Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 14 – Zona de confort
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14 – Zona de confort

Verdades incómodas: lo que te desarma nunca es lo que te conviene.

CINTIA

Saqué el brazo y tanteé con la mano sobre la pared. Fruncí el ceño y abrí la cortina de la ducha de un tirón.

—No me jodas.

Cerré el grifo de golpe y el silencio del baño me erizó la piel. Solo se oía el goteo constante del lavabo y el eco amortiguado de voces en el exterior.

Saqué la cabeza y miré hacia el lugar donde había colgado mi toalla unos minutos antes.

No estaba.

Con una presión conocida en el pecho desvié la vista hasta el banco y luego al suelo.

Nada. Ni rastro de la ropa ni de las zapatillas o de la muda sucia .

Inspiré despacio, apoyé la cabeza en los azulejos y cerré los ojos un instante para tratar de serenarme.

—Pues nada, Cintia —murmuré y me erguí—. A improvisar.

Me escurrí el pelo, salí de la ducha con cuidado de no resbalar y recorrí el baño empapando el suelo a cada paso. Miré alrededor con la esperanza de que mis cosas aparecieran por arte de magia. Por supuesto, no tuve tanta suerte, así que me acerqué a la puerta y apoyé la oreja en la madera.

Las voces provenían del dormitorio. También había risitas y cuchicheos, y lo tuve tan claro como el agua que aún me escurría por el cuerpo: aquella desaparición no era casual.

Abrí la puerta y el aire fresco me golpeó la piel húmeda.

Durante un segundo se hizo el silencio. Dos de mis «compañeras» me esperaban allí. Esther, apoyada en la litera de arriba, me miraba con una mueca que no tenía nada de inocente, y Paula, sentada en la ventana, me repasaba de arriba abajo sin ningún disimulo.

Me negué a taparme con los brazos. No les iba a dar ese gusto.

—¡Pero bueno! —fingió escandalizarse Esther—. Qué exhibicionista eres. No te hacía yo tan… suelta.

No respondí.

Caminé hasta mi cama. Mi ropa estaba sobre ella y la toalla al lado. Incluso se habían tomado la molestia de dejarlo todo bien doblado y colocado.

Qué consideradas.

Me limité a coger la toalla y secarme con movimientos firmes, como si así pudiera deshacerme de la sensación pegajosa que me recorría la piel.

—¿Todo bien? —preguntó Esther con ese tono suave que solo utilizaba cuando me quería tocar las narices .

La miré de reojo y esbocé una sonrisa.

—Claro. ¿Por? —Su mueca engreída tembló durante una milésima de segundo. Terminé de vestirme, dejé la toalla en la percha y, entonces sí, las miré a las dos—. Hasta luego, chicas.

Y salí de la habitación sin esperar respuesta.

Mientras caminaba me planteé —no por primera vez— adelantarme a la llamada diaria de mi padre y, esa vez sí, contarle con pelos y señales lo que pensaba sobre ciertas joyitas de su empresa.

Podría haberlo hecho, aunque no lo hice.

En su lugar, entré en la sala común sin mirar a nadie en concreto y me senté en una esquina, la más lejana al lugar donde solía sentarse él, que en ese momento estaba vacío.

«Mucho mejor», me dije.

Después de la guardia lo tuve claro, lo más sensato era mantenerme lejos de Guillermo, aunque mi cuerpo no siempre remaba en la misma dirección.

—¿Y esa cara?

Levanté la vista.

Uri se dejó caer en una silla a mi lado y me regaló una sonrisa sincera. Y a mí se me vino a la mente —otra vez— lo ocurrido hacía dos noches.

El aire viciado de la cabaña. Yo en el porche intentando regular la respiración como podía.

Uri apoyado en la barandilla sin hacer preguntas incómodas ni invadir mi espacio.

Quizá por eso acabé confesándole que tenía miedo a las alturas, y él se ofreció a cubrir mi lugar en la actividad de la tirolina.

Con Uri todo parecía sencillo y cómodo. No había sobresaltos ni tirones raros en el estómago ni ganas absurdas de salir corriendo en dirección contraria.

Ni nada .

Y ese era el problema.

—Estoy evaluando opciones —respondí.

—Por tu cara diría que incluyen sangre y vísceras.

—Qué va, me va más la tortura lenta y limpia.

Soltó una risotada, y yo esbocé una sonrisa casi involuntaria.

Y justo en ese momento, como si el universo tuviera un sentido del humor de lo más retorcido, Guillermo apareció detrás de mí.

Sentí su presencia incluso antes de verlo y, aunque me fastidió reconocerlo tan deprisa, me mantuve imperturbable.

—Hola… —dijo el recién llegado. Bufé al escucharlo, y Uri alzó una ceja en mi dirección—. ¿Puedo hablar con ella?

«¿Ella?».

¿De verdad le estaba pidiendo permiso a Uri para hablar conmigo?

—Claro —contestó mi nuevo amigo.

Antes de que me diese tiempo a usarlo de parapeto, Uri se levantó y unas piernas musculadas y sin vello ocuparon mi campo visual.

Muy a mi pesar, alcé la cabeza. Lo que vi me puso en guardia.

—¿Qué?

—Necesito que me ayudes —murmuró.

Parpadeé, desconcertada. Había un matiz en su voz que no encajaba.

—¿Con qué? —pregunté recelosa y me puse en pie.

Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo aún más, y el olor a champú de limón se intensificó a nuestro alrededor.

—Es que… —Miró a ambos lados, como si alguien fuera a aparecer de repente y fastidiarle la broma—. Joder, no sé cómo decir esto sin que suene raro. ¿Puedes venir ?

—¿A dónde?

—Al baño.

¿Qué estaba tramando?

—Si pretendes gastarme una broma, te…

—Es mi sobrina —me interrumpió—. Olivia. Está en el grupo de Paco. ¿Sabes quién es?

Asentí.

—¿Qué le pasa?

—Está… Le acaba de… venir la regla —susurró.

Ah. Vale.

—¿No tiene compresas?

—No… Es… —Hizo un gesto vago con la mano, y a mí me entraron ganas de reír cuando lo vi tan incómodo—. Es la primera vez que le pasa, y no tengo ni puta idea de qué se supone que tengo que hacer.

Me sentí un poco mal cuando se me escapó la risa.

—Perdón.

—Ríete —se quejó—, pero te juro que prefiero enfrentarme a una pandilla de tejones psicópatas.

—Seguro que las hembras también menstrúan.

—Joder. Gracias por la imagen mental, Cintia.

Negué con una ceja arqueada. ¿Qué les pasaba a los hombres con ese tema?

—¿Dónde está?

—En los baños de detrás de la cabaña tres.

—Vamos.

No esperé a que dijera nada más y eché a andar hacia allí.

Él iba un paso por detrás y, por primera vez, no se parecía en nada al tipo capaz de convertir cualquier situación en un número de circo. La tensión de sus hombros, el silencio, la forma en la que evitaba mirarme… Todo en él gritaba que se encontraba fuera de su zona de confort .

Contra todo pronóstico, aquella versión descolocada de Guillermo me resultó mucho más peligrosa que la otra.

Y eso que me daban pánico los payasos.

—Está en ese —dijo en voz baja cuando llegamos—. No me ha dejado entrar antes.

—Normal.

—¿Normal? Soy su tío.

—Por eso mismo.

Lo dejé fuera y llamé con suavidad a la puerta.

—¿Olivia? Soy Cintia, ¿puedo pasar?

Unos segundos después, se escuchó una voz nasal.

—Sí, pero tú sola.

Escuché el sonido de la cerradura y abrí.

La encontré sentada en la tapa cerrada del váter, con los ojos un poco brillantes y las manos apretadas sobre las rodillas.

—Hola —le dije y cerré tras de mí.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Bien. Bueno…, no sé.

—Si te sirve de consuelo, tu tío está ahí fuera en modo pánico. —Eso le arrancó una pequeña sonrisa—. Es la primera vez, ¿no?

—Sí.

Me puse en cuclillas frente a ella.

—No te preocupes. Es normal que estés nerviosa.

—Ya sabía lo que ocurriría —explicó—. Mi madre me habló sobre ello. Y mi hermana Abril también, pero…

—Impresiona, ¿no?

—Sí.

—¿Te duele?

—No. Creo que no.

—Bien, eso es bueno .

—¿Cuánto me durará? —preguntó con un hilo de voz.

—Depende de cada persona. Normalmente unos pocos días.

—Qué rollo.

Sonreí y me encogí de hombros.

—Bastante. ¿Te has manchado la ropa? —Asintió—. Vale, dame un momento, voy a mandar a tu tío a que…

—¡No! No tiene ningún sentido del gusto. Seguro que me trae la parte de abajo de un pijama y un bikini o algo así.

Asentí a la vez que aguantaba la risa.

—Está bien, iré con él. Ahora vuelvo.

Salí del baño.

Guillermo estaba apoyado en la pared, mirando al cielo y moviendo los labios, como si estuviera negociando con alguien ahí arriba.

—Vamos.

—¿Está bien? —preguntó en cuanto me escuchó.

—Sí. Acompáñame.

Echó a andar a mi lado mientras salíamos hacia la zona de las cabañas, y mantuvimos un silencio prudente durante unos segundos, lo cual, viniendo de él, ya era bastante.

—¿A dónde vamos?

—A su cabaña. A por ropa limpia.

—Se ha… Vale. Sí. Ropa limpia es una buena idea, hay que ser aseado y…

Lo frené agarrándolo del brazo.

—Si te sientes incómodo, no me importa ocuparme.

—¿Qué? ¡No! —Abrió la cabaña y me cedió el paso—. Es que me ha pillado desprevenido y estoy tratando de procesarlo todo para después.

—¿Después ?

—Sí, cuando tenga que llamar a sus padres para contarles la situación. Estoy seguro de que me van a freír a preguntas.

—Bueno, tampoco hay mucho que contar.

—Eso es porque no conoces a mi cuñada África.

Guillermo se movió rápido y rebuscó entre las camas hasta dar con una bolsa que reconoció enseguida.

—¿Esto vale? —Levantó un par de prendas de algodón.

—Perfecto.

Afirmó con una seriedad que me desarmó.

Antes de regresar, pasamos por la enfermería.

—Olivia, ya estamos aquí —le dije tras llamar con los nudillos.

—Vale.

Entreabrió la puerta y le sonreí.

—Te hemos traído ropa limpia. Y esto —añadí levantando un par de compresas—. ¿Sabes usarlas?

Murmuró un asentimiento y miró a su tío, que a aquellas alturas no sabía dónde meterse.

—¿Me quedo? —le preguntó.

Olivia lo miró con las cejas alzadas y negó.

—Mejor ella.

—Sin problema —musitó con las manos en alto y se dio media vuelta.

Aparté la mirada de su espalda y me obligué a centrarme en su sobrina.

Le di un par de consejos prácticos y respondí sus dudas sin prisa. Esperé a que terminara de cambiarse y, cuando salió del cubículo, ya no tenía la misma cara de susto.

—¿Todo bien?

—Sí.

Salimos juntas .

Guillermo no se había ido. Seguía allí, apoyado en la misma pared. En cuanto nos vio se incorporó de golpe.

—¿Qué tal?

—Bien —respondió Olivia.

—¿Segura?

—Que sí, pesado —se quejó la chiquilla con cariño.

—Bien.

Fue entonces cuando desvió su atención hacia mí. Otra vez esa mirada. Y otra vez el incómodo tirón en las entrañas que empezaba a hartarme.

—Verás cuando el abuelo se entere de que ya soy una mujer —comentó como si tal cosa.

—El jefe Remo no llega a viejo —dijo él con diversión.

—¿Me puedo ir a mi habitación? —preguntó Olivia y, cuando Guille asintió, ella se giró hacia mí—. Llamaré a mi madre y luego me tumbaré un rato.

—Perfecto. Si necesitas algo, vienes a buscarme, ¿vale?

—Vale.

Le dio un beso en la mejilla a su tío, que se agachó para recibirlo, y se marchó.

Guillermo se pasó una mano por la nuca y masculló:

—Una mujer… Es igual de cabrona que su madre —lo dijo renegando, claro, pero el cariño se le escurría por todas partes y hacía que el terreno bajo mis pies se volviera resbaladizo—. Menuda situación. Me ha pillado totalmente fuera de juego.

—Ya veo.

—He sido un poco inútil.

—Y, después de todos estos años, ¿te has dado cuenta ahora?

Resopló, sonrió, y yo aguanté las ganas de devolverle el gesto.

—Cintia, muchas gracias .

Sus palabras chocaron contra el dique que llevaba dos días apuntalando y no me gustó nada notar cómo cedía. Un poco.

—No tiene importancia.

—Para mí sí que la tiene.

No quise responder. No quise seguir ahí. Pero las palabras me salieron solas, más por necesidad que por decisión.

—Sé lo que es estar sola en un momento así —solté y no supe muy bien el motivo. No tenía por qué contarle aquello.

—¿No hubo nadie contigo?

—No.

Frunció el ceño y me sostuvo la mirada demasiado tiempo.

—Pues… qué pena.

«Bienvenido a mi vida».

—Ya. —Bajé la vista un segundo, lo justo para tomar aire, y di un paso atrás—. Tengo que irme, Guillermo.

Contestó algo, pero yo ya había echado a andar.

Traté de concentrarme en los pasos, en el sonido de mis pisadas, en el ruido de la montaña.

En cualquier cosa que no fuera el zumbido sordo que me salía del cuerpo y que no tenía nada que ver con Esther ni con Olivia ni con sentir que no encajaba en aquel campamento.

Ni siquiera con el recuerdo de aquel lejano día.

Tenía que ver con él. Solo con él.

No. Eso no podía pasar.

Y, desde luego, no con alguien como Guillermo.

Lástima que estuviera perdiendo la razón.