16 – Valientes estúpidos
Verdades incómodas: hay decisiones que toma el cuerpo y la cabeza no puede frenar.
CINTIA
Uri hablaba y hablaba, aunque yo hacía rato que había desconectado. Exactamente desde que cierto monitor con tendencia al teatro había entrado en el comedor y se había paseado, con la cara aún marcada por la sábana y los pelos húmedos, por un par de mesas donde los niños desayunaban.
Cuando lo vi venir hacia nosotros con la bandeja de su desayuno y ese caminar despreocupado, no aparté la vista. Tampoco cuando se sentó y me dedicó un gesto con la cabeza a modo de saludo.
—… venir bien, ¿no crees ?
Mierda. ¿Qué se suponía que tenía que contestarle a Uri? No me había enterado de nada.
—No estoy segura.
—Que sí, mujer. Que te va a sentar genial —insistió mi amigo a la vez que empujaba el plato vacío hacia delante—. Sin niños es, literalmente, el mejor lugar para hacer algo que nunca harías, créeme.
Sentí la mirada de Guillermo clavada en mi perfil.
—¿Tú lo has… hecho? —pregunté para recabar más información.
—Eh, claro. —Uri arrugó la frente, y yo me concentré en remover el café—. ¿No te lo conté?
Me miró confundido, y Guillermo aprovechó para acercarse a nosotros, apoyar la cabeza en un codo y observarnos entretenido mientras masticaba.
No disimuló ni un poquito.
Lo fulminé con la mirada, aunque en realidad lo que estaba haciendo era ganar tiempo. ¿Por qué demonios no había prestado atención a Uri? Me sentía rara, como si no terminara de estar dentro de mi cuerpo del todo.
Quizá solo era cansancio.
—No. Diría que no. —Me metí un trozo de manzana en la boca. Muy grande.
—Ah. Pues sí, fui antes de ayer por la tarde.
Asentí, animándolo a continuar, pero no se dio por aludido. ¿Es que no pensaba darme más datos?
Mierda.
—¿Hablas de la poza? —le preguntó Guillermo por mí.
Giré el cuello en su dirección, y él me guiñó un ojo con disimulo.
—Sí —le contestó Uri y, acto seguido, se giró un poco hacia mí—. Te va a gustar. El agua está fresca, hay sombra para sentarse… Hasta parece un sitio bonito si no piensas en lo que hay bajo el agua o en las bacterias.
Compuse una mueca de asco y solté la manzana.
—Gracias por la imagen mental, Uri. Era justo lo que necesitaba para desayunar.
Él sonrió culpable, y Guillermo aprovechó para intervenir.
—Si puedo opinar, yo también pienso que te vendría bien un bañito.
Alcé una ceja en su dirección.
—¿Es que huelo mal?
—Uhm… Déjame ver. —Se levantó, inclinó el cuerpo sobre la mesa y se acercó a mí. Después de olisquearme a unos centímetros de distancia, negó con la cabeza y se sentó al lado de Uri—. Qué va, hueles de puta madre.
Se me tensó el cuerpo entero cuando se le curvó la boca en una sonrisa pequeña y lenta. Después, otro guiño, esta vez más suave y casi imperceptible.
—¡Os quedan diez minutos, chicos! —gritó Sebas antes de abandonar el comedor.
Uri apuró el zumo y se puso en pie.
Le rogué con la mirada que no me dejase sola, pero o me ignoró vilmente o, de verdad, no se enteraba de nada.
—Hazme caso. Ve y disfruta. Volverás mucho más tranquila.
—Eso no lo arregla ni un exorcismo —murmuró el tercero en discordia cuando nos quedamos a solas.
—Buenos días para ti también, Guillermo.
Abrió los morros para enseñarme los dientes en una especie de sonrisa y se le salió parte de la leche de los cereales que acababa de llevarse a la boca.
Le di otro mordisco a la manzana y giré la cabeza.
No pensaba reírle la gracia, ni hablar .
Aunque mi patético desplante no duró ni dos segundos. Volví a mirarlo, y seguía ahí, observándome, como si no pasara nada y, a la vez, pasara de todo.
Tragué saliva.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada.
—Vas a llegar tarde.
—Me encanta el cliché de jefa y empleado. —Gruñó. O gimió. O las dos cosas a la vez y, con un movimiento rápido, esquivó la bola de papel que le tiré—. Uhm, ¿ahora viene la escena de mobbing ? ¿Quieres que me apoye en la mesa para que me des unos azotes?
Un sonido gutural y desesperado me salió de la garganta y me puse en pie.
—Me voy.
—¡Disfruta del bañito! —me gritó, aunque aún no estaba tan lejos—. Y no tengas miedo de los peces.
—Vete a la mierda —susurré, pues no quise que mi insulto tuviera eco en forma de voces infantiles.
Un rato después, tumbada en mi litera, aún me duraba el cabreo, más conmigo misma que con él, a decir verdad.
Pasé la página del libro que me había llevado sin saber qué había leído. Volví atrás, releí y, con un resoplido, lo cerré y lo dejé en la cama.
Enfoqué la vista en las vigas del techo y, tras un par de minutos, cerré los ojos y gemí.
—Se acabó.
Me incorporé de golpe.
Sin pensarlo demasiado, me até el pelo, me calcé las zapatillas, agarré la riñonera y salí.
El camino a la poza era más largo de lo que recordaba o quizá era el calor, que me estaba achicharrando. Por suerte, el ruido del agua al caer me dio la motivación que necesitaba y, unos minutos después, llegué.
El lugar estaba tranquilo y solitario, oscuro en algunas zonas y lleno de luz en otras; un paraíso para mis hombros quemados.
La pequeña cascada no llevaba mucha agua, aunque sí la suficiente como para que los pájaros no se escuchasen allí abajo.
Me acerqué despacio, teniendo cuidado de pisar en las rocas más estables, y elegí una en la que sentarme. No tardé en quitarme las zapatillas, dejarlas apartadas del agua junto con la riñonera y meter los pies.
—Joder.
El agua estaba fría en contraste con mi piel, aunque se sintió bien, reconfortante de algún modo. Cerré los ojos y me concentré en la respiración, en el agua, en mi cuerpo bajando las revoluciones y los pensamientos ordenándoseme en la cabeza.
Y entonces…
Un crujido me hizo ponerme en guardia y, antes de poder reaccionar, unas manos me privaron de la visión y un grito ahogado se me escapó de la garganta.
—Shh, no chilles —susurró una voz demasiado familiar.
El miedo se convirtió en otro tipo de tensión y fui consciente del peligro que en realidad corría si se confirmaban mis sospechas.
—¿Quién eres? —No contestó, aunque sí respiró muy cerca de mi oreja. Demasiado cerca—. Que sepas que te estás jugando la vida —lo amenacé.
Noté su sonrisa. Juro que pude notar cómo sonreía, el muy idiota.
—Siempre .
—Guillermo…
—Muy bien. —Sus manos, calientes y firmes, se apartaron—. Punto para la señorita.
La luz volvió y giré la cabeza con rapidez.
Ahí estaba, apenas a unos centímetros, con una sonrisa satisfecha y cómoda que quise borrarle de inmediato.
—Te mereces un…
—¿Beso? —me interrumpió.
—Un sopapo.
—¿«Un sopapo»? —Se echó a reír—. ¿Esa palabra no se había extinguido como los dinosaurios?
—Tú sí que te vas a extinguir. —Se dejó caer a mi lado en la roca y esta se desestabilizó un momento bajo nuestro peso. El espacio entre los dos era mínimo, pero no quise ser la primera en moverme—. ¿Te he dicho alguna vez cuánto me gusta que me asusten?
—No.
—Pues por algo será.
Me crucé de brazos, metí los pies en la poza de nuevo y miré al frente, aunque por el rabillo del ojo aún podía ver parte de su perfil.
Durante un momento se mantuvo callado, no tanto como para hacerme ilusiones, por supuesto.
—¿Y? —preguntó lanzando una piedrecita al agua—. ¿Este es el gran plan?, ¿mojarte los pies y ya está?
—Estoy disfrutando de la paz.
— Aburriiiido .
—¿Y? —lo imité; bastante mal, por cierto—. Además, ¿tú qué haces aquí y no en la excursión del aviario?
—Estoy fatal. Tengo unas diarreas horribles —gimió moribundo .
Por poco se me descoyuntó el cuello al mirarlo. Mi mueca de repugnancia lo hizo reír.
—¿Es coña?
—¿Tú qué crees? —Alzó ambas cejas para hacerse el interesante—. Me guardarás el secreto, ¿verdad?
Bufé y moví los pies en el agua.
—Creí que solo mentías si era de vida o muerte.
—Así es.
Se levantó y, sin verlo venir, me cogió en brazos y, antes de poder reaccionar, se lanzó conmigo a la poza.
El golpe contra el agua me cortó la respiración durante un instante. No tardé en darme cuenta de que nada me retenía ahí abajo, así que pataleé para salir a la superficie. El aire me entró de golpe en los pulmones cuando saqué la cabeza.
—¡Eres gilipollas! —escupí, apartándome el agua de la cara. Pero él no estaba allí, por ningún lado. «Hasta parece un sitio bonito si no piensas en lo que hay bajo el agua o en las bacterias»—. Guillermo. No tiene ni puta gracia.
—Un poco sí. —Escuché y busqué a mi alrededor.
El muy capullo estaba sentado en las rocas, sin camiseta, y se sacudía el pelo como un perro.
—Eres…
—Gilipollas. Ya me lo has dicho, eres muy poco original con los insultos.
Lo fulminé con los ojos.
—Casi me da un ataque.
—Del calor. Lo sé, he notado tu sudor al cogerte en brazos, creo que hasta me has llenado la camiseta.
—Agh. Eres insufrible —gruñí y nadé hacia donde estaba sentado. Para salir del agua, claro.
—Pero te has reído .
—No me he reído. —Puso una cara absurda y asintió—. Que no me he…
—¿Lo ves? —me dijo, señalándome con un dedo—. Ahí está, confirmado.
Apreté los labios uno contra el otro para no ensanchar la sonrisa y salí del agua.
La ropa se me pegó como una segunda piel, y él, con todo el descaro del mundo, no dejó de mirarme mientras me deshacía de la camiseta y me quedaba con la parte de arriba del biquini.
—¿Qué miras?
—A ti. ¿No es obvio?
Le dediqué mi mejor ceño fruncido. Sin embargo, cuando se puso en pie y acortó la poca distancia que nos separaba, tuve que concentrar todos mis esfuerzos en no sufrir una arritmia cardiaca severa.
—No te acerques.
—¿Por qué? —murmuró—. ¿Tienes miedo de que te tire de nuevo?
—No.
—Meeec. Respuesta equivocada.
El agua nos engulló otra vez cuando su cuerpo impactó contra el mío y caímos hacia atrás.
Me agarré a sus hombros para salir.
—¡Joder!
Al darme cuenta de nuestra cercanía, intenté apartarme un poco y nadar hacia el borde, pero él me sujetó de la cintura y me retuvo en el lugar.
—Uhmm —murmuró con el flequillo tapándole parte de los ojos—. Esto es vida.
Me quedé muda cuando gimió. Fue un sonido bajo y grave que me hizo apretar los dedos de los pies contra la piedra .
O puede que fueran los peces. Sí, debía de ser eso.
Levanté la vista hacia él, que no había dejado de mirarme. A diferencia de otras veces, en aquella ocasión no sonrió ni puso muecas. Tampoco me guiñó el ojo.
Tan solo me observó, sin esconder nada, sin teatro.
—Deja de darle tantas vueltas —me pidió.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Sí, lo sé.
—¿Y qué es? —La voz me salió más aguda de lo normal.
—Que esto —contestó, hizo una pausa y una de las manos que me agarraba la cintura se desplazó, sin pedir permiso, hasta mi espalda— es una pésima idea.
—Y lo es.
—Aunque no puedes evitarlo.
No me molestó que llevase razón. Y eso fue lo peor.
—Ni tú.
—Ni yo —confirmó y me atrajo un poco más. Mi cuerpo se pegó al suyo antes de que mi cabeza pudiera impedirlo—. Sé valiente, Cintia.
No pude articular palabra.
Estaba demasiado cerca. Su respiración chocaba con la mía y el pulso me retumbaba en los oídos.
Y yo no quería pensar. Porque, si lo hacía, se acababa.
«Sé valiente, Cintia», repetí en mi mente.
Subí una mano por aquel pecho definido, despacio, disfrutando del contacto. Sentía los dedos fríos por el agua y calientes por su piel.
Y por la excitación.
No se movió cuando le rocé la clavícula, tampoco cuando bajé y pasé muy cerca de ese pezón atravesado por un hierro, que se le endureció un poco más.
Me acerqué a su cuello y le pasé la nariz por la nuez .
—¿Tú quieres? —susurré contra su piel.
Su respuesta tardó medio segundo más de lo normal.
—Sí.
Fue más un gemido que una afirmación.
Inspiré hondo y el mundo se redujo a ese espacio. A ese contacto, al aire compartido y a ese momento que sabía que no debía existir y, sin embargo, lo hacía.
Y me encantaba.
Durante unos segundos no me moví. Él tampoco.
No dije nada. Él tampoco.
Fue su pulgar el que rompió aquel juego cuando se deslizó contra la piel de mi costado; un gesto mínimo, pero bastante, pues mi cuerpo, envalentonado y sobreexcitado, había decidido que no necesitaba más para lanzarse sin pensar en las consecuencias.
Necesitaba besarlo. Ya.
Levanté la cabeza y su respiración me rozó los labios. Entrecerré los ojos y…
Un crujido seco y fuerte nos envaró.
El cambio fue tan brusco que me faltó el aire, otra vez.
—¿Has oído eso? —susurré a un par de centímetros de su boca.
—Sí.
Su voz ya no era la misma. Ya no había ni rastro del Guillermo que me pedía ser valiente, que murmuraba que quería aquello al igual que yo.
Se separó y miró hacia la parte baja de los árboles, tenso y alerta, cuando otro ruido, más cerca esa vez, se escuchó sobre el sonido del agua.
Las ramas más bajas se movieron, aunque no hacía tanto viento.
O quizá era mi percepción .
—¿Uri? —probé.
—No es Uri. —La respuesta fue inmediata, al igual que el contacto de su mano en mi cintura, que ya no se sentía como un gesto sin más, sino como protección.
Dio un paso y se colocó en primera posición.
Silencio. Uno raro y pesado, como si el lugar se hubiera quedado en pausa. Se oyó otro crujido a la derecha, más cerca, y algo se movió entre las ramas.
Algo oscuro y rápido.
Se me encogió el estómago.
—Guille…
—Sal del agua.
—¿Qué? —pregunté, cagada de miedo.
Él me tiró de la mano y nos condujo hasta las rocas sin mirarme.
Me apoyé en una con el pulso disparado; él vino detrás, más pendiente de los árboles a nuestra espalda que de mí.
—¿Qué ha sido eso? —susurré.
—Coge tus cosas y vámonos.
Obedecí, por supuesto.
Me agaché para coger la riñonera y las zapatillas con manos torpes, aún con el corazón a mil. El agua me chorreaba por las piernas, el pantalón se me pegaba a los muslos, pero no tiritaba de frío.
Él no dejaba de mirar hacia atrás, ni un segundo.
—¿Qué es?
No esperó a que terminara de ponerme las zapatillas. Me agarró como si fuera un saco de patatas, salió al sendero y se quedó clavado en el sitio.
Giré la cabeza.
—Joder… —murmuré ante la visión de aquellos ojos pequeños y vivos .
Guille apretó la mano en mi muslo.
—No chilles ni te muevas. —«Como si pudiera». El animal nos mantuvo la mirada, alerta y atento, mientras sus crías salían de un arbusto a su lado—. No nos hará nada si no se siente atacado.
—Vale.
No lo dije muy convencida, la verdad.
Avanzó paso a paso, sin darle la espalda del todo y sin hacer ruido. Hasta que el sonido del agua empezó a quedarse atrás y el aire volvió a entrarme en los pulmones.
—Guille… —Me ignoró—. Guillermo.
—¿Qué?
—Bájame.
Lo hizo al momento, y a mí me dio la impresión de que no había sido consciente del todo de mi peso en su hombro hasta ese instante.
Me calcé, y nos miramos de frente por primera vez desde nuestro baño en la poza.
—Has sido muy valiente —me dijo.
Se me escapó una risa nerviosa.
—No he tenido opción.
Él negó, y su mirada me dio más miedo que la del animal que nos habíamos cruzado.
—No me refería al jabalí.
«Ni yo», quise gritarle.
En cambio, me di media vuelta y eché a andar.
Con lo que no contaba era con que, por más pasos que diera, él seguía presente. En la piel, en la boca. En las malditas ganas.
Apreté los labios.
—Ya basta —murmuré para mí misma.
Pero no. No bastaba .
Porque, por mucho que intentara poner distancia, mi cuerpo ya había cruzado esa línea.