7 – Por si acaso
Consejo de mierda que nadie pidió: nunca subestimes el poder de una madre que tiene un mal presentimiento.
GUILLE
No levanté la vista del caos que tenía extendido sobre la cama, aunque noté su presencia igual que cuando era pequeño y fingía dormir mientras ella entraba a taparme.
La puerta que conectaba mi apartamento con la casa principal estaba entornada, así que solo tuvo que empujar un poco para asomarse.
—¿Necesitas ayuda, cielo? —me preguntó mi madre con su habitual tono sereno.
Negué y le sonreí.
—Está todo controlado .
—Parece que estés montando un operativo de rescate al Everest —bromeó al acercarse a mi cama—. ¿Para qué llevas tantas linternas?
—Para iluminar mi brillante futuro.
Soltó una risita y se sentó en un pequeño hueco libre del colchón.
Estrella Delgado Vega no era una madre propensa al dramatismo ni solía dar discursos eternos, pero tenía el superpoder de detectar el peligro a kilómetros. Y yo, al parecer, llevaba una señal luminosa pegada al culo desde que aprendí a andar.
—¿No llevas poca ropa?
Miré la cama y la mochila abierta en el centro. Tres bañadores, cinco camisetas, una sudadera, varios pantalones cortos y un buen puñado de calzoncillos y calcetines.
Me encogí de hombros.
— Nah .
—Perdona, a veces me olvido de que tienes veintisiete años.
—Yo también —admití—. Depende del día.
Colocó una prenda que sobresalía e inspiró hondo.
—Ten cuidado, por favor.
—Claro.
—Y no hagas locuras.
—Solo las imprescindibles —le prometí. Ella me lanzó una mirada intensa—. No es para tanto, mamá.
—Siempre que me dices eso, te ocurre algo.
Sonreí. No podía quitarle la razón, entre esguinces, cortes, algún diente astillado y aquella vez que me caí de la fachada al tratar de demostrar que podía saltar de un balcón a otro — spoiler : no pude—, mi expediente médico tenía unos cuantos capítulos interesantes .
Me dejé caer a su lado, sobre la ropa, y le pasé un brazo por los hombros.
—Sé que no superarías perder a tu hijo favorito.
—Guillermo…
—Tranquila, mamá —insistí.
—Vas a tener niños a tu cargo.
Abrí mucho los ojos.
—¡¿De verdad?!
—Y a Olivia.
—¡¿Qué?!
Me dio un manotazo en el muslo, y solté una carcajada.
Mi sobrina Olivia no era precisamente una niña delicada. Tenía más carácter que muchos adultos y sabía defenderse como toda hermana pequeña, con uñas y dientes si era necesario. Así que sabía que, si algo se torcía, no iba a quedarse esperando a que alguien la rescatara.
—Prométeme que vas a pensar antes de actuar.
—Palabrita del niño Jesús —juré solemne.
Apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró. Supe que aquella era su forma de aceptar que tenía un hijo imposible a la par que adorable.
En ese momento apareció mi padre.
—Que no te engatuse, preciosa —le advirtió desde la puerta con una ceja alzada.
Entró con su habitual paso firme y esa expresión curtida que uno espera de alguien con el título de procreador honorífico del pueblo.
—Confío en él —le respondió mi madre—. De lo que no me fío es de su impulsividad.
—Es herencia paterna. —Señalé a mi padre—. Sé que se saltaba las clases para ir a verte.
Mi madre aguantó la risa .
—No me metas en tus líos, chico —replicó él apuntándome con un dedo.
—Haya paz.
—¿Llevas el botiquín? —preguntó él, y asentí—. ¿Relleno?
—Como si fuera un octogenario que va a organizar un festival clandestino de pirulas en mitad del bosque.
Alzó una ceja y asintió complacido.
—Bien.
—Estoy madurando.
—Yo que vosotros lo ayudaba a redactar su testamento. —Se escuchó la voz de mi hermana Zahara—. ¿Se puede o estáis en terapia familiar privada?
Se apoyó en el marco de la puerta y metió las manos en los bolsillos. Siempre entraba en escena como si creyese que todo el mundo ansiaba su aparición.
—¿Has venido a despedirte o a asegurarte de que me voy?
Ella me miró de arriba abajo con esa sonrisa suya que no prometía nada bueno.
—Ambas cosas pueden coexistir. —Miró al techo y analizó las paredes con aire pensativo—. Mamá, ¿cómo crees que quedaría todo pintado de lila?
—Eso no va a pasar —respondí rápido.
Se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Igual cuando vuelvas ya he hecho la mudanza.
—Ni lo sueñes.
—Es mi turno.
—Todavía no —insistí—. Vivo aquí.
—Ya veremos —murmuró y se acercó un poco más. Señaló la mochila—. ¿Has metido algo de sentido común ahí dentro u ocupa demasiado entre tanta tontería ?
—Lo justo. —Sonreí sin enseñar los dientes—. He tenido que priorizar.
—Chicos…
—Pues prioriza los profilácticos. No te veas obligado a perpetuar el apellido, por favor.
—Zahara… —Mi madre abrió los ojos y ladeó veintisiete grados el cuello.
—¿Qué? —preguntó con falsa inocencia—. Mejor recordárselo ahora y no cuando aparezca con un nieto sorpresa en marzo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué en marzo?
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Porque es lo que tarda en gestarse un humano en el útero materno? —ironizó—. A menos que te tires a un elefante, cosa que tampoco me extrañaría tanto.
—¡Zahara! —la riñó mi padre.
Yo le lancé una camiseta que ella esquivó con facilidad.
—Lárgate —solté.
Mi madre intervino antes de que aquello pasara a mayores.
—Vamos —le dijo seria—. Ayúdame a hacer la cena.
Ella resopló.
—Con lo bien que me lo estaba pasando… —se quejó a la vez que se perdían por la puerta.
Antes de cerrar, me guiñó un ojo, y yo le saqué la lengua.
La quería incluso cuando me sacaba de quicio, joder.
Mi padre se quedó unos segundos más en silencio. Observó la cama, la mochila, el suelo… Y entonces sus ojos se detuvieron en algo concreto.
La susodicha caja de condones.
Estaba sobre la mesilla, medio oculta bajo una camiseta.
—Guille .
—¿Sí?
—Vas a trabajar.
—Sí.
—No de fiesta.
—No.
—Hay niños.
—Sí.
—No tiene gracia.
—¿El qué?
Se cruzó de brazos y sacó bíceps.
Lástima que ya estuviera acostumbrado y no me intimidase el volumen de músculos que se gastaba.
—Compórtate, por favor.
—Lo harééé…
Me sostuvo la mirada y me di cuenta de que no era enfado, era preocupación.
—Y llama a tu madre. Aunque sea para decirle que todo va bien.
—Hecho.
—Cada día —puntualizó.
—Lo intentaré.
Mi padre negó.
—No. Lo harás. Y no quiero excusas surrealistas —me advirtió—. Yo soy el que está aquí con ella y no voy a permitir que pase las noches en vela por tu culpa.
Asentí.
—Haré todo lo posible por mantener el surrealismo bajo control, papá.
Se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Bien. Nos vemos en la cena, hijo.
Cuando salió, el apartamento se quedó en silencio .
Miré la mochila, aún abierta, y luego desvié la vista a la mesilla.
Con una mueca de fastidio, agarré la caja de cartón y la giré entre los dedos.
Lo de Sonia se había ido a la mierda. No solo porque ya no fuese al campamento, también me lo había dejado claro ella las dos veces que me esquivó el día anterior. Tampoco es que yo fuese de los que insistían si alguien se apartaba.
Pasé la vista del macuto al cartón un par de veces y suspiré.
Dos semanas en la montaña, sin ningún plan a la vista para divertirme, no era precisamente el planazo del siglo. Sin embargo, una pequeña vocecita —y no se trataba de Peni— me avisó de que aquellas dos semanas no iban a ser tan tranquilas como me imaginaba.
Me encogí de hombros.
—Un soldado siempre tiene que estar preparado para la batalla, ¿no?
Metí la caja al fondo de la mochila, debajo de la sudadera, y cerré la cremallera.
Por si acaso.