15 – Hormigas
Consejo de mierda que nadie pidió: como dijo Chita: «Callado estás más mono».
GUILLE
Las risas se mezclaban con los chasquidos de la hoguera y el murmullo de los pocos niños que quedaban despiertos. La mayoría se había ido ya a sus cabañas, y el ambiente empezaba a relajarse.
—Como Sebas vuelva a cantar esa cancioncita, le tiro la guitarra al fuego —murmuré.
—No hay huevos —me animó Paco sin apartar la vista de Esther.
—No me provoques.
—Bah, eres un bocas.
—Chúpamela .
Miré alrededor por pura inercia justo cuando Uri y Cintia se despedían y me quedé observándola hasta que se perdió en el pasillo de las cabañas. Quedaban veinte minutos para que empezase nuestra segunda guardia juntos.
—Te has embobado —murmuró Paco.
—Cierra la boca.
—¿Te gusta la Sargento?
—Me gusta el silencio. Practícalo y ya verás qué feliz me pongo.
Volví a mirar hacia la hoguera.
—¿Y Esther?
Giré el cuello de golpe.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Vas a tirarle ficha?
—No.
—¿Seguro?
Solté una risa por la nariz que acabó en un bufido.
—Segurísimo. Toda para ti.
—Gracias, tío.
—No me las des e intenta que no te envenene cuando te pique. Es una víbora.
Él gimió satisfecho y volvió a centrar la atención en ella, que en ese momento reía con Paula como si no hubiera un mañana.
—Me pone burrísimo. ¿Has visto qué tetas le hacía el biquini de hoy?
—Sí. Yo y todo el campamento.
Paco se levantó y se sacudió el pantalón.
—Voy a por algo de beber.
—Que tenga doble de hielo, so guarro.
Me guiñó un ojo y se fue silbando, y yo negué con una mueca exagerada de asco .
Volví a apoyar los codos en las rodillas, no pasaron ni dos minutos cuando escuché unos pasos firmes acercándose y desvié la mirada.
—Muy graciosas —les dijo Cintia a Esther y Paula cuando llegó a su altura—. ¿Dónde están?
La primera alzó la vista y fingió no entenderla.
—¿De qué hablas?
—Mis llaves.
—Ni idea.
Un par de cabezas infantiles se giraron hacia ellas, y Cintia soltó una risa breve y sin humor.
—Claro.
—Igual las has perdido mientras asabas nubecitas —añadió Paula.
—No.
Ahí fue cuando me levanté.
—Anda, mira —comentó Esther al ver que me acercaba. Se cruzó de brazos y me dirigió una sonrisa siniestra—. Justo el que faltaba para que empiece el circo. ¿Qué se te ha perdido por aquí, Guillermito?
—¿Qué pasa? —les pregunté, aunque ya me hacía una ligera idea.
Cintia me examinó un segundo.
—Nada —respondió, seca—. Que aquí mis amigas han decidido que hoy era un buen día para hacer una de sus bromitas.
—¿«Amigas»? —Esther se llevó una mano al pecho—. Vaya, Cintia. No sabía que tuvieras tanto sentido del humor.
El silencio que siguió fue de esos que te hacen replantearte tu vida en diez segundos. Y ponerte la mano en los huevos, solo por si acaso .
—Devolvedle las llaves, por favor —les pedí con tono tranquilo.
—No sé de qué habláis.
—Pues es fácil —expliqué—. Si en diez segundos no aparecen, hablaré con Sebas, que a su vez llamará a Fer. Y, creedme, el jefe no se va a poner contento cuando le jodamos su polvo sagrado de los jueves.
Cintia no dijo nada, pero noté su mirada clavada en mí.
Uno, dos, tres… Paula le dio un codazo a Esther, y esta resopló.
—De verdad, qué drama montáis por todo.
Metió la mano en la capucha que colgaba en la espalda de uno de los niños a su lado.
—Toma. —Las lanzó a nuestros pies con un gesto descuidado.
Por suerte, no le echó las culpas al chiquillo.
Me agaché antes de que Cintia pudiera reaccionar, las cogí y, al subir, me acerqué a la cara de Esther y entrecerré los ojos.
—Gracias, encanto .
—De nada, eunuco .
Me lanzó una mirada que prometía vendetta , pero no añadió nada más.
Me giré hacia Cintia y le hice un gesto con la cabeza mientras le tendía las llaves.
—Vamos.
Por suerte, no preguntó ni discutió nada. En su lugar, echó a andar con la espalda bien recta, y yo la seguí.
Es decir, en nuestra línea habitual.
—Gracias —susurró unos pocos pasos después.
—¿Estás bien?
—Sí. —Señaló la puerta de su cabaña—. Tengo que cambiarme. Nos vemos en diez minutos .
—Cinco.
—Diez.
—Dejémoslo en la mitad: siete.
—En ese caso, serían siete y medio.
Levanté las manos y no contuve la sonrisa.
—Tú ganas.
Ella se perdió dentro de la habitación, y yo me apoyé en la pared y miré el cielo. Las estrellas estaban donde tenían que estar. Yo, en cambio, sabía que me estaba metiendo en un berenjenal del que luego no iba a saber salir.
Tampoco entendía muy bien qué hacía allí, esperándola.
Bueno, sí que lo sabía. Y era un poco ridículo. Pero también bastante inevitable.
«Como que Paco se líe con Esther».
—Valiente suicida…
—¿Hablas solo?
Me giré. Cintia se había puesto una sudadera y las botas y se había recogido el pelo en una coleta alta. Tenía esa expresión suya de «no me toquéis las narices», que, curiosamente, cada vez me resultaba más atractiva.
—Claro —respondí—. Es una de mis mejores cualidades.
—¿Siempre tienes una frase para todo?
—Es mi don.
—Pues podrías usarlo para algo útil.
—Estoy en ello. —La vi morderse los labios para que no se le curvaran cuando empezamos a caminar hacia el cuartillo del material—. ¿Más tranquila? —Me miró con el ceño fruncido—. Por lo de Esther y Paula.
—Ah. Sí, no es nada.
—No es la primera vez, ¿verdad?
—¿Qué ?
—Te están molestando —afirmé, y ella no me corrigió—. Deberías devolvérsela. O hablar con Sebas. O con Fernando, ya puestos.
Cintia dejó ir una risa cansada.
—Qué va. Y no tendrías que haberte metido. No es que no te lo agradezca, pero no hacía falta que me defendieras.
—Lo he hecho porque me apetecía.
—¿Y siempre haces lo que quieres?
—Lo intento.
Ya con las linternas en la mano, comenzamos la ronda.
—¿Qué tal fue la llamada con tu cuñada? —me preguntó, cambiando de tema.
—Intensa. Le repetí tres veces que no hacía falta que viniera a buscarla, después de habérselo dicho también a mi hermano. —Resoplé y negué con la cabeza—. Es una gran madre, aunque muy intensa a veces.
—Como todas.
Solté una risa por lo bajo, y ella me dedicó una mueca que me hizo sonreír.
—También me pidieron que te diera las gracias. Olivia les contó que la ayudaste con la… logística. —Lo agradeció con un gesto de cabeza y anduvimos por la linde del bosque, en silencio y sin encender las linternas. La luz de la luna era suficiente de momento—. ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí.
—¿Te da miedo no encontrar tu sitio en el mundo?
Me echó un vistazo, sorprendida.
—¿Y esa profundidad?
—No sé. —Me apoyé en un tronco, y ella se detuvo frente a mí—. El otro día hablamos sobre no encajar y me imagino que he sacado conclusiones. A veces me da por pensar y todo.
Cintia no se rio. Tampoco me siguió la broma .
Se quedó callada un momento, más seria y pensativa, y yo temí haberla cagado.
«¿Para qué ahondas? Deja que los profesionales nos metamos en las profundidades», me sermoneó Peni.
—Sí —admitió Cintia en voz baja cuando creí que no lo haría—. La verdad es que sí. Me da miedo.
—A mí también.
—No me lo creo.
—En serio. Soy un mar de inseguridades bajo esta cara bonita.
—Lo de la cara bonita es discutible —me picó.
—¡Eh! Cuidado, que me rompes el corazoncito.
Eso le sacó una sonrisa limpia y sincera.
—Muy gracioso.
—¿Quieres hablar de ello?
—¿De tu cara bonita? —Se dio media vuelta y echó a andar. Yo me impulsé en el árbol y la seguí—. No, gracias.
—¿Y de tus miedos? —Se tensó, y me arrepentí al instante de haber insistido—. O también puedo cerrar el pico. Mi hermana Carolina dice que estoy más guapo calladito.
—Parece una mujer sabia.
—Sí. Siempre ha sido una empollona.
Seguimos andando unos pasos, sin hablar, hasta que…
—Hace tiempo tuve claro lo que quería —comenzó—. O eso creí. Y luego… —Negó con la cabeza—. Todo se complicó.
No dije nada más que un «Uhm».
—Kiko es… —Se detuvo, y yo até cabos enseguida.
Y sí, también me puse un poco de morros, pero eso no viene a cuento—.
Siempre fue fácil estar con él. Sabía lo que había, lo que iba a pasar, cómo iba a terminar.
Y eso me… tranquilizaba. Creo. —Se encogió de hombros e hizo una pausa breve, como si estuviera midiendo lo que venía después—.
Mis padres tamb ién fueron así. Bueno…, antes de divorciarse.
Y, cuando te acostumbras a eso, cuesta darte cuenta de que, a lo mejor, querer otra cosa no es equivocarte.
—Inspiró una bocanada profunda de aire—.
Supongo que confundí tranquilidad con hacer lo correcto. O con que era suficiente para mí.
—Y no lo era.
—No supe gestionarlo. Tenía miedo a equivocarme y también a quedarme donde no era feliz del todo. Pero, al final, tomé una decisión.
—Eso es bueno.
—Pues no lo sé —admitió—. Y es una mierda que no se sepa nunca si una decisión es buena o mala hasta que ya no hay vuelta atrás.
—Esa es la gracia de la vida, ¿no?
—¿Cagarla?
—Aprender de los errores —maticé—. Yo me he equivocado un montón de veces.
—¿Algún ejemplo?
—Mis últimas conquistas, por ejemplo.
—¿En serio vamos a hablar de tus ligues?
—Tú has preguntado —me defendí—. Y puesto que fuiste la que empezó mi racha de mala suerte…
Se quedó quieta y se volvió hacia mí.
—¿Qué? —Alcé ambas cejas y apreté una sonrisa—. No vamos a hablar de mi madre.
—Tampoco hay mucho que contar.
—Mejor.
—No tuvimos tiempo ni de…
—Guillermo —me interrumpió—. Cierra el pico.
—Estas cosas son como una tirita. Mejor pegar el tirón y dejar de sufrir. —Me lanzó una mirada de advertencia—. Además, tendremos que trazar un plan para saber qué vamos a contarles a nuestros hijos sobre los gustos de su abuela.
—O los tuyos —la defendió.
—Ay… Mis padres van a ponerse muy contentos cuando sepan que vendrán más nietecitos al mundo. Ojalá sean como los gemelos y rompan todas las antigüedades familiares que escondieron.
—No me extrañaría nada, teniéndote a ti de padre —sentenció.
—¿Eso es que aceptas tener hijos conmigo, Cintia?
—No te flipes.
Fingí un disparo mortal, con caída al suelo y lengua fuera y todo.
Su carcajada me hizo abandonar el papel para mirarla embelesado. Joder, qué bien le sentaba ser feliz.
—Anda, papá del año. —Me tendió la mano sin dejar de sonreír—. Levántate, que estás sobre un hormiguero.
—¡Joder!
Su risa se intensificó al ver mi salto.
—Cobarde…
—Idiota —rebatí con cariño.
Volvió a echarse a reír.
Y yo…, bueno, a aquellas alturas ya estaba perdido.
Tanto que sentía las hormigas por dentro del cuerpo, dispuestas a devorarme vivo y no sabía —ni quería— evitarlo.