Setenta y cuatro. Talya
Setenta y cuatro
Talya
El trayecto hasta la casa de Dylan es un borrón de luces y sombras.
Él m antiene su mano apretada contra la mía sobre la palanca de cambios, y ese contacto es lo único que evita que me deshaga del todo.
Cuando apaga el motor, el silencio del coche me zumba en los oídos. Dylan se gira hacia mí. Se limita a soltarse el cinturón y a coger mi mano, dándome todo el tiempo del mundo para respirar.
—Estoy contigo —susurra mientras me aprieta los dedos.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra, y abro la puerta.
Al cruzar la puerta de entrada, la casa está en completo silencio. No se escuchan las risas de Elsie ni el ajetreo habitual que siempre llena estas paredes.
Mis propios pasos sobre la madera me suenan ensordecedores.
El pánico me sube por las piernas y me paraliza a mitad del pasillo.
Ahora que respiro este aire, me siento como la peor de las intrusas.
Esta es la familia de Dylan, la vida tranquila que Bell y Richard han construido.
Y yo estoy a punto de irrumpir en su salón arrastrando conmigo la sombra de mi propio desastre. Siento que voy a romper su paz.
Me detengo en seco, completamente incapaz de dar un paso más.
Dylan se da cuenta al instante. Se para a mi lado, me rodea la cintura con un brazo y tira suavemente de mí hacia él, pegándome a su costado.
—Estás bien, Talya. Puedes hacerlo —me susurra al oído.
Trago saliva, me aferro a su mano como si fuera un salvavidas y obligo a mis pies a seguir avanzando.
Al llegar al salón, lo veo.
Richard está sentado en el borde del sofá.
Tiene los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en un punto fijo del suelo.
A su lado, de pie y con una mano apoyada de forma protectora en su hombro, está Bell.
Tiene los ojos enrojecidos, pero, cuando me ve entrar, me dedica una sonrisa triste y llena de compasión.
No hay tensión entre ellos. No hay recelos. Solo veo a dos personas buenas a las que les acaba de estallar una bomba entre las manos.
Richard levanta la cabeza al escuchar nuestros pasos.
Su postura inquebrantable, esa seguridad que siempre lo acompaña, ha desaparecido por completo. Me mira y, por primera vez, veo en sus ojos algo parecido al dolor.
Me quedo clavada en el umbral de la puerta. El corazón me late tan fuerte contra las costillas que me duele. El miedo irracional a que me rechace, a que vea en mí a… al monstruo de su hermano, hace que quiera darme la vuelta y salir corriendo.
Dylan sigue acariciando el dorso de mi mano con el pulgar para darme fuerzas y, entonces, Richard se pone en pie despacio y da un paso vacilante hacia mí.
Me encojo ligeramente por puro instinto, pero él no se detiene.
Acorta la distancia que nos separa con decisión, levanta los brazos y me envuelve en un abrazo firme, protector y lleno de calor.
Tras un segundo en el que siento que estoy paralizada, el aire abandona mis pulmones y termino apoyando la frente contra su pecho.
—Ahora entiendo por qué desde el primer día me resultabas tan familiar —susurra Richard contra mi pelo con la voz rota—. Eres idéntica a Sophie. Tienes la misma luz que tu madre.
Cierro los ojos de golpe, dejando que sus palabras me calen los huesos.
De repente, todas las piezas sueltas encajan de golpe.
Esa conexión instantánea que sentí con él sin saber por qué.
Las similitudes entre los dos e incluso nuestra alergia compartida a las fresas.
No era casualidad. Era nuestra propia genética hablando; la prueba de que, después de todo, la sangre de «mi padre» no estaba del todo envenenada.
Por primera vez en mi vida, llevarla no parece una condena.
—Lo siento muchísimo, Talya. —Richard rompe el abrazo para mirarme a los ojos, pero sus manos grandes y cálidas siguen aferradas a mis brazos—. No tenía ni idea de que él había tenido una hija y, por supuesto, no tenía ni idea de lo que…
No es capaz de terminar la frase. Aparta la mirada un segundo para pasarse una mano temblorosa por la cara.
—Corté todo vínculo con él hace muchísimo tiempo —confiesa y vuelve a mirarme a los ojos—. Me convencí de que había hecho lo correcto al borrarlo de mi vida, pero no sabía que al desentenderme te estaba dejando vivir un infierno.
Trago saliva para intentar tragarme el nudo que siento en la garganta.
—No puedo viajar al pasado ni borrar todo lo que hizo. Tendré que aprender a vivir con esta culpa el resto de mi vida. Pero ahora estás aquí y… —Se interrumpe a sí mismo.
El breve silencio pesa. Miro a mi alrededor, a este salón perfecto, lleno de amor y cariño, lleno de una familia que se quiere. Y siento como si acabara de ensuciarlo todo. Doy un pequeño paso hacia atrás por inercia, queriendo hacerme pequeña.
—Lo siento —murmuro, siendo totalmente incapaz de sostenerles la mirada—. Siento haber traído todo esto aquí. Siento muchísimo romper vuestra paz, yo no…
Es entonces cuando Bell da un paso al frente. Acorta la distancia y posa una mano con delicadeza sobre el brazo de Richard, apoyándolo en silencio, antes de clavar sus ojos en los míos.
—Talya, cariño, mírame —pide con esa voz cálida y maternal que la caracteriza.
Levanto la vista hacia ella.
—Escúchame bien —continúa Bell antes de acercarse un poco más para coger mis manos entre las suyas—. Tú ya estabas en nuestras vidas. Entraste por esa puerta de la mano de Dylan y ya te habíamos hecho un hueco. Que ahora sepamos esto no cambia nada, solo hace que estés aún más cerca de nosotros.
Me dedica una sonrisa de esas que son capaces de curarlo todo.
—En esta casa siempre vas a ser bienvenida, Talya.
Richard asiente despacio y me mira con esa seguridad protectora que parece haber recuperado.
—No podemos quedarnos estancados en lo que pudo haber sido —sentencia él con firmeza—.
Lo único que importa ahora es el presente.
Estás aquí. Y no solo tienes a Dylan. —Hace una pequeña pausa para mirar al chico que sigue pegado a mi costado—.
Nos tienes a todos. A Bell, a Elsie y, por supuesto, a mí.
Siento la mano de Dylan acariciándome la espalda con suavidad, sosteniéndome, dejándome claro que él también es parte de esto, que no piensa soltarme, pero que ya no es el único que tira de la cuerda para mantenerme a flote.
Cojo aire.
Y, por primera vez en mi vida, no analizo la habitación buscando la salida de emergencia.
Miro a estas tres personas y el nudo que me ha estado asfixiando por fin se deshace. Ya no siento que ocupe un espacio que no me corresponde.
No piensan que sea una intrusa.
No me están haciendo sentir como tal, al contrario.
La certeza absoluta de que no estoy sola en el mundo me golpea con tanta fuerza que las rodillas me tiemblan.
Doy un paso al frente y me lanzo de nuevo a los brazos de Richard. Bell no tarda en acortar la distancia para envolvernos a los dos. Me aferro a ellos con fuerza y dejo que las lágrimas se derramen por fin, empapándoles la ropa, sabiendo que parte de la tormenta se ha quedado fuera.
Ya no tengo que huir.
Por fin he encontrado un hogar.