5 – Cuarto y mitad de lengua #2
—Los últimos sonidos de alguien que no va a llegar a los veinticinco —mascullé. Apreté las caderas contra ella y gruñí de frustración—. Dame un segundo.
Me separé y, tras recolocarme la toalla —que a aquellas alturas era una lustrosa tienda de campaña—, salvé la distancia y abrí una pequeña rendija.
—¿Qué quieres? —le pregunté con prisas.
Zahara alzó una ceja y trató de mirar hacia el interior.
Cerré un poco más.
—Te estamos esperando para cenar.
—No estoy solo.
Ella bufó y me echó un vistazo de desprecio.
—Qué novedad.
—Venga, adiós.
—Papá se va a enfad …
Cerré y me di la vuelta según forzaba una sonrisa.
—¿Todo bien? —me preguntó Sonia en cuanto salté los cuatro escalones que separaban la habitación del salón.
—Ahora sí. ¿Por dónde íbamos?
Su respuesta consistió en colar la mano bajo la toalla y envolverme con decisión.
—Por aquí.
El aire se me quedó atascado a medio camino cuando comenzó a mover la mano arriba y abajo.
En menos de un segundo regresamos al punto exacto donde lo habíamos dejado.
Nos besamos sin delicadeza, la toalla cayó a mis pies, su camiseta voló hasta la isla de la cocina y, antes de darme cuenta, la tenía sentada a horcajadas sobre mí en el sofá.
Sonia besaba con mucha lengua. Demasiada, para mi gusto; invadía, insistía y dejaba rastro. Por suerte, yo era un tío resolutivo y sabía redirigir la energía cuando era necesario.
Bajé la boca por la piel de su cuello, y ella arqueó la espalda con un gemido que resonó por todo el salón.
Me moví para cambiar de postura y llevé la mano justo al lugar que no dejaba de rozar con la costura de sus vaqueros. Me iba a sacar un callo si seguíamos así.
La levanté por la cintura, la pegué más a mí y le di un pequeño mordisco en el pezón antes de succionarlo con fuerza. Sonia me tiró del pelo y se relamió con los ojos vidriosos.
—¿Quieres que te devuelva lo del vestuario? —me preguntó con una sonrisa seductora.
—Por favor —le respondí mientras seguía jugueteando con sus pezones—. Le vendería mi alma al diablo solo para que me hicieras una cosa .
—¿Cuál? —Bajé la mirada hasta mi entrepierna y me la agarré con una mano. Ella se relamió y amplió la sonrisa—. Quieres que te la chupe.
—Qué detallazo por tu parte.
Sonia no perdió el tiempo ni necesitó instrucciones.
Se deslizó hacia abajo con una teatralidad que habría hecho aplaudir a medio pueblo, me apoyó las manos en los muslos y me sostuvo la mirada un momento antes de inclinar la cabeza.
Inspiré hondo cuando se la metió en la boca sin preámbulos. Sabía lo que hacía y lo que provocaba. El calor, la humedad, la presión exacta con la lengua…
Soltó otro sonido extraño, y abrí un ojo.
¿De verdad era necesario que toda la urbanización se enterase del partido?
La observé. Se estaba esforzando en demostrarme lo buena que era en aquello, y yo le sostuve el pelo con una mano y me concentré en disfrutar.
Ignoré los ruidos que emitía con la garganta y hasta el pinchazo de sus uñas en mis muslos, y me recreé solo en la necesidad, que iba y venía como una corriente eléctrica.
Funcionó. Empecé a notar esa presión conocida en la base y la tensión en los huevos. Las caderas se me movieron solas para ir a su encuentro, y me pregunté si sería de las que se lo tragaban.
Pero entonces sonó su teléfono. No, aquello era demasiado bueno como para pararlo.
—No contestes —le rogué y la animé a seguir con la mano sobre su cabeza.
—Grhum… —gorjeó con la boca ocupada.
Continuó deslizando los labios arriba y abajo por mi polla, cada vez más rápido, y la llamada se cortó. Gemí satisfecho; sin embargo, antes de poder hacerme ilusiones, volvió a sonar, y ella se retiró.
—Joder… —me lamenté a punto de reventar.
—No me concentro.
Eché la cabeza hacia atrás y me la empecé a menear mientras ella atendía la llamada; no estaba dispuesto a acabar con otro buen dolor de huevos.
Sin embargo, la sonrisa se me empezó a desinflar —al igual que la erección— cuando ella dejó de recrearse en el movimiento de mis manos y le cambió la expresión.
—¿Cómo? Pero ya estaba todo cerrado… —Pausa—. Sí. No. Claro, lo entiendo. —Otra pausa larga—. No, no te preocupes… De acuerdo. Hasta mañana, Fernando.
Colgó.
¿Fernando? ¿Acababa de hablar con nuestro jefe?
—¿Qué pasa?
Sonia volvió a mirarme, aunque ya no tenía esa chispa traviesa en los ojos ni la predisposición de hacía un momento mientras me succionaba hasta el alma.
—Malas noticias.
«Y que lo digas», lloriqueó Peni cuando dejé de mover la mano.
—Seguro que no son tan…
—No voy al campamento —me interrumpió.
Parpadeé tratando de procesar la información.
—¿Es una broma?
—No. —Se levantó y se limpió los labios con el índice y el pulgar—. Como al principio le dije que me venía mal ir porque tenía que cuidar de mi sobrina, él ha encontrado una manera de sustituirme.
Noté un dolor parecido a una pedrada en los huevos, y nada tenía que ver con la interrupción .
—Pero al final no tienes que cuidarla —me quejé.
—Ya. Pero se ve que la nueva le ha resultado más aparente.
Me quedé congelado.
Un momento… ¿La nueva? ¿Qué nueva?
—¿Qué nueva? —repetí en voz alta e intenté sonar indiferente. Me salió regular—. ¿Cintia?
Sonia asintió mientras se colocaba la camiseta.
—Creo que me voy —anunció.
—¿Ahora?
—Sí.
Confirmado: el campamento se acababa de ir al carajo. Y mi polvo de esa noche también.
De pronto, la idea de pasar dos semanas en la montaña, con treinta y siete niños a nuestro cargo y Cintia con su mirada afilada, se me antojó una pesadilla.
¿Era demasiado tarde para fingir una enfermedad terminal?
Me pasé una mano por el pelo, solté el aire y miré hacia abajo. Mi guerrero colgaba medio desinflado hacia la izquierda.
Sollocé mentalmente.
El dolor de huevos no sería nada en comparación con lo que estaba por venir.