18 – Quizás, quizás, quizás…
Verdades incómodas: decirte a ti mismo que no puedes hacerte ilusiones no evita que te las hagas.
CINTIA
El beso que me había dado Guillermo no había sido gran cosa. Un pico rápido, casi ridículo. De los que, en teoría, se olvidan en cinco minutos. Sin embargo, no podía dejar de tocarme los labios con la yema de los dedos y sonreír.
Lo volví a hacer, pero solo duró lo que tardé en darme cuenta de lo que hacía y me reprendí por aquella bobada.
—Tonta, tonta, tonta —murmuré y clavé la vista en la viga del techo.
Seis segundos después ya me había dado la vuelta y girado hacia la pared, como si eso fuera suficiente para borrar el recuerdo .
No lo era, por supuesto. Porque el problema no era el beso, era todo lo que había pasado antes y lo que estaba ocurriéndome después.
La poza. El silencio a nuestro alrededor. Cómo me había mirado. Esas manos tocándome y acariciándome. La forma en la que me había protegido…
Aún era capaz de notar la tensión en el abdomen, la misma que había sentido cuando me acerqué a él con toda la intención de besarlo, y aún perduraba desde que nos interrumpieron.
No recordaba haber sentido algo así nunca. Tanta necesidad. Tanta hambre.
Me removí en la cama, me abracé a una de las almohadas y hundí la cabeza en ella.
Si recordarlo ya era un problema, aún peor era admitir que no me importaría que volviera a ocurrir. Porque, sí, me seguía apeteciendo besar a Guillermo. Por eso lo recreaba una y otra vez en mi cabeza y lo saboreaba como una idiota.
Y eso solo significaba una cosa: no me arrepentía ni un poquito.
Pero no podía perder el foco. Él no era de los que encontraban el significado de la vida en un beso ni de los que pensaban en sentimientos, no. Guillermo era de los que decían las cosas sin pensar demasiado, se reían de la vida y actuaban como si no hubiese consecuencias a largo plazo.
Y yo no era el tipo de chica que se mezclaba con ese tipo de chicos. Nunca lo había sido.
«Sé valiente, Cintia», repitió su voz en mi mente.
Ya, claro. Qué fácil era decirlo y qué complicado ejecutarlo.
¿Qué significaba ser valiente?, ¿lanzarme de cabeza a algo que sabía cómo iba a acabar?, ¿disfrutar sin pensar en nada más ?
Porque, siendo sincera, lo contrario tampoco había salido bien: la seguridad, lo previsible, lo que tocaba…
Quizá el problema no era arriesgarse, sino quedarse estancada.
Me quedé unos minutos dándole vueltas a ese pensamiento y llegué a la conclusión de que no tenía por qué convertirlo en nada más. Igual podía ser solo eso: un beso.
O varios.
Un momento. Un encuentro ligero y sin expectativas. Piel contra piel por el simple placer de dejarse llevar.
¿Sería capaz de algo así?
No estaba segura, pero quizá podía probar una vez y ver qué tal. No pensar en el después, no proyectar a futuro, no analizar cada gesto hasta quedarme sin nada.
Solo sentirlo. Y ya.
Me mordí el labio inferior y cerré los ojos. Y ahí volvió: el recuerdo, su boca rozando la mía, el deseo aún húmedo entre mis piernas y su promesa de retomarlo clavada en mi cabeza toda la tarde.
Me permití fantasear.
Nos imaginé desnudos y sudorosos, tendidos en las rocas de la poza, con el sol colándose entre los árboles mientras él me cubría con su cuerpo atlético y ágil.
Gemí cuando un ramalazo de placer me recorrió de arriba abajo y abrí los ojos de par en par al ser consciente de que mi mano se había colado bajo la ropa y se deslizaba entre mis pliegues húmedos.
«Sé valiente, Cintia».
Dibujé un círculo lento que me tensó los dedos de los pies y me hizo apretar la almohada contra mí con la otra mano. Cerré de nuevo los ojos, y Guillermo aprovechó la oscuridad para materializarse ante mí .
Me recorrió despacio con esos ojos azules y, cuando me miró a la cara, se humedeció los labios y me dedicó un guiño que me incitó a continuar.
Y quise más. Mucho más.
Entreabrí los labios, dejé escapar un suspiro tembloroso y…
La puerta se abrió, y yo me detuve de golpe.
Me quedé muy quieta allí arriba, parapetada tras la almohada mientras unos pasos, rápidos e irregulares, recorrían la cabaña.
No me atreví ni a parpadear.
—Joder… —se quejó una voz que reconocí al instante cuando algo cayó al suelo.
Esther. Genial.
No me moví y apenas respiré, a pesar de que me faltaba el aliento.
Mi cama estaba en la esquina más oscura y alejada de la habitación. Aun así, me encogí un poco más, solo por si acaso.
La escuché moverse por la estancia, abrir cajones y rebuscar sin ningún cuidado. Parecía muy cabreada. O con prisa.
Se detuvo cerca de mi cama y me tensé cuando noté su presencia a menos de un metro de mí.
Contuve la respiración y apreté los párpados.
Por suerte, los pasos se alejaron, el colchón de su cama crujió y, un momento después, reconocí el sonido de un teléfono al desbloquearse y los tonos de una llamada en espera.
—¿Dónde estás? —soltó. Su voz sonó fría y tensa. No quedaba nada de su habitual tono sibilino—. Pues más te vale no tardar. —Pausa—. No, no me hace ninguna gracia. Odio que me hagan esperar, idiota.
Colgó y se hizo el silencio de nuevo .
No supe con quién había hablado ni me importaba. Bastante tenía ya con pensar en cómo salir de allí sin ser descubierta como para preocuparme por sus movidas.
Pero entonces la puerta se abrió de nuevo, se escuchó otro par de pasos y me temí lo peor.
«Espero que no se pongan a follar, por favor», supliqué mentalmente.
Sin embargo, lo que escuché me dejó aún más paralizada: un sollozo.
—Eh —la otra voz sonó baja—. Tía…
—Paula…
Otro sollozo, más fuerte y roto esa vez.
Se me frunció el ceño. ¿Esther sabía llorar?
—Ya decía yo que te llevaba notando rara toda la mañana.
—No quiero hablar —espetó Esther con la voz quebrada.
Se hizo el silencio unos cuantos segundos.
—Oye, te he demostrado que sé guardar secretos. Puedes contarme lo que sea.
Más silencio y después:
—No se lo dirás a nadie. Júralo.
Ups.
—Te lo juro —respondió la otra, ávida de información—. ¿Qué ocurre?
Se oyó un suspiro y movimientos sobre una cama.
—Que no se puede confiar en los tíos —escupió Esther—. Me debería hacer lesbiana, seguro que me iría mejor.
—Sí, claro. Con lo que te gusta un rabo, so puta.
«Joder, menuda amiga».
—Zorra.
—La que fue a hablar —rio Paula—. ¿Tiene que ver con cierto rubio con el que te escapaste anoche?
El corazón me dio un golpe seco contra las costillas .
«Rubio», repetí.
No.
No podía ser…
Me prohibí pensar y analizar, aunque no sirvió de nada. La información ya me había calado en la mente.
—Sí. Es un gilipollas.
—¿Qué pasó?, ¿te la coló por el agujero que no era?
Apreté los labios y fruncí el ceño.
—Ojalá.
—Hostia…
—Me dijo que estaba limpio y controlaba. Y le creí.
Todos los músculos se me tensaron, uno a uno, hasta dejarme agarrotada en aquel colchón.
—Oh, oh.
—Fue patético. Antes de que me diese cuenta se estaba corriendo dentro, el muy imbécil —continuó Esther con rabia—. Es gilipollas, es que no tiene otro nombre.
—Vaya… —murmuró Paula y, cuando creí que no añadiría nada más, susurró—: ¿Cómo se siente a pelo? Nunca lo he hecho y tengo curiosidad.
—Paula, ¡tía! ¿¡Y yo qué sé!? Ahora mismo solo puedo pensar en que puede haberme dejado preñada, joder.
El mundo se me estrechó al imaginar a un niño rubio y de ojos azules correteando entre ellos.
—¿No tomas anticonceptivas?
—Es obvio que no.
—¿Y qué vas a hacer?
—Se supone que va a solucionarlo. —Bufó—. Ha ido al pueblo a comprar una pastilla del día después.
No. No, no, no…
Sentí que algo se me rompía por dentro .
No hizo ruido. No explotó ni dolió de golpe. Fue peor, como si me hubieran apretado por dentro, despacio, hasta hacerlo estallar.
«Cierto rubio».
«Pueblo».
«Tema urgente».
El pecho se me hizo tan pequeño que el aire no me entró en los pulmones. Tragué con dificultad y apreté la sábana hasta que me dolieron los dedos.
Necesitaba concentrarme en algo, lo que fuera. Porque la realidad escocía demasiado.
Guillermo se había acostado con Esther la noche anterior. Y esa mañana, en la poza… Todo había sido una mentira. No había significado nada para él.
Claro que no. ¿Qué otra cosa podía esperar de alguien como él?
Dios. Me sentía idiota por haber tenido la absurda e ínfima esperanza de que aquello significara algo más.
Cintia: la que se había montado toda una historia por un ridículo beso y se autoengañaba desde entonces.
Cerré los ojos con más fuerza.
No. Definitivamente yo no era el tipo de chica que se mezclaba con ese tipo de chicos y nunca lo sería.
Esther y Paula, ajenas a todo, seguían cuchicheando allí abajo, aunque yo apenas las escuchaba. Ya tenía toda la información que necesitaba: la explicación. El motivo. Y la maldita realidad.
Solté la sábana despacio cuando, un rato después, ambas se marcharon y me quedé sola. Los dedos me temblaban y tenía las sienes mojadas por unas lágrimas que ni siquiera había notado salir .
Me senté en la cama y respiré. Solo eso, despacio, hondo y doloroso.
Y lo tuve claro. Aquella hostia de realidad era lo que merecía. Por cómo me había comportado en los últimos tiempos.
Con mi madre. Con Kiko. Conmigo misma.
A la mierda la valentía. Nada de probar a ver qué pasaba ni disfrutar sin pensar. Y, con él, mucho menos.
—Ni de coña —mascullé.
Me limpié las lágrimas de un manotazo y me bajé de la cama.