Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 22 – Regreso al futuro
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22 – Regreso al futuro

Verdades incómodas: los planes de futuro basados en bocatas de tortilla son una decisión pésima.

CINTIA

Me detuve al escuchar las voces mientras ayudaba a Bianca y a Alberto a colocar sus mochilas en el punto de reunión. Giré la cabeza y vi a varios niños del grupo de Esther discutiendo en la puerta de su cabaña.

—Chicos, ahora vuelvo —les dije y miré a Guillermo.

Él me entendió con un solo gesto, pues asintió y se acercó a mi grupo, así que eché a andar de vuelta a las habitaciones.

—¡Eso es mío! —chillaba Pilar a alguien que había dentro de la cabaña.

—¡Que no!

—¡No me empujes! —se quejó un tercero que no vi.

El golpe seco contra la madera me hizo acelerar el paso .

El espectáculo que me encontré al subir los escalones no tenía ningún sentido.

Un niño saltando de litera en litera, dos discutiendo por una cantimplora como si se jugaran la vida en ello, otro tirando sus chanclas contra la pared una y otra vez, una mochila en mitad del suelo con toda la ropa desperdigada…

Y nadie, absolutamente nadie, controlando nada.

¿Dónde demonios se había metido Esther?

Fruncí el ceño y di un par de palmadas.

—¡Eh! ¡Se acabó! —Los niños pararon en el acto. Señalé al que estaba sobre las literas—. Baja de ahí. Ya. ¿Dónde está vuestra monitora?

Pepe dudó, miró alrededor como si buscara alguna vía de escape y, al no encontrarla, descendió despacio y agachó la cabeza.

No me sentí cómoda ante ese gesto, así que rebajé el tono.

—¿Dónde está Esther? —insistí, más calmada—. ¿Ha salido?

Ninguno respondió.

Me acerqué un poco más al grupo. Cristian, el que había estado tirando sus zapatillas, se encogió sobre sí mismo con un gesto de absoluto terror. Pilar y Nacho, los de la cantimplora, me rehuyeron la mirada. Y yo tuve una sensación extraña en la boca del estómago.

Algo no iba bien.

Fue entonces cuando Pepe, el más pequeño del grupo, dio unos cuantos pasos hacia mí. Lo hizo despacio, como si quisiera medir cada centímetro del suelo antes de avanzar. Cuando habló, lo hizo a un volumen que me costó entender.

—La seño tenía que… Vino un señor. Y ella nos dijo que tenía que hablar con él a solas y que… era muy importante. No podíamos molestarla.

Forcé una sonrisa que no sentía ni de lejos.

—¿Qué señor? ¿Alguien del campamento?

El niño negó con la cabeza.

—Cállate, Pepe —lo riñó Pilar.

A él le tembló la barbilla, por lo que me puse en cuclillas a su lado y le acaricié el brazo.

—No pasa nada, cariño. Puedes contármelo.

Tras unos segundos en los que dudó, asintió y tragó saliva.

—Era un secreto. Si… lo contábamos…, nos dijo que no volveríamos a casa.

Se me heló la sangre.

Respiré hondo, muy hondo, y tuve ganas de ir a buscarla y estrangularla con mis propias manos.

—¡Y por tu culpa vamos a quedarnos aquí para siempre! —lo acusó Cristian con los ojos llorosos.

—Nadie va a quedarse aquí —les aseguré poniéndome en pie—. Todos vais a volver a casa, ¿vale? Os lo prometo.

Me miraron con tal esperanza que se me encogió el pecho.

—Es el chico de la gasolinera —susurró Pilar—. Creo que es su novio.

—Entiendo —dije tratando de calmarme—. Muchas gracias por contármelo. Ahora debéis terminar de recoger vuestras cosas sin pelearos, y enseguida vengo a buscaros, ¿vale?

Todos asintieron y, en cuanto los vi más o menos ocupados, salí de allí.

Cerré la puerta tras de mí y el gesto amable se me borró de la cara. Eché a andar con pasos rápidos hacia nuestra cabaña, pero no había nadie. Tampoco en la enfermería, el comedor o en la zona de los baños.

—¿En serio? —murmuré entre dientes—. ¿Dónde te estás escondiendo, zorra ?

Giré sobre mis pasos y, justo cuando estaba llegando a la cabaña de nuevo, Esther salió de la esquina contraria mirando el teléfono con una sonrisita.

Me acerqué a ella sin frenar.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —le pregunté al borde de perder los nervios.

Levantó la vista y la sonrisa se le congeló de golpe.

—Aparta —me pidió tratando de pasar.

—Tus niños están solos.

Ni se inmutó.

—Están en su habitación.

—Sí, solos.

—Bueno, tampoco pasa nada por un par de minutos.

Clavé la mirada en ella y negué.

—No. No han sido un par de minutos.

—¿Es que ahora eres mi jefa? —escupió cruzándose de brazos—. Tenía una urgencia, ¿vale? Ve a calentarle la cabeza a Uri o a Guille, anda.

Solté una carcajada seca.

—Eres increíble. —Negué incrédula—. ¿Cómo se te ocurre amenazarlos con no volver a casa? ¿En qué demonios estabas pensando, tía?

Se tensó un segundo, pero luego sonrió y alzó una ceja.

—Mira, tía , no sé qué te han contado, pero no deberías creerte todo lo que dicen los niños, suelen exagerar.

—No hace falta que me cuenten nada. —La miré fijamente y señalé la cabaña—. Lo he visto con mis propios ojos.

Abrió la boca para contestar, pero en ese momento una voz nos interrumpió.

—¿Qué pasa aquí?

—Sebas, menos mal —respondió Esther, a la que le cambió la expresión de forma radical—. He tenido que salir un momentito porque Paula me ha pedido que le echara una mano con su grupo.

—Eso no es verdad —repliqué.

—¿Paula te ha pedido ayuda?

Esther titubeó ante la pregunta de Sebas.

—Bueno…, no exactamente ahora. Antes. Me dijo que si podía…

—No —la corté—. No te ha dicho nada.

—Cintia, ¿puedes dejar de meterte donde no te llaman? —me escupió con inquina y miró de nuevo a Sebas—. Los niños se la estaban liando en el comedor, y he ido a echarle una mano mientras los de mi grupo hacían el equipaje.

—El comedor estaba vacío —rebatí.

Esther se giró, abrió las fosas nasales y apretó los labios.

—Porque igual se lo ha dicho a otro compañero —mintió de forma evidente—. Cuando llegué allí ya no había nadie, por eso estoy aquí, de vuelta.

Bufé. No había por dónde coger su historia y mucho menos con la interpretación que estaba haciendo.

—¿Cuánto tiempo llevas fuera de tu grupo, Esther? —La voz de Sebas sonó más firme esa vez.

—Nada —contestó rápido—. Tres o cuatro minutos.

—La aguja grande estaba en el dos. —Se escuchó la vocecita de Pepe a nuestra espalda—. Y ahora está en el ocho.

Me giré hacia él y le sonreí para infundirle ánimos. Pilar estaba a su lado, agarrada de su mano. La niña me miró, yo asentí, y ella alzó la cabeza cuando dijo con confianza:

—Dijo que si contábamos su secreto no volveríamos a casa. Se fue a morrearse con el chico de la gasolinera.

Esther se giró hacia Sebas y ahí se le cayó el disfraz. Su seguridad, el control… Todo se fue a pique. Sebas lo vio, yo lo vi e incluso los niños lo vieron .

—Esto va a llegar a Fer —le advirtió.

—¿En serio? —bufó ella—. ¿Por esto?

—Por esto y por más cosas —respondió él y luego me miró—. ¿Te encargas tú de ellos?

Asentí y, sin más, Sebas se llevó el problema —es decir, a Esther— con él.

Entré en la cabaña y terminé de ayudar a los niños. Para cuando nos reunimos con los demás en el punto de encuentro, mis ánimos se habían calmado lo suficiente como para poder devolverle la sonrisa a Guillermo con cierta naturalidad.

Por supuesto, él lo notó y no lo dejó estar. Por suerte, esperó a estar montados en el autobús para hacerlo. Porque sí, el viaje de vuelta lo hicimos juntos gracias a un cambio que hizo Sebas a raíz de los acontecimientos.

Me senté junto a la ventanilla nada más arrancar la marcha, apoyé la frente en el cristal y fingí que el paisaje me interesaba más de lo que en realidad lo hacía.

En el exterior, los árboles empezaban a aparecer en la distancia, sustituido por curvas, carreteras y ese silencio rebosante de vacío que se queda cuando todo termina.

Respiré hondo y cerré los ojos.

«Se acabó», me dije.

Así, sin más.

Dos semanas metida en una especie de universo paralelo donde todo parecía más sencillo y ligero. Donde no había tenido que pensar demasiado en quién era fuera de allí ni en todo lo que implicaba regresar.

Ni en él.

Era consciente de que había vivido en una especie de burbuja. Una de esas que se forman redondas y brillantes… hasta que revientan. Y no era tonta, lo había sabido desde el pr incipio, desde que besé a Guillermo por primera vez: lo nuestro no tenía sentido ni tampoco futuro.

En cuanto estuviéramos en Costa Serena todo iba a volver a la normalidad. Él regresaría a su mundo, yo al mío y, en medio, no habría nada.

Porque en la vida real no había excursiones compartidas ni noches de guardia ni planes de huida para escaparse a ver las estrellas juntos.

Fuera él tenía una vida construida, una familia muy numerosa y unas rutinas en las que yo no iba a encajar. Tampoco es que lo pretendiera, claro. Cuando antes lo asumiera, mejor.

Noté un cuerpo dejarse caer en el asiento. Supe quién era sin necesidad de abrir los ojos.

—Están haciendo globoflexia con condones —dijo Guillermo, acomodándose a mi lado.

—¿De dónde los han sacado?

—Mejor no preguntes —respondió con una mueca y se puso más serio—. ¿Qué ha pasado antes?

Durante unos minutos le narré lo que había ocurrido con Esther, y él escuchó con atención.

Para mi sorpresa, no hizo ninguna broma.

—Con razón tenía esa cara Sebas cuando se la llevó al otro bus.

—Ya.

El autobús avanzó unos metros en los que permanecimos sin hablar. Yo giré la cabeza hacia la ventanilla otra vez, aunque las ganas de apoyarle la cabeza en el hombro tiraban de mí con bastante intensidad.

«Cuanto antes lo asumas, mejor», me sermoneé.

—¿Y tú?

Lo miré de nuevo, confundida .

—¿Yo qué?

—Tú, Cintia —repitió y subió la pierna al asiento, agarrándose la rodilla—. ¿Estás bien?

—¿Por qué no iba a estarlo?

—No sé. Igual porque has estado a punto de estrangular a alguien antes del mediodía.

Sonreí y asentí.

—Se lo merecía.

—No te diré que no. —El autobús tomó una curva cerrada, y varios niños soltaron algunos grititos entusiasmados al unísono—. Has estado bien.

—¿Qué?

—Con los críos. No todo el mundo habría sabido manejar una situación así.

—Bueno. Es lo mínimo, ¿no?

—No. No te quites el mérito, Cintia.

Me quedé mirándolo pasmada, a la vez que un batiburrillo de sentimientos se removían incómodos en mi interior.

«Cuanto antes lo asumas, mejor», me repetí como un mantra.

No podía hacerme ilusiones. Tenía que cortar por lo sano y hacerlo en ese mismo momento. Sin embargo, él me sostuvo la mirada con una seriedad que no me ayudó. Quizá por eso traté de rebajar la tensión con una pequeña broma.

—¿Y tú qué? —contraataqué—. ¿Cuántos corazones has roto hoy?

—Uf, llevo una mañana durísima —suspiró—. He tenido que esquivar tres sonrisas, dos guiños y un sujetador usado que me han colado en la maleta.

Se me escapó una pequeña y espontánea risa. Estaba segura de que no bromeaba del todo.

—Qué duro …

—Mucho. No sabes lo que cansa ser yo.

«Seguro que mucho menos que intentar no enamorarse de ti», respondí en mi mente.

No le contesté.

Apoyé la sien en el cristal y cerré los ojos otra vez.

Sí, lo había sabido desde el principio. Lo nuestro no tenía sentido, solo había funcionado porque estábamos allí, aislados, con el mundo en pausa.

Fuera no iba a ser igual. No podía serlo. Porque yo no quería ser una más, y él era como era, y…

«Está sentado aquí, a tu lado, en vez de haciendo el imbécil con Paco. ¿Eso no te dice nada?», me preguntó esa voz que empezaba a reconocer.

Cometí el error de girar el cuello y mirarlo.

En ese momento, Guillermo tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados.

Debió de notar que lo observaba porque, tras un par de segundos, me miró, me regaló una sonrisa de medio lado, un guiño somnoliento y me tendió la mano.

Observé aquella extremidad como si me estuviera ofreciendo tocar un hierro candente, y apreté los dedos contra mi propio muslo. Fuerte, como si así pudiera mantenerme firme. Como si pudiera seguir creyéndome todo lo que acababa de pensar.

Él continuó ahí, esperando, sin moverse. Sin prisa ni presión, con la palma hacia arriba, la sonrisa en los labios y los ojos de nuevo cerrados.

Y, por más que me resistí, no pude hacer otra cosa que entrelazar los dedos con los suyos y echar por tierra todo mi discurso anterior.

Noté cómo cerró los dedos alrededor de los míos, cálidos y firmes, e inspiré hondo .

—Cuando llegue me voy a colar en el baño de mis padres para darme una señora ducha.

Después me comeré un bocadillo enorme de tortilla y me echaré una siesta de seis horas.

—Soltó un gemido de satisfacción y, tras abrir una pequeña rendija en uno de sus ojos azules, añadió—: ¿Qué me dices, pelirroja? ¿Te apuntas?