Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 11 – Míster Flufi
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11 – Míster Flufi

Consejo de mierda que nadie pidió: si alguien menciona la palabra «vómito», corre.

GUILL E

Eché a correr detrás de Esther y casi resbalé al bajar los escalones del porche de dos en dos.

—¡Eh, espera! —No se molestó ni en mirar atrás—. ¡Esther!

Por suerte, se detuvo unos metros más adelante, se giró con cara de damisela inocente y se puso las manos en la cintura.

—¿Sí?

Llegué hasta ella e inspiré hondo. Tenía que aparentar tranquilidad, porque como oliera que estaba a punto de entrar en pánico me tendría cogido por los huevos.

—Quería hablar contigo sobre la… logística.

Alzó una ceja a la vez que inclinaba la cabeza. Mala señal .

Traté de concentrarme en el olor que aún salía de la hoguera para no pensar en el que seguro que estaba inundando la cabaña uno.

Joder, qué puto asco.

—Explícate.

—Tú tienes mano con los más pequeños.

—¿Sí?

Asentí con fervor y, con disimulo, me pasé una mano por la cara para comprobar que no me había crecido la nariz un par de palmos.

—Podrías encargarte tú de la situación de la cabaña uno y…

—No.

—Ni siquiera he terminado la frase.

—No.

—Me haré cargo de tus actividades de mañana por la tarde.

—No.

«Maldita sea».

—Tengo chocolate escondido en la mochila.

—Sigue siendo no.

—Y vodka.

—Mentira.

—Vale, pero puedo conseguirlo.

Esther soltó una risa breve y me observó con los ojos entrecerrados. Me fue imposible saber si estaba a punto de salir ganando o de que me tendiera una pala para que cavase mi propia tumba.

—¿Qué te pasa con el vómito?

—Nada.

—¿Y por qué te acabas de poner pálido al mencionarlo? —preguntó con malicia—: Vómito. Vómito. Vómito… ¿Ves?

Hija de puta .

—Es la luz de la luna, que no le favorece nada a mi piel aceitunada.

—Guille…

—Es una luz muy fría.

—No me digas que te da asco.

¿Asco?

Una fila de sensaciones horribles intentaron colárseme en la cabeza: texturas, olores y el recuerdo de un bebé que truncó mi relación con el alcohol para siempre.

No. Ni hablar.

Cerré esa puerta mental de golpe y decidí sacar la artillería pesada. Me acerqué un poco más a ella y cambié a un registro que dominaba a la perfección.

—A ver… —Bajé la voz y le dediqué mi mejor sonrisa quemabragas. Las pupilas le hicieron chiribitas—. Tú y yo tenemos una relación de confianza, ¿no?

—Ah, ¿sí?

—Sí —mentí sin pestañear—. De hecho, diría que hay cierta… complicidad entre nosotros.

—No me digas.

—Claro. —Me pasé la mano por el pelo y fingí un mohín lastimero—. Y, como sabes, hoy estoy de guardia con Cintia.

Por cómo frunció los labios deduje que no le hizo gracia escuchar el nombre de nuestra compañera.

—¿Y?

—Que, con lo que me odia, igual me hace limpiarlo con la lengua. Y, la verdad, me he puesto cerdo en la cena y no me entra nada más.

Me arrepentí de mis propias palabras cuando me sobrevino una arcada que contuve por los pelos. Se me encogieron hasta las amígdalas cuando Esther rompió a reír, pero permanecí estoico .

—Guille, Guille… ¿Qué voy a hacer contigo?

Estaba seguro de que ya tenía unas cuantas ideas y también de que era de las que disfrutaba del sufrimiento y la agonía ajena.

—Te deberé una —le prometí.

Ya encontraría la forma de improvisar y escaquearme. A fin de cuentas, estaba ante la reina de ese arte, ¿no?

Esther se mordió el labio inferior mientras me estudiaba y calculaba cuánto podría sacarme.

—Tres. Y de las gordas.

—Dos —regateé—. Y no me quejaré.

—¿Aunque te pida algo ridículo?

—Lo haré.

—¿Sea lo que sea? —Se le ensanchó la sonrisa.

—Siempre que no acabe con mi familia llorando en el tanatorio mientras me echo una siesta eterna en una caja de pino, lo haré.

Esther me revolvió el flequillo y terminó con un toque en la punta de mi nariz antes de decir:

—Está bien.

—Eres un ángel.

Asintió satisfecha y se alejó con su habitual contoneo de caderas.

Sentí un alivio tan profundo que tuve que obligarme a respirar con normalidad. Acababa de esquivar una bala y aún no me lo creía del todo.

Me giré y casi me dio un puto infarto.

Cintia estaba a unos metros de mí, de pie, con los brazos cruzados y observándome. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Por su cara, diría que lo suficiente.

—Eh —dije despreocupado. Ella no respondió. Se limitó a mirarme con esa expresión irónica con tintes homicidas, y tuve un déjà vu de aquella maravillosa vez en la puerta de su madre—. Problema resuelto —añadí.

—Ya lo he visto.

—Ah.

—Vamos.

—¿A dónde? —Cintia negó con evidente exasperación y echó a andar en dirección contraria—. ¡Oye, que era broma!

La alcancé y seguimos caminando hacia el final del campamento para empezar la ronda.

La zona estaba casi en silencio. Algunas luces seguían encendidas en las cabañas mientras los monitores terminaban de acostar a los niños, y el murmullo lejano de voces se mezclaba con el crujido de la grava bajo nuestras botas.

Ninguno dijo nada en el primer minuto. Ni en los siguientes seis. En el minuto diez el silencio se había vuelto incómodo de cojones.

—No se me perdió ninguno —rompí el hielo.

La pequeña nariz de Cintia se frunció, y me quedé mirándola un segundo de más. Era increíble que algo tan bonito pudiera venir con tanta mala leche de serie.

—¿Qué?

—Los chavales —aclaré—. Están todos sanos y salvos. Bueno, algún raspón hay por ahí, pero nada grave.

—Estupendo —contestó sin humor.

El viento movió las ramas de los pinos más cercanos y un grupo de grillos empezó su concierto nocturno.

—¿Qué tal tú? —indagué.

—Maravillosamente bien.

—Pues lo disimulas de puta madre.

—Igual que lo que te odio, ¿no? —me echó en cara.

Mierda.

—Eso era una broma .

—Ya.

Aceleró el paso y tuve que alargar las zancadas para alcanzarla.

—Oye…

—Tranquilo —escupió con voz afilada—. No te voy a mandar a limpiar nada con la lengua.

—Lo sé, y tampoco creo que me odies —añadí mientras apretaba el paso. Cómo corría la jodida—. Solo intentaba escaquearme; formaba parte del plan.

Cintia frenó en seco y se giró. Si no hubiera estado atento habríamos acabado pegados a la pared externa del comedor como dos calcomanías.

—¿Qué plan?, ¿el de «vamos a tocarle las narices a la nueva»?

—No, joder. —Se cruzó de brazos y se quedó mirándome sin pestañear, a la espera de mi explicación. Bufé—. El vó… vómito me da pánico, ¿vale?

Por su cara pasaron varias emociones en muy poco tiempo: primero desconfianza, luego sorpresa y, por último, una curiosidad que no se molestó en disimular.

—¿Eres emetofóbico?

—¿Es un insulto? —Con un resoplido se dio media vuelta y comenzó a andar—. Cintia…

—Déjame en paz, Guillermo.

—Es por mi sobrina Beca —solté y mis palabras sirvieron para que se detuviera. Me miró con recelo—. Cuando era bebé la tenía cogida en brazos, haciéndole el avión y… ya sabes.

No tardó en sumar dos más dos.

—Dime que tenías la boca cerrada.

—Me encantaría responderte que sí, pero solo miento cuando es de vida o muerte.

—Dios. Eso es asqueroso .

¿La muy sádica estaba conteniendo la risa?

—¿En serio? —ironicé—. ¿Por qué crees que tengo un puto trauma?

—No me extraña —admitió, y vi cómo los hombros le subían y bajaban al tomar una gran bocanada de aire—. Si te sirve de consuelo, mi día ha sido una mierda.

—Necesitaré más datos si quieres competir con mi gran tragedia personal.

Soltó una pequeña exhalación por la nariz y se sentó en los escalones del comedor.

—Digamos que hoy he confirmado cosas.

—¿Qué cosas? —Me senté a su lado y me lanzó una mirada furtiva.

—¿Sabías que hay gente que considera que quejarse y mandar es trabajar en equipo?

—Te ha tocado con Esther —adiviné.

—Bingo.

—Qué suerte.

—Mucho. Es encantadora.

—Cierto.

—Se desvive por su trabajo.

—Una gran e irrefutable verdad.

—Y habla de una manera tan pasivo-agresiva que me transmite una paz…

Me reí con ganas.

—¿Siempre eres tan sarcástica?

Sopesó la pregunta.

—Sí. Aunque contigo se me acentúa.

—Qué bien.

Cintia tardó unos segundos en volver a hablar.

—No encajo.

—¿Dónde?, ¿en este extraño puzle que es la vida ?

—En el equipo.

Su tono fue mucho más bajo y cansado, y a mí se me quitaron las ganas de hacer el idiota de golpe.

Me fijé en cómo se pasaba una mano por la cara y el gesto me pilló tan desprevenido que me dieron ganas de abrazarla.

—¿Te arrepientes de haber venido? —le pregunté con suavidad.

—No. Sé separar el trabajo de todo lo demás. Solo es un poco desalentador darte cuenta de que no eres bien recibida.

—Eso no es verdad.

—Lo es.

—No, en serio —insistí.

Ella se volvió y me miró de frente.

—Guillermo, no hace falta que te hagas el loco. No le caigo bien a casi nadie.

—¿Qué?

—Y Esther me odia.

—Esther es así con todo el mundo.

—Te recuerdo que ha accedido a limpiar por ti un vóm…

—No digas esa palabra, por lo que más quieras —la interrumpí.

Puse tal cara de asco que no se pudo contener.

Una carcajada limpia y pura le salió de los labios e inundó la copa de los árboles. Durante un segundo se olvidó de fruncir el ceño, de tensar los hombros y de mirarme como si estuviera evaluando si enterrarme en el bosque o dejarme vivir un día más.

Solo estaba riéndose.

Y, joder, no me había preparado para descubrir que, cuando Cintia reía de verdad, se le iluminaba toda la cara y los ojos le brillaban como dos luciérnagas hasta arriba de bioluminiscencia .

«Qué poético», se burló Peni.

Sacudí la cabeza y solté lo primero que se me vino a la mente.

—De pequeño tenía un amigo invisible que se llamaba Míster Flufi.

«¿En serio? ¿Qué cojones te pasa?».

—Qué tierno.

Ignoré a Peni y también la mirada alucinada de Cintia.

Las piernas se me movieron solas cuando me levanté y retomé el paso. Cintia me siguió. La miré de reojo; la tensión habitual entre nosotros seguía ahí, pero había también algo más suave y cómodo.

Y creo que por eso hablé de nuevo.

—Era un monstruo y vivía en mi habitación —continué, muy a mi pesar. El por qué no me callaba seguía siendo un misterio—. Soy el penúltimo de ocho hermanos, y Flufi era el único que me hacía sentir que no estaba en el sitio equivocado.

Contra todo pronóstico, no se burló.

—Eso es…

—Patético —terminé por ella—. Lo sé.

—No. Es bastante triste, pero no es patético —me contradijo. Caminamos un par de metros antes de que volviera a hablar—. ¿Sabes qué es lo peor?

—¿Que te poten dos niños en vez de uno?

Rio de nuevo y alzó la vista hasta conectar con mis ojos.

—Que tú lo sentiste de niño y le pusiste remedio a tu manera, y yo he necesitado unos cuantos años para darme cuenta.

Me encogí de hombros y miré hacia los árboles.

—Pero lo has hecho, ¿no?

Se mantuvo en silencio. No quise que esa conversación terminara. Cuando regresé la vista a Cintia, me estaba observando de una forma rara. No sabría decir cómo, pero sentí que ella sabía algo que yo seguía sin pillar.

—Sí. —Asintió despacio—. Lo he hecho.