21 – Todo lo bueno se acaba
Consejo de mierda que nadie pidió: no intentes poner normas a lo que sientes. No vas a cumplir ni una.
GUILLE
—¿Te toco el violín?
Giré el cuello hacia Paco, que me miraba con una ceja arqueada y una sonrisa socarrona.
—Tócame la polla mejor —le solté.
—Eso quisieras. Pero te enamorarías de mí, y no me van los tíos para relaciones sentimentales. —Me robó la manzana y le dio un mordisco.
—¿Para follar sí? —lo piqué.
—No te voy a contestar a eso. Te dejaré que fantasees conmigo mientras te la sigues cascando como un mono en la ducha .
—¿Contigo? Qué asquito.
Paco se rio por lo bajo y señaló con la barbilla hacia el otro lado de la mesa.
—Disimula un poco, anda, que hasta los niños se están dando cuenta de lo que hay entre vosotros.
Cometí el error de mirarla. Otra vez.
Cintia estaba charlando con un grupo de críos. No había ni rastro de ese gesto tirante que había tenido los días anteriores al moverse por el campamento. Al contrario, me dio la sensación de que la había invadido el espíritu de Pocahontas y se dejaba llevar, libre como el viento.
Solté una risa para mis adentros al imaginarla con el pelo suelto y salvaje y no con aquella coleta sin un solo mechón fuera de su sitio.
Me fijé en cómo escuchaba a uno de los niños, con una atención que no podía ser fingida, y, como si quisiera confirmarlo, se echó a reír con ganas.
No fui consciente de que estaba sonriendo hasta que me dolieron las mejillas.
Fue entonces cuando un pensamiento me cruzó la mente: a lo mejor yo tenía algo que ver en eso. A lo mejor ella…
No.
Negué para mí y carraspeé. Y decidí concentrarme en otra cosa más segura y menos complicada.
La espalda. Sí. Eso era terreno neutro.
En teoría.
La recorrí desde la nuca. Cintia estaba inclinada hacia delante y tenía apoyadas las manos en la mesa y…
«No bajes más la mirada. No baj… Joder, Guille», se quejó Peni cuando dirigí los ojos a ese culo apretadito y respingón que se le potenciaba por la postura.
«Perdón» .
«Terminaré muriendo de una embolia, y lo lamentarás», farfulló.
Perdí el interés en su discurso cuando Cintia se incorporó, se volvió y nuestros ojos se encontraron.
Me sonrió, y yo le devolví el gesto e hice una inclinación de cabeza señalando el exterior.
Negó. Insistí. Volvió a negar, pero me fijé en que se humedeció los labios brevemente mientras me daba un repaso rápido, y supe que tenía que dar el golpe de gracia.
Fingí un puchero y, por fin —gracias a Dios—, claudicó.
—Me mata —murmuré fascinado.
—No tendremos esa suerte —respondió mi supuesto colega.
Me levanté al verla salir, le solté una colleja a Paco mientras le daba otro bocado a la manzana y le murmuré:
—Cúbreme.
—Qué remedio —resopló, aunque alzó una mano para llamar la atención de Sebas, que, al verlo, desvió su trayectoria directa hacia mí. Paco me miró una última vez y farfulló—: Lárgate y folla de una vez.
Me abstuve de decirle que eso no iba a pasar y que, por incongruente que fuera, no me importaba.
Bueno, un poco. Pero solo por el bien de Peni.
No perdí el tiempo y me escabullí por detrás de la cabaña. Rodeé la enfermería y me colé en el cuarto de máquinas.
Ella ya estaba allí, esperándome.
—Esto es todo lo contrario a ser discretos —se quejó como bienvenida.
—Buenos días a ti también, pelirroja.
Me acerqué a ella y le rodeé la cintura con los brazos.
—Lo digo en serio. —Noté cómo tragó cuando le posé los labios sobre la piel de la garganta .
—No puedes mirarme con intención de comerme y pedirme que me comporte como si no me estuvieras volviendo loco —murmuré—. Va en contra de la naturaleza.
Soltó una carcajada que terminó en una especie de gemido sorprendido cuando la alcé e hice que me envolviera las caderas con las piernas.
—¿Qué haces?
—Eres bajita, solo estoy cuidando mi salud cervical —me excusé.
—Eres…
—Muy fuerte, lo sé. —Reí al sentir su manotazo en el hombro e inspiré hondo para ponerme más serio—. Me moría por besarte y pedirte más.
Frunció el ceño y me observó desconfiada.
—No vamos a…
—Siempre pensando en lo mismo —la interrumpí con diversión y le besé la punta de la nariz—. No iba por ahí, listilla. Me refiero a que me gusta hablar contigo.
Parpadeó un par de veces.
—Ah.
—Y no me olvido de que tienes que continuar con la historia de cómo acabaste en el tejado del polideportivo de tu escuela.
—Era una cría.
—Estoy seguro de que si hubiéramos estado en el mismo colegio te habría perseguido por los pasillos.
—Soy dos años menor que tú —me rebatió con tono sabihondo—. Habrías pasado de mí, y lo sabes.
—Dos años y diez días. Y no, ya te digo que no habría pasado de una cría a la que no le acojonaba ir al despacho del director por defender a la mascota de su clase.
—La respuesta me salió más intensa de lo que pretendía, y Cintia se quedó en silencio ante mi vehemencia—.
Pero sí —añadí más despreocupado y me acerqué de nuevo a su cuello—.
También llevo desde anoche pensando en besarte otra vez. Tienes una lengua muy suavita.
La besé bajo la oreja, y ella emitió un sonidito con la garganta que actuó en mi cuerpo igual que si alguien hubiera encendido una cerilla justo al lado de un bidón de gasolina.
La apreté contra mí y la besé. Sin aviso, sin pensar. Sin pedirle permiso.
Y su reacción fue inmediata: me enredó las manos en la nuca y respondió, primero contenida y, al acariciarle la lengua con la mía, más entregada.
Durante un par de minutos todo dejó de importar. El campamento, los niños, sus propias normas. Todo.
Hasta que…
—¡Guille!
Nos separamos de golpe al escuchar la voz de Sebas, y Cintia se removió para que la bajase.
—Vete —susurró a la vez que se remetía el polo dentro de los pantalones.
—Dame un segundo —le pedí, tratando de calmarme.
—¡Remo! —La voz de Sebas estaba cada vez más cerca—. ¡¿Dónde te has metido?!
—Joder.
—Sal de aquí.
—¿Así? —Hice un gesto hacia mi entrepierna.
—Sí, así —insistió y me dio media vuelta—. Seguro que sabes solucionarlo.
Solté el aire, divertido, y ella me empujó, aunque pude escuchar cómo se le escapó una breve risa.
Giré el cuello y le di un último pico antes de marcharme a regañadientes .
Y el resto del día fue un puto infierno, no porque pasara nada malo, sino porque no pasó nada interesante.
En la comida se sentó enfrente de mí e hizo un ejercicio impecable sobre «cómo ignorar a Guillermo y hacerle sentir que no existe». No me miró ni una sola vez, y yo traté de no parecer un psicópata mientras fingía no mirarla sin demasiado éxito.
—No tiene pinta de ser de las fáciles —murmuró Paco a mi lado.
—Pues no.
Y justo por eso me tenía bien pillado.
—Ah… Ya lo entiendo. Le estás haciendo un agujero en la cara de tanto mirarla para poder penetrarla de alguna forma, ¿no?
—Cierra la puta boca, Paco —mascullé y le di una patada por debajo de la mesa.
—Hostia —se quejó—. Violencia gratuita.
Le chisté para que se callara mientras Uri hablaba, no porque me importase la anécdota absurda que estaba contando sobre un niño que había intentado comerse un saltamontes, sino porque no quería perderme ni una de las risas de Cintia.
«Para lo que hemos quedado».
Esa noche estuve a punto de cometer un asesinato.
—… que si mañana hacemos la rotación al contrario, entonces igual podemos reorganizar el grupo de Paula para que den ellos los trofeos y…
Sebas no se callaba ni debajo del agua, y yo fantaseé con la idea de estamparle su guitarrita en la cabeza.
Me levanté desesperado.
—Voy al baño.
Él me siguió con la mirada.
—Pero si has ido hace diez minutos.
—Tengo un esfínter caprichoso, ¿qué le vamos a hacer?
Salí antes de que pudiera seguir hablando.
Respiré hondo, abrí los brazos y miré alrededor cuando cerré la puerta de nuestra cabaña. No sabía muy bien por qué zona andarían Paco y María haciendo la guardia, pues Sebas se había cargado los tiempos que habíamos marcado para mi plan de huida, pero confié en mi instinto y no me equivoqué.
Cuando llegué al claro donde días atrás habíamos pillado a Marcos con su chica, Cintia seguía allí.
—¿Me haces un hueco? —le pregunté acercándome a la toalla en la que estaba sentada.
Ella se movió aunque no me miró, y yo me dejé caer a su lado y le besé la mejilla.
—Estaba a punto de irme.
—Me habría colado en tu cabaña.
—Siempre te sales con la tuya —afirmó a la vez que se tumbaba. Por supuesto, la imité y le pasé un brazo bajo el cuello.
—Solo por quien me interesa de verdad.
—Qué suerte la mía.
—Otra cosa en la que estamos de acuerdo —confirmé .
Resopló, sin embargo, apoyó la mano sobre la mía, que estaba en mi abdomen.
Durante mucho rato nos quedamos allí, callados, jugueteando de forma distraída con nuestros dedos mientras veíamos las estrellas. En un momento dado, una estela brillante se cruzó de una punta a otra del cielo, y ambos sonreímos.
—Antes siempre pedía un deseo al ver una estrella fugaz —susurró.
—¿Y se te cumplió alguno?
—No.
Reí bajito.
—Mis padres nos prohibieron hacerlo cuando se convirtió en deporte de riesgo.
—¿El qué?
—Lo de salir a ver y contar las estrellas. —Giré un poco la cabeza para mirarla a los ojos—. Mis hermanas se lo tomaban muy en serio.
—¿Y tú no?
—A mí solo me importaba quedar por encima de Bruno.
—Es el mayor, ¿no?
—Sí. —Sonreí—. Competíamos a ver quién veía más estrellas fugaces en menos tiempo. Teníamos normas, puntuaciones y un sinfín de maneras de hacer trampas.
—No me preguntes por qué, pero no me sorprende.
—Eh, que yo era legal. Bueno, más o menos. —Me encogí de hombros—. Cuando mi madre entraba en casa para cualquier cosa, mi padre aprovechaba y se inventaba que había visto tres seguidas para ponerse en cabeza.
Sentí la risa de Cintia, aunque no la escuché.
—Tiene que ser una pasada tener una familia tan numerosa .
Recordé lo que me había contado el día anterior: que era hija única, que en su casa siempre había sido todo muy silencioso, muy contenido.
Y también me acordé de cómo soltó, casi sin darle importancia, que se fue pronto a vivir con su ex.
No se quedó a ver qué pasaba cuando las cosas entre sus padres empezaron a ponerse feas.
Entrelacé mis dedos con los suyos.
—Es una puta locura —admití y me quedé un instante pensativo—.
Y lo curioso es que lo echo de menos. No a ellos, mis hermanos están todo el día pasando por casa y dando por culo con mis sobrinos.
Pero sí extraño esos ratos que nos quedábamos todos en el jardín, tirados en el césped, con mi madre diciéndonos que nos debíamos ir a dormir, y mi hermana Diana encontrando siempre la forma de convencerla para quedarnos un poco más.
—Eres afortunado. —Apoyó la cabeza en mi pecho y echó una pierna sobre mi muslo—. Estar ahí y formar parte de eso… Suena muy bien.
El silencio volvió, cómodo y cómplice. Noté cómo sus dedos se movían sobre los míos, sin prisa, repasando su contorno, y me quedé ahí. Sin pensar en nada más. Sin querer hacer nada más.
Y no pude contenerlo.
—Me gustas mucho.
Lo solté así, sin más. Como quien pregunta la hora o pide la sal. Pero no era lo mismo, ni de lejos. No le había dicho a nadie esas palabras antes. No, al menos, de esa manera.
—No lo digas —musitó.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Que no digas eso —repitió.
—¿Por qué ?
—Porque lo complica todo. Y no quiero que esto se nos vaya de las manos —añadió, esta vez más seria.
Suspiré cuando se incorporó y se quedó sentada con las piernas encogidas.
—Cintia. —Me erguí a su lado—. Nos escondemos para besarnos.
Nos escapamos por las noches como si tuviéramos quince años para poder estar juntos, mientras Paco nos cubre porque lo tengo chantajeado.
Y estamos aquí, abrazados, haciendo manitas, contándonos nuestra vida y viendo las estrellas en medio de un pinar.
—Alcé una ceja a pesar de que ella ni me miró—.
¿En qué momento te ha parecido que está todo bajo control?
Bufó y negó.
—No es buena idea que empieces a ponerle nombre.
—¿Por? —Sonreí sin entender una mierda—. ¿Qué problema hay en eso?
—Que luego no puedes quitárselo. —Suspiró y, por fin, giró la cabeza y me miró menos a la defensiva—. No lo compliquemos más, por favor.
—Cintia, no te estoy pidiendo que te cases conmigo —le aseguré—. Solo te estoy diciendo que me gustas. También me gustan las sábanas fresquitas por la noche y los bocadillos de tortilla de patatas con mayonesa. No es tan grave.
—Me dejas más tranquila —ironizó.
—De nada.
Me acerqué a ella y volví a atraerla bajo mi hombro. Su bufido no tuvo efecto ninguno cuando se le escapó la sonrisa, así que nos moví para volver a tumbarnos.
No tardaron en regresar las caricias en las manos y el silencio cómodo a nuestro alrededor.
—Guille —susurró con un tono extraño—, se está acabando .
—¿Las estrellas fugaces? No, terminan en agosto.
—El campamento —soltó.
Alcé las cejas y la miré. Y fue entonces cuando lo vi clarísimo.
—Por eso estás rara. Porque volvemos a casa.
—No estoy rara.
—No, claro. Por eso me acabas de llamar Guille en vez de Guillermo.
—Todo el mundo te llama Guille —rebatió.
—Tú no.
Me incorporé, me apoyé sobre un codo para mirarla de frente y me acerqué a ella. Cintia no se movió ni un centímetro.
—Lo único que termina mañana es el campamento —le dije bajando la voz—. Lo demás no tiene por qué acabar.
Las aletas de la nariz se le ensancharon y me rehuyó la mirada.
—No quiero meterme en algo de lo que luego no sé si sabré salir.
Negué y sonreí.
—Te lo pondré fácil.
—Qué considerado.
—Me gustas —repetí, como si eso sirviera de justificación para todo. Le guiñé un ojo al ver su ceja alzada—. Además, no pienso dejarte escapar hasta que cumplamos mi nueva fantasía.
Supe que había conseguido mi objetivo al ver cómo su expresión se relajaba.
—Me da miedo preguntar.
Me acerqué un poco más, le miré los labios, me relamí y le susurré:
—Quiero meterme en una cama contigo y… comerme un bocadillo de tortilla con mayonesa .
Los dos contuvimos la sonrisa.
—Con las sábanas frías —contestó utilizando mi mismo tono.
Asentí.
—Y con doble ración de esto.
La besé tal y como llevaba toda la noche soñando con hacer.
Durante un rato, el mundo se fue a la mierda. Dejó de existir el campamento, Paco silbando para darnos el aviso del fin de la guardia y la vuelta a casa.
Solo existíamos ella, yo y la sensación de estar justo donde y con quien quería estar.
Lo demás daba igual. Y quizá eso tendría que haberme hecho sospechar que el que se estaba metiendo en un lío de los gordos, del que probablemente no supiera salir, era yo.