Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 2 – Se acabó
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2 – Se acabó

Verdades incómodas: tomar decisiones puede ser una mierda.

CINTIA

—No te muevas —le rogué.

Él se detuvo con los brazos abiertos en la puerta del dormitorio.

—Cintia, cariño… —Dio un pequeño paso más en mi dirección. Y luego otro y otro más. Hasta que llegó a mi altura en el pasillo y, despacio, me envolvió en un abrazo—. Podemos hablarlo.

—¿Otra vez? —musité e hice el amago de separarme.

Él me retuvo.

—No te cierres, por favor.

—Kiko…

—¿Es porque no lo has disfrutado? —preguntó en un susurro—. Sé que llevamos unos días mal, y lo arreglaré. Encontraremos la solución, como siempre, pero no nos hagas esto.

«Podemos hablarlo».

«No te cierres».

«No nos hagas esto».

De nuevo las mismas frases envueltas en culpa.

No obstante, yo ya me había mentalizado de que la única salida era convertirme en la mala de la película.

Me quedé quieta unos segundos más, no por él, sino porque mi cuerpo ya estaba cansado de decidir. De tensarse. De intentar cuadrar cosas que hacía tiempo que no encajaban ni con un enorme y efectivo calzador, e inspiré hondo para recuperar la compostura.

Su olor se coló un poco más en mí. Ese aroma a él, a casa y a costumbre que ya no me provocaba lo mismo.

¿Alguna vez lo había hecho? Ni siquiera era capaz de recordarlo.

—Kiko, necesito espacio y pensar.

Se le tensaron los brazos y, un segundo después, me soltó.

—Lo siento —murmuró.

Cerré los ojos un instante. Después, di un paso atrás despacio y con cuidado, como si cualquier movimiento pudiera romperlo todo, cuando en realidad ya estaba todo en ruinas.

—Yo también lo siento.

Él me miró con el ceño fruncido. Se encontraba a medio vestir y, aunque acabáramos de acostarnos, no tenía ni un solo pelo fuera de su sitio. Su expresión, entre vulnerable y confundida, apenas le distorsionaba los rasgos.

Kiko no perdía la compostura.

Eso era parte de lo que me había hecho quererlo y el motivo por el que siempre había sido mi lugar seguro .

Paradójicamente, también era uno de los motivos que me habían llevado hasta ese momento.

—Pensé que… —empezó—. Creí que lo estábamos arreglando.

El nudo en el estómago se me apretó un poco más.

—Esto no se arregla con sexo.

No lo dije mal. Tampoco con cariño, solo cansada.

Alguien que no lo conociera no se habría dado cuenta, pero yo llevaba más de diez años a su lado, así que fui capaz de ver cómo su expresión pasó por varias fases en muy pocos segundos: sorpresa, ofensa e intento de comprensión.

En ese mismo orden.

—No es solo el sexo —se defendió sin alzar la voz—. No lo rebajes a algo tan vulgar, Cintia.

Afirmé con la cabeza. Por primera vez nos poníamos de acuerdo en algo.

—Llevas razón. No es solo el sexo.

Entré en nuestra habitación y, con movimientos mecánicos, saqué una mochila del armario y comencé a llenarla. Él me había seguido en silencio.

—¿Te vas? —preguntó, y yo asentí—. ¿Ahora? ¿Así?

«Así». Qué palabra más fea para reprochar decisiones más que meditadas.

—Sí.

—¿A dónde irás?

Me encogí de hombros. No estaba obligada a decírselo, aunque acabaría sabiéndolo, pues tampoco había muchos sitios a donde pudiera ir.

—A casa de mi madre.

La frase me sonó más triste de lo que esperaba, como un retroceso en mi ciclo vital que no me apetecía en absoluto. Sin embargo, ya había comprobado que quedarme en el piso que teníamos alquilado a medias Kiko y yo desde hacía varios años tampoco era la solución.

—¿Por qué no lo dejamos reposar y hablamos mañana? —propuso, sentándose en la cama—. No conduzcas ahora, Cintia. Es casi de noche y estás enfadada.

Me giré despacio hacia él.

Eso, justo eso , era lo peor: que no lo estaba. Habría sido mucho más fácil haberme cabreado con él para irme de allí echando pestes por la boca, en vez de romperle el corazón de aquella forma.

—No estoy enfadada, Kiko.

—Pues no entiendo nada.

No lo culpé. Yo tampoco lo comprendía del todo, aunque tenía claro que no podía seguir estirando aquello.

No era justo ni para él ni para mí.

No había pasado algo en concreto que pudiera explicarle ni me había venido una revelación épica de pronto; tan solo es que llevaba demasiado tiempo sintiendo que necesitaba más y a la vez menos.

Y estaba cansada. No de Kiko, sino de sentir ese vacío rebosante.

Era como si comiese y comiese, pero nunca sintiera saciedad.

Ni siquiera sabía si tenía sentido nada de lo que me ocurría o si se me estaba yendo la cabeza por completo.

Era consciente de que habíamos avanzado mucho juntos como para tirarlo todo por la borda; sin embargo, esa incómoda sensación me acompañaba desde hacía tiempo y se había hecho fuerte los últimos días.

—Necesito pensar —repetí al final—. Y no puedo hacerlo aquí, Kiko .

Me colgué la mochila al hombro, anduve hasta la entrada y busqué las llaves en el bolsillo del vaquero.

—¿Vas a volver? —preguntó a mi espalda.

No había reproche en su voz, solo resignación. Me quedé quieta y sin saber qué responder.

—No lo sé —admití.

Él se quedó callado, y yo aproveché para abrir antes de que pudiera decir algo que me anclara a aquellas cuatro paredes; antes de que la culpa me hiciera quedarme una noche más, una semana más, viviendo una vida que cada vez sentía más ajena a mí.

El sonido de la puerta al cerrarse se me coló en las entrañas, dejé que la temperatura de la escalera me refrescase la cara y los pensamientos y bajé los escalones sin prisa.

Mi cuerpo necesitaba adaptarse a la idea de avanzar en la dirección contraria a lo que debía hacer. Y no era fácil.

Una vez afuera, el calor propio de finales de junio me dio la bienvenida.

Lancé la mochila al asiento del copiloto y metí la llave en el contacto de mi viejo coche.

No arrancó hasta el tercer intento, y a mí me dio la impresión de que aquel montón de chatarra, herencia de mi padre, también se oponía a mis planes.

Conduje sin música. Las luces pasaban rápidas a mi alrededor mientras yo me sentía cada vez más extraña. A mis veinticinco años había aprendido, de la manera más incómoda posible, que tomar decisiones vitales era una absoluta y gran mierda.

La presión que notaba en el pecho no se alivió cuando aparqué bajo el bloque de pisos en el que había crecido. Ni cuando me metí en el ascensor y este subió las tres plantas.

Al llegar frente a la puerta, y mientras trataba de localizar las llaves en la mochila, me aferré a la certeza de que, al menos allí, nadie esperaría explicaciones ni me obligaría a tomar decisiones, pues hacía cinco años desde la última vez que mi madre había ejercido como tal y me había dado un consejo.

Exactamente el mismo tiempo que había pasado desde el divorcio.

La luz de la escalera se apagó justo cuando di con las llaves y, tanteando con las manos en la cerradura, conseguí introducirla. Casi sonreí al girarla.

Con un poco de suerte, mi madre aún no habría llegado a casa y podría escabullirme a la habitación de invitados.

Con un poco de suerte, yo estaría dormida para cuando regresara.

Con un poco de suerte…, que, por supuesto, no tuve.

Porque lo que me encontré en la entrada del piso no fue una estancia vacía, sino la figura de mi madre, de pie, con el sujetador al aire, la camisa abierta, la cara congestionada y los ojos abiertos de par en par mientras me miraba horrorizada.

Tras ella se vislumbraba el cuerpo de un hombre que, pese a estar tapado por el de mi madre, se apreciaba que apenas llevaba ropa puesta.

Cerré los ojos un segundo. Solo uno. El tiempo justo para que mi cerebro intentara convencerme de que aquello era producto del cansancio, del calor o de haber tomado una decisión importante hacía menos de media hora.

El tiempo justo para desear, muy fuertemente, que, al abrirlos, me encontrara sola.

Por supuesto, no fue así. Todo seguía exactamente igual.

—¿Qué…?

—Hija —me interrumpió ella—. ¿Qué haces aquí?

Su voz salió ahogada, como si ella también acabara de darse cuenta de la escena en la que estaba inmersa. Movió los brazos y trató de cubrirse el sujetador con la camisa abierta, gesto inútil y tardío que solo consiguió que el momento resultara aún más incómodo.

Fui incapaz de contestarle. Y no porque no quisiera hacerlo, es que no sabía si hablarle como la hija adulta que entendía que su madre tenía derecho a rehacer su vida, como la mujer cansada que acababa de abandonar la suya o como la niña que, de pronto, sentía que había perdido el último refugio que le quedaba.

No pude elegir ninguna.

Mi atención se fue una vez más al cuerpo masculino a medio tapar. Bastó un segundo más para que él se moviera, diera un paso al lado y quedara completamente a la vista.

Los ojos se me abrieron al reconocerlo.

Era él…

El tipo más irresponsable que conocía.

El que siempre llevaba las camisetas arrugadas y la sonrisita absurda.

El seductor de pacotilla que tenía la capacidad infinita de sacarme de quicio.

Ese «él».

Guillermo. En calzoncillos, en la entrada de mi madre. Enrollándose con mi madre.

Por suerte aún no habían pasado a mayores o al menos eso me pareció. La ropa de él estaba tirada por el suelo y la anticipación se palpaba en el aire.

A todas luces los había pillado justo antes de follar. Aunque esa certeza no me tranquilizó en absoluto.

Durante un momento nadie se movió. Nadie habló. La escena quedó suspendida en un punto muerto absoluto y casi surrealista.

Él fue el primero en reaccionar .

Tendió una mano en mi dirección, y yo miré aquella extremidad con cierta aprensión al pensar dónde habría estado metida.

—Eh… —dijo al final—. ¿Qué tal?

«¿Qué tal?». ¿En serio me estaba preguntando eso?

Lo observé alucinada y luego miré a mi madre. Fue entonces cuando ella consiguió reaccionar.

—Guille, vístete y vete, por favor.

Él asintió una sola vez.

—Ahora mismo.

Se giró para recoger su ropa del suelo mientras yo seguía sin moverme, con la mochila colgada de un hombro y la puerta abierta a mi espalda.

Hasta entonces no caí en que quizá debía de haber cerrado, pues aquel espectáculo no tenían por qué verlo los vecinos si pasaban por el rellano.

Me aparté un paso cuando él se me acercó y no me quedé a ver la despedida.

Avancé por el pasillo como si estuviera caminando por un sitio desconocido, y no solo porque la casa estuviera reformada por completo y mi habitación se hubiera convertido en un gimnasio casero.

Intenté no tocar nada al entrar en la habitación de invitados, apoyé la frente en la madera al cerrar y dejé salir el aire que llevaba reteniendo desde que había llegado.

Necesitaba un cigarrillo. O dos. O veinte. Y eso que ya no fumaba…

Fui capaz de oír la puerta al cerrarse y luego unos pasos que se detuvieron al otro lado de la madera. Tras unos segundos, los sentí alejarse.

Me dejé caer en la cama y miré el techo. Y el silencio me pesó en el pecho. No era un silencio cómodo, era uno lleno de cosas que no quería ordenar aún y que no podía abordar en aquel momento.

Me giré de lado, abracé la almohada y me obligué a respirar despacio. Conté mentalmente hasta diez, como cuando algo estaba a punto de desbordarse.

No. No iba a pensar en Kiko. No iba a pensar en mi madre. Y mucho menos iba a pensar en el dichoso Guillermo, en calzoncillos, con mi madre en la entrada de la casa.

No iba a pensarlo. Pero lo pensé.

Tomar decisiones era una mierda, sí. Pero descubrir que incluso los lugares seguros dejan de serlo en algún momento…, eso es otra liga.