Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 8 – Bienvenida
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8 – Bienvenida

Verdades incómodas: no todos los idiotas son idiotas. Y eso complica mucho las cosas.

CINTIA

—¿Estás bien? —me preguntó Sebas desde su asiento al otro lado del pasillo.

—Sí —respondí con la sonrisa apretada.

Él asintió y no insistió, detalle que agradecí.

Sin embargo, cometí el error de desviar la vista al frente. Por la luna delantera pude ver a Guillermo haciendo el payaso.

Como para no verlo.

Estaba de pie, en el último asiento del autobús de delante, con las manos y la boca abierta pegadas al cristal. Supuse que fingía ser un pez por cómo se movía. Paco, otro de los monitores, lo sostenía por la cintura con la cara roja de la risa .

—Qué buen ejemplo —susurré y negué.

Unos segundos después, el supuesto pez se despegó de la superficie, donde quedó el rastro de vaho, e hizo una reverencia a su público en el momento en el que el autobús frenó.

Casi se estampó contra el respaldo de delante, lo que me curvó un poco más los labios.

Al ser consciente de mi reacción, carraspeé y giré el cuello hacia la izquierda, donde el asiento seguía vacío.

Se suponía que debía ir sentada con Esther, una de mis compañeras, para coordinar los turnos de llegada y las primeras dinámicas, ya que ambas éramos las monitoras a cargo de los grupos de menor edad.

Sin embargo, en cuanto subimos las escaleras, ella soltó que se iba a pasar por la zona trasera para vigilar desde allí y aún no había vuelto.

Tampoco es que la necesitase, ni mucho menos.

Por lo poco que llevábamos de campamento, prefería rodearme del murmullo infantil que del de los supuestos adultos. Y es que, cuando aparecí esa mañana en la zona de los aparcamientos con la mochila al hombro, las miradas y los cuchicheos de algunos de mis compañeros lo dijeron todo.

Noté ciertas miradas molestas sobre mí, supuse que por haber ocupado un lugar que no me correspondía.

No fui consciente de haber vuelto a mirar de reojo hacia el otro autobús hasta que fue demasiado tarde.

Guillermo se encontraba en ese momento de pie, en el pasillo, rodeado de niños que lo escuchaban con aparente atención mientras él movía las manos y contaba algo con un dramatismo del todo absurdo.

No supe si sentir vergüenza ajena o admiración por esa energía tan inagotable que emanaba. Lo que sí tuve claro fue que aquel tipo era lo contrario a mí .

Todo lo contrario.

Quizá por eso me causaba tanta curiosidad.

Inspiré hondo y enderecé la espalda al tiempo que me repetía mi mantra: había ido allí a trabajar. Iba a ser profesional, cumpliría mis horarios y me demostraría a mí misma que podía tomar decisiones —buenas decisiones— sola.

Todo ello mientras ignoraba a Guillermo y sus tonterías, claro.

Las voces infantiles subieron de volumen cuando el campamento apareció tras el último desvío.

El recinto se encontraba rodeado de pinos, las cabañas de madera estaban alineadas de forma simétrica y una zona amplia de tierra batida se abría en el centro, con bancos de madera formando un semicírculo alrededor de un conjunto de piedras ennegrecidas.

Sin bajarme del autobús, ya supe que el lugar olería a resina y a verano recién estrenado.

Los niños empezaron a levantarse antes de que el vehículo se detuviera.

—¡Todos sentados! —gritó Sebas—. Nadie se mueve hasta que los monitores os lo digamos.

Me sorprendió que obedecieran a la primera.

Cuando por fin se abrieron las puertas y les dimos permiso, el ruido explotó como si alguien hubiera descorchado una botella de champán infantil.

Los niños de ambos autobuses correteaban por todas partes, las mochilas volaban de un lado a otro, y nosotros, los monitores, comenzamos a ir de aquí para allá dando instrucciones cruzadas.

En un momento dado, Guillermo se subió a un tronco, con la gorra del revés, y levantó la vista justo cuando yo cometí el error de estar observándolo. Me sostuvo la mirada un segundo de más, me guiñó un ojo y después ahuecó las manos alrededor de la boca.

—¡Todos a los bancos! —gritó.

—Cintia —me llamó Esther, y me giré hacia ella—. ¿Te importa encargarte de mi grupo? Tengo una urgencia. Gracias.

No me dio la oportunidad de contestar antes de entregarme su carpeta y dar media vuelta.

—Claro —respondí a la nada.

—¡El último que se siente es un pepinillo radiactivo! —gritó Guillermo y, tras dar un salto bastante increíble desde el tronco, echó a correr.

«Pepinillo radiactivo». De verdad…

Por incomprensible que fuese, surtió efecto, pues un ejército de chiquillos salió disparado detrás de él entre risas y alaridos.

Lo seguí con la mirada. Corría hacia la zona de la hoguera con su mochila colgada del cuello y fingía ahogarse bajo el peso. Tropezaba, se tambaleaba y hacía lo imposible por llegar el último.

Negué para mí misma. Nadie se creería que era tan torpe como aparentaba.

Aparté la vista antes de que volviera a pillarme observándolo y desvié la atención a la carpeta de Esther. Las anotaciones eran un caos lleno de flechas, dibujitos y abreviaturas que solo ella entendía.

—¿Estudiando antes del examen? —preguntó Uri al pasar por mi lado.

Le sonreí. Él me miró un segundo con complicidad, pero enseguida alguien le pidió ayuda y el contacto visual se esfumo.

Inspiré hondo .

—Vale —murmuré para mí misma—. Vamos allá.

Levanté la cabeza y avancé hacia el círculo central, donde los bancos ya estaban ocupados a medias y el murmullo subía y bajaba como una ola descontrolada.

Sebas levantó la mano pidiendo silencio y los gritos fueron transformándose en expectación.

Nos colocamos en fila frente a ellos.

—Bueno —empezó Sebas—. Antes de que alguno se pierda por el bosque y se lo coma un oso, vamos a presentarnos.

Uno a uno fuimos diciendo nuestros nombres, Paco añadió una coletilla absurda al suyo que provocó aplausos, Uri saludó con dos dedos en la sien como si estuviera en una película de acción, y yo me limité a dar un paso al frente y sonreír.

Esther llegó cuando estábamos terminando la distribución de los grupos por edad, agarró la carpeta de mi brazo y me sonrió durante dos milésimas de segundo antes de cambiarse al otro extremo de la fila.

«De nada», pensé.

Para cuando terminamos de colocar las pegatinas con los nombres de todos los niños en sus camisetas, el sol apretaba sobre nuestras cabezas, y yo tenía la sensación de haber corrido una maratón sin moverme del sitio.

—Grupo dos, conmigo —anuncié con voz firme—. Y nadie corre.

Algunos frenaron en seco y otros fingieron que no me habían oído hasta que repetí la última parte mirándolos uno por uno. Los ojos de Bianca, la niña con trenzas, brillaban al borde del llanto.

Me agaché un poco para estar a su altura.

—No te preocupes, no es verdad que hayan desalojado a los osos de las cabañas.

—¿Siguen ahí? —preguntó aterrada .

—¡No! —la tranquilicé—. En esta montaña no hay osos, te lo prometo.

Pablo, el chiquillo con gafas, levantó la mano.

—¿Y fantasmas?

—Solo para los que se portan mal —respondí seria un segundo antes de guiñarle un ojo—. Vamos a dejar las mochilas en vuestras habitaciones y luego os enseño los mejores escondites del campamento, ¿vale?

Bianca se agarró a mi mano y esbozó una sonrisa pequeñita.

Bien. Punto para mí.

Las cabañas tenían cuatro literas alineadas y una ventana en el centro. La de las chicas estaba justo enfrente de la de los chicos.

—Elegid sin pelearos, por favor —les pedí señalando las camas—. Si hay conflictos, lo echamos a suertes.

Pablo levantó la mano de nuevo.

—¿Tú dónde duermes?

—Justo ahí. —Señalé a la cabaña del fondo.

—¿Con todos los profes?

Fruncí el ceño.

—Solo con las chicas.

—¿Y haréis guerras de almohadas?

Parpadeé, alucinada.

—Eh…, no.

—Los profes dijeron en el autobús que en su habitación habrá guerra de almohadas todas las noches —añadió Jimena.

Respiré por la nariz. Ya me imaginaba quiénes habían sido.

—Ibais en el primer autobús, ¿verdad? —Los dos asintieron—. Pues, ¿sabéis qué? Yo soy la encargada de que se cumplan todas las normas, y las guerras de almohadas están prohibidas. Así que gracias por el chivatazo .

Jimena y Pablo se quedaron callados, con los ojos muy abiertos.

—Profe —me llamó Alberto y me tiró del pantalón corto—. Tengo caca.

Fantástico.

Antes de poder contestar, los otros cuatro se contagiaron y, en menos de un minuto, tenía a cinco criaturas delante de los aseos discutiendo por quién entraba primero.

—Hay más de un váter —indiqué y señalé la puerta principal—. Entrad y nada de carreras.

Salieron disparados. Diez minutos después, seguía plantada en la esquina, vigilando que ninguno desapareciera por el pasillo equivocado.

Fue entonces cuando una masa sólida y caliente chocó contra mí y casi perdí el equilibrio.

—¡Eh! —me quejé.

Un brazo me sujetó antes de que cayera.

—Perdón.

Registré la voz y me solté enseguida de su agarre.

—Podrías mirar por dónde vas.

—¿Y perder la oportunidad de chocar con la chica más dulce del campamento? —preguntó con ironía y se apoyó en la pared a mi lado—. Qué va.

Lo miré con una ceja alzada.

—¿No tienes nada que hacer, Guillermo?

—Mear. Pero, adivinando lo que está pasando ahí dentro, mejor me espero. —Ensanchó la sonrisa cuando se escuchó un pedo y un gemido infantil, y yo me negué a sonreír—. ¿Tú qué?, ¿disfrutando del aroma de la montaña?

—Trabajando —respondí seca—. ¿Dónde has dejado a tu grupo ?

—Están explorando el entorno. Lo bueno de que te toquen los mayores es que saben hacer caca solitos —explicó con aire solemne. Puse los ojos en blanco—. ¿Por qué te encargabas antes del grupo de Esther?

Ah, pero ¿se daba cuenta de algo más allá de sus pectorales?

—Estaba haciéndole un favor.

Hizo un sonido entre una risa y un bufido.

—Todo un clásico.

Me giré para quedar de frente a él.

—¿Cómo?

—Esther es de las que se escaquea cuando algo no le apetece —murmuró—. Ten cuidado, si ve que no protestas te endosa todo el trabajo sucio.

Hizo un gesto con la cabeza para señalar el baño y lo observé descolocada.

No me esperaba aquello; ni que se diera cuenta de lo que había ocurrido ni que me advirtiera de las intenciones de Esther.

La incomodidad que había sentido desde que me monté en el autobús aquella mañana se esfumó durante un instante al sentir que alguien estaba de mi lado y que, por un segundo, no estaba tan sola.

Y eso me molestó.

Porque no quería que él, precisamente él , me hiciera sentir así.

—No es necesario que me expliques cómo funcionan tus compañeras, Guillermo.

—Nuestras —me corrigió—. Y puedes llamarme Guille.

Sentí un pinchazo inoportuno en el pecho .

Él me sostuvo la mirada con un amago de sonrisa. No era ese gesto exagerado que le había visto más de una vez. Era más suave, más… ¿real?

—Tengo que trabajar —mascullé.

—Vale.

Lo evité el resto del día.

Horas después, cuando los niños se acostaron, no tardé en irme a mi cabaña, que apenas había pisado.

Las maletas de las demás estaban abiertas sobre sus camas, habían colgado ropa en el armario y los productos personales estaban esparcidos por diferentes puntos del dormitorio.

Elegí la litera de arriba, junto al baño.

Me duché rápido y, para cuando terminé, ya se escuchaban risas y cuchicheos en la habitación.

—Todo tiene su lado positivo —comentó Esther.

Me quedé quieta, en la puerta del baño, sin delatarme.

—¿Cuál? —preguntó María.

—Te veo las intenciones —añadió Paula.

—Ahora hay un puesto vacante.

Hubo risas cómplices.

—¿Hablas del Querubín? —susurró Paula.

Fruncí el ceño.

—Me da que sí —murmuró María—. Como Sonia no está, alguien tiene que cubrir su puesto con Guille, ¿no?

—Exacto —confirmó Esther—. Y yo soy muy responsable. Creo que sobornaré a la Sargento para cambiar las próximas guardias y así estar con él.

Abrí los ojos cuando procesé la información. «La Sargento». Primer día y ya me habían puesto un mote.

Yo con rango militar, y él con alas, genial.

«El Querubín». Aguanté la risa; Guillermo era de todo menos celestial .

—Las guardias son para vigilar a los niños —le recordó Paula con diversión.

—Lo sé, pero no pienso desperdiciar la oportunidad —respondió Esther—. Además, necesito comprobar de primera mano si la leyenda es cierta.

—¿Qué leyenda?

Eso, ¿qué leyenda?

—Que la tiene enorme.

Por suerte, mi bufido se camufló entre sus carcajadas.

Ridículo.

Me llevé una mano a la frente y cerré los ojos un segundo.

Había niños que aún se perdían por el recinto, otros que lloraban porque echaban de menos a sus padres y una lista de alergias alimenticias que revisar antes del desayuno. Pero allí estaban ellas, planificando una expedición arqueológica al interior de los pantalones de Guillermo.

Qué maravilla.

Salí del baño con la toalla en la mano y la expresión neutra, y ellas se giraron hacia mí con diferentes gestos de asombro.

—Ah —dijo María al cabo de unos segundos—. Hola, Cintia.

Me miró con una sonrisa apretada, Paula bajó la vista a su móvil, y Esther me sostuvo la mirada con una dulzura que se me antojó más falsa que Judas en la Última Cena.

—Comentábamos lo bien que ha salido el primer día —dijo esta última—. ¿No te parece?

—Sí —respondí abriendo mi cama—. Superbién. Buenas noches, chicas.

Me subí a la litera sin más, y Esther se despidió y se marchó a su primera guardia con Sebas.

«Y no va a ser la última», le prometí .

Traté de ignorar los murmullos y las risitas de las otras dos, me giré hacia la pared y cerré los ojos. Qué suerte la mía: dos semanas conviviendo con el club de fans del monitor más insufrible del campamento.

No me interesaban. Ni ellas ni él ni su mote absurdo. Tampoco esa energía de payaso profesional que desprendía ni lo que le medía o dejaba de medir cualquier parte de su anatomía.

Cambié de postura y respiré hondo.

Y me odié un poco cuando, justo antes de dormirme, la última imagen que se me coló en la cabeza fue la de Guillermo apoyado en la pared frente a los aseos.

Mirándome.