Setenta y dos. Talya
Setenta y dos
Talya
Leo la última línea de la carta con la vista completamente borrosa por las lágrimas.
«Te adora con el alma, Mamá».
Me quedo mirando esa última frase hasta que las lágrimas me impiden verla. Dejo caer las manos sobre mi regazo, me hago un ovillo en el suelo y lloro.
Lloro con una fuerza que me desgarra la garganta.
No lloro por el monstruo de mi padre ni por el miedo ni por el pasado.
Lloro porque la echo de menos.
Daría cualquier cosa, mi vida entera, por sentir sus manos apartándome el pelo de la cara una sola vez más.
Por escucharla decirme que todo va a salir bien.
Por oír su risa en la cocina.
Me abrazo las rodillas, lo que hace que los folios se arruguen contra mi pecho, y dejo que todo el dolor salga de golpe.
Las palabras de su carta dan vueltas en mi cabeza.
«No quiero que te culpes por no haberte dado cuenta».
He pasado los últimos meses odiándome. Creyendo que fui una hija egoísta, que estaba tan hundida en mis propios traumas que dejé que mi madre se muriera sola delante de mis narices sin darme cuenta.
Pero ella lo escondió.
Me protegió hasta su último aliento para regalarme un poco más de normalidad.
Saber eso no me quita la agonía de haberla perdido, pero afloja el nudo que me asfixiaba el pecho. Me deja respirar un poco.
Me quedo en el suelo un buen rato, llorando hasta quedarme vacía.
Cuando por fin consigo que mi respiración se estabilice, me seco la cara con las mangas del jersey. Desdoblo un poco los folios y me fijo en unos párrafos en concreto, donde habla sobre que renunció a sus sentimientos para complacer a los demás.
Frunzo el ceño, limpiándome un resto de humedad de la mejilla. Mi madre renunció a algo por no hacer daño a personas cercanas.
«Yo tenía otros planes, otros sentimientos».
El corazón me da un vuelco.
Guardo la carta en su sobre, la meto en la mochila y me levanto del suelo despacio.
Se acabó.
No puedo seguir viviendo en una casa llena de reproches silenciosos y de miradas raras.
Necesito entender qué pasó.
Necesito saber qué papel desempeñó la tía Margaret en todo esto y por qué acabó odiando a mamá.
Salgo de la habitación y bajo las escaleras.
Me asomo al salón y no hay nadie, así que camino hacia la cocina y encuentro a Margaret allí.
Está de espaldas, apoyada en la encimera y mirando por la ventana hacia el jardín trasero. Su postura es rígida, como siempre, pero hoy parece increíblemente cansada.
Me quedo en el umbral de la puerta un par de segundos, reuniendo valor.
—Margaret —la llamo.
Ella se tensa y se gira despacio. Cuando sus ojos se clavan en los míos, veo que los vuelve a tener enrojecidos.
Entonces, me mira de arriba abajo y estudia con atención mi cara, fruto de haber estado llorando a mares.
Aprieta los labios.
—¿Estás bien? —pregunta. Su tono es estricto, pero hay una ligerísima nota de vulnerabilidad que nunca le había escuchado. De hecho, es la primera vez que se interesa por cómo me encuentro.
Desvío la mirada para intentar no ponerme aquí a llorar de nuevo.
—Necesito saber… —Hago acopio de toda la valentía que me queda en el cuerpo para poder continuar—. Necesito saber qué te pasa conmigo, Margaret. Necesito saber qué fue lo que te hizo tanto daño como para que me odies así, para que ni siquiera puedas mirarme.
Ella cierra los ojos. Cuando por fin los abre y me mira, la coraza de frialdad que siempre lleva puesta tiene una grieta aún más enorme.
—No te odio a ti. —La voz le tiembla ligeramente—. Odio lo que veo cuando te miro a la cara.
Trago saliva y me obligo a no dar un paso atrás.
—¿Y qué ves?
Suelta un suspiro tembloroso antes de continuar.
—Veo el mayor error de mi vida.
Me quedo paralizada, pero no hablo. Dejo que sea Margaret quien continúe.
—Tu madre y yo éramos… —empieza a contar—.
Ella era como una hermana para mí. Un día, me enteré de que ella y el chico del que yo llevaba años enamorada estaban juntos.
Me sentí tan humillada y traicionada por mi mejor amiga que le grité cosas horribles.
La aparté de mi lado por completo. —Niega con la cabeza, apretando los labios con rabia contenida—.
Y tu madre, que siempre tenía que ser la buena, la que nos cuidara a todos…
lo dejó. Se alejó de él y le rompió el corazón para no hacerme sufrir a mí.
Para intentar recuperar nuestra relación.
Veo que se aparta de un manotazo una lágrima que le empezaba a bajar por la mejilla. En silencio, me pregunto si ese hombre por el que se pelearon es… Richard.
—Pero yo no la perdoné —confiesa Margaret—. Fui tan orgullosa y tan estúpida… La castigué con mi desprecio durante meses. Fue en ese momento cuando… Cuando el monstruo de tu padre aprovechó la situación.
Un escalofrío violentísimo me recorre la columna.
—Si yo hubiera sido capaz de tragarme mi orgullo y hubiera aceptado que se querían…
—Coge aire antes de continuar—. Pero lo que de verdad me consume es que me pasé la vida castigándola.
Incluso después de casarme con su hermano, me encargué de que fuéramos unas completas extrañas.
El orgullo y la vergüenza no me dejaron acercarme a ella.
Pensé que tendría tiempo de arreglarlo. Que algún día nos sentaríamos a hablar y podría pedirle perdón.
Se lleva una mano temblorosa a la cara para intentar ahogar un sollozo.
—Pero no hubo tiempo. Se fue… Se fue sin que yo pudiera pedirle perdón.
Dejé que se marchara pensando que yo todavíale guardaba rencor.
Fui una cobarde hasta el final. Por eso no puedo mirarte.
Porque eres idéntica a ella. Y, cada vez que te veo, me recuerdas el perdón que nunca tuve valor de pedirle.
Me llevo una mano a la mejilla y noto la piel mojada.
Estoy llorando.
Pero mientras la veo desmoronarse, apoyada en la encimera como si el peso de sus propias palabras la estuviera aplastando, me doy cuenta de que mis lágrimas no son de pena. No siento lástima por ella ni por su dolor.
Lo que siento es una rabia tan profunda que me hace temblar.
Entiendo su culpa.
Entiendo que se odie por haber dejado a mi madre sola y por no haber llegado a tiempo para despedirse. Pero… ¿y yo?
¿Por qué tengo que pagar sus remordimientos?
Me ha tratado con frialdad y desprecio desde el minuto en que pisé esta casa. Ella perdió a su mejor amiga, pero yo perdí a mi madre.
Me ha hecho sentir que sobraba, que era una carga de la que se compadecía por obligación.
Y todo este tiempo, todo ese rechazo no era porque yo hubiera hecho algo mal.
Era porque no tenía el valor de perdonarse a sí misma.
Era mucho más fácil castigarme a mí que enfrentarse a su propia culpa.
—Así que me has estado haciendo pagar a mí por algo que hiciste tú. —Mi voz suena débil, pero firme al mismo tiempo—. Me has hecho sentir fatal solo porque no soportabas mirarme y que te recordara lo que hiciste.
—Lo siento muchísimo, Talya.
Niego con la cabeza.
No quiero su perdón. Ya no me sirve de nada.
—Sabías de dónde venía. —Mis palabras salen cargadas de una rabia que no sabía que tenía—.
Llegué a esta casa sintiéndome rota, aterrorizada, con el horrible dolor de perder a la persona más importante de mi vida.
Y tú me recibiste castigándome más aún. Porque apartarme y tratarme con desprecio era más fácil que lidiar con tu propia conciencia.
Margaret se cubre la cara con ambas manos y rompe en llanto de forma desconsolada.
—Perdóname —suplica entre sollozos—, de verdad te lo pido, Talya, de corazón.
Me quedo mirándola un segundo más. Pero no digo nada.
No le digo que no pasa nada. No le digo que la perdono.
No puedo hacerlo, no ahora mismo.
Me doy la vuelta en silencio y echo a andar hacia la puerta de entrada, dejándola sola con su culpa.
Necesito respirar.
Necesito procesarlo todo.
Antes de que pueda ponerme el abrigo, mi móvil empieza a vibrar con fuerza en el bolsillo del pantalón.