guillermo en eso?
—Que me vio antes que tu padre —dijo con sinceridad—. ¿Estáis saliendo ?
No supe qué respuesta darle.
—Al principio lo detestaba —admití—. Pero… luego vi que quizá había algo más detrás de toda esa fachada de sinvergüenza seductor.
—¿Cómo es?
—Mamá, ¿en serio? —Levantó las manos—. ¿«Cómo es»? Estuviste liada con él.
—No significó nada, Cintia —dijo tras unos segundos—. Además, en realidad acabábamos de empezar cuando…
—¡No quiero saberlo!
—No hubo más que unos pocos besos y un momento un poco… impulsivo. Lo que pasó no significó nada para mí, te lo juro —añadió, seria.
—Eso no evita que sea incómodo.
—Ya. No te lo voy a negar.
—Y raro.
—¿Habéis hablado de ello?
Puse los ojos en blanco.
—Guillermo se lo toma todo a broma. Las veces que lo hemos mencionado ha sido más en plan anecdótico.
—Bueno, estoy segura de que él tampoco le da importancia —dedujo—. Aunque eso no quita que para ti sí que la tenga, claro.
Me quedé mirando la encimera.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que, cuando estoy con él, el resto me da igual. A ver, si te paras a pensarlo, es heavy. Pero, creo que, en el fondo, no es eso lo que me pesa. A fin de cuentas, todos tenemos un pasado, ¿no?
—Sí, así es —dijo de acuerdo—. ¿Te trata bien?
Levanté la cabeza y la miré antes de decir sin titubear :
—Sí.
—¿Te respeta?
Curvé los labios.
—Mucho.
—¿Y eres feliz cuando estás con él?
No dudé.
—Sí.
Mi madre ensanchó la sonrisa.
—Pues ya tienes más de lo que mucha gente tiene, cariño. Y, aunque no sepas si va a salir bien, creo que deberías relajarte y disfrutar un poco de la experiencia.
—No quiero encerrarme en la habitación —admití.
Mi madre me observó con una sonrisa satisfecha.
—Entonces no lo hagas.
Y, aunque volvimos a quedarnos en silencio, esta vez no me resultó violento.
—No me gusta cómo hemos estado últimamente —reconocí.
—A mí tampoco.
—Me gusta esto; poder hablar así y que me aconsejes.
—Y a mí me gusta saber que soy útil para mi hija.
Nos miramos y, sin decir nada más, nos fundimos en un abrazo.
No fue una reconciliación perfecta, claro. Todo lo demás seguía estando ahí, pero ya no pesaba tanto. Y eso era todo un inicio.
—¿Qué vas a hacer entonces? —me preguntó cuando me separé.
Miré el móvil, que seguía sobre la encimera.
—Ir a la cita.
—Bien.
—Con miedo .
—Ya.
—Y sin saber qué va a pasar.
—Como todo en la vida.
—Podría salir fatal.
—O no.
O no…
Agarré el teléfono, mi madre me dedicó una sonrisa antes de salir de la cocina y, con una última inspiración, abrí el chat y releí su mensaje:
Guillermo:
Por si te despistas, seré el que lleve cara de tonto ilusionado y una camiseta verde fosforito. Llevo toda la noche pensando en ti. Me muero por verte, pelirroja.
Negué y tecleé a la vez que me mordía el labio inferior.
Cintia:
¿Fosforito? Qué detalle por tu parte.
Así podré huir en la dirección contraria sin riesgo de equivocarme.
A las nueve nos vemos.
Me quedé mirando la pantalla un segundo antes de enviarlo. Y, cuando lo hice, el vértigo volvió, fuerte e inevitable. Sin embargo, no sentí ganas de correr en dirección contraria, como todas las veces anteriores .
No sabía si estaba preparada. Pero tampoco quería seguir siendo la chica que siempre se marchaba antes de tiempo.
Así que, por una vez, no hui.