Si decides quedarte Sesenta y nueve. Talya
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Sesenta y nueve. Talya

Sesenta y nueve

Talya

Lle vo media hora dando vueltas por mi habitación.

Me siento al borde de la cama y me obligo a mí misma a respirar con normalidad, pero cada vez que cierro los ojos vuelvo a ver la fotografía.

Vuelvo a ver a ese monstruo. A sus facciones relajadas y esa expresión tan tranquila, posando para la cámara como si fuera un chaval cualquiera, completamente ajeno al infierno en el que iba a convertir mi vida años después.

Un escalofrío violento me recorre la columna. Llevaba tanto tiempo intentando enterrar su cara bajo llave que el impacto de volver a verla me ha dejado una sensación de suciedad en la piel que no soy capaz de borrar.

Me siento frágil.

Vulnerable.

Sucia.

El pasado ha vuelto a encontrar una grieta por la que colarse para volver a atacarme precisamente cuando empezaba a respirar de nuevo.

De repente, la necesidad me golpea con tanta fuerza que me falta el aire.

Necesito a mi madre.

Necesito que me abrace. Que me diga que estoy a salvo y que ese hombre no va a volver a hacerme daño nunca más.

Pero no está.

Mamá no está y no va a volver.

Mis ojos viajan instintivamente hacia mi mochila. No la tengo a ella, pero tengo sus últimas palabras.

Me levanto de la cama y me acerco a la silla donde dejé la mochila.

Las manos me tiemblan tanto que me cuesta abrir la cremallera.

Saco el sobre blanco y medio arrugado que lleva meses acompañándome y me quedo mirándolo.

Me había prometido a mí misma que lo leería antes de que acabara el año para poder empezar de cero, pero ahora mismo ya no se trata de pasar página.

Se trata de supervivencia.

Necesito borrar al monstruo de mi cabeza y sustituirlo por la voz de mi madre.

Necesito sentir, de alguna manera, que está aquí conmigo, abrazándome y consolándome como hacía siempre.

Me siento en el suelo, apoyo la espalda contra los pies de la cama y rompo el sello del sobre.

Saco los folios doblados. La caligrafía de mamá llena las páginas.

Cojo aire, me muerdo el labio para contener el primer sollozo y empiezo a leer.