24 – Ese hipotético chico
Verdades incómodas: que algo te dé miedo no significa que tengas que huir.
CINTIA
Me extrañé al entrar en la cocina a las diez de la mañana y encontrarme a mi madre apoyada en la encimera, en pijama, con la taza de café a medio camino de la boca y esa expresión suya calmada y preocupada a la vez.
—Buenos días, cielo.
—Hola, mamá —le respondí y me acerqué a la cafetera—. ¿No trabajas hoy?
—Mi fin de semana ya ha empezado. He pedido el día libre —soltó, y yo la miré alucinada .
—¿Y eso? —Alzó ambas cejas y compuso un gesto que me dio a entender que lo había hecho por mí—. Oh. Ya veo. No… era necesario.
—Lo sé, pero llevas dos semanas fuera y me apetecía pasar un rato juntas. —Sonrió, aunque sus ojos reflejaban cierta pena—. No lo hemos hecho desde…
Se mantuvo pensativa unos segundos, y sentí la necesidad de acabar por ella.
—Hace mucho. —Asintió—. Gracias, mamá.
Si hubiese estado atenta, habría podido contar más de ciento veinte golpes del reloj de pared. Y no es que no me gustase el silencio, pero aquel era demasiado violento.
Era un hecho que las cosas entre nosotras no quedaron demasiado bien antes de irme al campamento y, por supuesto, no se habían solucionado como por arte de magia al regresar.
Me entristeció sentirme así con mi propia madre. Así que cogí la taza con una mano y rebusqué con la otra en la despensa sin demasiado entusiasmo. No tenía hambre, pero necesitaba mantenerme ocupada y ganar algo de tiempo.
Cuando me senté en la isla, supe que ninguna de las dos sabía muy bien quién tenía que hablar primero.
—Mamá.
—¿Uhm?
—Di algo, por favor.
Soltó el aire por la nariz en una especie de risa nasal.
—¿Cómo ha ido el campamento?
—Bien. Supongo.
Ella emitió un sonidito con la garganta y después dijo:
—Entiendo.
—¿El qué?
—Que has salido a tu padre. Se te da fatal mentir.
Fruncí el ceño y miré mi taza cuando la removí .
—Pues qué suerte la mía.
Mi madre soltó una risita y negó.
—Cariño, solo quiero que sepas que, si quieres hablar, sea de lo que sea, estoy aquí y no voy a juzgarte. ¿Lo sabes, verdad?
—No hay…
—Cintia —me detuvo—. Por favor. Si no me lo quieres contar, lo entiendo. Sé que no estamos en nuestro mejor momento, pero no digas que no te pasa nada, te conozco como si te hubiera parido.
—Es que me has parido.
—Exacto —replicó con voz suave y se sentó frente a mí—. Solo dime si estás bien.
Me removí en la silla.
No quería hablar. O sí, no lo tenía claro. Lo único que sabía era que no me apetecía buscar excusas o esquivar las conversaciones incómodas, como siempre.
Estaba cansada, muy cansada. Y no solo por la noche que había pasado, en la que la misma escena recurrente se materializaba ante mí cada vez que estaba a punto de conciliar el sueño.
«Yo me iré —me decía una y otra vez Esther, de pie en el pasillo de la oficina como la tarde anterior—, pero tú eres una ilusa si piensas que él va a cambiar por ti».
Seguido de su mirada maliciosa mientras señalaba hacia la puerta y la imagen de Sonia agarrándose al brazo de Guillermo en una actitud cómplice que me estrujaba las tripas.
Dios. Me sentía una idiota que no era capaz de seguir ni sus propios consejos.
—Han sido un par de semanas raras —admití al final.
Mi madre no dijo nada. Se limitó a asentir y darme espacio .
Y eso me sorprendió, no porque fuera de las típicas madres metomentodo, sino porque con lo de Kiko había insistido hasta volverse insoportable.
—Imagino que habréis tenido mucho lío con tantos niños.
—Un poco. —Me encogí de hombros—. Ya sabes, a ciertas edades son intensos, pero se han portado bien en su mayoría.
—Espero que tu padre no te haya dado mucho la lata.
Sonreí y negué.
—No mucho, solo me hacía llamarlo cada día para darle el parte, pero bien también.
—Genial —dijo mi madre y apoyó los codos en la mesa—. ¿Y los compañeros?
«Fantástico. Tanto que a uno casi le hace un traje de babas», contestó esa vocecita mental por mí.
Me atraganté con el sorbo que le había dado al café y tosí varias veces hasta que fui capaz de respirar con normalidad.
—Joder. —Carraspeé—. Sí, bien. Bueno, tú sabes…
—La verdad es que no, no lo sé. —La observé. Mi madre era lista y sabía que estaba llegando al meollo del asunto—. No sé por qué, pero me da la sensación de que hay un chico de por medio.
—¿Por qué siempre tiene que haber un chico?
—Porque los hombres son inoportunos y están en todas partes. Siempre —sentenció, y yo sonreí—. ¿Me equivoco?
Abrí la boca, dispuesta a rebatirle, pero ¿de qué serviría? No solo le mentiría a ella, también trataría de hacerlo a mí misma.
Y estaba harta de llevarle la contraria a esa parte de mí.
Cerré la boca y me desinflé como un globo.
—Todo es una mierda, mamá.
Me dejé caer contra la encimera, cerré los ojos y resoplé .
La sentí moverse por la cocina hasta que noté su mano sobre mi espalda, subiendo y bajando sin prisa.
—Cintia, no quiero que sientas que te estoy interrogando. Solo dime si puedo hacer algo para ayudarte.
Y fue justo en ese momento cuando la pieza que llevaba tanto tiempo fuera de su sitio encajó.
Porque, a pesar de merecerlo, mi madre no me estaba reprochando nada. Al contrario, estaba ahí, acariciándome la espalda, ofreciéndome consuelo y brindándome su apoyo incondicional.
Y yo no había hecho lo mismo por ella, ni de lejos.
En cambio, la había juzgado y di por hecho que lo sabía todo y que tenía derecho a enfadarme, sin pararme a pensar en lo que había al otro lado; en cómo era su vida actual, sin mi padre y sin mí, con una casa que, de repente, se le quedaba grande y contenía demasiados recuerdos.
Apreté los labios.
No, no había pensado en eso. Había sido más sencillo quedarme encerrada en mi situación, en mi dolor y mi enfado, y regodearme en la sensación de traición que me había venido tan bien para no mirar más allá de mi propio ombligo.
Tragué saliva al ser consciente de mi egoísmo e intenté contener las lágrimas.
—Lo siento, mamá —le rogué, y mi barbilla cobró vida cuando tembló—. No me he portado bien contigo.
Ella movió la cabeza de un lado al otro.
—Eso no importa ahora, mi vida.
—Sí que lo hace —insistí y bajé la voz—. No me reconozco, mamá.
Me puso una mano en el pecho.
—Estás ahí, Cintia. Sigues siendo tú, solo estás un poco perdida .
—No —negué y me fijé en las arrugas que se le habían formado junto a los ojos—. No solo un poco. —Busqué las palabras—. Siento que he perdido el control de mi vida entera.
—¿Estamos hablando de Kiko o de ese hipotético chico?
Me encogí de hombros y tardé unos segundos de más en responder.
—No quiero volver a… —titubeé y me detuve.
Inspiré hondo y decidí ser lo más honesta posible— a conformarme.
Me he pasado toda la vida viendo cómo papá y tú os resignabais a estar el uno con el otro por no romper la familia.
Y ahora me doy cuenta de que yo también lo he hecho, mamá.
Con Kiko, con los estudios, con el trabajo y con todo lo demás.
—Cintia…
Me giré en la silla y me puse frente a ella.
—Y con él siento justo lo contrario, mamá. Todo es…. demasiado. Demasiado intenso. Demasiado rápido. Demasiado imperfecto. —Ella sonrió, y yo sacudí la cabeza—. No tiene ningún sentido, ¿no?
—Sí, claro que lo tiene.
Cogí aire antes de terminar de abrirme en canal.
—Me da miedo que también sea demasiado doloroso.
—Podría serlo. —Apreté los labios, y ella me agarró de la mano—. O podría ser maravilloso.
—Mamá, eso no me ayuda mucho.
Soltó una breve risa, casi como un lamento.
—¿Te gusta?
Su pregunta me transportó directamente a dos noches atrás. Me vi de nuevo tumbada en aquella toalla húmeda, bajo las estrellas, con las manos entrelazadas y sin ninguna prisa por volver a nuestras habitaciones.
«Me gustas mucho, Cintia».
«No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Solo te estoy diciendo que me gustas. También me gustan las sábanas fresquitas por la noche y los bocadillos de tortilla de patatas con mayonesa. No es tan grave».
No fui consciente de que estaba sonriendo hasta que mi madre imitó mi gesto.
—Sí —contesté al fin—. Aunque no sé si me gusta más él o cómo soy yo cuando estoy con él —reconocí.
La frase salió sola y cuando escuché lo que había dicho me quedé muy quieta. Porque era eso —exactamente eso— lo que me pasaba. Y no había sabido verlo hasta que mi cerebro lo había materializado en voz alta.
Mi madre también se quedó en silencio, procesándolo.
—¿Te gusta esa versión de ti? Me refiero a si te gusta de verdad.
Fruncí el ceño.
—No lo sé. Es diferente.
—Como él.
Reí y afirmé. Si ella supiera…
—Como él —confirmé y exhalé lentamente—. No quiero equivocarme.
Fue su turno para soltar el aire.
—Bienvenida al mundo real, cariño.
—Mamá…
—No te lo digo a malas, Cintia, solo que es imposible no meter la pata, a menos que te encierres en la habitación y no salgas nunca más en tu vida, claro.
—Me ha pedido una cita mañana —murmuré.
—Y tienes intención de cancelarla —adivinó y moví la cabeza, dándole la razón—. Lógico, es justo lo que haría alguien que ha decidido encerrarse en su cuarto de por vida.
La miré con una ceja alzada .
—Qué graciosa te has vuelto, mamá.
—Siempre lo he sido, cariño, pero antes estaba demasiado ocupada sobreviviendo como para dejarlo salir —contestó con calma y me apretó una de las manos—. Cintia, te vas a equivocar. Da igual lo que hagas, la cuestión es no quedarte anclada en algo que no te llena por miedo a meter la pata.
Sabía perfectamente a qué se refería. A ellos. A lo que habían sido. A lo que habían aguantado hasta que todo estalló por los aires.
Y lo peor era que yo también lo sabía, porque había crecido viendo cómo el amor se sustituía por costumbre, por silencios largos y miradas que no tenían ninguna ambición.
Durante mucho tiempo creí que eso era lo normal. Que querer a alguien era aceptar y quedarse, y que aguantar era parte del trato siempre que no doliese demasiado.