Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 19 – Bajo las estrellas
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19 – Bajo las estrellas

Consejo de mierda que nadie pidió: no intentes entender a las mujeres, es como tratar de leer chino mandarín siendo analfabeto.

GUILLE

—¿Se puede saber qué haces?

Me giré con el corazón en la garganta y me di de bruces con Marcos, que me miraba como si acabara de descubrir a un animal salvaje en su cama, tapadito con la sábana.

—Nada.

—Estás espiando detrás del contenedor.

—Estoy… observando.

—Eso es espiar.

—Uhm. —Torcí la cabeza—. Prefiero llamarlo investigar .

El chiquillo entrecerró los ojos, no muy convencido. Para empeorar la situación, se agachó a mi lado y dirigió la atención hacia el punto que había estado espi… investigando.

Cintia seguía sentada en el tronco de madera, leyendo.

—¿Te gusta? —preguntó Marcos.

—¿Leer? No. Me aburre.

—Cintia. —Me quedé callado un instante y ese error fue fatal—. Te gusta.

—No.

—Yo creo que sí.

— Yi crii qui si —repetí con voz aguda—. ¿Quién te crees que eres, Pepito Grillo?

—¿Y ese quién es?

Lo miré muy serio.

—¿Qué clase de infancia tenéis los jóvenes de hoy en día?

Marcos se encogió de hombros y se sentó en el suelo. El contenedor se movió cuando apoyó la espalda.

—Creo que estoy muy pillado por ella.

Tuve que agarrarme a lo primero que toqué, que resultó ser una garrafa vacía, para no caerme de culo allí mismo.

—¿Por Cintia?

—¿Qué? —Negó con los ojos muy abiertos—. No. Por Carlota, tío.

—Claro. Te estaba poniendo a prueba —mentí.

—¿Cómo puedo saber si es amor?

Aquella pregunta era una trampa de las que no ves venir hasta que ya has metido el pie.

Me pasé la mano por la nuca y eché un vistazo otra vez hacia Cintia, que en ese momento levantó la cabeza y saludó a Uri.

Este se sentó a su lado y se inclinó hacia el libro, después dijo algo, ella sonrió, y a mí me entraron unas ganas absurdas de arrancar cada página de aquella novela y tirarlas a la hoguera.

—Pues… —empecé sin dejar de mirarlos—. Supongo que lo sabes cuando te empieza a joder todo.

—¿Joder?

—Sí. Se te retuercen las tripas si la ves hablando con otro. O riendo con otro. Y más aún cuando la ves que está… —añadí e hice una pausa buscando la palabra— cómoda con otro que no eres tú.

Marcos frunció el ceño.

—Eso suena un poco tóxico.

—Los humanos somos tóxicos —me defendí—.

Y egoístas. Nos pasamos la vida engañándonos a nosotros mismos.

¿Qué puede haber más tóxico que eso? —Cintia se inclinó hacia Uri y apoyó una mano en su brazo.

Y yo tuve que dejar de rechinar los dientes para poder continuar—.

Hay otras señales. Como cuando no entiendes nada de lo que pasa o sientes.

O cuando ves que hace dos días todo estaba bien y, de repente…

—expliqué al mismo tiempo que chasqueé los dedos—, pasa de ti.

Y tú te quedas pensando qué coño has hecho y empiezas a sospechar que el regusto amargo que sientes en la garganta no es por el gazpacho.

Marcos se giró hacia mí.

—¡Eso es justo lo que me pasa con Carlota!

—Enhorabuena —le dije sin ninguna emoción—. Bienvenido al club de los imbéciles. Puedes ahorrarte el bicarbonato.

Hubo un silencio corto en el que ambos miramos otra vez hacia donde estaban Uri y Cintia.

—¿Y qué puedo hacer?

Solté una risa sin humor que terminó en un suspiro.

—Intenta hablar con ella .

—Me evita.

Fue mi turno para encogerme de hombros.

—Entonces, te jodes y espías detrás de un puto contenedor.

Una mano se me posó en el hombro.

—Ahora lo entiendo todo.

—No, no lo entiendes —le dije—. Y ojalá no lo hagas en mucho tiempo. Créeme, es lo mejor.

Marcos me dio una palmada torpe en el brazo, se fue y me dejó allí agachado como un gilipollas escondido tras la basura.

Esperé unos segundos más, a ver si pasaba algo. A ver si ella se levantaba o, por lo que fuera, miraba hacia mí.

Pero —oh, sorpresa— no tuve suerte.

—Perfecto —murmuré.

Me incorporé con un resoplido y me sacudí las manos en el pantalón.

¿Quién coño entendía a las mujeres? Porque yo no, la verdad. El viernes habíamos estado a punto de besarnos, joder. Fue un momento de los que se te quedan grabados, aunque no lleguen a nada. Y después regresamos, y ella estaba bien. Incluso me sonrió.

Vale, es cierto que yo le di un pico sin venir a cuento, pero no me dio la impresión de que le molestara. De hecho, me fui de su cabaña con la sensación de que…, bueno, de que había algo más que podíamos explorar juntos.

Sin embargo, cuando regresé ni me miraba ni me hablaba ni me dejaba acercarme a menos de tres metros sin que, casualmente, apareciera Uri o algún crío.

Y el sábado lo pasé en una puta persecución constante.

Intenté coincidir con ella en el desayuno, hasta llegué pronto al comedor, pero ella ya se había ido .

Horas más tarde traté de pillarla después de la actividad de la mañana. Se fue con un par de niños a la enfermería antes de que pudiera acercarme.

«Tío, relaja», me dijo Paco en un momento en el que debí de poner cara de asesino en serie.

La cosa no mejoró al día siguiente.

No, en realidad fue peor. Porque, cuando Sebas repasó el planning de actividades y comprobé que Cintia había vuelto a intercambiar su puesto con Uri, me ardieron las entrañas.

Uri, con su puta sonrisa de surfero simpático.

Uri, al que cada vez tenía más ganas de empujar por un barranco lleno de piedras afiladas.

Pero ese sentimiento no me nacía solo con él. Cada vez que la veía con cualquiera menos conmigo se me iba acumulando una emoción dentro que no tenía ni idea de cómo llamar. No se trataba solo de enfado, era mucho más incómodo y punzante.

«Si esto es amor, no quiero saber qué es el infierno», pensé.

Mi oportunidad llegó esa noche, en la acampada bajo las estrellas.

La zona donde montamos las tiendas estaba a un lado del campamento, lejos de los árboles. El cielo se veía limpio, abierto y lleno de puntitos de luz. Los niños estaban emocionados, y yo tan desesperado que, o hablaba con ella, o explotaba.

—¡Otra estrella fugaz!

—Eso es un avión, Mario.

—Ah.

Me dejé caer en el suelo junto a Paco, aunque no estuve pendiente de la conversación o de la explicación de María a los niños. Solo estaba pendiente de Cintia .

Iba de un lado a otro, ayudando a los críos más pequeños a distinguir las constelaciones con su teléfono y contestando preguntas con eficiencia y profesionalidad.

«Mírala, como si lo del otro día no hubiera existido», me dije.

«Más bien como si tú no existieras», me corrigió Peni.

Un rato después, los niños se fueron calmando y las tiendas se llenaron de respiraciones profundas y ronquidos.

Reuní toda la paciencia que pude. Y esperé. Y observé. Y esperé un poco más.

Paco estaba hablando en aquel momento con Sebas. María, Esther y Paula seguían tumbadas en el suelo cuchicheando, Uri se acababa de meter en la tienda a dormir, y Cintia…

¿Dónde se había metido?

Me incorporé despacio para no llamar la atención y me alejé poco a poco del claro. No tardé en encontrarla a unos metros a la derecha. Estaba sentada sobre una roca, con las piernas recogidas y la mirada clavada en el cielo.

Y estaba sola.

Ahí tenía mi oportunidad de oro y no pensaba desaprovecharla.

—¿Evitando el momento de encerrarte en una tienda de campaña con olor a pies? —le pregunté en tono ligero al acercarme.

Ni se inmutó.

—¿Qué quieres?

Vaya. Empezábamos bien.

—Qué buen recibimiento —murmuré sin achantarme. Ya sabía lo borde que podía llegar a ser—. Pensaba que al menos me saludarías antes de mandarme a la mierda.

—Hola. ¿Ya ?

—Mucho mejor. Dónde va a parar. —Me apoyé en la misma roca y dejé un poco de espacio entre nosotros—. Tengo la ligera sensación de que me estás evitando —probé, y ella no contestó—. No es por nada, es que me gusta tener actualizada mi agenda de enemigos.

—No tengo nada que hablar contigo —respondió seca.

La miré de reojo.

—Pues menos mal que yo sí.

—No me interesa, Guillermo.

Respiré hondo y dejé a un lado las bromas.

—Cintia, llevo dos días intentando que hablemos.

—No tienes por qué.

—Claro que tengo por qué.

—No —replicó, tozuda—. No tienes ninguna obligación.

Fruncí el ceño y la miré alucinado.

—¿Qué? No es ninguna obligación, es… —Me detuve justo antes de decir una gilipollez de la que luego me arrepentiría—. Joder, es que no entiendo qué ha pasado.

Cintia bufó una risa irónica.

—Nada.

—Nada, no —rebatí—. Estabas bien y ahora ni me miras.

Para llevarme la contraria, giró el cuello y estableció contacto visual.

—Tampoco es tan grave.

Me reí sin ganas.

—Ah, perdona. Debe de ser cosa mía, entonces. Me lo habré imaginado todo.

—Probablemente.

—¿Me estás vacilando? —Alzó ambas cejas en respuesta—. Ahora me dirás que en la poza no pasó nada.

Inspiró antes de responder.

—No pasó nada .

Esperé a que sonriera, a que dijera algo que me dejase claro que me estaba gastando una broma.

Y la espera fue en vano.

— Pasó algo.

—Nada importante, Guillermo.

—Ah, ¿no?

—No.

—Pues a mí me lo pareció. Y bastante, además.

Sus ojos brillaron, pero no de la forma que yo esperaba.

—Pues ese es tu problema.

Mi incredulidad se convirtió en un cabreo considerable con esas cinco simples palabras.

—¿Mi problema? —repetí muy bajo.

—Sí —contestó sin ningún miedo—. Está claro que te montas películas donde no las hay.

—Películas. Ya. Estábamos a punto de besarnos.

—Tú lo has dicho. A punto. No pasó.

—Porque nos interrumpieron.

—Pues menos mal.

«Auch, eso me ha dolido hasta a mí», se quejó Peni.

Me moví para quedar de pie frente a ella a la vez que intentaba encajar sus palabras.

—No puedes hacer como si no hubiera pasado nada.

—Te repito que no ha…

—Joder. ¡Deja de decir eso! —grité, perdiendo la paciencia—. Sabes de sobra que no es verdad. Hace dos días no pensabas lo mismo.

—Hace dos días me equivoqué. —Se impulsó y se bajó de la piedra. Y, si no hubiera sido porque la agarré de la muñeca, se habría largado.

—¿En qué te equivocaste?

—En pensar que… —Se detuvo un segundo—. Da igual .

—No. No da igual. —Apreté la mandíbula—. Cintia, no me jodas.

—Déjalo ya.

—¿Dejar qué?

—Esto. —Hizo un gesto entre nosotros—. Lo que sea que creas que hay. No es nada. Así que vete a buscar a alguien que sí tenga ganas de seguirte el juego, que opciones no te faltan.

—¿De qué cojones hablas?

—No sé cómo pude pensar que podía tomarme en serio a un niñato como tú.

Le solté el brazo por puro instinto de supervivencia. Aquello me sentó como una patada en la boca del estómago.

—Un niñato como yo —repetí despacio.

—Sí.

—¿Y eso a qué viene ahora?

—A que haces esto con todo el mundo —soltó—. Te acercas, tonteas, juegas hasta rozar el límite… Y te crees que con una sonrisa o tu cara bonita lo arreglas todo.

Me quedé mirándola sin dar crédito. ¿De qué mierda estaba hablando?

—¿De verdad piensas eso de mí?

—Es lo que haces con todo el mundo.

«Con todo el mundo menos contigo», quise gritarle.

—No tienes ni idea.

—¿No? —Sonrió con socarronería—. ¿Tú crees?

—¿Cuándo te he hecho eso a ti? —Se quedó callada—. ¿Cuándo, Cintia? Si parezco un puto imbécil buscándote a cada rato, ¿o es que no lo ves?

Parpadeó y mantuvo los ojos cerrados un segundo más de la cuenta.

—No tengo ganas de discutir, Guillermo .

—Pues ese es tu problema —repetí sus palabras con mucha menos moderación—. ¿Qué coño he hecho mal, Cintia? Llevas dos días pegada a Uri como si fueses su sombra y pasas de mí como de la mierda. En serio, ¿qué te ocurre?

El sonido del bosque se intensificó cuando dejé de hablar, como cuando sales de un garito con la música a todo volumen y, por un momento, los oídos te pitan.

Durante un instante creí que iba a dejarme allí tirado, sin una sola explicación. Y quizá habría sido mejor eso que lo que soltó:

—Que no quiero tener nada que ver contigo.

Y eso fue la puntilla.

—Pues haber empezado por ahí. —Sonreí y asentí despacio—. Habría sido mejor que estar mareando la perdiz durante un par de días, ¿no crees?

—No te he mareado.

—No, qué va. —Me reí. Seguía sin entender una mierda—. Está todo clarísimo.

Nos quedamos un momento así, en silencio, mirándonos. Y entonces ella dio un paso atrás.

—Me alegro de que nos interrumpieran —murmuró entonces con la barbilla alzada—. De verdad.

Y, con las mismas, se giró y se fue.

No la seguí. Me quedé allí, plantado, con las manos en los bolsillos y la sensación de haberme llevado una hostia con la mano abierta que no había visto venir.

—De puta madre —murmuré. Le di una patada a un guijarro y lo vi rodar cuesta abajo antes de perderse en la oscuridad—. De puta madre, Guille.

Me pasé la mano por la cara y miré al cielo. Las estrellas seguían ahí, tranquilas, como si nada. Como si no acabara de irse todo a la mierda en menos de diez minutos .

Solté una risa. Y la risa dio paso a una carcajada.

—Eres un pringado —me dije.

Un pringado que se había colgado de una tía a la que le importaba una puta mierda.

Qué irónica la vida, ¿eh?

Me dejé caer en la roca en la que había estado sentada y apoyé los codos en las rodillas.

En serio, ¿qué cojones había pasado… y por qué escocía tanto?