Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 10 – Los osos y el león
32%

10 – Los osos y el león

Verdades incómodas: no hace falta gritar para declarar una guerra.

CINTIA

Se apoyó en la mesa y me dirigió una sonrisa que, en lugar de parecer amable, me dio ganas de esconder los lápices, por si le daba por trincharme con ellos.

—Nos toca juntas —soltó con un suspiro.

«Yo también estoy eufórica, Esther».

—Eso parece.

—¿Qué es esto?

Levantó un par de papeles, sin haberme pedido permiso para hacerlo, y me di prisa por reunirlos todos frente a mí.

—He pensado en unas cuantas actividades para la caminata.

—No sabía que tú te encargabas de organizar esto.

Ese tú sonó a insulto .

Respiré despacio al ver que hojeaba una ficha como si fuera suya.

—Es una ruta corta, pero, como son los más pequeños, necesitamos mantenerlos entretenidos. Son actividades fáciles: búsqueda de objetos por colores, un juego para rastrear huellas, recolecta de materiales… Cosas sencillas, aunque efectivas.

—Bueno —respondió mientras se examinaba las uñas—. Ya veremos qué tal te funciona.

No me pasó desapercibida su sutil manera de dejar claro que no pensaba participar, aunque preferí no entrar al trapo. Me limité a guardar los papeles en la carpeta.

—Salimos en veinte minutos.

—Qué bien. —Se estiró y dejó escapar un suspiro exagerado—. Creo que me estoy contracturando.

Como si le hiciese falta poner excusas creíbles para escaquearse.

—Menudo problemón.

La observé de reojo mientras se daba la vuelta para salir de la sala.

—Ah —añadió desde la puerta—. Se me olvidaba: Sonia y yo trazamos un plan de emergencia.

Sonia…

—¿Cuál?

—Golosinas, para cuando se cansen.

—No creo que atiborrarlos de azúcar sea la mejor idea.

—Solo era por ayudar.

«Mentira», casi se me escapó de los labios. Por supuesto que no lo decía por ayudar, y ambas lo sabíamos.

Cuatro días de campamento y aquella guerra silenciosa seguía avanzando. Fantástico .

Cuando la puerta se cerró, solté el aire despacio. Una vez más, estaba sola. Y no solo porque la sala de monitores estuviese desierta.

No todos estaban en mi contra, eso era cierto.

Algunos simplemente observaban a la espera de ver cuánto duraba antes de rendirme.

Y ninguno de ellos me decía directamente que aquel no era mi sitio, aunque las miradas —sobre todo del sector femenino—, los silencios y los comentarios en apariencia inocentes funcionaban igual de bien.

Sin embargo, el campamento no se detenía por mis dramas internos, así que dos horas después me encontraba sentada en el suelo, con los niños en círculo, rodeados de todas las piñas, hojas y piedras que habían recolectado por el camino.

—¡Es un meteorito!

—No lo es —replicó una de las chicas—. Es solo un trozo de roca.

—Es un meteorito —insistió el chiquillo—. ¿No ves los agujeros?

—Los habrá hecho un águila con su pico. Verdad, ¿profe?

Estaba a punto de contestar cuando, desde la derecha, estalló un coro de chillidos, gruñidos y sonidos guturales que rebotaron entre los árboles.

—¡Todos sentados! —les ordenó Esther al ver que los nueve se levantaban alarmados—. Cintia, que es muy valiente, irá a ver qué ocurre, ¿verdad, profe?

Me dedicó una sonrisa tan envenenada que durante un momento pensé que igual se le había quedado la mandíbula bloqueada en esa posición.

También me entraron ganas de meterle un puñado de piñas en la boca, aunque en su lugar dije:

—Claro, profe . ¿Algo más? ¿Quieres que vuelva con un oso bajo el brazo ?

—¡¿Eso era un oso?! —preguntó Bianca

—Parecía un león —teorizó Jimena.

—No. Claro que no —las tranquilicé—. Si fuera algo así, ya lo sabríamos.

—¿Por qué?

—Porque Esther habría salido corriendo antes que vosotros. —La aludida soltó una risa seca que me amplió la sonrisa—. Ahora vuelvo, no tardo.

Me adentré entre los árboles, apartando ramas y pisando agujas secas que crujían bajo mis botas. Los gritos se oían cada vez más claros y durante un segundo pensé que algunos chicos se habían metido en problemas.

La teoría empezó a tambalearse cuando escuché las risas y terminó de venirse abajo al reconocer una voz.

Allí estaban, en mitad del pinar, un grupo de adolescentes discutiendo alrededor de un mapa.

En el centro del caos, ¿cómo no?, estaba él.

Guillermo sostenía una brújula en alto mientras tres adolescentes intentaban arrebatársela. Un par más se dedicaba a asustar a sus compañeras con sonidos y chillidos guturales.

—¡Intrusa! —gritó uno de los chicos al verme.

Todos se giraron, incluido Guillermo. Sus ojos se encontraron con los míos y la comisura derecha se le elevó unos centímetros.

Los chavales perdieron el interés cuando su monitor les dio la brújula y se acercó a mi posición.

—Hola.

—¿Qué hacen? —pregunté, alucinada.

Él se giró un momento para observar a los chicos y su sonrisa se amplió.

—Ejercicios de orientación —aclaró—. Cada uno tiene un punto al que ir y tienen que buscarse la vida para llegar .

—Puede ser peligroso.

—También puede ser divertido —me corrigió—. Además, les he dicho que, si no vuelven en quince minutos, sus espectáculos de anoche en el concurso de baile verán la luz.

—Guillermo, eso sería abu…

—Tranquila. —Se volvió hacia mí y bajó la voz—. Es un farol.

Sentí el susurro demasiado cerca de la boca y, durante un segundo, mis ojos se detuvieron en sus labios antes de que el cerebro me volviera a reaccionar.

«Arriba», me obligué a subir la mirada.

Fue peor.

No se había apartado y no parecía tener ninguna prisa por hacerlo. Estaba ahí, demasiado cerca, demasiado atento. Como si esperara algo.

Yo, en cambio, me quedé atrapada en algo tan ridículo como su flequillo. El viento le sacudió los rizos, que le sobresalían por el hueco de la gorra del revés, y el movimiento me pareció… ¿hipnótico?

Sacudí la cabeza.

¿Desde cuándo me fijaba en cosas como esa? Estaba claro que necesitaba dormir más.

—¡Aquí! —lo llamó uno de los niños—. ¡Lo he encontrado!

Él levantó una mano y gritó «voy», aunque no se movió de mi lado.

—Me marcho —anuncié.

—Vale. No faltes a nuestra cita de después.

Definir como cita nuestra primera guardia juntos me pareció una idea pésima.

Y, por algún motivo, me tensó el estómago.

—No es ninguna cita.

—Quizá llegue tarde .

—No vas a llegar tarde.

—Ah, ¿no?

Le di la espalda.

—A menos que quieras que tu espectáculo de anoche vea la luz, claro —añadí por encima del hombro.

Él soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Qué carácter.

—Trabaja un rato, anda.

Sonreía sin razón alguna cuando volví con el grupo.

—¿Era un oso? —preguntó Bianca en cuanto me vio.

—Peor. Adolescentes sueltos por el pinar y un monitor que confía demasiado en su instinto de supervivencia.

Algunos se rieron, otros fruncieron el ceño sin entender del todo, y Alberto levantó su piedra-meteorito, convencido de que aquello seguía siendo el hallazgo arqueológico del siglo.

Terminamos la actividad poco después y emprendimos el camino de vuelta al campamento. Para cuando llegamos, el sol ya empezaba a caer detrás de las cabañas.

A partir de ahí todo fue la rutina habitual: duchas caóticas, discusiones sobre quién había gastado el gel y una cena en la que tuve que repetir tres veces que el puré no era de verduras —pese a que sí lo era—.

Luego llegó la hora de la hoguera y los intentos fallidos de asar nubes sin convertirlas en carbón.

Por suerte, el cansancio jugó a nuestro favor y a las once el campamento estaba en silencio.

Uri se giró con las manos vacías.

—Nada.

Bufé.

—¿Dónde están las dichosas linternas?

—En la cabaña cinco —dijo una voz detrás de nosotros .

Nos giramos y vimos a Guillermo apoyado en el marco de la puerta, con el par de linternas en la mano. De repente, el cuartillo del material me pareció mucho más reducido.

—¿Qué hacían allí? —le pregunté.

—Anoche se usaron para jugar a fantasmas.

—¿Cómo?

—Es fácil: pones la linterna debajo de las sábanas y luego…

—No me refería a eso.

Él se encogió de hombros, me tendió una y añadió:

—Llegas tarde.

—Lo sé. —Le arrebaté la linterna de un tirón.

—¿Preparada para la diversión?

—Suerte con los tejones psicópatas —nos deseó Uri.

—¡¿Qué?!

Guillermo me pasó un brazo por los hombros.

—Tranquila, solo atacan si llevas comida.

Su antebrazo se acomodó sobre mí con una naturalidad insultante, como si aquello fuese lo más normal del mundo. A mi cerebro debió de parecerle agradable, porque obligó a mi cuerpo a quedarse muy quieto.

—Paco se encontró a uno robándole su barrita energética —comentó Uri.

—Y por poco perdió dos dedos —añadió Guillermo y se inclinó hacia mí—. ¿Llevas algo peligroso en los pantalones, pelirroja?

En ese preciso instante apareció Esther.

Nos observó un segundo demasiado largo, con la vista fija en el brazo de Guillermo sobre mis hombros, y yo —gracias a Dios— recuperé la habilidad motora y me zafé de su agarre.

—Os tocaba hoy guardia juntos, ¿no? —continuó sin esperar respuesta—. Siento chafaros la diversión, pero en la cabaña uno han vomitado y está todo perdido .

—Joder —murmuró Guillermo.

—Que os vaya bien la noche… —canturreó mientras se daba la vuelta y sonreía como quien enciende una cerilla frente a un bosque seco.

Cerré los ojos un instante.

La guerra prometía ser muy muy larga.