17 – Colgando en tus manos
Consejo de mierda que nadie pidió: una hostia a tiempo soluciona muchos problemas futuros.
GUILLE
Corrí hacia ella al ser consciente de que me había cogido la delantera y subía la cuesta como si la persiguiera algo más que un jabalí.
—Ey —la llamé al ponerme a su lado—. No hace falta que corras tanto, ya ha pasado el peligro.
—No estoy tan segura.
No fui capaz de contestarle.
Estaba demasiado ocupado intentando ordenar el caos que tenía en la cabeza como para ponerme a interpretar sus respuestas. ¿Y para qué engañarnos? Tampoco es que se me diera especialmente bien leer entre líneas .
Me obligué a no mirarla de reojo, pero fracasé. Y es que cada vez que lo hacía revivía lo que no había ocurrido entre nosotros y lo cerca que habíamos estado de caer.
Así que el momento volvía a mi mente una y otra vez. Y otra más.
No era un recuerdo idílico ni romántico ni ninguna de esas mierdas que salen en las pelis románticas. Lo veía tal cual: su boca a un suspiro de la mía, esas manos frías incendiándolo todo a su paso, y yo perdiendo el puñetero norte en cuestión de segundos.
Y luego, por supuesto, llegaba ese instante en el que todo se había ido al carajo.
Un detalle que no debería importarme y que, sin embargo, lo hacía más de la cuenta.
Inspiré hondo y me pasé una mano por la nuca para tratar de soltar algo de tensión.
—¿Qué? —preguntó de repente.
—¿Uhm?
—Llevas callado todo el camino.
—¿Y eso es malo?
Bufó. Solo eso.
Y de nuevo nos sumimos en ese silencio incómodo de narices.
Cuando empezamos a ver el campamento tuve la sensación de que el sendero de vuelta había sido el doble de corto y, a la vez, el triple de largo.
No tenía ningún puto sentido, como todo últimamente.
—Bueno —dijo ella—, iré a mi…
—Sí —la corté—. Yo también.
¿Todo se había vuelto raro o solo me lo parecía?
Una parte de mí estaba deseando largarse de allí y la otra, bastante más insistente, no tenía ninguna prisa por hacerlo .
Me detuve frente a su cabaña, me giré y le sostuve la mirada.
—Luego nos vemos —murmuró y, sin darme tiempo a responder, subió los escalones y se perdió en la edificación.
—Joder —susurré—. A ver si voy a estar incubando algo de verdad.
Abrí el grifo y metí la cabeza en el agua helada sin pensar.
—Mierda —me quejé y me apoyé en el lavabo.
Dejé que me empapara la cara, el pelo y lo que pillara. Necesitaba sacarme de encima esa sensación rara que no se iba. La sentía en todas partes: en el pecho, en la boca, en las manos… En todo el jodido cuerpo.
E iba a peor cada vez que pensaba en Cintia.
Cerré el grifo y solté el aire de golpe.
—Hola.
El agua se me escurrió por el cuello cuando giré la cabeza y me encontré una figura en la puerta del baño.
—¿Qué haces aquí?
—Me he vuelto… —Paco entró con la cara compungida, cerró la puerta y se apoyó en la pared.
—Tienes pinta de haberla liado .
No dijo nada. Tan solo se apretó los ojos con el pulgar y el índice, suspiró y se dejó caer por la pared hasta acabar sentado en el suelo.
—Paco, tío. No me asustes. ¿Qué has hecho?
Alzó la cabeza y me miró con una expresión que no me dejó claro si estaba valorando decírmelo o ahorcarse con la alcachofa de la ducha.
—La he cagado.
—Qué novedad.
—No, en serio. —Suspiró, derrotado—. La he cagado a lo grande. Muy a lo grande.
Su tono me puso en guardia.
—Habla.
—Anoche… me… —titubeó—. Después de la hoguera me acerqué a Esther, una cosa llevó a la otra y acabamos follando.
Vaya, no había perdido el tiempo el cabrón.
Exhalé más tranquilo y descarté la teoría de que los niños hubieran sido atacados por una bandada psicópata del aviario.
—Era la idea, ¿no?
Paco no respondió. Se limitó a mirarme y a hacerme un gesto con la cabeza que, al principio, no entendí.
—A pelo —aclaró—. Y estuve lento de reflejos.
Apreté los párpados y negué.
—Eres gilipollas.
—Ya.
—No, no, Paco. —Agarré la toalla y me sequé la cara—. No lo entiendes. Eres imbécil, de verdad.
—Ya —repitió más bajo.
Me puse a andar de un lado al otro de la habitación, con las manos en la cabeza.
—¿En qué cojones estabas pensando?
—No estaba pensando .
—Eso está claro.
Echó la cabeza atrás y golpeó la pared un par de veces.
—Fue el calentón.
—El calentón no te funde el puto cerebro, Paco —rebatí y mascullé un par de palabrotas.
—No pensé que pasaría.
Me detuve y lo miré con el ceño fruncido.
—¿De qué hablas? Es Esther.
—No. Me refiero a que no creí que me… correría tan rápido —explicó con bochorno—. Estaba seguro de que controlaría, pero esa tía sabe cómo mover las caderas.
—Dios.
Me fue imposible no soltar una carcajada incrédula.
—No tiene gracia, joder.
Me acerqué a él y le apunté con un dedo.
—No, claro que no la tiene. ¿Sabes lo que sí tiene? Consecuencias. —Se quedó callado, y yo seguí—. ¿Te suenan de algo las palabras «embarazo» y «enfermedades de transmisión sexual»? Te puedes joder la vida, tío.
—No hace falta que me hundas más en la miseria.
—Es la realidad. —Abrí los brazos, exasperado—. ¿No te dieron la charlita tus padres?
Paco bufó y rompió el contacto visual.
—Venga ya. No me vengas ahora de responsable, que nos conocemos —contestó a la defensiva—. ¿Es que nunca has perdido la cabeza por una tía?
«¿Puedo contestar yo?».
—Nunca hasta ese punto. Jamás.
—Si tú lo dices —aceptó, para nada convencido.
La forma en la que lo dijo me tocó las narices .
«No es por meter el palo en candela, pero te recuerdo que hace diez minutos estabas a punto de liarla tú también a lo Dirty Dancing en el lago».
Jodida Peni. Le estaba empezando a coger una manía…
No, ni hablar. Yo no iba a perder los papeles de esa manera. Ni de coña.
—¿Sabes si toma anticonceptivos? —indagué.
—No los toma.
—Vale —murmuré y me puse en modo supervivencia—. Iremos al pueblo a por una pastilla del día después.
Paco me miró como si fuera la Virgen de Lourdes.
—¿En serio?
—A menos que prefieras que sea el padrino de tu primogénito.
Se puso en pie de un salto.
—Gracias, tío.
—No me las des. —Me escabullí de su abrazo y alcé las manos—. Y aléjate de mí. Cualquiera sabe si te has lavado esas manazas.
Paco se fue con ánimos renovados, y yo me quedé un segundo más allí, con la necesidad apretándome el pecho y las ganas trepándome por la espalda.
Lo lógico habría sido ignorarlas y largarme al pueblo. Aunque la sensatez no formaba parte de mi vida en los últimos tiempos.
Los pies se me movieron solos cuando salí del baño, continuaron sin detenerse al bajar los escalones de nuestra habitación y casi echaron a correr cuando enfilé hacia su cabaña.
No llamé.
La puerta estaba entornada y me colé dentro.
—¿Cintia ?
Una cabeza se alzó entre las almohadas de una de las literas.
—¿Guillermo? —Se quedó clavada al verme, y yo sonreí como un idiota.
—¿Me echas la melena, Rapunzel? —bromeé, más por nervios que por otra cosa. Ella se apresuró a bajar los escalones—. Hola —le dije cuando la tuve frente a mí.
Tenía el pelo mojado y las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Hola.
—Tengo que irme al pueblo —solté, directo y sin rodeos.
Ella parpadeó confundida.
—¿Ahora?
—Sí. —Me metí las manos en los bolsillos—. Ha surgido un… tema urgente.
Asintió, y yo noté sus ganas de indagar en la forma en que me miró. Para sorpresa de nadie, se contuvo.
—Vale.
Los segundos que pasaron fueron de esos que te dejan sin saber dónde poner las manos, los ojos o la maldita vida entera.
—Volveré luego —añadí.
—Vale —repitió.
—Después… vemos todo… esto —dije, sin saber qué cojones significaba eso y por qué lo había soltado—. Hablamos o… lo que sea.
Cintia torció un poco la cabeza.
—Sí. Supongo.
Ese «supongo» me atravesó como una flecha.
Asentí, y ella me sonrió.
Ese gesto me transportó de nuevo a la poza. A las ganas. A lo que podría haber sido y no fue. A lo que estaba seguro de que me torturaría durante noches y noches, y…
Di un paso hacia ella antes de ser consciente de lo que hacía .
No me dio tiempo a pensar ni a analizar ni a hacer nada inteligente. Solo fui, la sujeté suavemente de las mejillas y le di un pico.
El contacto fue rápido, torpe, impulsivo y necesitado.
Fue como si alguien hubiera pulsado un botón dentro de mí, y yo solo hubiera obedecido órdenes como una marioneta.
Cuando me separé, Cintia continuó inmóvil y con los ojos abiertos de par en par.
—Luego… hablamos —murmuré de nuevo.
No esperé respuesta.
Me di media vuelta, salí de la cabaña y eché a correr hacia el camino de salida, donde me esperaba Paco con los hombros encorvados.
«Corre y no mires. No mires, no…».
Me giré.
Ella estaba en la puerta de la cabaña, quieta, observándome y con dos dedos apoyados en los labios.
Los mismos labios que yo había besado.
Los mismos labios que me volvían loco cuando me retaba con su lengua afilada.
Mierda, era un hecho: estaba colgado de Cintia.
Y, como le diera por soltar la cuerda, me iba a pegar una hostia monumental.