Sesenta y seis. Talya
Sesenta y seis
Talya
Quedan tres días para que acabe el año.
Para la mayoría de las familias, estas son fechas especiales.
Fechas alegres.
Pero yo me he despertado con un nudo horrible en el pecho.
Echo tanto de menos a mamá…
«Ojalá estuvieras aquí».
Mi mente proyecta imágenes de su sonrisa a cámara rápida mientras bajo las escaleras. Es tan temprano que ni siquiera h a salido el sol.
No he pegado ojo en casi toda la noche pensando en ella. En todas las Navidades que ya no vamos a tener y en el miedo constante a que se me borren sus recuerdos.
Llevo varios días pensando en leer su carta.
Sé que, si no lo hago, jamás voy a poder pasar página del todo.
Y es imposible empezar a escribir un futuro nuevo cuando sigues atrapada releyendo en bucle el capítulo que te destrozó la vida.
Ignorar sus últimas palabras es como intentar curar una herida cerrando los ojos: no deja de doler, simplemente te acostumbras a sangrar.
Y yo ya estoy cansada de sangrar.
Me he prometido a mí misma que la leeré antes de que termine el año.
Puedo hacerlo, ¿no?
Llego a la cocina, me preparo una taza de té caliente buscando algo de consuelo y camino hacia el salón.
Estoy a punto de dejarme caer en el sofá cuando veo un trozo de papel fotográfico que asoma apenas por debajo de la mesa de centro. Margaret debió de dejarlo caer anoche con las prisasde recogerlo todo antes de huir de mí.
Dejo la taza de té sobre la mesa y me agacho para recogerla.
Le doy la vuelta.
El aire se me atasca en la garganta y mis pulmones dejan de funcionar.
Es una foto antigua, está un poco descolorida, pero las caras se ven perfectamente nítidas. Hay cuatro jóvenes sentados en el capó de un coche viejo, sonriendo a la cámara en lo que parece ser una tarde de verano.
Reconozco a mamá al instante. Está preciosa, con el pelo castaño suelto y riendo a carcajadas, igual que en las imágenes que acaban de cruzar por mi cabeza hace apenas unos minutos.
A la izquierda está Margaret, muchísimo más joven y con una expresión mucho más alegre de la que le he visto en todo el tiempo desde que la conozco.
Pero no es ella lo que hace que un sudor frío me recorra la nuca.
Es el hombre que está a la izquierda del todo.
El monstruo de mis pesadillas.
Mi padre.
Al ver su cara joven, sin las arrugas ni la sombra de oscuridad que yo recuerdo, se me revuelve el estómago con tanta violenciaque tengo que apoyarme en el borde de la mesa para no caer de rodillas.
Un latigazo de pánico puro y visceral me golpea el pecho.
Llevo años intentando borrar sus facciones de mi memoria.
Creía que lo había conseguido.
Y tenerlo impreso en este trozo de papel me dan ganas de vomitar.
Intento apartar la vista de él.
Me obligo a respirar.
Obligo a mis ojos a enfocarse en el cuarto integrante de la foto, el chico que está sentado al otro lado de mi madre.
Y entonces el pánico se congela y es reemplazado por un nivel de confusión que me marea.
Conozco a ese chico.
Tiene el pelo un poco más largo y lleva gafas de sol. Pero esa mandíbula, esos ojos amables y esa sonrisa torcida son inconfundibles.
Mis manos empiezan a temblar con tanta fuerza que la foto repiquetea entre mis dedos.
¿Qué hace el padrastro de Dylan en una fotografía con mi madre, Margaret y el hombre que me destrozó la vida?