Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8) 1 – Un huracán en pelotas
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Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8)

Si esto es amor no quiero saber qué es el infierno (Costa Serena 8)

Por Maca Ferreira

© inepub.com

1 – Un huracán en pelotas

Consejo de mierda que nadie pidió: si el plan sale mal, niégalo todo.

GUILLE

—No te muevas —me advirtió en un siseo.

Tampoco me habría dado tiempo, ¿para qué engañarnos? Un momento después me sacó la camiseta por la cabeza y la lanzó al suelo como si fuera un trapo viejo y sucio. Acto seguido, me estampó la espalda contra la fría pared de la entrada.

Gemí por el contraste de temperatura con mi piel.

Y por ella, claro.

Continué sin moverme, y no porque no fuera capaz de apartarla de mí, sino porque lo que me estaba haciendo con la lengua en el cuello se sentía de puta madre.

Y también porque, a aquellas alturas de la película, cualquier intento de retirada hubiera sido tan ridículo como pretender negociar con un huracán en pelotas.

Deslizó la boca, húmeda y caliente, desde mi cuello hasta los pectorales. La tía irradiaba una seguridad en cada movimiento que me la ponía aún más dura. Estaba claro que no tenía tiempo para tonterías ni para niñatos que se preguntaban demasiado las cosas. Por suerte, yo no era así.

Más bien, justo lo contrario, de hecho.

Aunque toda esa confianza se le vino un poco abajo al llegar a mi pezón; parecía que no sabía cómo enfrentarse al trozo de metal que lo cruzaba diagonalmente.

Se me escapó una risa baja, y ella se separó lo justo para mirarme.

—¿Te hace gracia algo? —me preguntó con una ceja arqueada.

—No. —Sonreí y la agarré del cuello para atraerla hacia mí.

Le invadí la boca con la lengua mientras ella me bajaba el pantalón corto de algodón y colaba una mano por donde sabía que iba a provocar un puto incendio.

Inés besaba como si nos conociéramos desde hacía años y no hubiera pasado tan solo una hora desde que nos vimos por primera vez.

Una hora desde que salí del trabajo sudado, cansado y con olor a crema solar barata, harto del grupo de adolescentes que me había tocado.

Me habían puesto la cabeza como un bombo, así que no me quedó más remedio que darme un chapuzón rápido e ir al chiringuito. Necesitaba beber algo frío y pasar un rato mirando el mar sin hacer absolutamente nada más. Y sin escuchar gilipolleces, a poder ser.

«Entonces mejor no te escuches a ti mismo» .

Ignoré esa incordiosa voz mental y me pedí una Coca-Cola con mucho hielo. Con mi botín, me acerqué a la larga mesa exterior, frente al mar, y dejé caer la mochila a mis pies.

No tardé en desviar la vista y fijarla en ella.

Estaba sola, apoyada en la barandilla de la derecha, mirando el agua con cara de esperar una respuesta importante.

Cuarentona, pelo castaño, piel apenas dorada por el sol, piernas brillantes y cuñas de tacón. Llevaba una falda por encima de las rodillas que se le levantaba con el viento y una blusa blanca sin mangas.

Era atractiva y lo explotaba.

Tenía las gafas de sol a modo de diadema y no daba la impresión de estar allí por casualidad. Tampoco parecía una turista al uso. Quizá estaba esperando a su marido o era la madre de alguno de los chiquillos a los que dábamos clase aquel verano, matando el rato hasta que saliera.

Continué mirándola sin ningún disimulo mientras le daba un trago a mi bebida, y lo notó.

Giró el cuello, hizo contacto visual y, cuando le sonreí de medio lado, me devolvió el gesto. Por el repaso que me dio con esos ojos oscuros supe que aquello no iba a quedarse ahí.

«Al lío», me dije.

Me bajé del taburete, y ella, sin amilanarse, alzó una ceja mientras me acercaba.

—Hola.

—No soy yo —respondió.

Arrugué la frente.

—¿Eh?

—Tu cita. No soy yo.

Me reí .

—Qué pena. —Apoyé la cadera en la barandilla y compuse mi mejor cara de canalla folladorable —. Habrá que solucionarlo.

Se quitó las gafas de la cabeza y me echó un vistazo mientras mordía una de las patillas. El movimiento que hizo con la lengua al regresar a mis ojos se me fue directito a los pantalones.

—¿Cómo te llamas?

Me dejé caer un poco más en la barandilla y coloqué un codo sobre la madera.

—¿Cómo quieres que me llame? —respondí.

Fue su turno para soltar una carcajada.

—¿Eres mayor de edad, al menos?

—Depende… ¿Qué tienes en mente?

Me sostuvo la mirada sin pestañear.

—No me gusta perder el tiempo.

—¿Y la ropa?

Sonrió y se me quedó mirando un segundo. Me estaba midiendo.

Al cabo de un momento, asintió, se giró del todo hacia mí y me tendió la mano.

—Inés —se presentó—. Cuarenta y tres años y abogada.

Amplié la sonrisa y me acerqué un poco más al agarrarla.

—Guille, veintisiete y libre como el viento —contesté—. No eres de Costa Serena.

—No.

Agarró mi bebida y me miró por encima del vaso mientras le daba un trago.

—¿Y qué haces aquí? —insistí.

—Esperar…

—Pues estás de suerte. Ya he llegado.

Soltó otra risa, más seca en esa ocasión, y se giró para mirar una última vez el horizonte. La imité durante un instante y luego giré el cuello hacia ella.

—No tengo toda la noche —me advirtió.

—Me gusta dormir en mi cama.

Asintió complacida.

—Ven conmigo, Guille.

Por supuesto, no me lo pensé y fui con ella hasta su coche.

Al entrar puso la música a un buen volumen. No hubo conversaciones profundas ni promesas románticas. Ni siquiera nos habíamos tomado la molestia de conocernos mejor en el trayecto hasta su casa. ¿Para qué? Ambos sabíamos de qué iba aquel encuentro: sexo sin complicaciones.

A ratos cruzábamos miradas rápidas; otras veces, le apoyaba la mano derecha en el muslo, y ella se subía la falda lentamente.

Al llegar éramos un amasijo de piel, prisas y deseo. Y justo allí me retenía, contra la pared de la entrada.

No nos habíamos pedido permiso para empezar a tocarnos. Habría sido absurdo.

Noté enseguida que Inés no necesitaba que yo tomara las riendas; había mujeres que buscaban choque, pulso y pelea. Ella no. Inés quería marcar el ritmo y saber que el otro no iba a fastidiarlo por puro ego.

Por suerte para ella, yo siempre había sabido cuándo dejarme llevar y disfrutarlo. Así que no intenté girarla ni imponerme. Me limité a seguirla, a responder.

Me robó un gemido en cuanto comenzó a mover la mano por dentro del calzoncillo.

—¿Alguna vez has estado con una mujer dieciséis años mayor que tú ?

Sonreí y aproveché ese momento para desabrocharle la blusa.

Me relamí al ver cómo se le marcaban los pezones oscuros bajo el encaje y no me pude resistir a apresar uno con los dientes.

Ella siseó y me tiró del pelo de la nuca.

—Contesta, Guille —me exigió.

—No tienes de qué preocuparte —respondí, con la cabeza inclinada por su agarre y sin dejar de sonreír—. Hagas lo que hagas, no me vas a pervertir.

No iba a entrar en detalles de mi vida sexual. Lo más seguro era que, de hacerlo, la escandalizada fuese ella.

Llevé las manos al cierre de su sujetador; Inés se tensó.

Le besé el cuello; no reaccionó.

Alcé la cabeza, pues algo no cuadraba… Entonces oí el ruido. Y lo supe.

Iba a morir.

Nos miramos sin necesidad de decir nada mientras una llave giraba en la cerradura.

En una décima de segundo, mi cerebro dejó de ser un lugar vacío y feliz, y las teorías estallaron como fuegos artificiales sin control:

«Novio culturista».

«Niñera con unos cuantos chiquillos que acabarían traumatizados».

«Compañera de piso lesbiana con cero ganas de encontrar a un tío en calzoncillos y empalmado».

«Marido con predilección por los asesinatos a los menores de treinta».

La puerta cedió, y a mí lo último que se me pasó por la cabeza, antes de averiguar qué teoría era la acertada, fue que mi nombre tenía todas las papeletas para acabar en una lápida esa misma noche.

Mi padre se cabrearía conmigo por joderle la barbacoa del domingo.