9 – Tensar la cuerda
Consejo de mierda que nadie pidió: no presumas de equilibrio delante de quien puede hacerte la zancadilla.
GUILLE
Salí disparado cuando el pinar estaba en su máximo esplendor de gritos, risas y pisotones sobre tierra seca.
—Equipo azul, ¡si os perdéis, seguid el olor a victoria! —grité.
Media docena de críos echaron a correr detrás de mí con una determinación que, bien canalizada, podría servir para levantar imperios o para liarla parda en un Mercadona un sábado por la mañana.
Escuché a Paula quejarse de que la actividad se nos estaba yendo de las manos, aunque ya era demasiado tarde .
Me subí a una roca, levanté el mapa como si fuera una bandera y observé la algarabía a mi alrededor: preadolescentes gritándose en direcciones opuestas con el polvo pegado en las zapatillas y un sol que nos caía encima con mala leche.
—¡Tú! —gritó una voz aguda que reconocí de inmediato—. ¡Eres un tramposo!
Me bajé de mi torre de control y me acerqué a ella en dos zancadas. Tenía la barbilla alzada, los brazos cruzados y los labios fruncidos; señalaba a un chaval del equipo azul que le sacaba dos cabezas —y seguramente un par de años— y que podría haberla hecho papilla con un soplido.
Efectivamente, mi sobrina Olivia tenía más carácter que masa corporal.
—Eh. —Aparté un mechón rebelde que se le había pegado a la cara por el sudor—. ¿Qué pasa?
—¡Ha hecho trampas! —acusó, señalando al niño—. Se ha saltado el árbol torcido. Se merece que lo descalifiquen.
Ahí fue cuando supe que el drama iba a explotar en mi cara en tres…, dos…, uno…
Los del equipo azul empezaron a hablar todos a la vez, defendiendo al chico, mi sobrina no se achantó, y Paco me miró desde lejos con expresión entretenida.
Cabrón. ¿No pensaba echarme una mano?
Me incorporé, pasé un brazo por encima del hombro de la pequeña fierecilla y les pedí silencio.
—A ver, hagamos una cosa. —Centré la atención en el enemigo de mi sobrina—. ¿Te has saltado el árbol torcido?
El chaval dudó medio segundo, lo suficiente para que todos supiéramos la respuesta antes de que abriera la boca.
—Es que… íbamos perdiendo.
—Ajá. —Asentí y me rasqué la barbilla fingiendo pensar—. Un caso de desesperación competitiva, lo entiendo .
Olivia levantó la cabeza y me atravesó con la mirada.
—Tito… —masculló con la boca apretada y los ojos bien abiertos.
Le di un pequeño apretón en el hombro y levanté la otra mano.
—Vale, vamos a hacer lo siguiente. —Señalé al equipo azul—. Volvéis al árbol torcido, lo rodeáis con cariño y volvéis aquí echando leches. Y vosotros —añadí y miré a los rojos— os quedaréis congelados un minuto entero.
—¡¿Qué?! —protestaron los míos.
—Chicos… —Me giré y les guiñé un ojo—. Somos rápidos, así que podemos permitírnoslo.
Paco soltó una risa por lo bajo, los del equipo azul se reagruparon, y Olivia me miró de soslayo con una sonrisa muy peligrosa.
—Vas a hacer trampas.
—No, canija. Voy a equilibrar el universo. —Moví los labios para decirle «atenta» y comencé a contar en voz alta mientras los azules corrían de vuelta—. Uno. Dos. Tres… Cincuenta y nueve. Y sesenta. ¡Ya!
El murmullo volvió a convertirse en caos y me eché a reír.
—¡Remo!
Sebas me hizo un gesto desde la zona de control para avisarme de que nos quedaban diez minutos, y levanté el pulgar.
—¡Vamos! —grité—. ¡Que la pista tres no se encuentra sola en la piedra de mi derecha!
Esther apareció a mi lado con una expresión entretenida.
—Eres un tramposillo, Querubín —canturreó.
Me subí las mangas hasta los hombros y el aire me refrescó los brazos pegajosos del sudor .
—¿Yo? Qué va. —Utilicé el bajo de la camiseta para secarme la cara—. Joder, qué calor.
Ella no se molestó en disimular dónde tenía puesta la atención.
—Te manejas bien con los niños.
—Nos dan un cursillo especial a los de familia numerosa.
Se rio y apoyó el peso en una cadera.
—Ya veo.
Fruncí el ceño al caer en la cuenta.
—¿Te toca con nosotros ahora?
—No. Estoy dando una vuelta. —Se encogió de hombros.
Dando una vuelta, claro.
Hice un barrido rápido con la mirada y confirmé mis sospechas.
Cintia y Uri estaban frente a los grupos —incluido el de Esther—, y ella trataba de colocarlos en filas casi perfectas. El sol le encendía el pelo y, sin querer, me quedé mirándola un segundo de más.
Por supuesto, me pilló.
Amplié la sonrisa y moví los dedos en un saludo inocente. Cintia levantó una ceja, negó y se dio media vuelta.
—Bebe, que pareces un poco desorientado .
Esther me tendió la botella y me guiñó un ojo. Reí ante su descaro, aunque no le seguí el juego.
«¿Tienes fiebre?», preguntó Peni.
El silbato sonó, y los chavales pasaron corriendo entre nosotros.
—Bueno, luego nos vemos —se despidió Esther con un suspiro.
Se echó el pelo hacia atrás y se alejó hacia la zona de las mesas controlando cada paso .
La seguí un segundo con la mirada. Estaba muy buena, eso lo veía hasta un topo con gafas. Otra cosa era que me apeteciera convertir las próximas dos semanas en una telenovela por un par de piernas bonitas.
—¡Bien hecho, equipo! —Les choqué los puños a los rezagados.
Cuando todos se marcharon a los baños, me entretuve en recoger las pistas que no habían encontrado y me topé con Marcos, uno de los de mi grupo.
El muchacho estaba sentado en un montículo, con las rodillas recogidas y la mirada clavada en el suelo. De normal era un torbellino con patas, pero en ese momento parecía más mustio que las flores secas.
Me acerqué a él y me senté a su lado.
—¿Tú también echas de menos tu váter? —pregunté.
No me miró al principio.
—No.
—Perfecto. —Estiré las piernas y crucé los pies—. Me encantan las conversaciones que empiezan así. Siempre acaban siendo interesantes.
El crío suspiró.
—Es que… —susurró— me gusta una chica.
Ah. Entrábamos en materia interesante.
—Peor sería que te gustara el brócoli.
Me lanzó una mirada confundida, y yo me encogí de hombros.
—Es del grupo siete —aclaró.
Hice un sonido de entendimiento.
—Liga superior, ¿eh?
—Es… —titubeó buscando la palabra— madura y… guapa.
—Vale. ¿Y cuál es el problema ?
—¿Que es imposible? —preguntó a su vez.
Inspiré hondo y sopesé las opciones.
—No lo creo. Las maduras y guapas, aunque no lo parezcan, siguen siendo humanas. Solo tenemos que ayudarlas a que se den cuenta de que existimos.
—¿Y cómo se hace eso? —preguntó, poco convencido.
—Rompiéndoles los esquemas.
Marcos me miró por fin, con el ceño fruncido y un rastro de tierra bajo la nariz.
—¿Los apuntes del cole?
La carcajada me salió sola.
—No. Solo tienes que ser tú, hacerlas reír… —reconduje la metáfora—. Y, si no funciona, al menos lo habrás intentado.
—¿Tú te has fijado en algunas así?
—En alguna, sí.
Sonrió esperanzado.
—¿Y funcionó?
—Depende de a qué llamemos «funcionar».
Él se quedó callado un momento. Me dio la impresión de que se desinflaba un poco.
—¿Y si cree que soy un niño pequeño?
—Trata de demostrarle que, aunque en realidad tengas un año menos que ella, puedes estar a su altura —zanjé—. La edad es solo un número o eso dicen.
Marcos se levantó y se sacudió el pantalón.
—Creo que puedo intentarlo.
—Claro que sí. —Asentí satisfecho—. Y un consejo más: si vas a escribirle una notita, asegúrate de que no tengas faltas de ortografía. Eso quita puntos, te lo digo por experiencia.
Se echó a reír.
—He sacado notable en Lengua.
—Qué suerte la tuya .
Se despidió y echó a correr con el grupo.
Yo me quedé sentado un momento más, mirando mis zapatillas sucias y pensando en algo que no tenía nada que ver con Marcos.
Porque, mientras le daba consejos al chaval sobre chicas maduras y guapas, alguien se me había cruzado por la mente sin pedir permiso.
Una chica a la que el sol le convertía el pelo en un incendio, con pecas desperdigadas por la cara y una manera de mirarme que me descolocaba.
¿Qué cojones hacía Cintia en mi cabeza?
—Ya está, Guille —murmuré y me levanté de golpe—. No le des más vueltas, que te mareas.
El que movía los hilos ahí arriba había decidido ajustar cuentas conmigo, estaba claro. En casa ya me habían avisado: el karma siempre llega, solo que yo solía correr más rápido.
Hasta ese momento.
Resoplé y la miré, aunque Cintia no se dio por aludida.
—He repasado las fichas de cada niño y…
—¿Has escalado alguna vez? —la interrumpí.
—El monitor eres tú. Yo solo voy de apoyo.
Apoyo …
Yo mismo me lo había buscado. Le había insistido tantas veces a Fer para que me pusiera a Sonia de apoyo que terminó cediendo. Claro que, en aquel momento, no contaba con que Sonia no sería Sonia.
Hundí los hombros y me senté a su lado.
—A ver. ¿Qué son todos esos papeles?
Cintia me mostró una hoja llena de dibujitos y definiciones.
—Esta es la metodología y los materiales. Y esto —me explicó mientras sacaba otro folio— es un sistema de puntuación y clasificaciones que he…
Agarré sus apuntes y les di un par de vueltas. Aquello parecía un jeroglífico maya.
—Creo que será mejor decirles que, si ganan, tendrán ración doble de postre esta noche.
—No —respondió tajante y me arrebató el papel de la mano.
Me lanzó tal mirada que, si hubiese sido un puñetazo, me habría reventado el tabique.
Aun así, me callé. No me daba miedo discutir con ella —había llegado a discutir hasta con los carteles de «prohibido pisar el césped»—, pero era la primera actividad que haríamos juntos y no tenía ganas de iniciar una guerra.
—Puedo subir primero sin arnés para que se den cuenta de…
—No.
—¿Es tu palabra preferida de hoy?
Cintia me fulminó con la mirada, las fosas nasales de aquella nariz respingona se ensancharon, y yo noté que una risa me apretaba los labios para salir a escena.
—Guillermo, hay que respe …
—Puedes llamarme Guille. Guillermo solo me lo dice mi madre cuando se cabrea.
—Apuesto a que es a menudo.
—Y ganarías. —Curvé los labios.
Se levantó, se puso la carpeta bajo el brazo y evitó el contacto visual.
—Vamos, tenemos quince minutos antes de que lleguen los niños.
Por supuesto, la seguí hasta la zona de actividades.
El rocódromo estaba reluciente. Había presas de colores vivos, cuerdas nuevas, mosquetones a estrenar y un montón de cascos brillantes apilados por talla.