3 – Huye mientras puedas
Consejo de mierda que nadie pidió: si no te han visto hacerlo, técnicamente no ha ocurrido.
GUILLE
—Buenas noches.
—Pero… —masculló una abuelita que, de pronto, se había quedado muda dentro del ascensor.
Solté la mochila y las zapatillas en el suelo cuando la puerta se cerró y casi me la pegué al intentar meter una pierna en el pantalón justo cuando se puso en marcha.
La señora a mi espalda seguía catatónica, así que me erguí para mirarla con mi mejor sonrisa.
—No es lo que parece.
En realidad, nunca había entendido esa frase. Siempre era lo que parecía. Y, cuando no, solía ser aún peor .
La mujer negó con la cabeza, muy ofendida, y me rehuyó la mirada. Yo me encogí de hombros y terminé de colocarme el pelo en el espejo.
El ascensor llegó al bajo con un ding excesivamente alegre para el momento. Las puertas se abrieron, y la adorable octogenaria salió disparada como si acabase de compartir cubículo con un delincuente sexual reincidente que le fuera a robar su honra.
Sonreí y caminé hacia el portal. En cuanto puse un pie en la calle, respiré hondo. Podía darme con un canto en los dientes por seguir vivito y coleando.
Vivito más que coleando, a decir verdad.
No era la primera vez que me cortaban el punto justo antes de echar un polvo. Ni la segunda.
Recordaba, por ejemplo, la del probador de aquella tienda de deportes, donde al parecer uno no tiene el derecho vital de comprobar el aerodinamismo de una prenda antes de comprarla.
O la del parking subterráneo, que iba de maravilla hasta que apareció una patrulla de la local.
La agente Remo y el agente Santos —es decir, mi hermana Fabiola y su novio Rodrigo— nos dieron una charla sobre civismo, moral y multas que ninguno había pedido.
Pero el primer puesto aún se lo llevaba la fiesta medieval. Aquel día aprendí que una cota de malla no es lo que yo llamaría un accesorio estimulante en un momento de alta fricción.
Aun así, la noche con Inés había sido distinta. Durante un segundo sentí un miedo real instalado en los testículos, apretándolos, mientras una voz chillona en la cabeza me repetía: «Huye, idiota».
Fruncí el ceño al darme cuenta de que la zona estaba casi vacía y saqué el teléfono de la mochila para comprobar la hora .
Genial. Las diez y veinte de la noche, y yo allí tirado, con la batería del móvil tan baja que rogaba por la extremaunción, sin coche y tan pelado de pasta ese mes que no podía llamar a un taxi sin tener que pedirle dinero a mi padre de nuevo.
Ni hablar.
Volver a subir para pedirle a Inés que me llevara a casa era una opción, pero la descarté por el momento. Así que pulsé sobre el nombre de mi amigo Javi. Nada.
Probé suerte con Manuel, pero tenía la moto jodida.
A Aimar le mandé un mensaje al verlo en línea, y me respondió con un audio de doce segundos en el que no se oía nada más que su respiración acelerada y una música sospechosa que ubiqué al momento.
—Muy útil escucharte mientras te pajeas, amigo. —Le dejé en otra nota de voz.
Bufé mientras recorría con rapidez la lista de contactos.
Si mi familia se enteraba de lo ocurrido me lo recordarían durante los próximos veinte años, además de tener que darles explicaciones. Aun así, cuando se me acabaron las opciones, empecé a llamarlos de menor a mayor riesgo.
Con Alana saltó el buzón.
Fabiola ni me dejó hablar; colgó y, acto seguido, me envió un mensaje: «Estoy de servicio. ¿Es urgente?». Le respondí que no, por supuesto.
Emma quedó descartada en cuanto recordé que estaba en Barcelona con la familia de su chico.
Me armé de valor al pulsar el nombre de Bruno. Él se encontraba en el ecuador de la línea peligrosa.
Sonó seis veces antes de que contestara.
—¿Sí? —respondió con eco.
—Bruno, verás… —titubeé, y ese fue mi error—, necesitaría que me …
—No.
—Pero…
—No, tío —me volvió a interrumpir—. No te voy a dejar más mi uniforme. Ni mi mujer se ha cansado de su bombero y quiere probar con su hermano pequeño. Y no a ninguna de tus absurdas peticiones.
Colgó antes de que pudiera decir nada más.
—Gracias, hermano. ¿Qué haría yo sin ti? —ironicé al vacío.
Carolina tampoco pudo ayudarme. Gabriel estaba de guardia, y ella estaba sola con Líam, que llevaba dormido desde hacía más de dos horas. No iba a discutirle nada; sabía el humor que se gastaba y no tenía ninguna intención de provocar una charla médica sobre los hábitos de sueño infantiles.
Diana contestó con la voz rara.
—¿Qué pasa?
—Necesito…
—Guille, tengo a la francesa desnuda en la cama. Si no es de vida o muerte, hablamos mañana.
—Vale. Que aproveche… —alcancé a decir antes de que colgara.
La única que me quedaba era Zahara, que no era una opción. Sabía que se reiría de mí hasta el final de los tiempos y, honestamente, no estaba de humor.
Suspiré. No tenía ganas de aguantar una nueva charlita, pero solo me quedaba una alternativa antes de subir al tercer piso y un uno por ciento de carga.
—Hola, cielo.
—Mamá… —Una moto pasó por mi lado y esperé para retomar la conversación—. Apenas me queda batería. ¿Estáis acostados ya ?
—¿Por qué? —respondió al instante—. ¿Dónde estás, Guillermo? ¿Estás bien?
—Sí. Ya te contaré. —«Ni de coña», pensé—. Oye, ¿puede venir papá a por mí?
Hubo un breve silencio y algunos cuchicheos al otro lado.
—Dice que le mandes la dirección.
Cerré los ojos y le di las gracias antes de terminar la llamada.
El teléfono se me apagó justo cuando envié la ubicación, así que me senté en el escalón de un escaparate cercano, apoyé los codos en las rodillas y esperé.
Un rato después, el coche familiar apareció frente a mí.
—Buenas noches —me saludó mi padre cuando me monté.
—Gracias, papá.
El silencio se instaló entre nosotros los primeros metros.
—Guille, ¿qué hacías aquí? —preguntó al fin.
—Socializando.
Soltó una risa nasal.
—Ya. Mejor no pregunto, ¿no?
—Mejor.
Por algún tipo de milagro cósmico no insistió más, y yo tampoco tuve ningún interés en sacarle conversación. Con un poco de suerte, esquivaría el tema lo suficiente como para que dejase de ocupar la cartelera familiar.
Al llegar a casa me despedí de él y entré directo a mi apartamento.
Mi cocina era, en realidad, un almacén de material deportivo, y en la nevera solo había agua y algún refresco.
Colarme en la cocina de mis padres no era una opción; podía encontrarme con mi madre y no tenía ganas de un interrogatorio nocturno.
Así que me metí en la ducha con la vaga esperanza de borrar las últimas horas y acabé tumbado en el sofá, sin cenar, viendo cualquier chorrada que no me exigiera pensar.
Al día siguiente me desperté pasadas las tres de la tarde, con la boca seca y los intestinos acordándose de todo mi árbol genealógico. Por suerte, la casa principal estaba vacía y pude pillar algo de almuerzo antes de salir pitando al trabajo.
El turno fue tranquilo. Sospechosamente tranquilo. Habían faltado varios alumnos y los astros parecían alineados para concederme una tregua que pensaba aprovechar. La limpieza del equipo la dejaría para…
—¡Remo! —Escuché a mi jefe desde el despacho.
Mierda.
Me detuve y retrocedí unos pasos.
—Buenas —lo saludé asomando la cabeza por la puerta—. Ya he terminado.
Él miró la pantalla de su ordenador y alzó ambas cejas.
—¿En serio?
Sonreí y me apoyé en el dintel.
—Fernando, tienes en tu equipo al tipo más eficiente del mundo —mentí con naturalidad—. ¿Qué esperabas?
Él soltó una carcajada y se reclinó en la silla.
—Voy a tener que hablar con Gabriel para ficharte los domingos, a ver si con tu rapidez ganamos algo.
—Qué va. No me gusta el fútbol —repliqué—. Además, tengo la agenda bastante apretada.
—Ya… —Me lanzó una mirada cargada de sospecha—. Pues ten cuidado, que el verano pasado me dijiste lo mismo y te dormías por las esquinas.
—Eso fue una dieta de descanso intermitente que seguí.
—¿Qué?
—Como lo del ayuno —le aclaré e hice un movimiento con la mano—. Es igual, jefe, no lo entenderías .
—Eres incorregible.
—Pero encantador —añadí y moví las pestañas de forma exagerada.
—Eso lo dices tú.
—Y varias más, aunque no voy a sacar referencias, soy un caballero.
Él se levantó, se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Anda, lárgate.
—Gracias, jefe. —Me di media vuelta sin perder un segundo—. ¡Hasta mañana!
La sensación de victoria era agradable y, para cuando entré en la zona de personal, sonreía como un gilipollas.
—Oye —amonesté a la figura desconocida agachada frente a una de las taquillas—, esta zona es solo para empleados.
La chica se giró despacio, y el cerebro se me colapsó al reconocerla.
—Hola.
—¿Qué…? —titubeé.
Ella tendió una mano en mi dirección y alzó una ceja.
—¿Qué tal? —preguntó con retintín.
Me quedé mirándola, y a ella se le dibujó una sonrisa siniestra en la cara.
—¿Qué haces aquí? —la acusé serio—. ¿Me has seguido?
Ella se echó a reír y, por alguna razón, aquello me sentó como una patada en los huevos.
—Claro —bufó entre risas—. Porque eres el centro del universo.
—No le encuentro la gracia —mascullé.
—Yo sí —continuó sin dejar de mirarme—. Porque no tienes ni idea de quién soy.
—¿Qué ?
Me dedicó una última sonrisa macabra y se largó de la sala, dejándome plantado frente a las taquillas con el título de gilipollas enmarcado.
Me quedé unos segundos quieto, intentando ubicarla. Me sonaba la cara, pero no recordaba de qué, más allá de la noche anterior.
Mi cerebro tenía un complejo mecanismo de autoprotección que borraba información no relevante y caras perjudiciales para mi escasa estabilidad mental, aunque…, ¿era posible que…?
No. No podía haberme acostado con ella, ¿verdad? Joder, no era normal tener tanta puntería como para hacer diana con madre e hija.
«No —intervino Peni, la voz de mi polla—. Precisamente la hija fue quien te jodió el polvo anoche y te obligó a machacártela en la ducha».
Mierda.
Entonces, ¿quién era esa tía?