6 – Terreno inestable
Verdades incómodas: no todo lo que dura mucho es para siempre.
CINTIA
—Me gustaría ir al campamento.
Mi padre levantó la vista de los papeles que estaba guardando en la carpeta y frunció el ceño.
—¿Qué?
Tragué saliva.
—Quiero ir al campamento.
En el pasillo aún se escuchaban risas y el eco de unas zapatillas arrastrándose hacia la salida tras la reunión. Me mantuve recta en mitad de la sala, con las manos cruzadas delante del cuerpo para que no se notara que me temblaban.
Un segundo antes había dudado. Ya no. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.
Él dejó la carpeta sobre la mesa y se giró despacio hacia mí .
—Está todo cerrado, Cintia. Guardias, turnos, actividades… —enumeró con el mismo tono que utilizaba cuando, de pequeña, le pedía que me apuntase a fútbol para poder ir a jugar con él y sus amigos los domingos—. Creí que, con tu situación, preferirías quedarte aquí este verano.
No lo dijo con dureza ni con curiosidad, a pesar de que no conocía casi nada de «mi situación».
—Precisamente por eso —contesté. Se hizo un silencio espeso que incrementó la presión que sentía en el esternón; una tirantez que no terminaba de convertirse en dolor y que no me dejaba en paz.
Mi padre no habló, tan solo esperó, y supe que aquella era su manera de animarme a ser sincera—.
Necesito cambiar de aires, papá. Unos días fuera me vendrán bien.
—¿De qué quieres escapar?
Tragué saliva.
—De nada.
Apoyó la cadera en la mesa y me miró con preocupación.
—¿Qué ocurre, Cintia?
Odiaba esa pregunta, porque era una invitación a hablar y a la vez una trampa.
—Papá, por favor.
Él guardó silencio unos segundos.
—¿De verdad crees que ir puede ayudarte?
—Sí.
—El campamento no es una escapada de fin de semana. Es un trabajo lleno de responsabilidades y niños a tu cargo.
—Lo sé.
Aquella petición no era un capricho, era pura supervivencia.
—¿Lo haces por lo de Kiko?
Bajé la vista un instante .
—No.
—No me mientas.
No lo hacía. No era solo «por lo de Kiko», pese a que el eco de su voz no se me fuera de la cabeza. Era por la sensación de fracaso, por sentir que no encajaba en ninguna parte y que había tirado por la borda muchos años de mi vida.
Pero decir todo aquello en voz alta me habría desgarrado la piel a tiras.
—Es por mí —respondí al final—. Necesito moverme y sentirme útil, no encerrarme en el cuarto de invitados de mamá a darle vueltas a lo mismo una y otra vez.
—Eso lo dices porque eres joven. Cuando tengas mi edad entenderás que parar es lo único sensato que se puede hacer para poner en orden las ideas.
—Cuando tenga cuarenta y tres años espero haber aprendido a tomar las decisiones correctas y no encontrarme así.
Mi padre soltó una risa escéptica.
Se me acercó un paso, y yo le sostuve la mirada. Tras unos eternos segundos, asintió.
—Está bien.
Sonreí.
—Gracias, papá. —Contuve las ganas de abrazarlo por si a alguien le daba por entrar antes de marcharse—. No sabes qué…
—No irás como una más —me interrumpió, y a mí se me vino el mundo encima.
—¿Qué? Solo soy una más.
—No. Eres mi hija —me recordó—. Sebas va como supervisor, pero me vendrá bien tener ojos y oídos allí dentro. Si acepto que vayas, quiero que me informes si pasa algo.
Aquello me pilló desprevenida .
—Pero…
—Es la única condición que te pongo, Cintia —insistió—. Conozco a mis chicos. Confío en ellos —se corrigió—, pero si algo se tuerce necesito saberlo para ponerle remedio, y no estoy seguro de que Sebas me cuente todo lo que pase allí arriba.
Sentí una punzada en el estómago. No porque no supiera hacerlo, sino porque mi padre acababa de poner una pistola encima de la mesa y esperaba que yo me la guardara en el bolsillo.
Si ser la hija del jefe ya podría ser incómodo, convertirme en el topo del campamento sería mi sentencia de muerte.
¿Podía hacerlo?, ¿podía aceptar aquello sin traicionarme a mí misma?
Una cosa tenía clara: no pensaba disparar a menos que alguien estuviera en peligro.
—De acuerdo —acepté al fin.
—¿Estás segura?
—Sí —contesté demasiado rápido—. Pero, si vamos a hacerlo, hagámoslo bien.
Mi padre me miró con interés renovado.
—Explícate.
—Iré de incógnito —expuse. Si jugaba bien mis cartas, podía continuar en el anonimato—. No como la hija del jefe, sino como una compañera más. Si confían en mí, sabré lo que pasa de verdad.
«Lo que no quiere decir que te lo cuente, a menos que sea estrictamente necesario», terminé en mi mente.
Se apartó y regresó a su silla. Cogió el móvil, lo dejó de nuevo sobre la mesa e inspiró hondo .
—Hay una monitora a la que no le venía del todo bien ir por un tema familiar… —dijo y se pasó la mano por la cara—. Lo arreglaré para que vayas en su puesto.
Se me saltaron dos latidos al comprender lo que eso significaba.
—¿Qué? No.
No podía quitarle el sitio a nadie. No era justo.
—Cintia, a estas alturas no puedo rehacer los cuadrantes ni reorganizarlo todo para un monitor más.
Llevo meses preparando esto y faltan tres días.
Te intercambiarás con ella —sentenció con un tono más de jefe que de padre—.
A todos los efectos ocuparás su lugar, cumplirás sus horarios y no tendrás privilegios.
Noté que la presión en el pecho no desaparecía, aunque sí se transformaba en algo parecido al vértigo. La sensación de ahogo regresó, más intensa esa vez.
Cuando llegué al vestuario, las luces ya estaban apagadas. Caminé hacia mi taquilla y me apoyé un segundo en la pared antes de abrirla.
Era la nueva y acababa de dejar a alguien en tierra para ocupar su lugar.
Pensé en cómo se lo tomarían los demás.
Apenas conocía sus nombres. Tan solo el de Uri, de esa misma tarde, y el de Sebas del año anterior.
Bueno, y luego estaba Guillermo. Aunque seguramente él despacharía el asunto con una broma y seguiría a lo suyo.
Me daba la impresión de que era de ese tipo de personas capaces de quitar hierro a cualquier situación; característica que no sabía si me tranquilizaba o me ponía más nerviosa.
Fuera como fuese, aquella decisión ya estaba tomada .
No era una huida ni un impulso, era el primer paso que daba en meses sin mirar atrás, y estaba convencida de que era lo que tenía que hacer.
A la mañana siguiente subí las conocidas escaleras con la llave en una mano y la lista que había hecho la noche anterior en la otra.
Camisetas, sudaderas, botas, neceser… Cosas prácticas y lo mínimo imprescindible. Iba recitando en la mente cada anotación cuando, al abrir la puerta y entrar en el recibidor, me detuve en seco.
¿Por qué se escuchaba ruido dentro? Se suponía que no habría nadie y que mi visita pasaría desapercibida.
Durante una milésima de segundo recordé aquella conversación con mi madre y pensé en la posibilidad de encontrar a Kiko con otra mujer en nuestro apartamento.
Me dolió más comprobar que esa opción apenas me afectaba.
—¿Cintia?
Alcé la cabeza de golpe.
Ahí estaba él, en la puerta de la cocina, con una taza de café en la mano. Llevaba la camiseta gris que usaba para estar por casa y el pelo despeinado de recién duchado, aún húmedo en las puntas.
Cinco días sin verlo… Antes habría contado las horas; sin embargo, en ese momento no sentí nada. Ni el tirón en el pecho ni las ganas de cruzar el pasillo y esconderme en su abrazo. Tampoco esa sensación de estar, por fin, en casa.
Solo noté cansancio.
—Pensaba que estarías trabajando —fue todo lo que dije.
Él negó.
—Me he tomado unos días.
Eso sí me afectó. Mucho.
Porque Kiko no se tomaba días libres nunca, ni cuando era estudiante ni en el trabajo.
Ni siquiera cuando le regalé aquel viaje sorpresa por su veinte cumpleaños y tuvimos que reducirlo a un fin de semana porque «no estaba bien actuar de manera irresponsable».
—Tengo que recoger ropa —musité.
Él me miró con esa expresión que antes me desarmaba y que a aquellas alturas solo me agotaba.
—¿No vienes a hablar?
—No.
La respuesta salió automática y hasta yo me asombré de sonar tan categórica.
—Cintia…
Rebajé el tono, aunque no cedí.
—Ahora no, Kiko, por favor.
Caminé hacia el dormitorio con la certeza de que me seguiría a unos metros prudenciales. No me equivoqué. Cuando abrí el armario y saqué la maleta pequeña, la misma que me había regalado antes del viaje a Cádiz la primavera anterior, se detuvo en el quicio de la puerta .
—¿Vas a alguna parte? —me preguntó al ver que agarraba ropa más abrigada de lo habitual en junio.
Metí un par de camisetas dentro mientras ordenaba las palabras.
—Estaré unos días fuera por trabajo.
Hubo un silencio.
—¿Has encontrado trabajo? —me preguntó sorprendido, y yo asentí—. No me lo habías dicho.
—Empecé ayer.
—¿Y ya tienes que viajar? —indagó y negó confundido—. Lo siento, es que siempre hemos hablado antes de tomar decisiones así.
No, por favor. Otra vez no…
—No puedo con esto —susurré y guardé algunas prendas más.
—Y ¿cuándo vuelves?
—Kiko, por favor.
—¿Qué? —preguntó sin perder la paciencia. Entré en el baño de la habitación y agarré algunos productos de aseo—. ¿Qué quieres, Cintia? —me preguntó al regresar al dormitorio.
Suspiré y me giré para quedar frente a él.
—Aún no lo sé.
—No contestas a mis llamadas, no respondes los mensajes… —me recordó.
Como para olvidar su insistencia.
—Te pedí tiempo.
—¿Y eso significa que no te puedo llamar más?
No quería entrar en esa espiral otra vez, pero sentía que no podía hacer otra cosa que ser clara.
—Preferiría que no lo hicieras .
—¿Has leído los mensajes al menos? —Asentí—. Cuando te dije que quería ir a casa de tu madre no era para incomodarte.
Alcé una ceja.
—Pues era justo lo que ibas a hacer.
Se pasó la mano por el pelo y bajó la mirada.
—Cintia, no sé cómo acercarme a ti. ¿Qué puedo hacer para solucionar esto? Yo te quiero y no quiero perderte.
La daga se me clavó un poco más en el pecho.
—No puedes arreglarlo tú —le dije con la voz más firme de lo que me sentía—. Esto ya no depende de que hagas nada.
Él frunció el ceño.
—Entonces, ¿de qué depende?
Abrí la boca para aplazar la conversación de nuevo, pero no le encontré sentido. Estaba cansada de callarme las cosas que sí tenía claras, aunque hubiera muchas que aún no. Seguir así solo alargaba algo que ya estaba roto, y él no se merecía eso.
Respiré hondo.
—Ya no me siento igual, Kiko.
—¿Qué significa eso?
Abarcaba tantas cosas que no sabía ni por dónde empezar.
—Llevo tiempo intentando convencerme de que esto solo es una mala racha. Creyendo que si hablamos más, hacemos más planes o le pongo más ganas, funcionará. —Tragué saliva—. Pero no lo hace. No soy capaz de visualizarme aquí dentro de cinco años.
Kiko me miró como si le acabara de arrancar de un tirón el suelo bajo los pies.
—¿Ya no me quieres?
La pregunta me resultó desagradable porque la respuesta me hizo sentir vacía .
—Te quiero —respondí—. Pero no como se tiene que querer a alguien con quien vas a construir una vida entera.
Fui lo más honesta que pude, a pesar de que no fue fácil ver cómo le afectaba.
—Te esperaré.
Cerré la maleta, la bajé de la cama y me acerqué a él.
—No lo hagas, por favor —le rogué—. No te quedes parado por alguien que ya no tiene nada claro. No te lo mereces, Kiko.
—Te esperaré, Cintia —repitió y se hizo a un lado para dejarme pasar.
El nudo en la garganta no se aflojó, aunque no miré atrás al abandonar el piso.
Su insistencia había forzado aquella conversación y, pese a que no me arrepentía de nada de lo que había dicho, no había sido agradable hacerle daño a la única persona que me había querido y cuidado durante tantos años.
Sin embargo, llevaba demasiado tiempo caminando en círculos y quería permitirme mirar en otra dirección. Necesitaba priorizarme.
Solo me quedaba rezar para que, aunque la montaña donde se ubicaba el campamento no me diera las coordenadas exactas, sí me ofreciese la perspectiva suficiente para elegir el camino que me hiciera verdaderamente feliz.