20 – Mírame
Verdades incómodas: lo que más cuesta es reconocerte a ti misma que te has equivocado.
CINTIA
Odiaba cuando no podía conciliar el sueño y mucho más cuando hacía calor y hasta las sábanas me molestaban.
El día había empezado torcido y se había superado conforme había dado paso a la noche. La guardia con Guillermo —la última que haríamos antes de que finalizara el campamento— fue una competición para ver quién ignoraba más y mejor al otro.
Vale, sí, también hubo doble ración de miradas esquivas y unas cotas de orgullo tan altas que Sebas las podría haber utilizado como antena para captar mejor la señal.
No hubo ni una broma ni una frase de más. Nada .
Solo ese ambiente raro que llevaba días incrustado bajo mi piel y que no me dejaba tranquila ni cuando ya había terminado todo.
O eso se suponía.
Y luego estaba mi cabeza, que no ayudaba.
Porque cada vez que cerraba los ojos esta me hacía un recorrido por todos los momentos que había vivido con Guillermo: lo que habíamos dicho, lo que no.
Cómo me había mirado en la poza. Cómo me había hecho sentir…
Y, por supuesto, lo rápido que había conseguido estropearlo todo metiéndose entre las piernas de Esther.
Bufé y, a la enésima vuelta en el colchón, desistí y me bajé de la litera.
El suelo estaba fresco y lo agradecí cuando caminé a oscuras hasta la puerta. Agarré las zapatillas que había dejado hacía un rato junto a la salida y me escabullí del dormitorio sin hacer ruido.
En cuanto salí supe que cualquier esperanza de que el aire de fuera me ayudara a respirar un poco mejor se había esfumado. Hacía un bochorno horrible.
—Perfecto —farfullé.
Avancé sin rumbo fijo y crucé el campamento en silencio. Todo estaba en calma, algo normal siendo casi las dos de la madrugada, por lo que me descolocó ver la luz encendida en la sala común.
Deduje que nos la habríamos olvidado al ir a guardar las linternas al cuarto del material, por lo que dirigí mis pasos hasta allí y frené en seco cuando, al asomarme, lo vi.
Guillermo estaba de pie frente a la diana, solo y lanzando dardos con una precisión y fuerza que me habría asustado de no haber estado tan congelada en el sitio .
Porque no era su torso desnudo lo que llamaba la atención. Era su cara, seria, tensa y cabreada. Di gracias a la Cintia del pasado por no haber hecho contacto visual durante la guardia, porque no habría podido mantener mi fachada.
Allí no había ni rastro del tío que hacía chistes incluso cuando no venían a cuento.
Un sonoro tac y el dardo se clavó en el centro de la diana en el mismo momento en que él giró la cabeza.
Se me aceleró el pulso cuando me miró, así que hice lo único sensato que podía hacer en ese momento: dar media vuelta y largarme.
Pero, claro, si algo había aprendido en ese campamento era que Guillermo no hacía nunca lo que yo esperaba, así que no me sorprendí cuando, al girar la esquina de la enfermería, me topé con él.
—¿Qué haces aquí?
—No podía dormir —contesté con la barbilla alzada.
Intenté seguir caminando, pero él no me dejó.
Se colocó delante y me cortó el paso.
—¿En serio te vas a ir así?
—Sí.
—Tenemos que hablar.
—Guillermo…
—Cintia… —me imitó y trató de picarme—. Fíjate que no te tenía por una tía tan cobarde.
Apreté la mandíbula y, otra vez, traté de pasar a su lado.
Una vez más, me lo impidió.
—Apártate.
—No, si no hablas conmigo.
Me crucé de brazos y lo miré desafiante.
—¿De qué?
—De por qué me odias .
Reí sin humor.
—Lo peor de todo es que no te odio a ti, sino a mí misma por pensar que eras distinto.
—¿Distinto a qué?
—A lo que eres.
—¿Y qué se supone que soy?, ¿un niñato?
Su provocación me soltó la lengua. O puede que fueran las ganas de dejarlo callado.
—No te hagas la víctima ahora, anda. —Lo señalé y negué—. Sé lo de Esther.
Lo vi tensarse y supe que había dado en el clavo.
Sonreí, y él me imitó con mucha menos picardía.
—No hubo nada.
—No soy imbécil, Guillermo, así que no me trates como tal, por favor.
—Nunca he dicho que lo seas.
—No, claro. Solo te has encargado de demostrármelo. —Me encogí de hombros—. Estuviste con ella, y no puedes negarlo.
—No hubo nada —repitió.
El cabreo me subió de golpe por el pecho, caliente e incómodo.
—¿Me estás tomando el pelo? —mascullé, clavándole la mirada—. Te he dicho que lo sé. Deja de mentir de una vez.
—¡Te estoy diciendo la verdad!
—Pues para no haber nada entre vosotros te tomaste muchas molestias, ¿no?
—Lo recorrí con la mirada, de arriba abajo, con desprecio—.
¿Cómo llegaste al pueblo?, ¿andando?, ¿corriendo?
No… Seguro que le guiñaste el ojo a alguna idiota para que te llevase en su coche a comprarle la pastilla del día después a esa zorra .
Él echó la cabeza atrás como si le hubiera dado un puñetazo y luego tuvo el descaro de sonreír.
El muy cabrón…
—¿ Eso es lo que sabes?
—Eso es lo que ocurrió —le contesté y lo señalé con inquina—. Y no te atrevas a negarlo.
—No fui yo.
—No, claro. Fue tu polla —escupí, y él alzó las cejas.
—No. Fui. Yo, Cintia. Fue Paco. —Se acercó más de lo necesario a mi cara y repitió—. Paco fue quien se folló a Esther.
—¿Y tú qué fuiste, su mamporrero?
La carcajada que soltó me molestó tanto que me entraron ganas de darle una bofetada. Se libró por muy poco.
—No. Fui su amigo. Y lo ayudé cuando me contó lo que le había ocurrido —aclaró y se pasó la mano por el pelo—. Joder, ¿de verdad llevas días cabreada conmigo por esto?
A pesar de lo que me estaba diciendo, necesité más pruebas para dar mi brazo a torcer.
—Júrame que no has tenido nada que ver con Esther. —Se mantuvo callado el tiempo suficiente como para que el nudo se apretase de nuevo. Solté el aire por la nariz en una especie de risa irónica—. ¿Ves?
Le di la espalda, dispuesta a irme, y él soltó:
—No es lo que piensas. —Me detuve—. Yo no…
¿Recuerdas el día del vómito? —Asentí, pero no me giré—.
Ella pretendía que se lo pagase con sexo.
Y, no te voy a mentir, por un momento pensé en hacerlo.
¿Qué más daba una tía más que menos? —Soltó una risa seca, sin gracia—.
Ese ha sido siempre el problema, ¿no? Que me ha dado igual todo.
Pero desde que has aparecido en mi vida ya no es así —añadió más bajo—.
Contigo no hay nada que me dé igual, Cintia.
Volví el cuello, y él ya me estaba mirando .
—¿Qué? —balbuceé.
Se quedó callado un instante en el que temí que escuchase los latidos acelerados de mi corazón.
—Mira, la he cagado cientos de veces. Miles, quizá.
Y seguramente la siga cagando, porque no tengo ni puta idea de cómo se hace esto…
—Hizo un gesto vago entre nosotros—. Y porque lo que me pasa contigo no tiene ningún sentido.
—Dio un paso hacia mí y añadió, casi frustrado—: No me has dado nada.
Ni facilidades ni señales claras ni una puta pista por donde tirar…
Eres borde, irónica, cabezota… Y, aun así, te has metido en mi cabeza y no hay manera de sacarte.
—Qué de piropos.
—No me dejas dormir —continuó, ignorando mi queja, y se acercó un poco más—. No me dejas pensar en otra cosa. No me dejas hacer nada sin colarte en mis pensamientos. Nada. Y luego te veo con Uri cuando…
Se detuvo y apretó la mandíbula. Y yo me obligué a respirar para no caer inconsciente allí mismo.
—¿Cuando qué? —susurré.
Sus ojos volvieron a los míos, intensos y más decididos que nunca.
—Cuando pasas de mí y sonríes con él. Me jode, ¿vale? Ya lo he dicho. Me repatea las tripas y me entran ganas de partirle la cara.
Necesité de todo mi autocontrol para no reaccionar a aquella declaración.
—Uri es…
—Me la pela lo que es Uri —replicó y dobló un poco las rodillas para mirarme a la misma altura a los ojos—.
No se trata de eso, Cintia. Ni de que no pude follar con Esther.
Es que no puedo pensar en otra cosa porque te tengo a ti en la mente.
Y, aunque ni yo mismo entienda lo que siento, no quiero que te…
muevas de ahí dentro. Me has jodido el cerebro —añadió, más suave—.
Y no sé cómo arreglarlo si tú no me ayudas.
Supe que debía decir algo, pero no fui capaz. Porque todo lo que me pasaba por la mente me hacía sentir tonta e ilusionada. Y también culpable por mis acusaciones.
—Madre mía… —fue todo lo que pude pronunciar.
—No. Te aseguro que tu madre no tiene nada que ver con esto —negó, yo sonreí, y él se mordió el labio inferior—.
Cintia, no sé qué se supone que tengo que hacer o decir para que me creas.
No estoy acostumbrado a… esto. —Cerré los ojos cuando me sentí sobrepasada, porque sostenerle la mirada era admitir demasiado—. Oye…
—¿Qué? —susurré yo también.
Se hizo el silencio y sentí su respiración más íntima y peligrosa. Más mía.
—¿Por qué no me miras?
Apreté los párpados.
—Porque no puedo —reconocí.
Noté su respiración rozándome los labios.
—Mírame, Cintia. —Contuve el aliento—. Por favor.
No pude resistirme a su súplica.
Abrí los ojos y no me aparté al ser consciente de lo cerca que nos encontrábamos. Y, aunque estaba muerta de miedo, no fui capaz de retener más las ganas y lo besé.
El contacto fue torpe y rápido. Un desastre.
Nuestros labios chocaron y noté cómo uno de mis dientes se llevaba por delante uno de los suyos.
—Vale —murmuró él, sonriendo contra mi boca—. Tarjeta amarilla.
—Mierda —me quejé, llevándome la mano a la boca—. Perdón.
Me aparté un centímetro, avergonzada, y él se dio cuenta .
—Eh… Ven aquí.
Me atrajo hacia su cuerpo de nuevo y fue él quien me besó entonces.
Y esa vez fue mejor. Mucho mejor. Más lento, más profundo y real.
Noté cómo sus manos se apoyaron en mi cintura, sin apretar, solo sujetándome, y supe que me estaba dando la opción de irme.
«Ni hablar», me dijo una voz interna que no reconocí.
No quise preguntarme si estaba loca o si, simplemente, ya había dejado de resistirme.
Me acerqué más, él gruñó y el beso cambió. Se volvió más profundo y consciente. Más peligroso. Y a mí se me olvidó dónde estábamos, quiénes éramos y hasta cómo habíamos llegado allí.
No me avergüenza reconocer que no fui capaz de pensar en nada más que no fuera su lengua deslizándose por mi boca y jugueteando con la mía.
Solo existía ese momento: sus labios carnosos, nuestras respiraciones aceleradas y el calor que empezaba a subirme por los pies para concentrarse en mi entrepierna.
Él también estaba excitado, era evidente por el bulto de su pantalón, al que no prestó atención hasta que tensó un poco más las manos en mi cintura y me rozó contra él.
No sé quién dio el paso primero. Solo sé que, de repente, estábamos moviéndonos a trompicones e incluso tropezamos contra la puerta de la enfermería, que él abrió a ciegas sin dejar de besarme.
Cuando sentí que me alzaba y apoyaba contra una superficie mullida, me separé y abrí los ojos.
—Guillermo …
—Dios, me encanta tu olor —murmuró y enterró la cara en mi cuello.
Me agarré a lo que supuse que era la camilla de la enfermería, pues todo a nuestro alrededor estaba oscuro. Y, cuando él gimió y se apretó contra mí, cuando más lo deseaba, lo supe.
Supe que, si no frenaba eso, ya no iba a querer hacerlo.
—Para. —Mi voz salió más débil de lo que pretendía, aunque fue suficiente.
Guillermo se quedó muy quieto, con la respiración acelerada y el cuerpo tenso.
—¿Qué pasa?
—No… No quiero ser una más.
Su risa baja me hizo dudar.
—Créeme, no lo eres.
—No —insistí—. Hablo en serio, Guillermo. No vamos a pasar de aquí. No voy a acostarme contigo.
Suspiró y apoyó la frente en la mía. Cerró los ojos y, durante un segundo, pensé que iba a insistir. Que tiraría de la cuerda de la manera más creativa para romper ese límite.
Sin embargo, no lo hizo.
—Vale.
Así, sin más.
—¿Vale?
Murmuró algo que no llegué a entender y luego carraspeó.
—Eso he dicho.
—¿Sin rechistar?
Sonrió de medio lado.
—Sin rechistar, Cintia.
Tragué con dificultad.
—Guau.
Abrió los ojos y me miró con una expresión confundida .
—¿Por qué te sorprende tanto? —Me acarició el cuello con ambos pulgares y me dio un pico suave—. Te he asegurado que no eres una más. Y, si esto es lo que necesitas para confiar en mí, me subo al carro del celibato.
Sonreí y aun sabiendo que aquello tenía pinta de desastre, pues no sabía casi nada de él y él menos aún de mí, volví a besarlo.
Y esa vez no me reprimí.