13 – Interferencias
Consejo de mierda que nadie pidió: no improvises cuando estés cabreado, te puede salir como el culo.
GUILLE
La tostada se quedó a medio camino entre el plato y mi boca.
—¿Cómo?
El comedor parecía un bar de carretera un domingo en hora punta, pero no fue el ruido lo que me dejó descolocado.
Cintia ni siquiera levantó la vista de su café.
—Que no participaré en la actividad de las tirolinas —repitió.
—No, si sordo no estoy. El problema es que no te entiendo. —Y que me sentía un poco gilipollas por haber estado esperando ese momento desde la noche anterior, eso también—. La tenemos programada juntos .
Por fin me miró, y sus ojos dorados me dejaron claro que no tenía la menor intención de pedir disculpas o justificarse.
Fantástico.
—Uri y yo nos hemos intercambiado las actividades.
Desvié la atención a su derecha, donde el susodicho desayunaba sin tomar parte en la conversación.
—¿Sebas lo sabe?
—Sí —respondió ella.
—Pues cuando se lo diga al jefe no se va a poner contento. No quiere que se cambien los cuadrantes.
—También he hablado con Fernando —anunció como si nada—, y no hay ningún problema.
Le di un trago a la leche y me dio la impresión de que, de repente, se había agriado.
—Pues vale.
Me levanté.
Si me quedaba un minuto más en esa mesa, iba a acabar preguntando cosas que, sinceramente, prefería no saber.
Así que llevé mi bandeja hasta la encimera y me largué de allí sintiéndome absurdo por haber pensado, aunque solo fuera por un minuto, que lo que habíamos compartido la noche anterior cambiaba algo.
«¿Me he perdido algo?», preguntó Peni.
La ignoré y me encerré en mi habitación hasta que tocaron diana.
La hora y media que duró la actividad me concentré en enganchar arneses, revisar mosquetones y lanzar a niños al vacío. Uri los recibía al otro lado y, por suerte, no tuve que tratarlo mucho.
No es que me cayera mal, pero tenía algo que no me terminaba de convencer. Aunque trabajaba bien, eso había que reconocerlo .
—Eh —me dijo mientras los niños se subían al autobús de vuelta—. Ha estado chulo, ¿verdad?
¿«Chulo»? ¿Qué edad tenía, la de mi padre?
Estiré los labios y asentí.
—Sí, chachi piruli .
—Oye, ¿habéis hablado de lo del cambio?
—¿Con Fer?
—No. Cintia y tú.
—¿Para qué? Ya estaba todo acordado, ¿no? —Me encogí de hombros.
Debió de notar mi tono cortante, porque añadió:
—No la pagues con ella. —Lo miré entré los últimos chavales de la fila, y él esperó a que todos se hubiesen montado para continuar—. Le dan miedo las alturas.
Anda, pues mira qué bien. Si eran tan íntimos que hasta se contaban fobias y todo. Qué suerte la mía poder presenciar el nacimiento de una relación tan bien avenida.
«Guille, esos son ce…».
«Cállate, Peni».
—Tranquilo. —Le guiñé un ojo y puse el pie en el primer escalón—. Te la trataré bien.
Su cara de sorpresa me provocó unas ganas tremendas de agarrarlo de esas orejas de soplillo, volver a la plataforma y lanzarlo a él al vacío, sin arneses ni pollas en vinagre.
Podría haberlo hecho; Uri no era más que el típico surfero guapete: piernas anchas, brazos largos, piel bronceada… Muy de anuncio de cerveza tostada. En cambio, me subí al autobús, avancé hasta la última fila y me senté entre la marabunta de chavales.
Decidí que no iba a perder el tiempo con pensamientos absurdos y, por suerte, no volví a cruzármelos más en todo el día .
Por supuesto, la racha de buena suerte se me fue al carajo cuando el sol cayó y me los encontré. A los dos. Apoyados en la barandilla del porche de la cabaña central.
No me quedaba más remedio que pasar a su lado si quería cenar y no estaba dispuesto a rechazar comida por aquel par de tortolitos —por mucho que el amor me provocase alergia—, así que me encaminé hacia el comedor con paso decidido.
Lo siguiente ocurrió en cuestión de microsegundos:
Uri se inclinó hacia Cintia.
Cintia rio por algo que le había susurrado.
Y yo me sobresalté cuando sentí un pinchazo en el costado que ríete tú del que le clavó la lanza a Jesús.
No fue una gran carcajada, ni siquiera una de esas risas irónicas que le encantaba dedicarme. Fue como la que había compartido conmigo la noche anterior y que, por algún motivo que no terminaba de entender, me había perseguido hasta en sueños.
Tampoco supe qué me molestó más, si que Uri la hiciese reír o que ella se dejase.
—Pss, pss…
Me giré y escudriñé la oscuridad. Esther estaba en el lateral de la edificación y me hacía gestos para que me acercase.
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿No te tocaba hoy vigilar la cena?
—Necesito hablar contigo —dijo, esquivando la pregunta.
—¿Y no podemos hacerlo donde haya luz?
Mi cara no la desanimó, al contrario, se arrimó un poco más y me agarró de la mano.
—No. Ven conmigo.
—¿A dónde ?
—Tú ven —insistió.
Me dejé llevar porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Seguir mirando de reojo a la parejita tampoco era un plan brillante.
—¿A dónde vamos, Esther? —volví a preguntar cuando nos acercamos a nuestras habitaciones—. Te aviso de que hoy no estoy teniendo un buen día.
—Precisamente por eso. ¿Recuerdas que me debes dos favores?
Apreté la mandíbula.
—Sí.
—Bien. —Sonrió y se detuvo—. ¿Qué tal si me haces un room tour ?
—¿Un qué?
—Que me enseñes tu habitación —aclaró, como si yo fuese uno de los niños que, claramente, odiaba.
—¿Para qué?
—Simple curiosidad. —Dio un paso hacia mí y me acarició el brazo—. ¿Me tienes miedo, Querubín?
Me reí por lo absurdo de la pregunta.
—No. Pero puede que tú sí te asustes con lo que hay ahí dentro. Somos un poco cerdos.
—Uhmm. No me digas. —Me echó una mirada bastante elocuente y subió los escalones recreándose en cada peldaño—. ¿Vienes?
La puerta se cerró con un golpe seco detrás de nosotros cuando entramos.
—Esther, no cre…
—Así que este es tu reino —me interrumpió ella mirando alrededor y chascó la lengua contra el paladar—. He visto cosas peores.
—Seguro que sí.
—Quiero pedirte mi deseo .
—¿El segundo ya?
Su risa me contrajo los huevos.
—No trates de engañarme, rubio. Lo de enseñarme tu habitación ha sido una petición sin importancia.
Qué lástima que yo no hubiese aprendido nada de la película favorita de mi sobrina Abril: Aladdin , que habíamos visto juntos como unos dos millones de veces y hasta me sabía las coreografías de las canciones.
—¿Qué quieres entonces?
Esther se acercó, me agarró la camiseta y me atrajo hacia ella.
—A ti —susurró antes de estrellar su boca contra la mía.
Mi primer impulso fue apartarme, aunque no me dio tiempo a pensar demasiado.
Cerró los dedos en torno a mi pelo y su lengua encontró la mía con una precisión acojonante. Y Peni, que llevaba años entrenada para reaccionar en las condiciones más adversas y antes de que mi cerebro se pusiera a hacer preguntas estúpidas, decidió entrar en acción por su cuenta.
Casi pude verla frotándose unas manitas imaginarias.
Pues nada. Parecía que me iba a prostituir por un jodido vómito. Eso sí, si tenía que buscarle el lado positivo, la tía sabía besar y hacía cosas con la lengua bastante interesantes.
Joder, mi vida era un puto circo.
Respondí y bajé las manos a su cintura. Ella se pegó más y me pasó los brazos por el cuello.
—¿Es tu cama? —me preguntó mientras nos dejábamos caer en uno de los colchones.
—Sí —mentí.
Esther se acomodó mejor sobre mí, con una rodilla a cada lado de mis piernas, y se quitó la camiseta. Una satisfacción insana me la puso dura del todo al pensar en hacerlo sobre la cama de Uri.
—Quiero follarte —murmuró encendida—. Muy fuerte y, cuando te corras, te quitaré el condón y te la limpiaré con la lengua.
Joooder… Agüita con Esther.
Me levantó la camiseta y se mordió el labio inferior cuando, al tirarme del piercing, siseé.
—Me vas a arrancar el pezón —me quejé.
Por suerte, no tardó en dejar de prestarle atención y descender por mi pecho. Después continuó por el abdomen hasta desabrocharme el pantalón con destreza.
—Estaba dispuesta a esperar —explicó con la mirada turbia—. Pero hoy parecías tan tenso que creí que te vendría bien descargar un poco.
Qué buena samaritana.
Aunque no la culpaba, yo había tenido la misma idea ese mediodía y, esperanzado, me había encerrado en el baño a machacármela como un poseso.
No había servido de nada.
Mucho me temía que esa tensión no se iría hasta que cierta pelirroja con risa cantarina y piel suave dejara de joderme el maldito pensamiento. Quizá ahora que tonteaba con Uri me…
Volví al presente cuando una mano se cerró en torno a mi polla.
—¿Dónde estás, Guillermo?
Intentó volver a besarme, pero aquel nombre, mi nombre, fue la gota que colmó el vaso.
Le quité la mano del pantalón, me incorporé y salí de la cama con tal sensación de asco que a punto estuve de hacer el remake de Horror en la cabaña uno .
—Eh… —Se puso de rodillas en el colchón y trató de retenerme—. ¿Qué pasa?
Me zafé de su agarre.
—No puedo follar contigo, Esther. —Negué con la cabeza para corroborar mis palabras—. Ni quiero.
Me sostuvo la mirada un momento y, poco a poco, su expresión cambió a una mucho más desfigurada.
Reconozco que me acojoné. Un poco.
—Qué curioso. —Se cruzó de brazos y me examinó de arriba abajo con una media sonrisa que no tenía nada de amable—. El tío más fácil del mundo, el que folla hasta con las piedras, hoy decide hacerse el interesante.
—Ya ves.
—¿Sabes qué creo?
—Prefiero no saberlo, la verdad.
—Que el problema no es que no quieras follar conmigo. Es que no puedes.
Solté una carcajada rota.
—Créeme, ese no es el problema.
—Ah, ¿no? —Inclinó la cabeza y me miró el paquete con descaro—. Pues es una lástima que me lleve esa impresión, porque mañana medio campamento sabrá que el gran Guille no ha sido capaz de terminar lo que empezó.
Me encogí de hombros.
—Adelante. Estoy bastante acostumbrado a que la gente hable de mí lo que le da la puta gana. No vas a ser la primera.
Me sostuvo la mirada unos segundos más. Si esperaba que me retractase, iba lista.
Al final soltó un bufido.
—Eres imbécil.
—Probablemente.
—Y un capullo .
—También.
Esther negó con la cabeza, agarró su camiseta y caminó hacia la puerta clavando los talones. Antes de salir se volvió un instante.
—¿Cómo vas de venéreas? —Señaló hacia mis pantalones y sonrió por última vez—. Curioso cuántas cosas se le pueden ocurrir a una tía cabreada, ¿eh?
Y, tras esa amenaza, la puerta se cerró de un golpe.
Me quedé allí de pie, en mitad de la habitación y con el pantalón a medio desabrochar. No era necesario confirmar que aquello había salido mucho peor de lo que había imaginado cuando acepté su chantaje.
Hasta eso me había jodido Cintia. Era la segunda vez que se cargaba la posibilidad de follar con una tía, por muy detestable que esta fuese.
«A este paso pido la baja».
—Peni, eres insoportable.
Me pasé la mano por la cara.
Sí, estaba bien jodido. Y empezaba a sospechar por qué.