Sesenta y siete. Dylan
Sesenta y siete
Dylan
Aparco el coche frente a la casa de los tíos de Talya y dejo el motor encendido para que la calefacción siga funcionando.
Habíamos quedado en que pasaría a recogerla antes de comer, pero he sabido que algo no iba bien cuando me ha mandado un mensaje antes de las nueve de la mañana.
Talya
¿Podríamos vernos antes, por favor?
Me bajo del coche en cuanto la puerta de la casa se abre. Talya sale al porche con el abrigo puesto, pero ni siquiera se ha molestado en abrocharse los botones o ponerse la bufanda. Cuando levanta la cabeza y nuestros ojos se encuentran, el corazón se me desploma.
Ha estado llorando. Sus ojos están hinchados y rodeados de rojeces que me revuelven las tripas.
Acorto la distancia que nos separa con un par de zancadas y, sin pensarlo, la rodeo con los brazos. Talya se esconde en mi pecho al instante, aferrándose a mi sudadera con fuerza.
En cuanto siente que la sujeto, un sollozo sordo se escapa de su garganta y su cuerpo empieza a temblar contra el mío.
—Eh, tranquila —murmuro contra su pelo—. Estoy aquí.
La dejo llorar contra mi pecho durante un par de minutos, acariciándole la espalda despacio hasta que los temblores empiezan a ceder. Cuando noto que su respiración se vuelve un poco más regular, deslizo los dedos por su mandíbula y le levanto la barbilla con suavidad para obligarla a mirarme.
—¿Qué ha pasado? ¿Margaret te ha hecho algo?
Ella niega con la cabeza y parpadea varias veces para apartar las lágrimas.
—No… no ha sido ella.
—Entonces ¿qué ha pasado? ¿Por qué estás así, Talya?
Se muerde el labio con tanta fuerza que temo que pueda hacerse sangre.
Odio verla así. Me destroza tenerla delante y ver que toda la luz que había conseguido recuperar estos últimos días se ha apagado de golpe.
Daría lo que fuera por poder absorber su dolor, por ponerme de escudo ante lo que sea que la esté asustando de esta manera para que no vuelva a derramar una sola lágrima en su vida.
—Estás tiritando. —Paso un brazo por sus hombros y tiro de ella hacia el coche—. Vamos dentro.
El interior está caliente, pero ella sigue respirando de forma irregular.
Mete una mano vacilante en el bolsillo de su abrigo y saca lo que parece ser una foto. Respira hondo, como si estuviera reuniendo el poco valor que le queda y me lo tiende en silencio.
—¿Qué es esto? —pregunto mientras lo cojo con el ceño fruncido.
—Es él —murmura. Una lágrima solitaria se desliza por su mejilla y se la limpia con rabia con el dorso de la mano—. Llevaba años sin verle la cara, Dylan. Y yo…
No termina la frase.
Bajo la mirada hacia el papel desgastado.
Es una foto de hace bastantes años. Talya me señala a una persona en concreto y entiendo al instante quién es. El cabrón que está a la izquierda del todo es su padre.
Siento que la sangre me hierve en las venas de golpe.
El hijo de puta que convirtió la vida de Talya en el peor de los infiernos.
El monstruo que la destrozó. Siento unas ganas irracionales de arrancar ese pedazo de foto y prenderle fuego.
Nunca le había puesto cara y verlo ahí, posando y sonriendo a la cámara como si fuera un tipo normal y corriente, me devuelve el instinto homicida.
Intento tragar saliva para decirle algo que la calme, pero entonces mi mirada se desvía de forma instintiva al último integrante del grupo. Al chico que está sentado a un lado de su madre.
Joder.
Hostia puta.
Es Richard. Mi padrastro está en una puta foto con la madre de Talya y con ese desgraciado.
—¿Qué cojones…? —mascullo, incapaz de apartar los ojos del papel. Levanto la vista hacia Talya, aturdido—. ¿Qué hace Richard ahí? ¿Richard conocía a tu madre?
Talya me mira y sus ojos reflejan el mismo desconcierto que siento yo en este momento.
—Y a él, Dylan —susurra—. También lo conoce a él.