Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 9 – Tensar la cuerda #2
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9 – Tensar la cuerda #2

Cintia no mostró ni un poquito de ilusión al mirarlo, los observó valorando todo lo que podía salir mal. Después, dejó su carpeta en la mesa y empezó a desplegar hojas y a hacer anotaciones.

Decidí distraerme sacándola de sus casillas un poquito más.

—Reconócelo, te has pasado la hora y media de descanso abrillantando esto.

Me incliné sobre la mesa para cotillear sus apuntes, y ella me apartó la mano de un manotazo.

—Hay que revisar los arneses —me ordenó sin mirarme.

Me agaché y cogí uno, obediente. Ajusté las cintas y comprobé las hebillas de manera mecánica. Notaba su atención clavada en lo que hacía, aunque fingiera lo contrario.

—Tengo una duda.

—¿Qué quieres ahora, Guillermo?

—Dime la verdad, ¿te han mandado de incógnito para desmantelar una red ilegal que trafica con raciones dobles de postre?

El rotulador que agarraba se detuvo un segundo en el aire .

—¿Qué? —respondió rápido—. No digas tonterías, por favor.

Demasiado rápido.

—Era broma.

—Pues no tiene gracia.

Noté un pequeño cambio en su tono y quise indagar un poco más.

—Eh, mírame.

Alzó la vista y fijó sus ojos en los míos. Nos mantuvimos en silencio, analizándonos, midiéndonos.

—¿Os toco el violín, parejita? —preguntó Paco, que pasó a nuestro lado.

Agarró un manojo de cuerdas y puso una cara que me dejó claro que quería quedarse fuera de nuestras movidas.

—¿Te unes? —le pregunté.

—Creí que necesitarías ayuda.

Me hizo un gesto con la cabeza hacia Cintia, que había vuelto a escribir y fingía no escucharnos.

—Gracias, tío.

—Por favor —comentó ella—. ¿Podemos concentrarnos en el trabajo?

—Telita… —murmuró Paco, aunque todos lo oímos.

Me aguanté la risa y, un momento después, los chavales aparecieron en tropel.

Cuando estuvimos todos, me planté delante de ellos y apoyé las manos en las caderas. Les expliqué lo básico para comenzar, y Paco y yo comenzamos a colocar arneses mientras Cintia les tendía los cascos.

—¿De verdad te sabes todos sus nombres? —le pregunté sin poder evitarlo cuando la escuché saludar a la última chica.

—Sí.

—¡Qué nivel !

—Es algo básico.

No supe si me estaba insultando o justificándose, así que opté por encogerme de hombros.

Elegí a Lara para empezar, porque era la que tenía más cara de querer huir por el sendero.

—Tranquila. Tienes muchas más probabilidades de sobrevivir que ellos.

—Ah, ¿sí? —murmuró temblorosa.

—Sí. —Cerré el mosquetón en su arnés—. A ti te aseguraré yo, y al resto, los demás compañeros.

—Ehm… Bueno… Vale.

—Vamos allá. —Le guiñé un ojo.

Lara siguió mis recomendaciones y fue subiendo, despacio, pero sin detenerse. Cuando tocó arriba, se le formó una sonrisa radiante, y todos aplaudieron, incluida Cintia, que la felicitó cuando bajó y pasó por su lado.

Continuaron uno tras otro, hasta que le tocó el turno a Marcos —mi amigo del brócoli y las chicas maduras—. Me incliné hacia él mientras comprobaba el mosquetón.

—¿Quién es?

—Camiseta amarilla.

Localizada.

Sentí la mirada de Cintia clavada en nosotros mientras Marcos agarraba la cuerda de Carlota. El chiquillo lo hizo bien, a pesar de que le temblaba hasta el flequillo.

Sin embargo, cuando su amada llegó arriba y le dijo «no me sueltes, Marcos», a él se le calcinó la neurona y aflojó el agarre.

Estiré la mano y lo corregí antes de que nadie se diera cuenta .

—Punto extra para Marcos por hacerlo perfecto —anuncié.

Mi pupilo se hinchó orgulloso, aunque una voz lo pinchó como si fuera un globo.

—Aquí no hay puntos extra.

Cintia no levantó la voz, tampoco hizo falta: el silencio fue inmediato.

Los chavales se quedaron mirando. No a ella, sino a mí. Estaba claro que esperaban mi reacción con atención. Me obligué a inspirar hondo y a decir con voz despreocupada:

—Era una forma de hablar.

No contestó, y yo preferí no tensar la cuerda que nos unía el resto de la actividad.

Uno de los chicos apareció a nuestro lado mientras recogíamos el material.

—Oye… ¿Puedo subir sin arnés?

—No —respondimos al unísono.

Nuestros ojos conectaron, y le regalé una sonrisita de suficiencia.

—¿Ves, Sargento? En el fondo no somos tan distintos.

—No me llames así.

—Era una…

—… forma de hablar —me interrumpió—. Ya.

Touché .

Nos evitamos durante las duchas y también en la cena. Cuando vi que se marchaba a su cabaña, la seguí.

—Cintia, espera.

Se quedó rígida, de espaldas a mí, farfulló algo que no pude entender y, finalmente, giró la cabeza.

—¿Qué quieres?

—Relájate un poco, vengo en son de paz.

—¿Disculpa ?

—Qué detalle. Disculpas aceptadas.

—No te he pedido perdón. —Su tono fue tan inofensivo como un cuchillo bien afilado.

—¿No?

—¿Qué quieres, Guillermo? —suspiró.

Me metí las manos en los bolsillos para no cruzarme de brazos como un crío al que le acaban de quitar el balón.

—Cintia, sé que empezamos con mal pie, pero…

—No me lo recuerdes —rogó con cara de asco, y yo me mordí los labios para no echarme a reír.

—¿Crees que podemos llevarnos bien?

—¿Puedes dejar de provocarme todo el rato? —preguntó a su vez.

«¿Puede una cabra ver una roca y no subirse?», fue el turno de Peni.

—Eh… Puedo intentarlo.

Ella me observó y me dio la impresión de que trataba de decidir si me tomaba en serio o no.

—Vale. Pero no me llames Sargento.

Podría haberle pedido que no me llamase Guillermo. En lugar de eso le dije:

—Trato hecho.

Asentí y, cuando ella hizo lo mismo, me di media vuelta para ir a la cabaña común con los demás monitores. No supe si aquello era una tregua o el inicio de una guerra silenciosa, pero —contra todo pronóstico— me picó la curiosidad por descubrirlo.

Miré atrás justo cuando Cintia iba a cerrar la puerta y me sorprendió ver que ella también se giró.

No lo pude evitar: me llevé una mano a la frente y exageré un saludo militar.

Ella entrecerró los ojos, tensó los labios y —oh, sorpresa— estuvo a punto de sonreír.

A punto.