Talya
Dylan conduce con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.
Me apoyo en el asiento y lo miro de reojo, sintiendo una paz que hace un tiempo me habría parecido imposible.
Han pasado varios meses desde que el mundo que conocía saltó por los aires para reconstruirse de una forma que jamás habría imaginado.
Mi relación con Margaret sigue siendo distante.
Todavía no he podido perdonarle todo el daño, la frialdad y el silencio de estos meses, pero sé que, a su manera, al menos lo está intentando.
Poco a poco. Douglas, que pasó años viviendo en una burbuja de ignorancia para no discutir, por fin ha abierto los ojos.
Ahora es él quien me busca para charlar e intentar recuperar el tiempo que perdió siendo un espectador en su propia casa.
Mientras tanto, la casa de los Ashmore se ha convertido en mi verdadero refugio.
Siento que tengo un lugar donde no hay que caminar de puntillas ni pedir perdón por respirar.
Richard se ha encargado de hacerme sentir que soy parte de la familia, y Bell me trata con un cariño que nunca pensé que volvería a sentir tras la ausencia de mamá.
—Oye —rompo el silencio mientras Dylan aparca frente a su casa—, no me has contado qué tal en Londres. Te he echado mucho de menos estos días.
Dylan apaga el motor y se gira hacia mí. Tiene ojeras de cansancio, pero sus ojos brillan con esa luz traviesa que siempre logra derretirme.
—No he estado en Londres, Talya.
Frunzo el ceño, confundida.
—¿Qué? ¿Dónde has estado entonces?
Él se ríe por lo bajo, se baja del coche y me abre la puerta.
Entramos en su casa y el ruido de los platos chocando, las risas de Elsie y el olor a estofado nos reciben al instante.
Pero me detengo en el pasillo al ver que Richard está apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Tiene los brazos cruzados y una sonrisa de absoluta complicidad.
—Te dije que me iba a Londres —empieza Dylan, rascándose la nuca mientras se para frente a mí—, pero en realidad cogí un vuelo un poco más largo.
Tuve que falsificar un par de firmas con Richard y discutir con un veterinario muy terco en Madrid para conseguir un pasaporte en tiempo récord, pero al final mereció la pena.
El corazón se me detiene.
Bajo la vista y es entonces cuando lo veo. En el suelo del recibidor, casi escondido detrás de las piernas de Richard, hay un transportín de plástico azul.
Me quedo paralizada, incapaz de procesar lo que estoy pensando.
Desde dentro del transportín suena un maullido ronco y muy característico. Uno que reconocería entre un millón de sonidos.
Me tapo la boca con ambas manos y las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas sin control. Llevaba meses asumiendo que lo había perdido para siempre.
Me acerco deprisa y me dejo caer en el suelo, con las manos temblando tanto que apenas puedo abrir el pestillo de la puerta de plástico.
En cuanto consigo hacerlo, una bola de pelo naranja sale disparada, frotándose inmediatamente contra mis piernas y ronroneando como un motor estropeado.
—¡Cheddar! —sollozo mientras lo agarro con cuidado y hundo la cara en su pelaje—. Dios mío, Cheddar, mi niño…
Estoy llorando de pura felicidad mientras Cheddar se restriega contra mí.
Levanto la vista hacia Dylan. Se ha agachado frente a mí y me mira con los ojos brillantes y llenos de ternura. Se ha cruzado media Europa solo para devolverme a mi gato.
Me quedo mirándolo, con la vista borrosa por las lágrimas y el pecho tan lleno de felicidad que creo que me va a explotar. Me doy cuenta de lo afortunada que soy al tenerlo.
Durante mucho tiempo, estuve convencida de que yo era una causa perdida, alguien por quien no valía la pena luchar ni esforzarse.
Pensaba que el amor era algo de lo que tenía que huir.
Y, sin embargo, aquí está él.
El chico que no huyó de mis demonios, sino que se quedó a plantarles cara conmigo.
El chico que me ha enseñado que no pasa nada por estar un poco rota, y que está dispuesto a mover el mundo entero solo para verme sonreír.
—Bienvenido a casa, amigo —le susurra Dylan a Cheddar. Le acaricia la cabeza antes de clavar sus ojos en los míos—. Quería devolverte una parte de tu vida.
Suelto a Cheddar un segundo para tirarme a sus brazos. Lo abrazo con toda la fuerza que tengo en el cuerpo y él me rodea la cintura. Dylan apoya la barbilla en mi cabeza mientras escucho las risas emocionadas de Bell, Elsie y Richard de fondo.
Cierro los ojos.
Estoy rodeada de personas que me hacen sentir querida.
Aferrada al chico que me ha enseñado que no tengo por qué tener miedo.
Y con mi gato ronroneando a mis pies.
Me he pasado toda la vida entera preparando las maletas, buscando la salida de emergencia y convencida de que la única forma de sobrevivir al dolor era huyendo.
Pero Dylan tenía razón.
Las cosas buenas, las que te reparan el alma y te salvan de verdad, solo te encuentran si decides quedarte.
Y yo, por primera vez en mi vida, no me pienso ir a ninguna parte.