Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 4 – Fuera de lugar
11%

4 – Fuera de lugar

Verdades incómodas: atacar cuando te sientes atacada no es una fortaleza, son miedos disfrazados de mala educación.

CINTIA

—¿Cuántos han sido este fin de semana?

En cuanto lo solté, supe que era mezquino. Y que no iba contra ella en realidad, sino contra lo incómoda que me hacía sentir su nueva vida. Aun así, no me retracté.

El tenedor de mi madre se quedó suspendido en el aire. Giró el cuello, me observó en silencio, y yo le sostuve la mirada sin pestañear.

Estábamos en su cocina, era domingo por la noche y ella acababa de llegar de su escapada con «las chicas», llevaba un camisón ligero que le quedaba escandalosamente bien y acababa de abrir una botella de vino con esa expresión neutra que me sacaba un poco de quicio.

—¿Perdona? —preguntó sin perder la compostura.

—Ligues… —Me encogí de hombros—. Estás haciendo algún tipo de estudio comparativo por franjas de edad, ¿no?

Dejó el tenedor sobre el plato con una precisión quirúrgica que me dio más miedo que si lo hubiese lanzado contra la pared. Después, se limpió la boca con la servilleta y carraspeó.

—No entiendo a qué viene esto —contestó.

Sonreí.

—A nada. Pero pensé que, igual que tú no has parado de sacarme estos días el tema de Kiko, yo tenía derecho a hacerte preguntas incómodas.

Y también porque llevaba cinco días durmiendo en la habitación de invitados, recogiendo mis cosas antes de que ella volviera del trabajo, preguntándole si le molestaba que pusiera una lavadora o evitando usar el baño primero.

Traducido: cinco días sintiéndome un estorbo.

—Te pregunto por él porque me importas —replicó ella—. No porque quiera juzgarte.

—Pues suena a eso.

—Y lo tuyo suena a que me estás pidiendo explicaciones.

Deslicé el dedo por la etiqueta de la botella de vino y la despegué un poco, solo para tener algo que hacer con las manos.

—Únicamente me sorprende esta versión tuya.

Mi madre negó con la cabeza, apoyó los codos en la mesa y suspiró.

—No voy a disculparme por vivir, Cintia. Durante años hice lo que tocaba, y ahora soy libre para hacer lo que me apetezca .

Me habría gustado decirle que no era eso o no del todo. Sin embargo, preferí mantener el papel de hija indignada.

—Ya veo…

—¿Sabes lo que pienso? —No esperó mi respuesta—. Creo que el tiempo que le has pedido no va a solucionar nada, al contrario, puede servir como excusa para buscar lo que no se tiene en otro lugar.

La miré con una ceja alzada, molesta.

—No tiene nada que ver con eso —repliqué.

—Quizá en tu caso no, pero ¿pondrías la mano en el fuego por él?

Ahí me tocó la fibra sensible.

—Qué tranquilizador que pienses que, mientras yo me replanteo toda mi vida, él pueda estar buscando entretenimiento. Gracias, mamá.

—Si quieres arreglarlo, vuelve a su lado y habla con él —insistió—. Es la única forma de saber en qué punto estáis cada uno. Además, os resultará más sencillo trazar una línea para unir esos puntos si no ponéis kilómetros de por medio.

Ahí estaba el verdadero núcleo del asunto.

¿Quería unir nuestros puntos?

¿Era posible a aquellas alturas siquiera?

Kiko y yo siempre habíamos avanzado hacia algo lógico y estable. Desde que comenzamos a salir en el instituto y, más tarde, al elegir la misma carrera y decidir compartir alquiler.

Una línea recta, previsible y sin curvas.

Hasta que empezó a cerrarse alrededor de mi cuello.

—No quiero hablar de Kiko —zanjé.

—Yo tampoco de con quién me acuesto.

El silencio cayó en la habitación y se enroscó en la silla libre que había entre nosotras.

Yo me levanté antes de terminar mi cena .

—Me voy a la cama.

—Buenas noches, Cintia.

Me encerré en la habitación y apoyé la espalda contra la puerta. Solté el aire despacio y noté cómo me temblaban un poco las manos; las cerré en puños hasta que dejaron de hacerlo.

Fue entonces cuando el móvil vibró sobre la mesilla.

Lo supe antes de mirarlo. Kiko. Era la segunda llamada que no respondería ese día. Al igual que los tres mensajes que tampoco había contestado: «Estoy aquí», «no quiero perderte» y «te daré todo el tiempo que necesites».

Me dejé caer sobre la cama y miré el techo.

No sentía rabia ni tristeza, era más bien una fatiga emocional que me dejaba un regusto amargo en el estómago; la sensación de que, de repente, tuviera que cuestionar cada decisión que había tomado desde los dieciséis años.

Y aquella casa no ayudaba.

Ya no tenía derecho a habitarla. Tampoco estaba cómoda ni me gustaba su olor a vino tinto y a libertad.

Sin embargo, fue esa misma fragancia la que me llevó a pensar que, si mi madre podía rehacer su vida sin pedir permiso o perdón, yo también tenía derecho a no saber exactamente qué quería hacer con la mía.

La idea me alivió un segundo.

Y después volvió a pesar.

A la mañana siguiente salí de casa antes de que mi madre regresara del despacho para comer y conduje con las ventanillas bajadas para que el olor a salitre me llenase los pulmones y me despejase la cabeza.

Aparqué en el paseo marítimo, a pocos metros de la pequeña edificación pintada de celeste a la que me dirigía, y llamé dos veces a la puerta trasera, la que casi nunca se utilizaba.

—¡Voy! —Aquella voz grave me reconfortó y le devolví la sonrisa en cuanto me abrió—. Hola, preciosa.

Su barba me hizo cosquillas en los labios.

—No sabía si ya estarías aquí —comenté mientras me colaba dentro.

Él se encogió de hombros mientras cerraba. Lo observé de espaldas y negué divertida con la cabeza. Tenía la camisa mal remangada y metida por uno de los lados del pantalón corto, mientras que el resto, arrugada, colgaba olvidada en la cadera.

—¿Qué? —me preguntó con el ceño fruncido al darse cuenta de cómo lo miraba.

—Eres un desastre.

—Gracias…

Me aclaré la garganta.

—¿Podemos hablar ?

—Claro, ven.

Caminé tras él y me senté en una de las sillas. Tenía el portátil abierto sobre la mesa y unos cuantos papeles esparcidos alrededor.

—Quería preguntarte una cosa —comencé, pero él me cortó.

—Dame un segundo. —Alzó un dedo de la mano izquierda y movió con la derecha el ratón del ordenador—. Déjame que termine esto antes.

Esperé hasta que levantó la cabeza, un par de minutos después.

—¿Puedo quedarme unos días contigo en tu piso? —solté sin hacer pausas ni adornar la petición.

Él alzó ambas cejas y se reclinó en la silla giratoria. Se quedó mirándome unos segundos antes de responder.

—Cintia…

—No te molestaré —añadí, antes de que terminara la frase.

Suspiró.

—No creo que sea buena idea.

Me desinflé.

Asentí una vez y me mordí el interior de la mejilla para evitar que se me notara demasiado la decepción.

Había sabido su respuesta antes de preguntar. Aun así, algo dentro de mí había esperado que dijera que sí.

—Sabes que mi apartamento es muy pequeño —añadió—. Apenas cabe una persona sin invadir el espacio vital del vecino.

—Ya… —Forcé una sonrisa—. No pasa nada.

Él me estudió en silencio. Estaba claro que trataba de calcular eso que no terminaba de encajarle, sin involucrarse demasiado en el problema.

—¿Todo bien con mamá? —tanteó .

Ni de broma pensaba contestarle a eso.

Mis padres llevaban años envueltos en una guerra fría en la que yo no había querido tomar parte y no iba a entrar en detalles sobre la nueva dieta de su exmujer, riquísima en colágeno.

—Sí. —Desvié la mirada—. Todo bien.

Los ojos se le arrugaron cuando sonrió.

—Ya he arreglado lo tuyo. —Cambió de tema—. Te voy a colocar de apoyo, así podrás tocar varias disciplinas.

—Fantástico —ironicé.

Mi padre arqueó una ceja.

—¿No te parece bien?

Me parecía perfecto. Mientras no tuviera que enfrentarme a alturas innecesarias ni cruzarme demasiado con ciertos egos inflados en bañador, todo iría bien.

—Siempre que este año tampoco menciones que soy tu hija, me adapto.

Él puso los ojos en blanco.

—Vale… —aceptó a regañadientes—. Nadie sabrá que eres la heredera de mi imperio.

Solté una carcajada, aunque lo cierto era que se lo agradecía. No quería miraditas ni comentarios por la espalda.

—Ni que fueras Amancio Ortega.

—No. Yo soy más guapo y cachas.

Negué una vez más.

—Menos lobos… —bromeé—. ¿Qué me toca hoy?

—Surf. Uri es el monitor de este año —me explicó—. Trabaja bien y es metódico.

Estupendo, esa palabra me encantaba.

—Vale .

—Genial. Ya debe de estar al llegar. Es de los puntuales. —Asentí y me puse en pie—. Ah, y tenemos reunión de personal a las ocho y media.

—Allí estaré.

Abrí la puerta con la intención de ir a ponerme el uniforme.

—Cintia —dijo antes de abandonar la habitación que él llamaba despacho—. No es que no quiera que te quedes conmigo. Lo sabes, ¿verdad?

Inspiré hondo. Tardé más de lo necesario en contestar.

—Sí, papá. Lo sé —mentí por quinta vez en menos de doce horas.

La tarde se me hizo bastante corta entre explicaciones técnicas, niños acelerados y el sonido del mar, que hacía el suficiente ruido como para llenarme la mente y ayudarme a no pensar demasiado.

Uri era justo como lo había descrito mi padre: ordenado, calmado y con un plan para casi cualquier situación.

—No ha estado mal —me dijo mientras caminábamos por el pasillo hasta la sala de reuniones—. Cuando Fernando me comentó que era tu primer día pensé que no sabrías nada.

—Bueno, solo me defiendo —puntualicé al tiempo que abría la puerta de la sala de reuniones .

Uri se acercó a otro monitor, y yo me senté en una de las sillas del fondo.

La realidad era que había estado cómoda con Uri toda la tarde, pero en momentos como aquellos, en los que nos cruzábamos con otros compañeros, me sentía fuera de lugar. No entendía los chistes que se hacían ni sentía que pudiera participar en comentarios sobre alumnos a los que aún no conocía.

Sabía que era lo normal, el verano anterior me había ocurrido algo parecido. Entonces no tuve tiempo para ponerle remedio, pues solo trabajé durante una semana en la que Kiko estuvo en Estocolmo de viaje. Aunque quizá en esa ocasión…

Escuché voces en el pasillo y una risa femenina algo estridente. Un momento después, un par de personas entraron en la sala.

Se me escapó un sonido mitad gruñido mitad gemido en cuanto lo vi. Tenía el brazo apoyado sobre los hombros de una de las monitoras en una postura, al parecer, muy cómoda, y ella le sonreía embelesada.

—Fue épico —le decía él con un tono muy pagado de sí mismo—. Y tú te lo perdiste por ser tan responsable y querer cuidar a tu sobrina.

Ella le dio un manotazo en el abdomen —abdomen desnudo, por cierto—, y él chasqueó la lengua, divertido.

¿Es que no tenía la camiseta del uniforme a mano o lo hacía por lucir esos absurdos musculitos?

Sabiendo lo irritante que era, opté por lo segundo.

—Eres una mala influencia, Guille —rio la chica.

—Y puedo ser peor si me dejas, Sonia… —replicó él y se le acercó lo suficiente como para rozarle la mejilla en un beso que duró medio segundo más de lo necesario.

Perfecto .

Lo que toda mujer habría querido presenciar para terminar por todo lo alto su primer día de trabajo: un intento de seducción entre dos aspirantes a un reality show de búsqueda de parejas falsas.

No es que yo fuera fan de ellos. Nunca los veía. Casi nunca. Bueno, a veces, pero solo cuando Kiko salía con sus amigos y yo no tenía nada que hacer.

Estaba a punto de apartar la vista cuando él percibió mi presencia.

Lo supe por cómo se detuvo en seco. La sonrisa canalla se le tensó, el ceño se le marcó y el brazo —ese que había descansado con demasiada confianza sobre los hombros de la tal Sonia— quedó suspendido en el aire cuando ella avanzó un paso más sin que él la siguiera.

Clavó los ojos en los míos, y yo apoyé el codo en el brazo de la silla con deliberada calma. Crucé las piernas, ladeé la cabeza y le sonreí.

No fue una mueca dulce ni educada, sino más bien cínica.

Y, durante un segundo, la sala entera pareció quedarse en silencio mientras él procesaba que cruzarse conmigo no iba a ser un accidente aislado.