5 – Cuarto y mitad de lengua
Consejo de mierda que nadie pidió: no muestres tus cartas o la partida se irá al carajo.
GUILLE
Intercepté a Sonia en la pasarela de madera que llevaba hasta el edificio celeste y, en cuanto me puse a su altura, le pasé un brazo por los hombros.
—Dime que eso no es sudor —me rogó.
—¿Te vas a poner escrupulosa ahora?
Me miró con los ojos entrecerrados y sacó morritos. Yo aproveché para cogerla desprevenida y robarle un beso.
—¡Guille! —me riñó mientras trataba de disimular al cruzarnos con un par de alumnos que nos saludaron.
Me reí y la atraje hacia mí. Varias gotas me recorrieron la espalda y se toparon con el pantalón .
—Es agua. Me he dado un baño después de clase —le aclaré. Ella apretó su delicioso cuerpo contra mi costado, y le dediqué mi sonrisa especial—. Te eché de menos el sábado.
—Ah, ¿sí?
—Mucho. Pensé en ti al menos dos veces.
—Eres todo un romántico.
—En realidad son tres, si cuento cuando me propusieron un planazo para hoy y lo rechacé por ti.
—¿Por mí? —preguntó escéptica.
—Claro, por nuestra cita.
—Primera noticia…
—¡Sorpresa! —Soltó una carcajada y noté cómo se le relajaron los hombros bajo mi brazo—. ¿Qué me dices?
—Tengo que pensarlo.
—Me encanta cuando te haces de rogar —murmuré acercando la boca a su oído—. Si lo necesitas, tengo referencias.
Negó con la cabeza.
—Eres incorregible.
Había escuchado muchas veces esa frase. Por cosas como aquella estaba seguro de que Sonia sería una buena candidata para presentarla en una de nuestras barbacoas…, si yo fuese un tío que no tuviese una alergia ultramortal a presentar chicas a mi familia.
Era curioso, pero solo de pensarlo ya me picaba todo el cuerpo.
No, mejor no forzar el sistema inmunológico.
—¿Qué tal si vienes esta noche a mi guarida y, mientras vemos una peli, me intentas corregir tú? —la piqué—. Tus alumnos dicen que eres muy buena maestra.
Ella fingió pensárselo durante unos segundos .
—¿A tu casa? —Asentí y abrí la puerta de la oficina sin soltarla—. Tengo condiciones.
—Me gusta que te hagas la difícil —ronroneé.
Sonia se separó un poco cuando comenzamos a caminar por el pasillo, aunque no la solté.
—Yo elijo la peli.
«Si de verdad cree que vais a encender la televisión es que es más inocente de lo que aparenta», me susurró Peni.
—Hecho.
—Y no me quedaré a dormir —me advirtió con palabras, aunque su tono me prometía justo lo contrario—. Mañana madrugo.
—Seré la responsabilidad personificada.
—No te lo crees ni tú.
Antes de llegar a la sala de reuniones me incliné hacia ella y bajé la voz.
—Si hubieras venido al concierto del sábado…
—¿Qué? —murmuró, y el brillo de sus ojos me dejó claro que estaba muy receptiva.
Moví la cabeza de un lado a otro, como si sopesara la información.
—Es algo complejo de explicar. —Me hice de rogar—. Te lo mostraré luego en horizontal.
Sonia soltó una carcajada, bajó la vista y me dedicó una mirada ansiosa a la entrepierna que me empalmó, aunque la atención duró tan solo unos segundos, pues entramos en la sala de reuniones y recobró la compostura.
—Entonces, ¿estuvo bien el concierto? —disimuló.
—Fue épico. Y tú te lo perdiste por ser tan responsable y querer cuidar a tu sobrina…
Su mano impactó suave contra mi abdomen, que tensé solo para ella .
Vi cómo Sonia buscaba con la mirada a María y a Esther, que ya estaban allí.
—Eres una mala influencia, Guille —coqueteó.
Amplié la sonrisa y le guiñé un ojo a Esther, que no nos perdía de vista.
—Y puedo ser peor si me dejas, Sonia.
Le di un casto beso en la mejilla antes de soltarla para que fuese a cuchichear con sus amigas y, en cuanto me erguí, me quedé congelado.
Porque allí, sentada en una de las sillas, con el amago de una sonrisa en los labios y la postura recta, estaba ella.
La borde de las taquillas.
La tía que me había dejado con un calentón de tres pares de narices y las hormonas haciendo parkour la semana anterior, cuando me jodió el polvo con su madre.
Debía de padecer un severo déficit de reflejos, pues me quedé clavado en el sitio mientras ella no dejaba de mirarme. Ni siquiera cuando se colocó en una postura más cómoda en la silla reaccioné.
¿Qué cojones hacía allí y por qué demonios estaba vestida con el uni…?
No.
No podía ser.
No, joder. ¿Qué puta broma macabra era aquella?
—¿Estamos todos? —Mi jefe entró tras de mí y me palmeó la espalda.
Ese movimiento me devolvió a la realidad y caminé un par de pasos hasta ocupar una de las sillas.
—Voy a ser breve. —Fernando carraspeó—. En primer lugar, sé que dije que teníamos el grupo cerrado.
—Señaló al frente y todos giraron el cuerpo hacia el único punto de la sala que yo había decidido ignorar—.
Bien, pues me retracto. Cintia se acaba de incorporar como refuerzo.
Quizá algunos ya la conozcáis del verano pasado, cuando estuvo cubriendo a la compañera de vóley playa. Bienvenida, Cintia.
Joder… ¡De eso era de lo que la conocía!
«Te dije que yo a esa no la había saludado. No consta en mis registros», me recordó Peni.
Suspiré como si acabara de esquivar una multa y, ya más tranquilo, me permití observarla con detenimiento mientras los demás le daban la bienvenida.
Cintia.
Por fin le ponía nombre a la estirada del vóley.
Me fijé en cómo se llevó la mano a las puntas decoloradas del pelo y las hizo girar entre los dedos con gesto distraído.
¿Siempre lo había llevado así? Era raro que no la hubiese recordado, con aquel faro pelirrojo en la cabeza lo lógico habría sido hacerlo.
—Gracias —contestó ella con una sonrisa orgullosa que me hizo levantar el labio superior.
—Por otro lado —continuó Fer—, solo quedan tres días para arrancar el campamento de verano y, aunque ya he hablado con Sebas sobre la dirección, quiero que lo revisemos todo.
La protesta colectiva no sirvió de nada. Fernando desplegó el programa sobre la mesa y empezó a recitar la misma información que habíamos escuchado unas doscientas veinte millones de veces.
Asentí en los momentos clave, hice el esfuerzo mínimo indispensable para parecer interesado y escuché a medias cómo recitaba los horarios de las actividades: tirolinas, escalada, orientación, senderismo… Y treinta y siete criaturas a las que tendríamos que entretener de cualquier manera .
Por suerte, la única infiltrada de mi familia sería mi sobrina Olivia. Los demás no daban el perfil: demasiado pequeños, demasiado mayores o, en el caso de los gemelos, demasiado listos como para no escaquearse de la tortura.
Mi grupo era el seis, y sería el tutor de cinco preadolescentes de doce y trece años con más energía que cabeza y las hormonas a flor de piel.
Estaba chupado.
—¿Tenéis los horarios de las guardias nocturnas? —preguntó, y todos asentimos con diferentes grados de entusiasmo—. Las repaso…
Bufé por lo bajo.
Mi jefe no era así, pero ese campamento lo tenía tan desquiciado que hasta nos había cuadrado las pausas para mear a los ocho monitores que íbamos. En turnos escalonados, por supuesto.
Se puso a recitar nombres, y cuando pronunció el mío junto al de Sonia, en las noches cuatro, ocho y doce, le guiñé un ojo. Ella me respondió mordiéndose el labio inferior.
Joder. Necesitaba que esa reunión terminara ya.
Fernando siguió recitando horarios como si estuviera narrando la clasificación del Mundial, aunque yo ya llevaba un rato haciendo cálculos mentales mucho más interesantes.
Tenía que organizarme bien, dos semanas en la montaña podían dar para mucho. Muchísimo. Y, aunque dormiríamos en cabañas separadas, siempre he defendido que dormir está sobrevalorado.
Salí de la reunión con un ligero pitido en los oídos y una sonrisa que no pensaba disimular.
—¿Me pasas la ubicación? —me preguntó Sonia dándome alcance.
Giré el cuello hacia ella sin dejar de caminar .
—Claro, preciosa.
—Tengo que pasar por mi piso a coger un par de cosas. —Se puso de puntillas y me dio un pico—. No tardo.
Hice una visita rápida al supermercado y llegué a mi guarida en tiempo récord.
Corrí por el salón recogiendo camisetas del respaldo del sofá, latas vacías y una zapatilla que no recordaba haberme quitado en ese punto exacto.
Lo metí todo en el armario sin criterio alguno, lo cerré con el pie y recé para que no se abriera.
—Ni tan mal —murmuré al oler las sábanas revueltas de la cama.
Teniendo en cuenta que no pensaba pasarme la noche leyendo, y que no iban a sobrevivir para lo que tenía en mente, tampoco me preocupaba demasiado.
Salí de la ducha cuando sonó el timbre.
—¡Voy! —grité a la vez que me colocaba una toalla alrededor de la cintura.
Abrí y me apoyé en el marco de la puerta. Sonia llevaba un macuto en el hombro y, en cuanto bajó la vista a la toalla, la sonrisa se le ensanchó.
—Qué rapidez —comentó, y yo me hice a un lado para dejarla pasar.
—No para todo.
—Eso espero.
Me besó en el cuello al entrar, y cerré la puerta con el talón.
Llevaba camelándome a Sonia desde hacía tres semanas, pero no habíamos conseguido pasar de una exploración manual rápida en los vestuarios.
Hasta esa noche.
La atraje hacia mí antes de que terminase de cruzar el salón.
—Te he echado de menos.
—Ha pasado media hora .
—Cada minuto cuenta —le dije antes de besarla.
Ella respondió con bastante entusiasmo y dejó caer la mochila al suelo. Me mordió el labio inferior y tiró de él un segundo antes de invadirme la boca con la lengua.
No tardé en romper el beso y hundir la cara entre sus tetas, donde gemí de anticipación. Se estremeció, y eso me gustó mucho más que el ruido que hacía con la garganta, un pelín forzado.
Me concentré en todo lo demás. Las ganas me aceleraron la respiración y, cuando la empujé contra la pared, ella soltó una risita baja. Me repasó con las uñas el contorno de los pectorales hasta llegar al trozo de algodón que me cubría las caderas y…
—¡Joder! —me quejé al escuchar la llamada característica de mi hermana en la puerta interna—. ¡¿Qué?! —chillé.
Los nudillos aporrearon la madera con más ganas.
—¿Qué es eso? —me preguntó Sonia en un susurro y me lamió el cuello.