Epílogo. Dylan
Epílogo
Dylan
El silbato del árbitro resuena en todo el campo, marcando el final del partido. Me dejo caer de rodillas sobre el césped mientras respiro con fuerza.
Hemos ganado, pero, irónicamente, eso es lo de menos.
Durante años, cada vez que pisaba un campo de fútbol sentía que llevaba una mochila de cien kilos a la espalda. Creía que cada pase, cada carrera y cada gol eran la moneda de cambio con la que tenía que pagarle a Richard todo lo que había hecho por mí y por mi madre.
Me exigía tanto que a veces dolía jugar.
Estaba aterrorizado por la idea de fallarle, de no ser lo suficientemente bueno, de demostrarle que apostar por mí había sido un error.
Pero hoy, al levantar la vista hacia la grada, me doy cuenta de que esa mochila ha desaparecido.
Me he dado cuenta de que, cuando alguien te quiere de verdad, no tienes que estar demostrando continuamente que mereces la pena.
El amor sano no es un alquiler que tengas que pagar cada día a base de ser perfecto, ni una deuda que se salda cumpliendo las expectativas de los demás.
Cuando alguien te quiere de verdad, te acepta con las manos vacías.
Te da un lugar seguro en el que quedarte incluso los días en los que sientes que no tienes nada bueno que ofrecer. Te abrazan por tus grietas, no por el esfuerzo que haces intentando taparlas.
Richard está de pie, aplaudiendo con Elsie subida a sus hombros y con mamá a su lado. Ambos me dedican una sonrisa enorme, llenas de puro orgullo. Y lo entiendo. Lo he entendido por fin en estos últimos meses. Nunca me han pedido que sea perfecto. Solo querían verme feliz.
Me pongo en pie y me seco el sudor de la frente con la camiseta, pero mis ojos no se detienen hasta encontrarla.
Talya está apoyada en la barandilla. Lleva puesta una de mis camisetas del equipo, con el diez a la espalda y mi apellido, Ashmore, brillando justo encima.
Ver mi nombre en ella me hace sonreír como un absoluto idiota.
Cuando nuestros ojos se cruzan, me regala una sonrisa que me paraliza por completo.
Joder. Cada vez que la miro siento que me va a reventar el pecho de lo absoluta, completa y jodidamente enamorado que estoy de ella.
Verla sonreír así, con esa luz en los ojos, es el mayor triunfo de mi vida. Aunque los miedos no se han ido del todo, cada día está un poco más cerca de perdonarse a sí misma por cosas de las que nunca tuvo la culpa.
Ya no es la chica que intentaba hacerse invisible para que el mundo no la lastimara. Ahora se ríe a carcajadas en los desayunos con Richard y mi madre, se deja abrazar por mi hermana y la he visto dormir del tirón sin despertarse ahogada por las pesadillas.
Ha encontrado un lugar donde respirar. Y yo pienso estar ahí, todos los días, para recordárselo cuando lo olvide.
Ignoro a mis compañeros, que saltan celebrando la victoria en el centro del campo y troto directo hacia la grada.
Al llegar a su altura, me apoyo en la valla de metal. Talya se inclina hacia delante y me pasa una mano por el pelo, sin importarle lo más mínimo que esté sudado.
—Buen partido, Ashmore —murmura con los ojos brillando de diversión.
—Estaba intentando impresionarte —bromeo con la respiración aún agitada.
Entonces, le aparto un mechón de pelo de la cara, la agarro de la nuca con suavidad y acorto la distancia que nos separa. La beso ahí mismo, por encima de la barandilla, frente a todo el campo y sin que me importe una mierda quién nos esté mirando.
Cuando nos separamos, apoyo mi frente contra la suya.
—Te quiero, Talya Monroe.
Ella sonríe contra mis labios, con esa sonrisa que sigue parándome el corazón.
—Te quiero, Dylan Ashmore.
—Voy a darme una ducha. —Le doy un último beso rápido y, ahora sí, camino hacia el túnel de vestuarios, aunque sin dejar de mirarla—. ¡Y prepárate, porque tengo una sorpresa para ti!
Ella enarca una ceja, curiosa, pero sé que no tiene ni la más remota idea de lo que le espera.
He estado dos días fuera de Edimburgo. Le dije que tenía que ir a unas pruebas con un ojeador en Londres, pero era una completa mentira. Fui a hacer el viaje más importante de mi vida para recuperar una parte de la suya.
Y me estoy muriendo de ganas de llegar a casa para ver su cara.