Setenta y cinco. Dylan
Setenta y cinco
Dylan
El salón huele a pizza, a cerveza y al aire helado que se cuela por la ventana que Alice ha abierto para airear la habitación. Faltan apenas unas horas para dar la bienvenida al año nuevo y el nivel de ruido en casa de los Hartley roza lo ilegal.
—Si vuelves a poner esa canción, te juro que tiro el altavoz por la ventana —amenaza Jamie, apuntando a Erik con un trozo de pizza a medio comer.
—Yo voto por tirarte a ti y quedarnos con el altavoz —interviene Noa desde el sillón mientras lo fulmina con la mirada—. Haría mucho menos ruido.
—Pero, bueno, ¿así de agresiva piensas despedir el año?
—Es mi estado natural cuando te tengo tan cerca —replica ella. Intenta mantener su habitual expresión de fastidio, pero la comisura de sus labios la traiciona curvándose en una sonrisa que intenta ocultar dándole un sorbo a su bebida.
Erik se lleva una patata a la boca con una calma exasperante, completamente acostumbrado a la tensión que esos dos arrastran a todas partes.
—Es un clásico intocable, Jamie —sentencia para defender su lista de reproducción con una ceja levantada—. Respeta la cultura.
Mientras Harry empieza a soltar un monólogo a la velocidad de la luz sobre por qué esta canción es un himno generacional que debería estudiarse en los colegios, Alice niega con la cabeza riéndose por lo bajo.
Observo la escena desde el extremo del sofá, con una cerveza en la mano que ni siquiera he abierto. Es el caos de siempre. La misma gente de siempre. Pero hoy todo parece diferente.
Agacho un poco la cabeza y la miro.
Talya está sentada en el suelo, entre mis piernas, con la espalda apoyada en el sofá. No está metida de lleno en la discusión del altavoz, pero sigue la conversación con una pequeña sonrisa en los labios.
Hace un rato, en pleno caos de bromas y conversaciones cruzadas, he notado que su mirada se perdía un segundo. Que se encogía sobre sí misma, como si la costumbre de sentirse fuera de lugar, de creer que estorba o que no encaja en algo tan normal amenazara con arrastrarla de nuevo a la oscuridad.
Las heridas que lleva por dentro no van a desaparecer de un día para otro.
Pero la diferencia es que hoy no ha intentado hacerse pequeña para no estorbar.
No se ha envuelto en esa coraza de silencio que suele usar para difuminarse en el fondo de la habitación.
Hoy ha reclamado su propio espacio. Ha dejado caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi pierna, y hasta se ha atrevido a devolverle una broma a Harry con una seguridad que me ha dejado sin palabras.
Cuando Alice le ha ofrecido otro trozo de pizza, lo ha aceptado con absoluta normalidad, riéndose de verdad, dejándose querer sin que nadie la trate como a alguien de cristal.
Verla así, envuelta en este ruido, siendo una más… me parece un puto milagro.
—Oye, Talya —la llama Jamie desde el otro lado de lamesa—. ¿Tú qué dices? Vota para echar a Erik del control de la música, por favor. Eres mi única esperanza de empezar el año con dignidad.
Ella suelta una risita suave y se encoge de hombros.
—Lo siento, Jamie, pero creo que yo también estoy a favor del clásico de Nochevieja.
Un abucheo general dirigido hacia Jamie inunda el salón, seguido de las risas triunfales de Erik, que choca los cinco con Talya.
Ella sonríe, con esa sonrisa real y sincera que hace que se me encoja el corazón. Encaja perfectamente, aquí, conmigo. Y rodeada de nuestros amigos.
—¡Me habéis traicionado todos! —exclama Jamie—. Ashmore, tú el primero. Te has vuelto un blando desde que estás enamorado. ¿Para cuándo la boda? ¿Gary llevará los anillos o qué?
Miro a Talya con una sonrisa y noto que el calor le sube de golpe a las mejillas.
Se pone roja como un tomate y esconde un poco la cara contra mi rodilla.
Se ríe bajito, disfrutando de ese tipo de confianza que solo te dan los amigos de verdad.
Alice le dedica una sonrisa cómplice desde el otro lado, asintiendo como si estuviera presenciando el final de una película que todos sabían cómo iba a terminar.
Le acaricio la mejilla con el pulgar y ella levanta la vista para mirarme desde abajo. Me dedica una sonrisa tímida y pequeña, y yo siento un vuelco tan fuerte en el pecho que casi me corta la respiración.
En este instante, con el eco de las risas de fondo y el frío de la calle golpeando el cristal, me doy cuenta de que es cierto. Mirándola a los ojos, entiendo que Jamie tiene razón.
No puedo negarlo. Ni quiero hacerlo.
Lo que siento por Talya no se parece en absoluto a nada que haya sentido antes.
Cuando por fin volvemos a mi casa, la noche ya ha caído de lleno. Talya aceptó sin apenas dudarlo cuando mi madre le ofreció cenar con nosotros esta noche y a mí no me pudo hacer más feliz saber que iba a poder despedir el año con ella a mi lado.
Mi madre está terminando de preparar la mesa, Richard descorcha una botella de vino y Elsie, que revoloteaba por el salón con un vestido de tul que, según ella, es su «traje de gala para el año nuevo», se abalanza para abrazar a Talya en cuanto cruzamos la puerta.
Durante la cena, apenas pruebo bocado. Me dedico a observarla. Talya está sentada a mi lado, riéndose de una anécdota mal contada de Richard y ayudando a Elsie a cortar su carne. Gary, cómo no, se ha instalado debajo de su silla y le roza los tobillos buscando atención.
Y está absolutamente preciosa.
La miro y pienso en la chica aterrorizada que me encontré llorando en el baño de los chicos en su primer día. La que se encogía sobre sí misma y pedía perdón por respirar.
Y ahora, verla aquí, integrada en mi familia como si siempre hubiera pertenecido a esta mesa, hace que se me forme un nudo en la garganta.
Suenan las campanadas. El año nuevo comienza y el cielo empieza a iluminarse con los primeros fuegos artificiales. El salón se llena de gritos, de risas y de mi hermana saltando sobre los cojines. En medio de todo ese ruido, Talya se gira hacia mí.
—¿Salimos un momento? —me susurra al oído.
No necesito que me lo diga dos veces.
El aire de la noche escocesa nos golpea con fuerza en cuanto salimos al porche trasero, pero ninguno de los dos parece querer volver a entrar. El silencio del jardín es el contrapunto perfecto al ruido que llega desde el interior de la casa.
Nos apoyamos en la barandilla de madera, hombro con hombro, pero Talya no se queda ahí. Se gira hacia mí y da un paso, rompiendo la pequeña distancia que nos separa.
Me pone las manos en el pecho, justo encima del corazón, y me obliga a mirarla de frente. El gesto es tan decidido, tan lleno de una confianza que hace unos meses era impensable que me deja sin aliento.
—Dylan… —empieza, y su voz suena más firme que nunca—. Llevamos mucho tiempo centrados en mí. En mis miedos, en mi pasado…
Acaricia la tela de mi sudadera con los pulgares sin apartar sus ojos dorados de los míos.
—Pero hoy es una noche de cierres —continúa—. Y quiero saber cómo estás tú. Cómo estás de verdad. Quiero saber cómo te sientes.
La pregunta me pilla con la guardia baja.
Suelto un suspiro largo y el vaho flota en el aire antes de desaparecer.
—Sinceramente… —le confieso, dejando que mis manos busquen su cintura por pura inercia—. Estoy bien, Talya. Estoy muy bien.
Le aparto un mechón de pelo que el viento le ha puesto en la cara.
Ella me observa en silencio, con esa fijeza que parece capaz de leer lo que ni siquiera yo me atrevo a decir en voz alta.
Entonces da un paso más, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros, y apoya su mejilla sobre mi pecho, justo donde late mi corazón.
Su calor traspasa las capas de ropa, anclándome al suelo.
—Siempre me he preguntado por qué te esforzabas tanto en… en protegerme —susurra contra la tela de mi jersey—. Y esta noche, al verte ahí dentro con tu familia, creo que lo he entendido.
Talya levanta la cabeza despacio. Sus ojos me atrapan bajo la luz de la luna; están brillantes, expuestos y llenos de una certeza absoluta que me paraliza.
—Yo me he pasado la vida huyendo porque creía que sobraba en todas partes —dice con la voz temblando ligeramente, pero sin apartar la mirada—. Y tú te has pasado la vida corriendo porque creías que, si te frenabas, nadie querría quedarse a tu lado.
Me quedo sin aire.
Joder. Es como si me hubiera abierto el pecho en canal.
Durante toda mi vida, mi valor ha estado ligado a lo que podía hacer por los demás. Ser el hijo perfecto, tanto para mi madre como para Richard. Ser el deportista que no flaquea o el estudiante brillante.
Supongo que, cuando la primera persona que debería haberte querido decidió que no valías el esfuerzo de quedarse, creces con un miedo constante tatuado en los huesos: el miedo a que los demás también se cansen de ti.
Durante mucho tiempo, he arrastrado la idea de que el afecto es algo que se gana a pulso, un premio por no dar problemas, por ser el más fuerte, por ser el muro que nadie puede derribar.
Sentía que, si alguna vez dejaba de ser útil, la gente simplemente se cansaría de mí.
Que se irían. Como se fue él.
Trago saliva, incapaz de articular palabra, porque siento que, si abro la boca, me voy a romper en mil pedazos.
Ella nota mi tensión. Desliza sus manos por mi pecho hasta llegar a mi nuca y enreda sus fríos dedos en mi pelo para obligarme a inclinar la cabeza hacia ella.
—Puedes dejar de correr, Dylan —murmura a escasos milímetros de mis labios, y suena como si estuviera pronunciando el conjuro que rompe mi maldición—. Ya hace tiempo que has llegado.
Me muerdo el labio inferior.
—No tienes que ser perfecto para que la gente decida quedarse a tu lado —añade, rozando su nariz con la mía con una ternura que me desarma por completo—. Yo me quedo. Richard se queda. No por lo que haces o por lo que ganas, Dylan. Nos quedamos por quién eres.
Paso los pulgares por sus mejillas, acariciando su fría piel. Ella, que ha pasado tanto tiempo creyendo que estaba rota y que era una carga para el mundo, acaba de reconstruir el mío con un par de frases.
—Eres perfecta, Talya Monroe.
Y entonces, sin poder aguantar más, la beso.
No es un beso dulce, ni contenido. Es un beso desesperado y hambriento, cargado de todo el alivio que no sabía que necesitaba sentir. La atraigo contra mí con tanta fuerza que el aire desaparece entre nosotros.
La beso con la certeza de que el chico que empezó intentando salvar a una desconocida ha acabado siendo salvado por ella de su propia exigencia.
El capítulo de las sombras empieza a cerrarse, pero el nuestro, el de verdad, acaba de empezar.