Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 12 – Beso, verdad o charlita
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12 – Beso, verdad o charlita

Verdades incómodas: los besos memorables tienen la desagradable costumbre de recordarte los que no lo fueron.

CINTIA

Mi linterna iluminaba un círculo irregular en el suelo. La de Guillermo iba de un lado a otro como si estuviera buscando vida extraterrestre en el pinar.

—Te juro que, si me haces subir otro terraplén, abandono y me hago ermitaña.

—Los ermitaños también viven en la montaña.

—Oh, cállate.

—Solo intento que tomes decisiones informadas.

Resoplé para quitarme un mechón de la frente y continué caminando tras él. Si al menos supiera qué se suponía que estábamos haciendo …

Era nuestra primera guardia juntos y, en teoría, el procedimiento era sencillo: ronda por el perímetro, comprobar que todo estaba en calma, vigilar que nadie se escapara de las cabañas y evitar que algún adolescente tuviera la brillante idea de organizar una fiesta clandestina.

Solo que en la práctica estaba caminando por la montaña a oscuras, con un hombre que parecía incapaz de tomarse nada demasiado en serio.

Excepto el momento de conversación de antes, que había sido un pequeño espejismo en medio de un vasto desierto y que había decidido almacenar en una esquina de mi mente por mi bienestar emocional.

Avanzamos por el sendero que esa misma mañana habíamos recorrido con los niños. La noche ya estaba instalada del todo y el pinar estaba en ese punto extraño en el que todo parece más grande, más oscuro y más sospechoso que durante el día.

—Guillermo.

—Shhh.

—Guillermo —lo llamé más alto.

—Eres tan sigilosa como una foca con asma —murmuró y se giró. Le apunté directamente a la cara y se la tapó con el antebrazo—. Cabrona.

—¿A dónde vamos? Y no me vuelvas a soltar que ya lo veré. Quiero saberlo. Ahora.

—Apuesto a que eres de las que indagan hasta saber quién es su amigo invisible —masculló. Negué con la cabeza, aunque una sonrisa traicionera amenazó con escaparse—. Está bien, no me levantes más la ceja, que se te va a salir por la frente. Estamos buscando algo.

—No me digas. Yo pensaba que te iba el senderismo a cie …

Me puso una mano en la boca y la sorpresa por su contacto me dejó muda en el acto.

—Calla —susurró—. ¿Has oído eso?

Agucé el oído y por un momento me sentí como Bianca temiendo a los osos.

Al principio solo percibí el viento entre las hojas y los mismos ruidos que llevábamos escuchando un rato, pero luego me llegó un susurro. Y una risa ahogada.

—Dime que no son…

—Son —confirmó Guille con una sonrisa—. Los hemos encontrado.

Apagamos las linternas y seguimos el sonido hasta un pequeño claro, apenas visible desde el campamento. A través de la escasa iluminación fui capaz de apreciar dos figuras

—¿Quiénes son? —susurré.

—Marcos y Carlota.

Tardé unos segundos en ubicarlos.

Las dos siluetas estaban sentadas muy juntas sobre una roca. La luna apenas alcanzaba a colarse entre las copas de los pinos, pero la postura de ambos era lo bastante elocuente incluso en esa penumbra.

Estaban demasiado juntos.

Carlota tenía los pies colgando y balanceaba uno distraída mientras Marcos, inclinado hacia ella, la observaba con una atención excesiva para un chico que esa misma mañana había intentado colar una rana en la mochila de un compañero.

Ella dijo algo que no llegué a oír.

Él soltó una risita nerviosa.

—Genial —murmuré—. Primera guardia y ya tenemos problemas.

—Relájate —me pidió Guillermo muy bajo .

Hasta que nuestros hombros no se rozaron no fui consciente de lo cerca que estábamos el uno del otro. Me moví los pocos centímetros que nuestro escondite tras un arbusto nos permitía.

—No puedo relajarme si ellos están ahí, a oscuras.

—Es de noche.

Le lancé una mirada afilada, y él no se cortó en sonreír.

—Guillermo…

—Cintia…

—Las normas del campamento dicen claramente que a partir de las once de la noche todos los niños deben permanecer en sus cabañas —le recordé sin levantar la voz.

—Las normas también dicen que no se puede correr por el comedor y hoy he visto a media docena de críos haciendo carreras con yogures.

—Eso no es lo mismo. —Los señalé.

—No, claro. Esto es más interesante.

—Son niños.

—Adolescentes. —Volví a mirar al claro. Carlota estaba hablando, y Marcos la miraba como si estuviera escuchando algo fascinante, aunque lo más seguro es que se tratase de cualquier chorrada—. He hablado con él un par de veces.

—¿Con Marcos?

—Sí. Está loco por ella.

Resoplé.

—Tiene catorce años. A esa edad os gustan hasta las farolas.

—Eso es un topicazo —se defendió—. Algunos preferimos los postes de alta tensión.

Giré el cuello para que no me viese aguantar la sonrisa.

Me fijé en que Carlota estaba dibujando algo en aquel momento con el dedo sobre la roca. Marcos observaba el movimiento y se acercaba poco a poco a ella, hasta que Carlota levantó la cabeza, él le dijo algo y luego, sin dilatar más el momento, la chica se lanzó.

Fue un pico corto y torpe, pero suficiente para dejar a Marcos convertido en piedra y a mí con una incomodidad difícil de ignorar.

—Tenemos que intervenir —susurré, aunque por alguna razón sentí que se lo había gritado.

—Todavía no.

Me giré hacia Guille con las cejas tan juntas que eran una sola.

—¿Cómo que «todavía no»? ¿A qué quieres esperar, a que saquen las lenguas a pasear?

Guille inclinó la cabeza hacia el claro.

—A esto.

Ambos estaban abrazándose. Carlota había entrelazado los dedos con los de Marcos y simplemente se miraron antes de volver a cuchichear.

—¿No vamos a decirles nada?

—No.

—Pero…

—Tenemos que fomentar la convivencia.

—No manipules las normas.

Me puse en pie, dispuesta a salir del escondite, pero una mano me sujetó la muñeca.

—Solo están cogidos de la mano, Cintia.

—Bajo nuestra supervisión.

—Exacto. Por eso mismo sabemos que no va a pasar de ahí, porque somos dos adultos responsables y no vamos a permitirlo.

Su pulgar me rozó sin querer la parte interior de la muñeca. El gesto fue mínimo, aunque no la aparté de inmediato y el pulso se me aceleró como si acabase de correr una maratón por la montaña.

Levanté la mirada y supe que él también se había dado cuenta. Me solté enseguida.

—Ya ha pasado de ahí. Se han comido la boca —le recordé.

Él sonrió con socarronería.

—¿A eso le llamas comerse la boca? Solo era un besito experimental.

—Por algo se empieza.

Alzó ambas manos y las dejó caer con cansancio.

—Está bien. Si te quedas más tranquila, iremos a darles una charla educativa que ninguno de los dos quiere dar ni ellos escuchar.

Parpadeé alucinada.

—¿En serio?

—Es lo que quieres, ¿no? —Me guiñó un ojo—. Suerte que soy un genio en biología reproductiva.

Le lancé una mirada fulminante.

—Lo que eres es imposible.

—Pero respeto a las farolas. —Me tendió la mano y no oculté la sonrisa—. Vamos, es hora de rescatar a Romeo y Julieta antes de que se emocionen demasiado.

Respiré hondo, asentí y acepté su ayuda.

—Gracias.

Y mientras dábamos el primer paso hacia el claro, con el sonido de las risas nerviosas de los dos adolescentes todavía flotando en el aire, no pude evitar pensar algo que me resultó profundamente irritante:

Tal vez Guillermo no era solo el payaso irresponsable que yo había decidido que era.

Tal vez había algo más .

Durante un instante volvió a mi cabeza nuestra conversación sobre monstruos y cosas que uno descubre demasiado tarde.

Estaba convencida de que Guillermo era justo el tipo de enigma en el que una persona sensata evitaba ahondar.