Setenta y tres. Talya
Setenta y tres
Talya
Me llevo el móvil a la oreja con los dedos aún temblorosos.
—¿Dylan?
—Sal a la puerta, Talya —me dice—. Llego en dos minutos. Tengo que hablar contigo.
Su tono es grave, tenso.
—¿Qué pasa? Dylan, ¿has podido hablar con Richard de la foto?
—Sal ahora, Talya. Por favor.
Cuelga antes de que pueda seguir insistiendo.
El miedo hace que sienta pesada la cabeza. Cojo el abrigo y abandono la casa casi corriendo.
Dylan aparece justo cuando estoy bajando los pequeños escalones del porche. Frena en seco delante de mí y abro la puerta del copiloto para dejarme caer en el asiento.
Al mirarlo, me asusto de verdad.
Está pálido y su respiración es pesada, como si acabara de correr una maratón.
—Dylan, por favor, me estás asustando —murmuro—. ¿Qué ha pasado?
Él traga saliva con dificultad, gira la cabeza despacio y clava sus ojos en los míos. Están llenos de una mezcla de rabia, incredulidad y una tristeza infinita.
Retira la mano del volante y busca la mía sobre mis piernas, entrelazando nuestros dedos con fuerza. Es como si quisiera anclarme a la realidad antes de empujarme al abismo.
—Escúchame, ¿vale?
Y entonces lo suelta.
Deja caer las palabras como si fueran bloques de cemento sobre mi pecho, que me aplastan los pulmones hasta dejarme sin una gota de aire.
El sonido de su voz se desvanece.
Me quedo mirando fijamente el salpicadero del coche, pero no veo absolutamente nada. El cerebro me hace un cortocircuito, incapaz de asimilar el idioma en el que Dylan me está hablando.
Richard.
Richard es ese hombre del que mi madre estuvo enamorada, tal y como sospechaba, y del que se alejó por complacer a Margaret.
Richard es el hermano de… de mi padre.
Richard es mi tío.
Aprieto los ojos con tanta fuerza que veo manchas de colores. El mundo entero acaba de reducirse a un pañuelo muy pequeño y asfixiante.
Debido a mi propio estado de shock, escucho la voz de Dylan como un eco lejano. No me satura con explicaciones interminables, pero me cuenta lo suficiente para que las piezas encajen en mi cabeza con un chasquido devastador.
—Richard perdió la relación con tu… con su hermano hace más de veinte años —relata—.
Siempre vio algo muy oscuro en él, pero la gota que colmó el vaso fue cuando empezó a salir con tu madre.
Talya, te prometo que Richard nunca ha vuelto a saber nada de él, ni siquiera cuando ese hijo de puta entró en la cárcel.
¡Es que ni siquiera sabía que tú existías!
Trago saliva mientras me acomodo en el asiento. Por supuesto, él nunca tuvo ni la más mínima idea del infierno que ese monstruo desató en nuestra vida.
Giro la cabeza y miro a Dylan, apretando su mano con toda la fuerza que tengo.
—Necesito hablar con Richard.