Setenta y uno. Dylan
Setenta y uno
Dylan
El silencio que inunda la cocina es tan denso que casi cuesta respirar.
Richard sigue paralizado frente a la isla de mármol, con la mano cubriéndose la boca.
No entiendo qué cojones está pasando.
—¿Richard? —Doy un paso hacia él y lo obligo a reaccionar—. ¿De qué los conoces?
Él traga saliva con dificultad. Se quita las gafas con dedos temblorosos, las deja sobre la encimera y levanta la vista hacia mí.
Se queda callado unos segundos interminables, como si las palabras le rasparan la garganta.
—Esa mujer de ahí… —empieza con la voz ronca—. Fue mi primer amor, Dylan.
Frunzo el ceño, intentando encajar esa pieza en el puto caos que tengo en la cabeza. Bajo la mirada hacia la foto. Hay dos chicas sentadas en el capó.
—¿Quién? ¿Margaret? —pregunto, totalmente descolocado.
Richard niega despacio con la cabeza. Señala con un dedo tembloroso a la mujer de pelo castaño que ríe a carcajadas.
A la madre de Talya.
Me quedo completamente helado. El aire se me atasca en los pulmones mientras mi cerebro intenta procesar a mil por hora lo que me acaba de decir.
Abro la boca para decir algo, para preguntarle cómo es posible o qué cojones pasó, pero no me da tiempo a articular ni media palabra.
El dedo de Richard se desliza por el papel fotográfico desgastado hasta detenerse en el hombre que está a la izquierda del todo. En el monstruo que destrozó la vida de Talya.
La mandíbula de Richard se tensa con una mezcla de dolor puro y asco visceral.
—Y este de aquí… —susurra clavando sus ojos en los míos— es mi hermano.
Setenta y dos. Talya