Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 23 – Pillado y hundido
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23 – Pillado y hundido

Consejo de mierda que nadie pidió: no celebres nada antes de tiempo.

GUILLE

—Óscar, tu madre me está mirando como si te hubiera secuestrado. Muévete antes de que llame a la policía, por favor —le pedí, señalando con la barbilla hacia el otro lado de la calle, donde la mujer llevaba diez minutos esperando a que su hijo se despidiera con el coche en doble fila.

El chaval resopló e hizo un último choque de puños con un compañero.

Bien. Uno menos.

Miré al resto de chavales, que se despedían con la energía cargada a tope y se mezclaban entre abrazos y besos fugaces. Los padres me hacían preguntas a la vez que revisaban si sus hijos seguían teniendo todas las extremidades en su sitio.

Yo asentía, sonreía y respondía mientras rezaba para que la tortura acabase pronto.

Mi único objetivo a corto plazo era sobrevivir a aquello y encerrarme en mi apartamento. Bueno, y también robarle otro beso a Cintia antes de desaparecer del mapa, pero eso era otra historia.

Todos los de mi grupo se fueron menos mi pequeño Padawan, Marcos. Lo miré dispuesto a hacerle alguna broma, aunque me detuve cuando vi que tenía cara de que le hubieran arrancado el corazón para dejarlo tirado en una cabaña en medio del monte.

No tuve tiempo de indagar. Una pareja de mediana edad se nos acercó con una sonrisa y supe, por el parecido, que eran sus padres.

Me hicieron algunas preguntas que contesté en modo automático y me quedé en un segundo plano mientras se reencontraban.

Aproveché para echar un vistazo rápido alrededor.

La localicé cerca del edificio, hablando con Fer. Mi primera intención fue acercarme a ellos. Incluso llegué a mover un pie en su dirección, sin embargo, me topé con un bulto en el suelo que me impidió el paso hasta Cintia.

—¡Marcos! —lo llamé.

El chiquillo se giró a medio camino del coche.

—¿Qué?

—Tu mochila. —La levanté por la cantimplora que llevaba colgando de una de las asas—. A no ser que quieras regresar mañana a por ella.

—Mierda. —Volvió y, cuando la agarró con gesto compungido, no la solté.

—¿Todo bien?

Asintió, luego negó y desvió la vista hacia la derecha, justo donde Carlota caminaba junto a su padre, que le sostenía el macuto.

—No la voy a ver en tres semanas —murmuró—. Se va a Mallorca a casa de sus tíos.

Asentí y le apoyé una mano en el hombro.

—¿Sabes lo bueno de vivir en este siglo?

—¿Los juegos de realidad virtual?

Lo miré con una ceja alzada.

—Las videollamadas.

—Pff. No es lo mismo.

—Claro que no. Pero sería peor tener que mandarle una carta y esperar durante días su respuesta, ¿no?

Lo pensó durante un instante.

—Sí —contestó con un brillo de esperanza que le fue iluminando la cara—. Supongo que sí.

—A problemas, soluciones, Romeo.

Asintió y, justo antes de echar a correr hacia su familia, se giró.

—Gracias, Guille. Eres un profe de puta madre.

—De nada. —Le hice un gesto con la cabeza—. Anda, tira. Y hazme caso: menos miedo y más actuar.

Salió corriendo y, sin saber muy bien por qué, sonreí.

Hasta que volví a mirar al lugar donde había estado Cintia y no la localicé. Un destello pelirrojo captó mi atención y me di cuenta de que acababa de entrar en la oficina.

Justo entonces, dos manos me taparon los ojos por detrás.

—A ver si adivinas quién soy —susurró una voz femenina.

«Se masca la tragedia», anunció Peni cuando registré un par de tetas pegadas a mi espalda.

—Venga, Guille, que no es tan difícil —insistió la recién llegada, en tono divertido .

Le agarré las muñecas y las aparté de mi cara con suavidad.

—Sonia.

—¡Bingo! —Me rodeó en un abrazo que, dos semanas atrás, habría terminado de otra forma—. ¿Me has echado de menos?

La observé cuando se retiró, y Sonia no se achantó ante mi falta de entusiasmo.

Estaba igual que siempre, con esa media melena rubia suelta y los labios pintados de aquel rosa que me había resultado tan apetecible antes.

Pero no pasó nada.

No sentí nada más allá de un miedo acojonante y una buena dosis de incomodidad. Y es que, por primera vez en mi vida, no sabía qué contestar o cómo actuar con una mujer.

—¿Qué… tal? —titubeé.

Sonia frunció el ceño.

—Uh, qué locuaz. —Rio ante mis cejas alzadas y se separó un poco para analizarme—. Tienes cara de cansado.

—Lo estoy.

Se le formó una sonrisa, pequeña al principio y más astuta después, cuando se acercó a mí y me susurró:

—¿Qué te parece si vamos a tu apartamento, te doy un masaje relajante y luego pedimos algo de cenar?

El plan me pareció de puta madre, solo que no quería llevarlo a cabo con ella.

—No —dije, sin rodeos, y hasta yo mismo me sorprendí.

Sonia se quedó muy quieta.

—¿No?

—No.

Entrecerró los ojos como si estuviera esperando la broma.

—¿Estás enfermo o algo así?

—Algo así. —Me metí las manos en los bolsillos—. Me he pillado .

Se inclinó hacia delante.

—¿Te has… qué?

—Pillado —repetí, tan tranquilo—. Por una persona.

Me estudió durante tres largos segundos y después soltó una carcajada.

—Qué bueno. —Se rio de nuevo, aunque yo no sonreí. Debió de darse cuenta de mi gesto serio, porque dejó de partirse y abrió los ojos con sorpresa—. ¿No vas de farol?

—No.

Contra todo pronóstico, se me acercó un poco más y bajó la voz.

—¿La conozco? —preguntó cómplice.

—Puede.

Dio un par de saltitos, emocionada, y yo la miré sin entender un carajo.

¿Le hacía ilusión que la rechazase?

Quien entendiese a las mujeres era mi puto ídolo. En serio.

—¿Quién es?

—Si te lo cuento tendría que matarte.

Me dio un manotazo en el brazo.

—Qué dramático —rebatió rodando los ojos—. Es del campamento.

—Puede.

—Es una chica, ¿no?

—Sonia…

—Vale, vale. —Se me colgó del brazo y se puso a mirar a nuestro alrededor, valorando opciones. Iba diciendo nombres, y yo negaba, hasta que se cansó—. Eres cruel…, pero me alegro por ti.

Parpadeé alucinado.

—¿Sí ?

—Claro. —Amplió la sonrisa—. Aunque siempre creí que eras de los míos, de los que no buscan enamorarse.

—No te flipes —rebatí demasiado rápido—. Solo estoy…

—Pillado —terminó por mí—. Sí. Ya. —Soltó una risa nasal y me dio un par de toquecitos en el brazo—. Hazte un favor y no hagas el idiota con ella, ¿vale?

—Lo intentaré.

Se puso de puntillas, me dio un beso en la mejilla y se apartó.

—Nos vemos, Guille.

—Sí… Nos vemos.

La observé alejarse y, de repente, me sentí mucho más ligero. Supuse que eso era lo que pasaba cuando te daba por pillarte por alguien y nadie más te interesaba.

Giré la cabeza hacia el edificio justo a tiempo de ver salir a Esther como un torbellino, con cara de pocos amigos y el móvil apretado contra la oreja.

—… no pienso volver a… —Se calló al verme, me dedicó un gesto airado y siguió caminando sin despedirse.

Alcé ambas cejas y negué.

—Adiós, Esther —murmuré para mí.

Cuando se alejó lo suficiente, enderecé la espalda, inspiré hondo y entré en la oficina. El cambio de temperatura me arrancó un gemido de gusto. Por suerte, Fer se había venido arriba con el aire acondicionado.

—¡Remo!

Me giré sin borrar la sonrisa de gusto.

—Hola, jefe.

—Me alegro de verte. —Me dio una palmada en la espalda—. Ya me han dicho que se te ha dado bastante bien.

—¿En términos de que nadie ha muerto, quieres decir?

Él soltó una carcajada .

—Eres un cachondo. Si en el fondo va a resultar que eres un cachito de pan.

«Te tiene calado», comentó Peni.

—Es parte de mi encanto.

—Utiliza el fin de semana para descansar, que el lunes te quiero aquí a tope, ¿vale?

—Se intentará.

Fer rio un poco más y luego se metió en su despacho.

No esperé. Pasé de largo todo el pasillo y me dirigí a los vestuarios. La puerta estaba entreabierta, así que la empujé en silencio.

Cintia estaba de espaldas, recogiendo algo de su taquilla. Se me dibujó una sonrisa y, con un movimiento de cabeza, me aseguré de que el pasillo siguiera vacío.

Cerré la puerta sin hacer ruido y me acerqué sigiloso a ella. Bajé la cabeza y le besé el cuello a la vez que le deslicé los brazos alrededor de la cintura.

—Hola, pelirroja —murmuré contra su piel. Cintia se envaró, lo noté al instante, y yo fruncí el ceño cuando pasaron los segundos y no contestó—. Eh, ¿qué pasa?

No se giró cuando me separé.

—Nada.

La voz de mi padre se me materializó en el cerebro: «Cuando una mujer dice “nada” es que está a punto de desatarse el apocalipsis…».

No me lo había dicho a mí, sino a mi sobrino Kay, que había tenido la primera bronca gorda con su novia Nora y estaba hecho un mar de dudas. Por desgracia, yo no había prestado atención al resto de la conversación, así que tocaba sacar a relucir todo mi encanto.

—Uhm… —Apoyé la barbilla en su hombro—. ¿Te he dicho alguna vez cuánto me gusta tu olor ?

—Estamos en la empresa —me advirtió, seca.

—Me he asegurado de que no haya nadie.

—Aun así, no me siento cómoda.

Se zafó de mi agarre con bastante elegancia, y cambiamos las posturas. La taquilla quedó a mi espalda y me agaché un poco, buscándole la cara.

—Bueno —intenté no perder el buen humor—. Entonces tendremos que organizar algo fuera, ¿no? —No respondió. Solo me sostuvo la mirada—. Fer nos ha dado el día de mañana libre. Podríamos vernos.

Negó y se echó la mochila al hombro.

—No puedo. Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas? —Me apoyé en la taquilla—. A menos que tengas planeado salvar el mundo, puedo acompañarte.

—Tengo que estar con mi madre.

Alcé una ceja.

—Ah. ¿Todo el día?

—Sí.

No supe qué fue lo que la delató. Quizá nada o puede que fuera yo, que empezaba a notar detalles que antes me habrían dado igual, pero olí la mentira antes de que terminara de decirlo.

—Vale. Pues pasado mañana.

Inspiró hondo y miró al suelo un momento.

—No lo sé, Guillermo.

Di un paso al frente e invadí su espacio vital. No la toqué, pero ella tuvo que alzar la cabeza para mantener el contacto visual, y eso hizo que quedáramos muy cerca.

—Vamos, Cintia —susurré y le acaricié la mejilla—. ¿Me vas a hacer pedírtelo de rodillas?

Sonrió por fin.

—No sé si es buena idea .

—Llevas razón, el suelo tiene una de mierda que flipas —bromeé, y ella negó. La tensión en los hombros se le aflojó un poco—. El sábado —repetí, más bajito—. Cena en el Chambao, luego un paseo por la playa a la luz de la luna… Y después ya vamos viendo lo que surja.

«Avísame si necesitas ideas para esa última parte», comentó Peni.

La ignoré y me centré en Cintia, a la que vi dudar. Fue solo un momento, un pequeño gesto con la boca y la forma en la que me rehuyó la mirada cuando le sonreí. Estaba a punto de decir que sí, y ambos lo sabíamos.

—No te puedo asegurar nada —respondió sin dar su brazo a torcer.

—Me vale.

—No he dicho que sí.

—Ya. —Me encogí de hombros—. Pero tampoco que no.

Resopló, y yo le guiñé un ojo.

—Eres insoportable.

—Y a ti te encanta. —Me acerqué un poco más—. El sábado a las nueve en el Chambao. Si no apareces, recuerda que sé dónde vives.

Inclinó la cabeza a modo de advertencia.

—Ni de coña.

—Si hace falta, lo haré.

—Ni se te ocurra.

—«Buenas noches, señora Inés». —Imité un tono formal bastante ridículo—. «Vengo a recoger a su hija para nuestra primera cita oficial. Mis intenciones son del todo inocentes, palabrita del niño Jesús. ¿Me da su bendición?».

—Sería lo último que hicieses antes de morir.

—Merecería la pena. —Movió la cabeza, y yo supe que trataba de ocultar el amago de una sonrisa—. Nueve en punto .

Me incliné y le di un beso rápido en los labios, más para convencerme a mí mismo de que todo iba bien que para otra cosa, pues el contacto fue ridículo para todo lo que me apetecía hacerle.

—Guillermo…

—No llegues tarde —añadí.

Antes de que pudiera volver a negarse, eché a andar y abrí la puerta. Salí del vestuario bastante convencido de que el sábado tenía una cita.

Con lo que no contaba era con que el cosmos, que es muy de equilibrar cosas, ya se estaba frotando las manos mientras buscaba la forma de hacérmelo pagar.